Hace unos días advertí que hay un intruso en mi interior. Y que además de robar mi identidad, se adueñó de mi existencia; usa mi cuerpo a como estima conveniente, drogándome, emborrachándome y hasta fuma cuando le da la gana (generalmente tras el encuentro sexual [y generalmente con mi mano]). Robó el cariño de mi familia y mis amigos (o como solía llamarlos: conocidos). He intentado expulsar a este intruso de mi cabeza (es el lugar dónde suele hospedarse la mayor parte del tiempo) y lo hace, pero siempre regresa, puesto que se refugia también en otros sitios: toma siestas cortas en el semitendinoso de mis piernas o cualquier otro musculo, provocándome severos y dolorosos calambres. Pero lo que más me duele es que Alí no lo sabe y ella le moverá su cola hasta el fin de los días por el falso cariño que le da este dicho intruso.
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