Ernesto llegó completamente empapado a su humilde hogar en medio de los cerros porteños. Se desataba un gran temporal en Valparaíso. Afuera los fuertes vientos volaban las techumbres, y el mar, embravecido, inundaba las calles principales. Encendió la estufa para recobrar calor, se quitó la ropa húmeda y procedió a enrolar un cigarrillo. Ernesto era un ser taciturno, tímido y sumido en la más absoluta soledad. Amó una vez. Amó tanto que enloqueció por completo, pero, como suele sucederle a estos seres incomprendidos hasta por ellos mismos, no fue correspondido. Acabó el cigarrillo y procedió a enrolar otro. Esta vez se estiró en su cama a fumar. Lamentablemente el temporal le tenía preparada una amarga sorpresa: el acérrimo viento se llevó consigo parte del tejado y Ernesto, impertérrito, continúo estirado en su cama, sintiendo ahora cómo la lluvia lo empapaba nuevamente y le humedecía su cigarrillo.

