Mar_Quiroz
Usuario (Argentina)
Nota de la Revista SH POR CRISTIAN ALARCÓN Lo conocí en una calesita. era uno más entre los hombres solos que esa tarde miraban desde un banco a los niños que se peleaban por la sortija metros más allá. Uno de ellos era su hijo y él se había tomado el día para pasearlo por los parques de un barrio de clase media. Sostenía en la mano un globo de papel brillante. Quería entonces contarme una historia, como ésta que ahora desea que relate sin decir su nombre, sin rezar su apellido, sin darme el lujo de describir con detalles su estampa, los rasgos que lo hacen gris. En este hombre el anonimato caló tan hondo que parece haberle tomado el cuerpo. Así lleva el tiempo que ha transcurrido desde el 13 de enero del año 2006, cuando junto a otros cuatro tipos camufl ados por disfraces varios, entró por la puerta grande del banco Río de Acasusso con un arma de juguete en la mano y dijo el clásico: nadie se mueve, que le damos un tiro; todos al piso. Así pasa los días el único cabo suelto de la investigación —los otros cuatro acaban de ser juzgados y declarados culpables—, sin estridencias, desde aquella tarde de ocho horas en las que cometió lo que todavía se conoce como el robo del siglo. Llegar a él fue natural y sin leyenda. Después de años cubriendo casos policiales y relacionándome con la ilegalidad hasta sería posible —aunque no puedo revelarlo en detalle— que fuera él quien me buscara para contar su historia. ¿El motivo? Podría decirse que es un artista que quiere hablar de su arte. Tampoco puedo contar dónde y cómo nos encontramos sin traicionar la confi dencialidad, pero sí puedo decir cómo no fue: no hubo que vendarse los ojos ni cambiar de auto cuatro veces ni llegar a un bunker de hombres armados. Simplemente nos sentamos a comer. Frente a un parque, años después de aquella calesita de barrio, el hombre habla en tercera persona. —Casi justo un año antes del hecho aparece un aventurero, un bohemio con cierta inteligencia y ambición, se encuentra con un veterano en las lides del choreo —nuestro hombre gris— y le dice: vos tenés una trayectoria, la ética, los códigos, los principios, y tenés además mil tiroteos, cien balas en el cuerpo, fuiste torturado y saliste entero. Te desafío a hacer algo muy por encima de todo eso. Vamos a hacer el asalto más audaz de la historia, sin armas. Es casi como una estafa. El bajo perfi l del hombre es tal que aunque es indudable, por su experiencia y sus éxitos en el trabajo de ladrón de bancos, que pertenece a la Aristocracia del Hampa, insiste en que la genialidad del robo del siglo no le pertenece. La mayoría de las ocurrencias ya las tenía otro miembro de la banda, dice. Eran buenas ideas. Él no hizo más que rubricarlas y ponerse al frente. El otro ya sabía que bajo la superfi cie de las coquetas calles que rodean la sucursal de Acasusso había túneles subfl uviales, que uno de ellos iba a dar a 16 metros del sótano del banco, y que había otro túnel más, conectado al primero por el que se podía salir hasta una boca de tormenta. Nuestro hombre no aclara cómo surgió la más genial de las ideas: entrar igual por adelante, tomar rehenes como si fueran a escaparse por la puerta central y, en realidad, usar el tiempo de negociación con la policía para huir con el botín robado de 145 cajas de seguridad sobre botes infl ables, como gondoleros, burlándose de la policía. —¿Cual es la diferencia entre este robo y otros? —Hay muchas. En los últimos años los únicos robos a bancos eran express. Tampoco hubo muchos robos de cajas de seguridad, los que hubo eran tipos que alquilaban las cajas y una vez adentro abrían alguna. Lo que pasa es que con los años los sistemas de seguridad se volvieron inviolables. Diría que esto nos enfrenta a una nueva situación en nuestro gremio: el robo con armas violento y el escruche están desapareciendo. El hombre tiene clara la innovación que protagonizaron; habla como si su negocio delictual se tratara de un arte con nuevas tendencias. El escruche es en el lunfardo del hampa el nombre de un afano en el que no se aprieta a nadie, simplemente se entra al lugar —comercio, empresa, casa— sin pedir permiso y se sale con las manos llenas. El escruche no tiene la adrenalina que produce un asalto a mano armada en el que un tiroteo es inminente, y puede incluso ser elegante. El garbo en el robar, para nuestro hombre, parece ser importante. Él, por ejemplo, es un amante del cine en el que los gangster se lucen. Nada mejor que aquel clásico protagonizado por Frank Sinatra y sus amigos, cuando se los conocía en Las Vegas como el Rat Pack. Allí estaban Dean Martin, Peter Lawford y Sammy Davis, Jr. Steven Soderbergh hizo la remake con George Clooney y Brad Pitt, pero nada que hacer al lado de aquellos tipos que en la pantalla parecían bromear de veras en noches profanas como las que ellos mismos vivían después de la segunda guerra. —Entre los ladrones con escuela suele existir la fantasía de robarse un casino, como hacen ellos. —Es cierto, yo por ejemplo tengo el honor de haberme robado el Hipódromo. No sólo eso, lo hicimos sin disparar un tiro, y detrás de la puerta donde nos levantamos la guita había sesenta policías almorzando. —Pero debe haber sido otra época. —Sí, claro, como decía, el sistema se pone cada vez más inviolable. Las puertas se abren con sistemas automáticos de apertura de tiempos. Te pueden detectar el calor del cuerpo, el color, y a pesar de que hay trajes que no dejan pasar el calor, el movimiento es imposible de disimular ante los nuevos radares. —¿Ha hecho otros robos a bancos? ¿Qué le ha dado el conoci- “YO TAMBIÉN TENGO EL HONOR DE HABERME ROBADO EL HIPÓDROMO. Y DETRÁS DE LA PUERTA DONDE LEVANTAMOS LA GUITA HABÍA SESENTA POLICÍAS ALMORZANDO”. miento para poder hacerlos? —Sí, he hecho robos grandes, pilas. En cuanto a lo otro, es una acumulación de conocimientos que te van permitiendo imaginar los robos. A modo de ejemplo: este banco mueve tal plata, tenés un policía a una cuadra, otro en una garita, con una metra, otro a dos metros. Te das cuenta que podés hacerlo pero para neutralizarlos tenés que llevar a 15 tipos al hecho. Después con esos 15 tenés que repartir el botín. No sólo eso, tenés que compartir con ellos un conocimiento que te compromete. Y aunque te juren que no, que no lo van a contar, se lo dirán a la amante, al amigo, a alguien que te puede delatar. Nadie puede decir que nos entrenamos en una universidad, pero sí podemos decir que hubo acumulación de conocimientos de tradición oral. —¿Por qué motivos se arma una banda entre determinados ladrones? —Los ladrones como nosotros generalmente se juntan por afi nidad y no por la posterior utilidad de lo que van a hacer. Con algunos nos conocimos en Devoto. La afi nidad se expresa en que ya uno va estando acostumbrado. Si entró en una empresa multinacional, por ejemplo, y logró apretar la seguridad, encerrar a los custodios, llegar al tesoro, agarrar la plata y salir sin disparar un tiro, ya se conoce. En una época con algunos compañeros hacíamos esto en un toco y me voy. La experiencia te permite tener una mirada panorámica y perspicaz: uh, aquél se dio cuenta, aquel otro boludo durmió, allá viene una patota con un Falcon. El hombre se ríe del anacronismo. Tuvo su primer arma cuando el país no tenía encima el arquetipo de la patota en Falcon verde levantando gente en la calle. Era un matagatos con el que le disparaba a los pajaritos en la zona norte, donde nació. Sus padres no eran ricos, pero sí comerciantes prósperos. Él se sintió atraído por la aventura desde demasiado chico, dice. Comenzó en el hampa no por necesidad, sino por ambición. Eso parece hacer una distinción enorme en su catadura profesional. Los años ‘60 y los ‘70 trajeron para nuestro hombre un aprendizaje feroz. —Empecé siendo menor, choreando comercios y boludeces en Capital y zona norte, que es donde está la plata. Tendría unos 16 años. Después caí en cana un par de veces y adentro la gente te cuenta historias que son mentiras, y luego las querés llevar a la práctica y terminás enredado en una banda de quilombos. La cárcel tiene una cultura muy particular: ninguno quiere ser menos que el otro, entonces cada uno te cuenta sus hazañas. Después, claro, querés llevar a la práctica todas esas cosas que escuchaste adentro. Pero resulta que no era cierto. Además de que acá te llevan en cana, te torturan y siempre termina siendo un caos y un dolor. El otro quilombo es que vas internalizando los códigos que te limitan, también. Los códigos son por un lado una cuestión moral, y por otro un asunto de protección a uno mismo. —Se habla mucho de los códigos pero nadie sabe bien qué son. —Por ejemplo, te dicen que con la yuta no se hace nin- guna transa, y eso tiene su razón de ser porque seguramente ese policía con el que arreglaste te termina traicionando. Entonces, por un lado hay un asunto de moral: no transar con la cana porque es un enemigo político. Por el otro, es que no lo hagas porque corrés más peligro. En ese sentido, cada vez es más así: no lo hacés no por lo moral, sino por lo de lo práctico. Digamos que eso siempre se respetó, aunque la sociedad fuera cambiando. —¿Qué cambios lo impresionan más? —Antes era raro que un pibe le pegara al pedo a alguien. La mayoría eran hijos de padres laburadores y tenían cierto respeto por el otro. Ahora muchos no tienen padre, o tienen padres y abuelos lúmpenes que han vivido presos. Del otro lado, en lugar de tener una sociedad más o menos piola que piense qué hacer con ellos, tienen a un montón de verdugueadores que si fuera por ellos liberan el uso de la picana, como Patti. —¿Lo torturaron? —Y sí, si era la obligación de la policía. —¿Cuántas veces? —Qué sé yo. Calculale unas 20 veces. Picana y submarino seco a mansalva, casi siempre en procura de información. A veces no podés distinguir bien, por cómo te quieren hacer la psicológica. Una vez, en Munro, me entregó el juzgado. Caí en un tiroteo lesionado, con cinco tiros, y uno me había fracturado un hueso. Ellos mismos me pusieron una madera y me vendaron. De mis compañeros uno tenía una herida en la cabeza, otro en los pulmones. Por las heridas que tenía, el único que no corría riesgo de morir era yo. Entonces fue a mí al que llevaron para torturarlo. Claro, primero me vendaron, para que no me desangrara. Me sacaban cada tres horas; picana, y otra vez. La biaba que me dieron no paró ahí. Cuando me estaban dando me pidieron de otra jurisdicción por otro delito, por culpa de un buchón que me vendió. Entonces me ataron a una camilla metálica y me empezaron a dar en esta mano, donde tenía la fractura. Nada de esos disparos, ni de los que recibió en otros enfrentamientos, ni de las torturas recibidas, se nota en el andar de nuestro hombre. Quizá debajo de ese pantalón que no dice nada, de esa camisa que podría ser la de un médico, la de un geólogo o la de un ingeniero en sistemas, haya marcas en la piel. Quizá los huesos le duelan cuando llueve, o los recuerdos lo atormenten en sueños. Pero nada se nota a simple vista. La manera elegante en que lo controla todo puede haberlo mantenido a salvo. Se mantuvo alejado de las acusaciones, no hubo fi scal que lograra implicarlo en el robo del siglo. Ni los delatores lo incluyeron en sus listas. Ha sido para la justicia y para la policía un dolor en el ego más que un sospechoso al que puedan perseguir con elementos. Y esa afrenta que es en sí mismo más lo ha desdibujado en su vida cotidiana, donde no hay altibajos. Come clásico. No se aparta hacia menús estrambóticos. No toma alcohol. No se droga. Desprecia esas debilidades de la carne. Sí acaso le gustan demasiado las mujeres. Tampoco tanto como para enrollarse en problemas de polleras que lo pongan en peligro. ¿Puede ser un vicio un deporte?, bromea, canchero, sobre el sexo. No ha habido en su vida una sola mujer despechada que lo mande al frente como le ha ocurrido a tantos. Y no cree en el mito de que las mujeres son siempre las traidoras: más bien, cree, hay tipos autoritarios que no quieren pagar lo que cuesta un amor, lo que vale la lealtad. A él, las minas lo han protegido, lo han refugiado, lo han querido bien. El robo del siglo mereció un documental de Discovery Channel en el que un dudoso supuesto partícipe del asalto hablaba detrás de unas gafas oscuras —en inglés— y un locutor con tono CNN largaba adjetivos como increíble y brillante. Pero no hubo mejor piropo para los protagonistas del caso que los del jefe de los investigadores de la Policía de su momento, el comisario Osvaldo Seisdedos, luego caído en desgracia: “En la historia policial argentina no hubo otra banda con esta logística, la audacia, la técnica, la preparación y la suerte de la que actuó en el asalto al Banco Río”. Es cierto, todo eso es cierto. Pero no sólo de astucia fue hecho el robo del siglo, sino de maña y voluntad. Durante casi un año, sus ejecutores trabajaron duro para construir la estructura subterránea que les permitiese ganar la calle con la plata encima. —Cada entrada a la tubería por donde podíamos acercarnos al banco bajo tierra era como hacer ‘un hecho’. O sea, cada vez teníamos que vigilar, controlar, cuidarnos. Teníamos que descolgarnos hasta la salida de esa tubería al Río de la Plata, al fondo de la calle Perú, y primero hubo que cortar el chapón blanco, que es como un níquel, para acceder a un caño de cuatro metros de diámetro. Para empezar, hicimos una tapa para el chapón. Era para que si pasaba una inspección no se dieran cuenta de que estaba perforado el caño. Hacés un kilómetro por el tubo y llegás cerca del banco. Entre el banco y ese tubo hay 16 metros. Eso es lo que hubo que construir. —¿Cómo hacían para bajar al tubo? —Entrar no era como entrar a una casa. Teníamos que llegar al río. Nos tirábamos con una soga. Llegábamos por la calle, casi siempre de noche. A veces se nos frustraba porque había gente en la costa. De cien veces que íbamos laburábamos veinte. No siempre podíamos hacerlo. Es que arriba del tubo teníamos a la Policía Científi ca, que si no fuera por los árboles que hay en la zona, la ves desde el lugar donde bajábamos. Al mismo tiempo cada uno de nosotros tenía que se- guir cumpliendo con sus obligaciones, sosteniendo su vida, no llamar la atención para nada. Lo que primero hicieron fue determinar el lugar para comenzar con la construcción del túnel, lo más próximo al banco. Allí instalaron una puerta de metal que cubría el acceso a una recámara. A medida que llegaban, al anochecer, comenzaron a familiarizarse con lo que se convirtió en un lugar de trabajo. Hubo que trasladar picos, palas, un generador eléctrico, un martillo retropercutor —como los que se usan para romper el asfalto en la calle pero más pequeño—, una moladora para demoler la parte fi nal de pared hacia el banco, hecha de hierro, concreto y ladrillo. Al mirar hacia el techo del caño por el que cada noche entraban, con el agua hasta los tobillos, y en algunos tramos hasta el cuello, podían verse restos de ropa, telas, alambres, basura. Era evidente que la crecida o una lluvia intensa podían llenar el lugar de agua. “UN MES ANTES DE HACER EL LABURO ABULONAMOS UN DIQUE DE MADERA A LAS PAREDES DE LA TUBERÍA QUE NOS PERMITIRÍA MOVER TODO LO QUE ÍBAMOS A SACAR EN BOTES”. —Además, en el medio necesitás dinero, porque hay que comprar equipos, pagar nafta, estar en movimiento. Había que resolver las cuestiones de la hidráulica. Caminábamos con el agua hasta los tobillos, sin botas ni nada, hasta que nos metíamos en la recámara y cerrábamos la puerta, para empezar a darle a la tierra. Flejes de camión, elásticos de acero, con eso le dábamos a la tierra. Se hacía una montaña; y antes de irnos, todo lo que habíamos acumulado lo teníamos que limpiar para que nadie sospechara si había una inspección. Al fi nal, usamos el agua a nuestro favor. Un mes antes de hacer el laburo abulonamos un dique de madera a las paredes de la tubería que nos permitiría mover todo lo que íbamos a tener que sacar en botes. El hombre gris no quiere reconocimiento, insiste en que las ideas no fueron de él. No quiere que lo llamen el cerebro del robo del siglo, como ha ocurrido en algunas notas en las que los propios presos por el asalto dicen que ese señor está en el Caribe. Pero hay algunos detalles del robo que parecen tener que ver con antiguos amigos suyos, maestros de la aristocracia del hampa que supieron usar el ingenio en los viejos tiempos. Uno de ellos llegó con su banda al tesoro de un banco porteño y tenía todo listo para irse por los desagües pluviales cuando una tormenta le arruinó el plan y tuvo que entregarse. A otro se le ocurrió usar un camión cisterna para instalar dentro del tanque una especie de bulo en el que su banda se escondía tras robar lo que fuera y se marchaban sin que nadie sospechara que iban allí adentro. Pareciera que el aprendizaje y la experiencia no son menores en la gesta de estos ladrones. Almorzamos con parsimonia, entre chistes y recuerdos de míticos ladrones en un restaurante de Buenos Aires con aires de bodegón. Los ofi cinistas apuran conversaciones triviales antes de volver a sus puestos; los mozos, viejos conocidos, nos ofrecen lemoncello después del café. Cada tanto un vendedor ambulante pretende vendernos un juego de lapiceras, una lupa. El hombre que pasa desapercibido ni los mira y se deja llevar por esas fórmulas que al fi n y al cabo lo han hecho millonario. Le pregunto si podría enseñarme algo de su ofi cio, qué sería lo más importante. —Primero cómo mirar. Debés tener en cuenta que la calle es una jungla donde te están acechando dos millones de animales. Vos los tenés que eludir. Si tenés un vecino, alguien que se da cuenta de que vos sos el que anda mal, el que andan buscando, el que está manchado, vas preso. Luego tenés que saber la forma de moverte para que la policía no sospeche. Eso implica desde cómo caminar, hasta cómo vestirte. Por ejemplo, si vas a hacerte este restaurante, tenés que darte cuenta de si hay cámaras, donde están, y luego cómo vas a borrarte, el coche que necesitás, el color del coche. Un auto rojo es lo peor, porque el rojo es fácilmente identifi cable en un escape. Eso y la vía de salida, recorrerla antes, hacerlo a la hora clave, la hora en la que vas a poder escapar. Todo lo tenés que elucubrar. —¿Cuál era el rol que tenía usted dentro del banco? —Habíamos acordado que con otro compañero, el hombre del traje gris, nosotros íbamos a manejar la comunicación con la policía, que era un tema jodido. Si nos equivocábamos en algo, eso era jodido. Pero como la cantidad de cajas era mucha, y no éramos los sufi cientes, fui abajo a laburar en abrirlas. —¿Qué lo sorprendió de lo que encontraron? —No me sorprendió nada. Botellas de vino, de champagne, rompíamos en un orden, pero no teníamos un método específi co, no teníamos la lista de clientes ni apostábamos a que tal o cual podía tener más. La emoción de juntar el botín latía cuando embolsaban, uno tras otro, esos enormes billetes de cien euros, los fajos de dólares, las joyas de las familias de la zona norte. Abrieron 145 cajas. Habían soñado con un botín mayor. Entre 30 y 50 millones de dólares. Los ricos los defraudaron. Se llevaron siete millones, poco más. Cuando llegaron a los botes, que estaban listos en el tubo mayor al que le habían armado el dique para que acumulara sufi ciente agua, hubo un error imprevisto que les paralizó la respiración. El motor fuera de borda no encendió. Tiraban una y otra vez de la soga y nada. A nuestro hombre se le había ocurrido a último momento llevar un remo, el remo salvador. Con ese remo navegaron el trecho de un kilómetro hasta el tubo adyacente por el que avanzaron hasta la boca de tormenta que daba justo a la calle Tres Sargentos. Allí habían estacionado muy temprano la combi Volkswagen a la que le habían hecho un agujero en el piso para que nadie los viera subir. Los rehenes seguían adentro del banco y la policía convencida de que debería entrar a rescatarlos después de entregarles las pizzas y las gaseosas que habían pedido. —Ganaste y ya no hay más inconvenientes en el camino. Descomprimís el tema. Siempre estuviste en una situación de riesgo y siempre se te frunce el orto. No creo que exista alguien que mientras hace algo así se cague de risa. Nosotros nos fuimos derecho a secar la plata, que se había mojado. —¿Es creyente, se encomendó a alguien? —Soy creyente, pero no me encomendé a nadie. Si me encomiendo y me ayuda, es compañero mío, y va a reclamar la parte de él. Bromea. Le sale bien. —¿Quién escribió la frase: “En barrio de ricachones, sin armas ni rencores, es sólo plata, no amores”? —No importa. No fui yo. Pero lo importante es la idea de la frase. Parte del desafío fue robarles sin armas, con armas de juguete, y luego dejarles una frase. Una manera de dejarles en claro que tienen más efecto la astucia que la violencia. La frase signifi ca que más allá de todo nos estamos llevando dinero y que lo importante siempre será lo afectivo y no los asuntos materiales. Dice el hombre anónimo de todo anonimato que atesora en algún misterioso lugar su parte del botín, al menos del que jura haberse ganado en buena ley: poco más de un millón.
REGRESA EL GRAN MUSICAL Con producción de Time For Fun vuelve la magia de uno de los más aclamados musicales de Broadway, que ya fue visto por más de 34 millones de personas en todo el mundo. Como hace 12 años, cuando más de 200 mil espectadores disfrutaron de este maravilloso espectáculo en nuestro país, el público argentino podrá verlo nuevamente en Buenos Aires a partir del jueves 25 de marzo de 2010 en el Teatro Ópera, con protagónicos de Martín Ruiz (Bestia), Magalí Sánchez Alleno (Bella), Federico Moore (Gastón), Carlos Silveyra (Lumière), Roger Gonzalez (Lefou), Marisol Otero (Sra. Potts), Ricardo Bangueses (Dindón), Ana Fontán (Babette), Rodolfo Valss (Maurice), Tiki Lovera (Ropero). Basado en la película de Walt Disney, ganadora de dos Premios Oscar®, “La Bella y la Bestia” de Disney se presentó en más de 120 ciudades, y lleva más de 15 mil presentaciones en más de 21 países tan disímiles como Canadá, Japón, México, Irlanda, Corea del Sur, Gran Bretaña, España, Brasil y Argentina. Fue traducido a 8 idiomas: Chino, Español, Portugués, Alemán, Japonés, Coreano, Ruso e Italiano. Una súper producción teatral que cuenta con más de cuarenta artistas en escena, una gran orquesta en vivo y una increíble puesta en escena con un diseño cargado de imaginación y deslumbrantes efectos especiales. Más de 200 cambios de vestuario, 300 pares de zapatos, 250 pelucas de cabello natural y 32 cambios de escenografía se conjugan para dar vida a la tierna historia de amor entre Bella y Bestia e introducir al espectador en un mundo de fantasía, magia y sorpresa. El montaje original es una versión ampliada de la historia de Linda Woolverton, con nuevas canciones de Alan Menken y Tim Rice con dirección de Rober Jess Roth y coreografías de Matt West. “La Bella y la Bestia” de Disney, uno de los musicales con más tiempo en cartel en Broadway, recibió nueve nominaciones a los premios Tony®, incluyendo Mejor Musical, Mejor Música, Mejor Director (Robert Jess Roth), Mejor Libro de Musical (Linda Woolverton), Mejor Actor (Terrance Mann), Mejor actriz (Susan Egan), Mejor Actor de Reparto (Gary Beach), Mejor Vestuario (Ann Hould Ward) y Mejor Iluminación (Natasha Katz). “La Bella y la Bestia” de Disney llega a nuestro país de la mano de Time For Fun, la compañía de entretenimientos líder en América del Sur, responsable de la producción de festivales como el Quilmes Rock, Pepsi Music, Personal Fest y de musicales como ‘Cabaret’ y ‘El Fantasma de la Opera’. T4F tiene un acuerdo de exclusividad en Sudamérica con la compañía Live Nation - la productora y promotora de música en vivo más grande del mundo. Además, es la productora oficial de los shows del Cirque Du Soleil en nuestro país. En 2008 produjo Alegría y en el 2010, llegará Quidam, La Bella y la Bestia, Coldplay, Metallica y muchos más. DISNEY THEATRICAL GROUP (DTG) opera bajo la dirección de Thomas Schumacher y es una de las empresas de teatro comercial más exitosas del mundo. A través de Disney Theatrical Productions y Disney Live Family Entertainment, DTG ofrece espectáculos en vivo a una audiencia anual de más 19 millones de personas en más de 50 países. Bajo la división de Disney Theatrical Productions, el grupo produce y licencia musicales de Broadway en todo el mundo incluyendo ‘La Bella y la Bestia’, ‘El Rey León’, ‘Aida’ de Elton John y Tim Rice, ‘Tarzán®’ y ‘Mary Poppins’, una coproducción de Disney y Cameron Mackintosh, y ‘La Sirenita.’ En 2007, Disney Theatrical lanzó además la gira profesional de la versión teatral de ‘High School Musical’ de Disney visitando 41 ciudades en los EE.UU. durante un año. A través de Disney Live Family Entertainment, DTG ofrece espectáculos en vivo en todo el mundo licenciándolos a Feld Entertainment, productora de ‘Disney on Ice’ (Disney sobre Hielo) y ‘Disney Live’ (Disney en vivo). Su más reciente producción, ‘Let’s Celebrate!’ (Celebremos), incluye el debut en vivo de la Princesa Tiana de la película animada de Walt Disney Pictures “The Princess and the Frog” (La Princesa y el Sapo). ‘Disney Live! Rockin’ Road Show’ comenzó su gira de 75 ciudades en los EE.UU. en Agosto de 2009. Además, DTG licencia títulos de musicales para producciones locales, escolares y comunitarias a través de Music Theatre International. SÍNTESIS ARGUMENTAL Érase una vez, en una tierra distante, un joven príncipe egoísta y arrogante con corazón de piedra, que vivía en un bello castillo. En una noche de invierno, golpea a su puerta una anciana que le pide resguardo y abrigo para protegerse del intenso frio; a cambio de su hospitalidad le ofrece una rosa roja pero el príncipe se lo niega con desprecio. La vieja mendiga, sintiéndose ofendida por su despreciable actitud, lanza un hechizo sobre el príncipe, sus sirvientes y el castillo. Así, el príncipe se transforma en una temible y espantosa bestia y todos sus sirvientes en objetos encantados. La bruja le deja al príncipe, una rosa mágica y un espejo como único elemento para ver el mundo exterior. Para deshacer el hechizo, el príncipe deberá aprender a amar y ser amado por una mujer antes de que la rosa encantada pierda todos sus pétalos. De lo contrario, quedará con el aspecto de una horrible y monstruosa bestia para siempre. Varios años han pasado y el príncipe comienza a perder la esperanza de librarse del hechizo… hasta que llega al castillo una joven llamada Bella que logrará cambiar el rumbo de la historia. ELENCO Martín Ruiz (Bestia) Magali Sánchez Alleno (Bella) Federico Moore (Gastón) Carlos Silveyra (Lumière) Roger González (Lefou) Marisol Otero (Sra. Potts) Ricardo Bangueses (Dindón) Ana Fontán (Babette) Rodolfo Valss (Maurice) Tiki Lovera (Ropero) Walter Canella Rodrigo Segura Nicolás Martinelli Horacio Vay Leandro Zanardi Jorge Luis Moliniers Carlos Banega Juan Pablo Piancino Esteban Provenzano Nicolas Guriani Roberto Peloni Pablo Graib Leo Robaglio Carolina Gómez Dolores Santa Coloma Silvina Nieto Maia Contreras Florencia Viterbo Florencia Anca Jimena González Vanina Said Jorgelina Maglio Mara Moyano Natalia Volonino Débora Díaz Silvina Tordente EQUIPO CREATIVO ORIGINAL Compositor: Alan Menken Letra: Howard Ashman y Tim Rice Libreto: Linda Woolverton Director: Robert Jess Roth Coreógrafo: Matt West Diseño de Escenografía: Stanley A. Meyer Diseño de Vestuario: Ann Hould-Ward Diseño de Luces: Natasha Katz Diseño de Peinados: David H. Lawrence Diseño de Ilusionismo: Jim Steinmeyer Prótesis: John Dods Director de Lucha escénica: Rick Sordelet Arreglador Musical para Danza: Gen Kelly Orquesta: Danny Troob Arreglador de Música Incidental: Michael Kosarin Arreglador Vocal: David Friedman Diseñador de Sonido: Gastón Brisky EQUIPO CREATIVO PARA ARGENTINA Directora y Coreógrafa Asociada: Jaqueline Dunnley-Wendt Supervisor Musical: Paul Christ Diseñador de Escenografía Asociado: Dennis W. Moyes Diseñadora de Vestuario Asociada: Tracy Christensen Diseñador de Iluminación Asociado: Michael Odam Supervisora de Vestuario, Maquillaje y Pelucas: Genevieve Petitpierre Diseñador de Sonido Asociado: Alejandro Zambrano Director Musical Residente: Gerardo Gardelín Directora Residente: Rocío Rodríguez Conway Coreógrafo Residente: Héctor Hernández Director Técnico: Pablo Calderón Productor Asociado/Disney Theatrical Productions: Michael Cassel Productora Ejecutiva: Clara Darriba Productora General: Almali Zraik Producción General: T4F Fotos: Videos: https://ugc.kn3.net/s/http://www.youtube.com/v/NdQIQkeGu7Y https://ugc.kn3.net/s/http://www.youtube.com/v/O2KnRpf4T5k https://ugc.kn3.net/s/http://www.youtube.com/v/8YTLlz9gAkY
Dejo otra nota de esta Revista SH Defensa de la estética Ricky Fort POR DANIEL GUEBEL Hace unos meses, por casualidad, escribí una nota ejemplar. No porque lo sea, sino porque me sirve como ilustración para la que tengo que escribir ahora. Decía entonces que en el aventurero siglo XIX un escritor niño, Arthur Rimbaud, escribió: “Yo es otro”, una frase genial que definió —y creo que sigue definiendo hoy— el programa del artista contemporáneo. Destruida la identificación entre el artista y sus producciones, las posibilidades del arte se vuelven infinitas. Relea el lector la frase, saboree como un chocolate áspero y amargo el enfático cruce entre el pronombre en primera persona del singular y el verbo (¿o verboide? No me acuerdo) en tercera, y después —olvidemos su clase— la palabra “otro”. Un programa radical, un poema que desmarca al autor del sello de identidad, lo libera de la tiranía del estilo “propio” y le permite ser siempre ajeno, distinto, inesperado. Es su propio cuerpo exhibido como causa y obra final, luego de injertos, implantes, aspiraciones prolongaciones, lo que se convierte en su obra. Pues bien, trasladaba lo que decía acerca de los autores y las obras que me gustan al ámbito repulsivo y pedestre de la televisión argentina y a la entronización de su brillante nuevo emergente, Ricardo Fort , y aseguraba que Fort reemplazó esa afirmación programática por una tautología que es el título de una canción que abanderó hace una década al orbe lésbico local: “Soy lo que soy”. Y que eso, más allá de la fácil broma, lo que imponía era un nuevo paradigma estético: Ricardo Fort no es un artista por lo que hace ni lo que dice que hace. Como mucho es un colonómano macrista que cree que la fuerza de impostación de su voz tronante le garantiza trinar con garbo llano esos fragmentos de óperas tan conocidas como convencionales con las que colonizó el programa de Tinelli. Fort es un artista por lo que hizo con su cuerpo para hacer que su ser sea. Es su propio cuerpo exhibido como causa y obra final luego de ciclos de injertos, implantes, transplantes, sustracciones, aspiraciones y prolongaciones, lo que se convierte en su obra. Y esa obra no está hecha para durar ni produce un goce estético en el espectador, sólo existe para ser exhibida. Fort , que dejó de ser un alfeñique pálido para convertirse en un fisicoculturista de laboratorio que viaja subido al tren bala de la televisión y se instala de prepo en tus pantallas de plasma, hace lo que hace no para que su obra (su cuerpo) produzca significado: le alcanza con ser visto. La serie de sus transformaciones, su condición de extrema visibilidad, produce todo el significado que necesita. ¿Qué es Ricardo Fort a la minúscula escala de nuestra Argentina contemporánea? Visiblemente, una implantación local, un avatar de Luis II, el rey loco de Baviera, con su corte de efebos, su gusto por la rumbosidad y la ostentación. Pero lo que en el original eran delirios de alta cultura, pasión por los lagos y cascadas artificiales y los autómatas de porcelana y las lunas venecianas pintadas en los techos de sus castillos (daría más detalles si encontrara la biografía que sobre él escribió el hijo de Henri Troyat), son en nuestro latino heredero fingida devoción amorosa por las mal teñidas chiruzas culonas de mucha monta y poco cerebro que contrata y compra para sus espectáculos, camisas de jeans estampadas con águilas y águilas o cuervos o lo que sea que lucen en el capot los Rolls Royce de origen inglés y marca de orillo registrada en Miami. Desde luego, la ventaja de Luis II era que al menos tenía a otro artista como ídolo (y como estafador personal), nada menos que Richard Wagner. Luis II quería abolir las injurias de lo real y sus molestias con la apoteosis de un artificio que ocuparía cósmicamente el lugar de lo cierto. Ricky Fort , en cambio, sólo puede soñar con otro transplante a Miami y con el retorno del menemato, y aunque presuma de su educación, sólo puede ser esquilmado por los directores y actores y empleados de las rascadas que urde con títulos tan ingeniosos como Fortuna. Fortuna. Fort -una. “Yo soy esa”, sería. Ayesha. De Rimbaud en adelante, quien quiere leer, que lea. La vanguardiano cesa nunca, sólo muta la sintaxis o cambia de máscaras, encanto.
Les dejo una nota que habla la Cielo Latini, la chica que es escritora, y reveló sus etapas bulímicas y anoréxicas, y en la nota cuenta, como es perder el hambre. Es de la Revista SH CÓMO ES PERDER EL HAMBRE Por Cielo Latini Voy a contarles de qué se trata perder algunos kilos y vitalidad para encontrar la verdad. En verdad, el hambre nunca se pierde. Siempre está ahí, agazapado, aunque por un rato no duela. Los que alguna vez jugamos con el hambre sabemos que no se pierde. Ahora bien, ¿qué más perdemos cuando pensamos que perdemos el hambre? Perdemos de vista lo importante: de pronto un par de calorías nos parecen un desastre del que no sabemos cómo vamos a recuperarnos. Perdemos la capacidad de emoción, nos convertimos en autómatas. Contamos calorías, contamos días. Perdemos también la capacidad de disfrute: lo que antes era comida ahora son números. Así, una manzana es ochenta, un postrecito es ciento veinte. Viajamos a un lugar donde pocas cosas cuentan: las calorías cuentan, la fuerza de voluntad, el dolor que hay que sentir para poder llegar a un equilibrio loco. Ese equilibrio cuesta. Cuando tenemos hambre —no hambre de “hace dos horas que no como nada”, hambre de verdad— nos convertimos en las personas más frágiles y nos sentimos a la vez las más poderosas. Sabemos que todos los demás sucumben, que el resto del mundo, vos no, necesita comer. Vos no necesitás comer. Sos casi superior. Casi perfecto. No hay certezas, sólo un espejismo: no necesitamos nada. Sufrir por hambre nos hace menos vulnerables a otros dolores: nos hace insensibles, nos hace fríos. ¿A dónde queremos llegar? A no necesitar. A no pensar, a flotar. A caminar por la nieve sin dejar huellas. A dejar el cuerpo, a vivir en otro nivel espiritual donde no necesitamos nada: ni personas, ni abrazos, ni besos, ni comida, ni calorías, ni Cómo hace uno para soportar más de once días sin ponerse nada en la boca. Voluntad férrea: una anoréxica todo lo puede. Todo. recibir ni demostrar amor. Es la no necesidad absoluta, la independencia de todo. “No necesito este cuerpo, lo voy a dejar morir”. Cuando luchamos tanto por perder el hambre sabemos que también vamos a perder otras cosas: las amistades, la familia, el contacto real con la gente que se preocupa por nosotros. Todas las tareas se vuelven trabajosas: caminar nos supone un esfuerzo desgarrador; dormir, un desafío. Perdemos el sueño. No es agradable, es doloroso. Perdemos la esperanza: ¿qué hay para mí? ¿Más dolor? Y ahí aparece el deseo, el único, el de dejar de vivir. ¿Cómo hago para no tirarme a llorar todo el día si tengo hambre? ¿Cómo hago para soportar a la tía vieja que dice “me siento mal, hoy no almorcé” cuando uno lleva más de once días sin ponerse nada en la boca? Voluntad férrea: una anoréxica todo lo puede. Todo. ¿Qué nos perdemos? El placer de prender el horno y que se caliente la casa en invierno. El placer de llegar y sentir olorcito a recién cocinado, olorcito a torta, a budín, a tarta de choclo. Las sonrisas de las personas a quienes les regalamos lo que cocinamos. El día que me puse a cocinar me di cuenta de todo lo que me estaba perdiendo y, sobre todo, me di cuenta de que me gusta mucho. Tuve que hacerme la pregunta: ¿Por qué me gusta tanto cocinar, a mí, que me la pasé luchando por no entrar en la cocina? Y encontré la respuesta: porque es algo que empieza y termina en el día. Porque por fin siento que estoy cumpliendo con una meta. Porque manteca, azúcar y huevos siempre te van a dar unas galletas deliciosas, sin importar tu humor, si importar el clima. Porque es seguro. Algunos un tiempo después descubrimos la razón por la que nos morimos de hambre. Tenemos tanto hambre de la verdad que la comida no nos satisface, y hasta que no encontremos aquello que buscamos, vamos a desahuciarnos, a dejarnos morir, porque estamos habitando un cuerpo que no nos pertenece, un cuerpo que alguna vez fue ultrajado. ¿Quién dijo que la verdad nos hará libres? ¿Cuánta razón tenía? Toda. El día que lo supe me di cuenta de algo: mi cuerpo es mío. Es mi templo, es todo lo que tengo, fue el nido de mi hija, es el nido de mi segunda. Es mío, me pertenece, nada que me haya hecho nadie puede quitármelo. Es con mi cuerpo que amo a mi hombre, a la persona que me cuida. Me dejo amar a través de él, me amo gracias a él, puedo abrazar, puedo besar, puedo ayudar. Es mío, no importa qué haya pasado en el pasado ni cuán tullido se encuentre. Me pertenece. Y ya no me muero de hambre. Fuente: http://www.facebook.com/revistash
CÓMO ES PERDER 35 KILOS Por Alessandra Rampolla Para mí, más que adelgazar y perder 35 kilos, fue ganar en salud. Era algo que me preocupaba. Fue un cambio muy radical, evidentemente físico, pero también en el estilo de vida. El sobrepeso no era un tema estético para mí. Me sentía muy bien, me gustaban las curvas, la onda voluptuosa, no me parecía mal. Estaba muy cómoda, pero el sobrepeso tiene un potencial de afectar la salud seriamente. Tengo muchas ganas de ser mamá y hay un sinnúmero de complicaciones posibles que ni siquiera quería tener la posibilidad de que me fueran a ocurrir en un embarazo. El tema de una diabetes me preocupaba mucho. Y básicamente la dificultad de quedar embarazada porque se complica el proceso de fertilización. Mi hermana es ginecóloga. Y me dijo, si algún día tu quieres quedar embarazada, sabes que tienes que bajar de peso. Eso me lo había dicho hace mucho tiempo y yo no le presté atención, pero ahora que estoy casada y con una intención clara de vida, se convirtió en un tema muy importante. El by-pass gástrico es una cirugía, y un cambio muy radical. Mi forma de relacionarme con la comida es muy distinta ahora porque el cambio físico es muy dramático, hay una alteración en la anatomía, y mi cuerpo no absorbe ni la grasa ni los nutrientes como lo hacía antes. Me tengo que alimentar pensando en mi nutrición primero y luego en darme gustos. No quiero estar mal nutrida y con la operación es muy fácil que eso suceda. No sigo una dieta estricta, mantengo mi calidad de vida, pero cuando llega el momento de comer, lo encaro distinto, pienso en alimentarme y luego en darme el gusto. Antes era al revés. Como consecuencia del bay-pass tengo que tomar vitaminas, durante todos los días, por el resto de mi vida para poder suplir los nutrientes que mi cuerpo no absorbe. Lo que sucede es que se achica el tamaño del estómago y también que, por ejemplo, si nos juntamos a comer una pizza, usted engordará más que yo, a mí la comida no me cae en la parte del intestino que más grasas y carbohidratos absorbe, pero tampoco absorbe todos los nutrientes. Si usted y yo comemos un plato de vegetales, usted estará más nutrido que yo. Por eso debo tener la conciencia muy clara, más que nada por el tema vanidad: soy una mujer muy cuidadosa, siempre estoy arreglada, y a mí me da pánico que se me caiga el pelo o los dientes, o que se empiece a notar físicamente los estragos de una mala nutrición. Eso es muy importante para mí. Mi peso ahora es saludable. No estoy flaquísima ni parezco una Barbie, nada que ver, tengo mis rollitos, pero estoy saludable. Me siento más ligera, más ágil, el movimiento del cuerpo es distinto. Cuando iba ganando peso no me daba cuenta de que mi agilidad se iba afectando. Juraba que era muy enérgica, hasta que bajé de peso muy rápido. ¡Ahora qué hago con toda esta energía! Se siente distinto, pero como yo no siempre fui obesa, es como reconocerme cuando me miro al espejo, como antes me veía así, a veces pienso que no estoy tan delgada. Mi esposo no me conoció estando delgada, sino obesa, y cuando adelgacé, yo decía que estaba igual, y él me respondía ¿¡qué!? Y entonces me sacaba una foto para comparar. Siento que ahora muestro otra parte de lo que ha sido mi historia. Es raro acostumbrarme a entender que ya no estoy tan obesa como antes. En términos de sexo, el que podría decir algo es mi marido. Para mí, el sexo no es distinto, puede ser que para él sí lo sea. No fue fácil tomar la decisión. En mi país este tipo de cirugía tuvo muy mala fama. El by-pass gástrico es una cirugía muy radical. Mi forma de relacionarme con la comida es muy distinta ahora porque el cambio físico es dramático. Me operé en Colombia, en la ciudad de Cali. Yo no quería ni decirlo antes de hacérmela. Fue muy pensado y muy estudiado. Los médicos, los mismos que operaron a Diego Maradona, fueron cuidadosamente elegidos. Pero yo, ahora delgada, sigo siendo la misma. Es un versión actualizada. Ahora, con los kilos de menos y el pelo corto, la gente ni me conoce por la calle. Es algo maravilloso. Aun así, me sigo mostrando tal cual soy. http://www.facebook.com/revistash