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pablorbit

Usuario (Chile)

Primer post: 30 oct 2013Último post: 27 nov 2015
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Usurpador de mi existencia
Apuntes Y MonografiasporAnónimo2/7/2014

Hace unos días advertí que hay un intruso en mi interior. Y que además de robar mi identidad, se adueñó de mi existencia; usa mi cuerpo a como estima conveniente, drogándome, emborrachándome y hasta fuma cuando le da la gana (generalmente tras el encuentro sexual [y generalmente con mi mano]). Robó el cariño de mi familia y mis amigos (o como solía llamarlos: conocidos). He intentado expulsar a este intruso de mi cabeza (es el lugar dónde suele hospedarse la mayor parte del tiempo) y lo hace, pero siempre regresa, puesto que se refugia también en otros sitios: toma siestas cortas en el semitendinoso de mis piernas o cualquier otro musculo, provocándome severos y dolorosos calambres. Pero lo que más me duele es que Alí no lo sabe y ella le moverá su cola hasta el fin de los días por el falso cariño que le da este dicho intruso.

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El Fumador Empedernido
El Fumador Empedernido
Apuntes Y MonografiasporAnónimo11/27/2015

Ernesto llegó completamente empapado a su humilde hogar en medio de los cerros porteños. Se desataba un gran temporal en Valparaíso. Afuera los fuertes vientos volaban las techumbres, y el mar, embravecido, inundaba las calles principales. Encendió la estufa para recobrar calor, se quitó la ropa húmeda y procedió a enrolar un cigarrillo. Ernesto era un ser taciturno, tímido y sumido en la más absoluta soledad. Amó una vez. Amó tanto que enloqueció por completo, pero, como suele sucederle a estos seres incomprendidos hasta por ellos mismos, no fue correspondido. Acabó el cigarrillo y procedió a enrolar otro. Esta vez se estiró en su cama a fumar. Lamentablemente el temporal le tenía preparada una amarga sorpresa: el acérrimo viento se llevó consigo parte del tejado y Ernesto, impertérrito, continúo estirado en su cama, sintiendo ahora cómo la lluvia lo empapaba nuevamente y le humedecía su cigarrillo.

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El espejo (cuento propio)
ArteporAnónimo10/30/2013

Me encontraba sentado como cada noche en el pequeño pupitre que acomodaron en mi humilde habitación del hospital psiquiátrico. Estaba leyendo un libro de filosofía muy interesante que encontré esa tarde en la biblioteca pública. Entrada la madrugada mientras todos se encontraban ya en el mundo de los sueños, sentí que una mirada pesada estaba dirigida contra mí, de esas miradas tan penetrantes que pueden inquietar hasta a un ciego, dejándolo tan turbado que pierde el sentido de la orientación. Al voltearme no encontré a nadie, solo estaba tras de mi espalda el gran y elegante espejo estilo barroco que me regaló hace algún tiempo un extraño señor que encontré en el parque que suelo concurrir a menudo (No encuentro que sea necesario profundizar mucho sobre aquel extraño señor, solo comentar que cuando me entregó el espejo aquel día, me advirtió que tuviera cuidado y se alejó corriendo). No le di importancia a este hecho y continué leyendo pero nuevamente me detuvo la mirada que sentía dirigida hacia mí, solo que ahora estaba ya seguro que se trataba del espejo. Me levanté del pupitre y me paré frente al espejo, pero lo que allí observe me perturbó tanto que me quedé allí sin decir nada, no salían de mi boca las palabras ni tampoco podía gesticular movimiento alguno: Era yo mismo, pero sentado en mi pupitre leyendo el libro. << ¡¿Qué mierda?! >> grité y un ataque de cólera comenzó a manipular la situación. Quería destruir aquel espejo, con lo cual saqué un revolver que pude entrar prófugamente al hospital, apunté al centro del espejo y disparé. El espejo no se rompió, solo estaba el agujero de la bala que lo atravesó y ahora, lo que estaba reflejado en él, era yo mismo de pie ensangrentado completamente por el balazo que llegó en mi corazón…

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