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Defensa de la estética Ricky Fort



POR DANIEL GUEBEL
Hace unos meses, por casualidad, escribí una nota ejemplar. No porque lo sea, sino porque me sirve como ilustración para la que tengo que escribir ahora. Decía entonces que en el aventurero siglo XIX un escritor niño, Arthur Rimbaud, escribió: “Yo es otro”, una frase genial que definió —y creo que sigue definiendo hoy— el programa del artista contemporáneo. Destruida la identificación entre el artista y sus producciones, las posibilidades del arte se vuelven infinitas. Relea el lector la frase, saboree como un chocolate áspero y amargo el enfático cruce entre el pronombre en primera persona del singular y el verbo (¿o verboide? No me acuerdo) en tercera, y después —olvidemos su clase— la palabra “otro”. Un programa radical, un poema que desmarca al autor del sello de identidad, lo libera de la tiranía del estilo “propio” y le permite ser siempre ajeno, distinto, inesperado.

Es su propio cuerpo exhibido como causa y obra final, luego de injertos, implantes, aspiraciones prolongaciones, lo que se convierte en su obra.

Pues bien, trasladaba lo que decía acerca de los autores y las obras que me gustan al ámbito repulsivo y pedestre de la televisión argentina y a la entronización de su brillante nuevo emergente, Ricardo Fort , y aseguraba que Fort reemplazó esa afirmación programática por una tautología que es el título de una canción que abanderó hace una década al orbe lésbico local: “Soy lo que soy”. Y que eso, más allá de la fácil broma, lo que imponía era un nuevo paradigma estético: Ricardo Fort no es un artista por lo que hace ni lo que dice que hace. Como mucho es un colonómano macrista que cree que la fuerza de impostación de su voz tronante le garantiza trinar con garbo llano esos fragmentos de óperas tan conocidas como convencionales con las que colonizó el programa de Tinelli. Fort es un artista por lo que hizo con su cuerpo para hacer que su ser sea.

Es su propio cuerpo exhibido como causa y obra final luego de ciclos de injertos, implantes, transplantes, sustracciones, aspiraciones y prolongaciones, lo que se convierte en su obra. Y esa obra no está hecha para durar ni produce un goce estético en el espectador, sólo existe para ser exhibida. Fort , que dejó de ser un alfeñique pálido para convertirse en un fisicoculturista de laboratorio que viaja subido al tren bala de la televisión y se instala de prepo en tus pantallas de plasma, hace lo que hace no para que su obra (su cuerpo) produzca significado: le alcanza con ser visto. La serie de sus transformaciones, su condición de extrema visibilidad, produce todo el significado que necesita.

¿Qué es Ricardo Fort a la minúscula escala de nuestra Argentina contemporánea? Visiblemente, una implantación local, un avatar de Luis II, el rey loco de Baviera, con su corte de efebos, su gusto por la rumbosidad y la ostentación. Pero lo que en el original eran delirios de alta cultura, pasión por los lagos y cascadas artificiales y los autómatas de porcelana y las lunas venecianas pintadas en los techos de sus castillos (daría más detalles si encontrara la biografía que sobre él escribió el hijo de Henri Troyat), son en nuestro latino heredero fingida devoción amorosa por las mal teñidas chiruzas culonas de mucha monta y poco cerebro que contrata y compra para sus espectáculos, camisas de jeans estampadas con águilas y águilas o cuervos o lo que sea que lucen en el capot los Rolls Royce de origen inglés y marca de orillo registrada en Miami. Desde luego, la ventaja de Luis II era que al menos tenía a otro artista como ídolo (y como estafador personal), nada menos que Richard Wagner. Luis II quería abolir las injurias de lo real y sus molestias con la apoteosis de un artificio que ocuparía cósmicamente el lugar de lo cierto. Ricky Fort , en cambio, sólo puede soñar con otro transplante a Miami y con el retorno del menemato, y aunque presuma de su educación, sólo puede ser esquilmado por los directores y actores y empleados de las rascadas que urde con títulos tan ingeniosos como Fortuna. Fortuna. Fort -una. “Yo soy esa”, sería. Ayesha. De Rimbaud en adelante, quien quiere leer, que lea. La vanguardiano cesa nunca, sólo muta la sintaxis o cambia de máscaras, encanto.

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