
Tenía un aspecto impecable: traje italiano a medida, corbata de seda, piel bronceada y el blanco de los ojos más blanco que han visto mis ojos. Antes de tomar asiento en mi taxi se quitó la americana, la dobló con suma maestría y la posó a su lado como si de un delicado ser vivo se tratara. Cerró su puerta, me indicó un destino con sobrada amabilidad y ya en marcha sacó su teléfono y comenzó a hablar:
- Tomás. ¿Qué pasa con esos despidos?- dijo sin levantar lo más mínimo el tono de voz.
- (…)
- No quiero excusas, Tomás. Treinta de la planta. Despide a treinta de la planta. Lo tienes fácil. Les vence el contrato este mes a cuarenta y siete. Despide a treinta de esos, los que más rabia te de. Antes de agosto. Y al encargado ese… ¿cómo se llama?
- (…)
- Germán, eso es. Despide también a Germán. Con el nuevo convenio nos saldrá más barato que en el último recorte. Tienen que cuadrar las cuentas como sea, ¿entiendes?
- (…)
- No hay excusas. Si no eres capaz de echarlos tú, tendré que prescindir también de ti. Business, Tomás. O estás dentro o estás fuera.
Y colgó sin despedirse siquiera. Luego se ajustó la corbata, se miró las uñas y por último lanzó una sonrisa que me dejó helado. Era una de esas sonrisas de triunfador, de líder, de “yo mando y los tengo a todos bajo control”. Sin duda tenía la situación controlada: el futuro de treinta familias, ni más ni menos. Su vida entera y la de muchos a su entera disposición. El Dios de su microcosmos.
Todo impecable a su modo de ver: Su aspecto físico, sus modales, su precioso chalet con piscina (ese fue nuestro destino), su margen de beneficios y su falta de escrúpulos. Un perfecto psicópata, en fin, socialmente aceptado. Y lo más grave: admirado por muchos.
Me pagó con un billete de 50€ recién estrenado y al rozar su dedo sentí un miedo indescriptible.
¿Estaremos todos en manos de psicópatas?