InicioInfoComo fue el robo del siglo

Nota de la Revista SH



POR CRISTIAN ALARCÓN

Lo conocí en una calesita. era uno más entre los
hombres solos que esa tarde miraban desde un banco
a los niños que se peleaban por la sortija metros más
allá. Uno de ellos era su hijo y él se había tomado el
día para pasearlo por los parques de un barrio de clase
media. Sostenía en la mano un globo de papel brillante.
Quería entonces contarme una historia, como
ésta que ahora desea que relate sin decir su nombre,
sin rezar su apellido, sin darme el lujo de describir con
detalles su estampa, los rasgos que lo hacen gris. En
este hombre el anonimato caló tan hondo que parece
haberle tomado el cuerpo. Así lleva el tiempo que ha
transcurrido desde el 13 de enero del año 2006, cuando
junto a otros cuatro tipos camufl ados por disfraces
varios, entró por la puerta grande del banco Río de
Acasusso con un arma de juguete en la mano y dijo
el clásico: nadie se mueve, que le damos un tiro; todos
al piso. Así pasa los días el único cabo suelto de la
investigación —los otros cuatro acaban de ser juzgados
y declarados culpables—, sin estridencias, desde
aquella tarde de ocho horas en las que cometió lo que
todavía se conoce como el robo del siglo.
Llegar a él fue natural y sin leyenda. Después de años
cubriendo casos policiales y relacionándome con la
ilegalidad hasta sería posible —aunque no puedo
revelarlo en detalle— que fuera él quien me buscara
para contar su historia. ¿El motivo? Podría decirse
que es un artista que quiere hablar de su arte. Tampoco
puedo contar dónde y cómo nos encontramos
sin traicionar la confi dencialidad, pero sí puedo decir
cómo no fue: no hubo que vendarse los ojos ni cambiar
de auto cuatro veces ni llegar a un bunker de hombres
armados. Simplemente nos sentamos a comer.
Frente a un parque, años después de aquella calesita
de barrio, el hombre habla en tercera persona.
—Casi justo un año antes del hecho aparece un aventurero,
un bohemio con cierta inteligencia y ambición,
se encuentra con un veterano en las lides del choreo
—nuestro hombre gris— y le dice: vos tenés una trayectoria,
la ética, los códigos, los principios, y tenés
además mil tiroteos, cien balas en el cuerpo, fuiste torturado
y saliste entero. Te desafío a hacer algo muy por
encima de todo eso. Vamos a hacer el asalto más audaz
de la historia, sin armas. Es casi como una estafa.
El bajo perfi l del hombre es tal que aunque es indudable,
por su experiencia y sus éxitos en el trabajo de
ladrón de bancos, que pertenece a la Aristocracia del
Hampa, insiste en que la genialidad del robo del siglo
no le pertenece. La mayoría de las ocurrencias ya las tenía
otro miembro de la banda, dice. Eran buenas ideas.
Él no hizo más que rubricarlas y ponerse al frente. El
otro ya sabía que bajo la superfi cie de las coquetas calles
que rodean la sucursal de Acasusso había túneles

subfl uviales, que uno de ellos iba a dar a 16 metros del
sótano del banco, y que había otro túnel más, conectado
al primero por el que se podía salir hasta una boca
de tormenta. Nuestro hombre no aclara cómo surgió
la más genial de las ideas: entrar igual por adelante,
tomar rehenes como si fueran a escaparse por la puerta
central y, en realidad, usar el tiempo de negociación
con la policía para huir con el botín robado de 145 cajas
de seguridad sobre botes infl ables, como gondoleros,
burlándose de la policía.
—¿Cual es la diferencia entre este robo y otros?
—Hay muchas. En los últimos años los únicos robos
a bancos eran express. Tampoco hubo muchos robos
de cajas de seguridad, los que hubo eran tipos que alquilaban
las cajas y una vez adentro abrían alguna. Lo
que pasa es que con los años los sistemas de seguridad
se volvieron inviolables. Diría que esto nos enfrenta a
una nueva situación en nuestro gremio: el robo con armas
violento y el escruche están desapareciendo.
El hombre tiene clara la innovación que protagonizaron;
habla como si su negocio delictual se tratara de
un arte con nuevas tendencias. El escruche es en el
lunfardo del hampa el nombre de un afano en el que
no se aprieta a nadie, simplemente se entra al lugar
—comercio, empresa, casa— sin pedir permiso y se
sale con las manos llenas. El escruche no tiene la adrenalina
que produce un asalto a mano armada en el que
un tiroteo es inminente, y puede incluso ser elegante.
El garbo en el robar, para nuestro hombre, parece ser
importante. Él, por ejemplo, es un amante del cine en
el que los gangster se lucen. Nada mejor que aquel clásico
protagonizado por Frank Sinatra y sus amigos,
cuando se los conocía en Las Vegas como el Rat Pack.
Allí estaban Dean Martin, Peter Lawford y Sammy
Davis, Jr. Steven Soderbergh hizo la remake con George
Clooney y Brad Pitt, pero nada que hacer al lado de
aquellos tipos que en la pantalla parecían bromear de
veras en noches profanas como las que ellos mismos
vivían después de la segunda guerra.
—Entre los ladrones con escuela suele existir la fantasía de
robarse un casino, como hacen ellos.
—Es cierto, yo por ejemplo tengo el honor de haberme
robado el Hipódromo. No sólo eso, lo hicimos sin disparar
un tiro, y detrás de la puerta donde nos levantamos
la guita había sesenta policías almorzando.
—Pero debe haber sido otra época.
—Sí, claro, como decía, el sistema se pone cada vez
más inviolable. Las puertas se abren con sistemas automáticos
de apertura de tiempos. Te pueden detectar
el calor del cuerpo, el color, y a pesar de que hay trajes
que no dejan pasar el calor, el movimiento es imposible
de disimular ante los nuevos radares.
—¿Ha hecho otros robos a bancos? ¿Qué le ha dado el conoci-



“YO TAMBIÉN TENGO EL HONOR DE HABERME ROBADO EL HIPÓDROMO. Y
DETRÁS DE LA PUERTA DONDE LEVANTAMOS LA GUITA HABÍA SESENTA
POLICÍAS ALMORZANDO”.


miento para poder hacerlos?
—Sí, he hecho robos grandes, pilas. En cuanto a lo otro,
es una acumulación de conocimientos que te van permitiendo
imaginar los robos. A modo de ejemplo: este
banco mueve tal plata, tenés un policía a una cuadra,
otro en una garita, con una metra, otro a dos metros. Te
das cuenta que podés hacerlo pero para neutralizarlos
tenés que llevar a 15 tipos al hecho. Después con esos 15
tenés que repartir el botín. No sólo eso, tenés que compartir
con ellos un conocimiento que te compromete.
Y aunque te juren que no, que no lo van a contar, se
lo dirán a la amante, al amigo, a alguien que te puede
delatar. Nadie puede decir que nos entrenamos en una
universidad, pero sí podemos decir que hubo acumulación
de conocimientos de tradición oral.
—¿Por qué motivos se arma una banda entre determinados
ladrones?
—Los ladrones como nosotros generalmente se juntan
por afi nidad y no por la posterior utilidad de lo que
van a hacer. Con algunos nos conocimos en Devoto.
La afi nidad se expresa en que ya uno va estando acostumbrado.
Si entró en una empresa multinacional,
por ejemplo, y logró apretar la seguridad, encerrar a
los custodios, llegar al tesoro, agarrar la plata y salir
sin disparar un tiro, ya se conoce. En una época con
algunos compañeros hacíamos esto en un toco y me
voy. La experiencia te permite tener una mirada panorámica
y perspicaz: uh, aquél se dio cuenta, aquel otro
boludo durmió, allá viene una patota con un Falcon.

El hombre se ríe del anacronismo. Tuvo su primer
arma cuando el país no tenía encima el arquetipo
de la patota en Falcon verde levantando gente en la
calle. Era un matagatos con el que le disparaba a los
pajaritos en la zona norte, donde nació. Sus padres no
eran ricos, pero sí comerciantes prósperos. Él se sintió
atraído por la aventura desde demasiado chico, dice.
Comenzó en el hampa no por necesidad, sino por ambición.
Eso parece hacer una distinción enorme en su
catadura profesional. Los años ‘60 y los ‘70 trajeron
para nuestro hombre un aprendizaje feroz.
—Empecé siendo menor, choreando comercios y boludeces
en Capital y zona norte, que es donde está la plata.
Tendría unos 16 años. Después caí en cana un par
de veces y adentro la gente te cuenta historias que son
mentiras, y luego las querés llevar a la práctica y terminás
enredado en una banda de quilombos. La cárcel
tiene una cultura muy particular: ninguno quiere ser
menos que el otro, entonces cada uno te cuenta sus hazañas.
Después, claro, querés llevar a la práctica todas
esas cosas que escuchaste adentro. Pero resulta que no
era cierto. Además de que acá te llevan en cana, te torturan
y siempre termina siendo un caos y un dolor. El
otro quilombo es que vas internalizando los códigos
que te limitan, también. Los códigos son por un lado
una cuestión moral, y por otro un asunto de protección
a uno mismo.
—Se habla mucho de los códigos pero nadie sabe bien qué son.
—Por ejemplo, te dicen que con la yuta no se hace nin-

guna transa, y eso tiene su razón de ser porque seguramente
ese policía con el que arreglaste te termina
traicionando. Entonces, por un lado hay un asunto de
moral: no transar con la cana porque es un enemigo
político. Por el otro, es que no lo hagas porque corrés
más peligro. En ese sentido, cada vez es más así: no lo
hacés no por lo moral, sino por lo de lo práctico. Digamos
que eso siempre se respetó, aunque la sociedad
fuera cambiando.
—¿Qué cambios lo impresionan más?
—Antes era raro que un pibe le pegara al pedo a alguien.
La mayoría eran hijos de padres laburadores
y tenían cierto respeto por el otro. Ahora muchos no
tienen padre, o tienen padres y abuelos lúmpenes que
han vivido presos. Del otro lado, en lugar de tener una
sociedad más o menos piola que piense qué hacer con
ellos, tienen a un montón de verdugueadores que si
fuera por ellos liberan el uso de la picana, como Patti.
—¿Lo torturaron?
—Y sí, si era la obligación de la policía.
—¿Cuántas veces?
—Qué sé yo. Calculale unas 20 veces. Picana y submarino
seco a mansalva, casi siempre en procura de
información. A veces no podés distinguir bien, por
cómo te quieren hacer la psicológica. Una vez, en
Munro, me entregó el juzgado. Caí en un tiroteo lesionado,
con cinco tiros, y uno me había fracturado un
hueso. Ellos mismos me pusieron una madera y me
vendaron. De mis compañeros uno tenía una herida
en la cabeza, otro en los pulmones. Por las heridas
que tenía, el único que no corría riesgo de morir era
yo. Entonces fue a mí al que llevaron para torturarlo.
Claro, primero me vendaron, para que no me desangrara.
Me sacaban cada tres horas; picana, y otra vez.
La biaba que me dieron no paró ahí. Cuando me estaban
dando me pidieron de otra jurisdicción por otro
delito, por culpa de un buchón que me vendió. Entonces
me ataron a una camilla metálica y me empezaron
a dar en esta mano, donde tenía la fractura.
Nada de esos disparos, ni de los que recibió en otros
enfrentamientos, ni de las torturas recibidas, se nota
en el andar de nuestro hombre. Quizá debajo de ese
pantalón que no dice nada, de esa camisa que podría
ser la de un médico, la de un geólogo o la de un
ingeniero en sistemas, haya marcas en la piel. Quizá
los huesos le duelan cuando llueve, o los recuerdos
lo atormenten en sueños. Pero nada se nota a simple
vista. La manera elegante en que lo controla todo puede
haberlo mantenido a salvo. Se mantuvo alejado de
las acusaciones, no hubo fi scal que lograra implicarlo
en el robo del siglo. Ni los delatores lo incluyeron en
sus listas. Ha sido para la justicia y para la policía un
dolor en el ego más que un sospechoso al que puedan
perseguir con elementos. Y esa afrenta que es en sí

mismo más lo ha desdibujado en su vida cotidiana,
donde no hay altibajos. Come clásico. No se aparta hacia
menús estrambóticos. No toma alcohol. No se droga.
Desprecia esas debilidades de la carne. Sí acaso le
gustan demasiado las mujeres. Tampoco tanto como
para enrollarse en problemas de polleras que lo pongan
en peligro.
¿Puede ser un vicio un deporte?, bromea, canchero,
sobre el sexo. No ha habido en su vida una sola mujer
despechada que lo mande al frente como le ha ocurrido
a tantos. Y no cree en el mito de que las mujeres son
siempre las traidoras: más bien, cree, hay tipos autoritarios
que no quieren pagar lo que cuesta un amor, lo
que vale la lealtad. A él, las minas lo han protegido, lo
han refugiado, lo han querido bien.
El robo del siglo mereció un documental de Discovery
Channel en el que un dudoso supuesto partícipe del
asalto hablaba detrás de unas gafas oscuras —en inglés—
y un locutor con tono CNN largaba adjetivos
como increíble y brillante. Pero no hubo mejor piropo
para los protagonistas del caso que los del jefe de los
investigadores de la Policía de su momento, el comisario
Osvaldo Seisdedos, luego caído en desgracia: “En
la historia policial argentina no hubo otra banda con
esta logística, la audacia, la técnica, la preparación y
la suerte de la que actuó en el asalto al Banco Río”. Es
cierto, todo eso es cierto. Pero no sólo de astucia fue
hecho el robo del siglo, sino de maña y voluntad. Durante
casi un año, sus ejecutores trabajaron duro para
construir la estructura subterránea que les permitiese
ganar la calle con la plata encima.
—Cada entrada a la tubería por donde podíamos acercarnos
al banco bajo tierra era como hacer ‘un hecho’.
O sea, cada vez teníamos que vigilar, controlar, cuidarnos.
Teníamos que descolgarnos hasta la salida de
esa tubería al Río de la Plata, al fondo de la calle Perú,
y primero hubo que cortar el chapón blanco, que es
como un níquel, para acceder a un caño de cuatro
metros de diámetro. Para empezar, hicimos una tapa
para el chapón. Era para que si pasaba una inspección
no se dieran cuenta de que estaba perforado el caño.
Hacés un kilómetro por el tubo y llegás cerca del banco.
Entre el banco y ese tubo hay 16 metros. Eso es lo
que hubo que construir.
—¿Cómo hacían para bajar al tubo?
—Entrar no era como entrar a una casa. Teníamos
que llegar al río. Nos tirábamos con una soga. Llegábamos
por la calle, casi siempre de noche. A veces se
nos frustraba porque había gente en la costa. De cien
veces que íbamos laburábamos veinte. No siempre
podíamos hacerlo. Es que arriba del tubo teníamos a
la Policía Científi ca, que si no fuera por los árboles que
hay en la zona, la ves desde el lugar donde bajábamos.
Al mismo tiempo cada uno de nosotros tenía que se-

guir cumpliendo con sus obligaciones, sosteniendo su
vida, no llamar la atención para nada.
Lo que primero hicieron fue determinar el lugar para
comenzar con la construcción del túnel, lo más próximo
al banco. Allí instalaron una puerta de metal que
cubría el acceso a una recámara. A medida que llegaban,
al anochecer, comenzaron a familiarizarse con lo
que se convirtió en un lugar de trabajo. Hubo que trasladar
picos, palas, un generador eléctrico, un martillo
retropercutor —como los que se usan para romper el
asfalto en la calle pero más pequeño—, una moladora
para demoler la parte fi nal de pared hacia el banco,
hecha de hierro, concreto y ladrillo. Al mirar hacia el
techo del caño por el que cada noche entraban, con el
agua hasta los tobillos, y en algunos tramos hasta el
cuello, podían verse restos de ropa, telas, alambres,
basura. Era evidente que la crecida o una lluvia intensa
podían llenar el lugar de agua.



“UN MES ANTES DE HACER EL LABURO ABULONAMOS UN DIQUE DE MADERA
A LAS PAREDES DE LA TUBERÍA QUE NOS PERMITIRÍA MOVER TODO LO QUE
ÍBAMOS A SACAR EN BOTES”.


—Además, en el medio necesitás dinero, porque hay
que comprar equipos, pagar nafta, estar en movimiento.
Había que resolver las cuestiones de la hidráulica.
Caminábamos con el agua hasta los tobillos, sin botas
ni nada, hasta que nos metíamos en la recámara y cerrábamos
la puerta, para empezar a darle a la tierra.
Flejes de camión, elásticos de acero, con eso le dábamos
a la tierra. Se hacía una montaña; y antes de irnos,
todo lo que habíamos acumulado lo teníamos que
limpiar para que nadie sospechara si había una inspección.
Al fi nal, usamos el agua a nuestro favor. Un
mes antes de hacer el laburo abulonamos un dique de

madera a las paredes de la tubería que nos permitiría
mover todo lo que íbamos a tener que sacar en botes.
El hombre gris no quiere reconocimiento, insiste en
que las ideas no fueron de él. No quiere que lo llamen
el cerebro del robo del siglo, como ha ocurrido en algunas
notas en las que los propios presos por el asalto
dicen que ese señor está en el Caribe. Pero hay algunos
detalles del robo que parecen tener que ver con
antiguos amigos suyos, maestros de la aristocracia
del hampa que supieron usar el ingenio en los viejos
tiempos. Uno de ellos llegó con su banda al tesoro de
un banco porteño y tenía todo listo para irse por los
desagües pluviales cuando una tormenta le arruinó el
plan y tuvo que entregarse. A otro se le ocurrió usar
un camión cisterna para instalar dentro del tanque
una especie de bulo en el que su banda se escondía
tras robar lo que fuera y se marchaban sin que nadie
sospechara que iban allí adentro. Pareciera que
el aprendizaje y la experiencia no son menores en la
gesta de estos ladrones.
Almorzamos con parsimonia, entre chistes y recuerdos
de míticos ladrones en un restaurante de Buenos
Aires con aires de bodegón. Los ofi cinistas apuran
conversaciones triviales antes de volver a sus puestos;
los mozos, viejos conocidos, nos ofrecen lemoncello
después del café. Cada tanto un vendedor ambulante
pretende vendernos un juego de lapiceras, una lupa.
El hombre que pasa desapercibido ni los mira y se
deja llevar por esas fórmulas que al fi n y al cabo lo han
hecho millonario. Le pregunto si podría enseñarme

algo de su ofi cio, qué sería lo más importante.
—Primero cómo mirar. Debés tener en cuenta que la
calle es una jungla donde te están acechando dos millones
de animales. Vos los tenés que eludir. Si tenés
un vecino, alguien que se da cuenta de que vos sos
el que anda mal, el que andan buscando, el que está
manchado, vas preso. Luego tenés que saber la forma
de moverte para que la policía no sospeche. Eso implica
desde cómo caminar, hasta cómo vestirte. Por ejemplo,
si vas a hacerte este restaurante, tenés que darte
cuenta de si hay cámaras, donde están, y luego cómo
vas a borrarte, el coche que necesitás, el color del coche.
Un auto rojo es lo peor, porque el rojo es fácilmente
identifi cable en un escape. Eso y la vía de salida, recorrerla
antes, hacerlo a la hora clave, la hora en la que
vas a poder escapar. Todo lo tenés que elucubrar.
—¿Cuál era el rol que tenía usted dentro del banco?
—Habíamos acordado que con otro compañero, el
hombre del traje gris, nosotros íbamos a manejar la
comunicación con la policía, que era un tema jodido.
Si nos equivocábamos en algo, eso era jodido. Pero
como la cantidad de cajas era mucha, y no éramos los
sufi cientes, fui abajo a laburar en abrirlas.
—¿Qué lo sorprendió de lo que encontraron?
—No me sorprendió nada. Botellas de vino, de champagne,
rompíamos en un orden, pero no teníamos un
método específi co, no teníamos la lista de clientes ni
apostábamos a que tal o cual podía tener más.
La emoción de juntar el botín latía cuando embolsaban,
uno tras otro, esos enormes billetes de cien euros,
los fajos de dólares, las joyas de las familias de la zona
norte. Abrieron 145 cajas. Habían soñado con un botín
mayor. Entre 30 y 50 millones de dólares. Los ricos
los defraudaron. Se llevaron siete millones, poco más.
Cuando llegaron a los botes, que estaban listos en el

tubo mayor al que le habían armado el dique para que
acumulara sufi ciente agua, hubo un error imprevisto
que les paralizó la respiración. El motor fuera de
borda no encendió. Tiraban una y otra vez de la soga
y nada. A nuestro hombre se le había ocurrido a último
momento llevar un remo, el remo salvador. Con
ese remo navegaron el trecho de un kilómetro hasta el
tubo adyacente por el que avanzaron hasta la boca de
tormenta que daba justo a la calle Tres Sargentos. Allí
habían estacionado muy temprano la combi Volkswagen
a la que le habían hecho un agujero en el piso para
que nadie los viera subir. Los rehenes seguían adentro
del banco y la policía convencida de que debería
entrar a rescatarlos después de entregarles las pizzas
y las gaseosas que habían pedido.
—Ganaste y ya no hay más inconvenientes en el camino.

Descomprimís el tema. Siempre estuviste en una
situación de riesgo y siempre se te frunce el orto. No
creo que exista alguien que mientras hace algo así se
cague de risa. Nosotros nos fuimos derecho a secar la
plata, que se había mojado.
—¿Es creyente, se encomendó a alguien?
—Soy creyente, pero no me encomendé a nadie. Si me
encomiendo y me ayuda, es compañero mío, y va a reclamar
la parte de él.
Bromea. Le sale bien.
—¿Quién escribió la frase: “En barrio de ricachones, sin armas
ni rencores, es sólo plata, no amores”?
—No importa. No fui yo. Pero lo importante es la idea
de la frase. Parte del desafío fue robarles sin armas,
con armas de juguete, y luego dejarles una frase. Una
manera de dejarles en claro que tienen más efecto la
astucia que la violencia. La frase signifi ca que más
allá de todo nos estamos llevando dinero y que lo
importante siempre será lo afectivo y no los asuntos
materiales.
Dice el hombre anónimo de todo anonimato que atesora
en algún misterioso lugar su parte del botín, al
menos del que jura haberse ganado en buena ley:
poco más de un millón.
Datos archivados del Taringa! original
19puntos
1,801visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
3visitas
0comentarios
Dar puntos:

Dejá tu comentario

0/2000

Autor del Post

M
Mar_Quiroz🇦🇷
Usuario
Puntos0
Posts5
Ver perfil →
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.