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Primer post: 6 dic 2011Último post: 21 jul 2012
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Rosarinas
Apuntes Y MonografiasporAnónimo12/13/2011

Texto publicado en la Revista Atypica 32, febrero 2009. Reproducción autorizada. Citar autor please. Jorge Daniel Liporace.Un soir, j'ai assis la Beauté sur mes genoux.Et je l'ai trouvée amère. Et je l'ai injuriée.Une saison en enfer. Arthur RimbaudRosarinasLas mujeres de Rosario son las más lindas del país, o mejor, del mundo .Esta broma disfrazada de mito casero navega por la cultura popular rosarina desde hace ya unos años. La afirmación quizás nació como un chiste sublimatorio en ámbitos informales, en medio de hastío de las mesas de café, en las esquinas de barrio o en charlas entre señores inseguros. Luego llegó a instalarse de manera misteriosa en la conciencia de miles de personas, hombres y mujeres, dentro y fuera de nuestro territorio real y virtual hasta aterrizar, inclusive, en el discurso oficial a través de su utilización como atractivo de nuestra ciudad.Puesto a pensar en el asunto, lo primero que hice fue escuchar música de Serge Gainsbourg y Patti Smith, intercalada, buenos antídotos contra idiotez propia y ajena, luego leí, sin saber mucho por qué, la Historia de la Belleza de Humberto Eco y el informe de la Brunel University de Inglaterra sobre la simetría, el sex appeal y la belleza de los cuerpos, navegue por unos cuantos foros de Internet y para el final deje unas líneas dispersas de Rimbaud que suelen sacudirme el cerebelo. Así me pego el trabajillo encomendado por los amigos atypicos para éste número y nada pude hacer al respecto. Cada uno con su método.Ya embalado en el tema casi caigo en la tentación fácil de hacerme el listo y menospreciar el mito, que por cierto, parece salido de los cráneos humeantes de una sociedad de fomento que busca desesperadamente llamar la atención sobre un pueblo olvidado. Pienso en la ópera de Manaus, en Villa Dolores, la capital nacional de la papa o en El Hoyo, en Chubut, capital nacional de la fruta fina.Luego me di cuenta de que tras la aparente banalidad de la creencia, de la estupidez de su formulación, podían esconderse razones profundas. Y ahí la cosa se puso interesante. Sospeché que el árbol sobre el que se sostiene este malentendido tenía intrincadas ramas llenas de frutos ambiguos. Comprender los mitos, ya lo saben, es más bien difícil. Lo que sigue son las huellas de un recorrido precario alrededor del mito de la supuesta belleza de las mujeres rosarinas. Síganme los buenos.Para definir con precisión el supuesto fenómeno, primero habría que ponerse de acuerdo sobre lo que en Rosario, en Argentina, se considera como una mujer bella. Ya arrancamos mal. En una sociedad racista como la nuestra, el arquetipo de mujer bella está próximo al tipo caucásico de origen europeo con licencia hacia los tipos árabo-semíticos mediterráneos y con una negación total de la estética aborigen. Todo esto sin reglas fijas ya que el nuestro es un país étnicamente híbrido que tiene, sin embargo, una mayoría de población con origen o antepasados indígenas, el 56 por ciento, según lo consigna claramente el mapa genético de los argentinos hecho por la Universidad de Buenos Aires. Rosario está en Argentina y recibe mucha inmigración interna, se cumplirían entonces las mismas pautas promedio que en el resto del país. Basta mirar hacía cualquier punto de la ciudad para ver que la mayoría de las mujeres no encajan en las exigencias del canon imperante. Si esto fuera cierto, deberíamos pensar que para los estetas desmesurados que propagan el mito, las otras mujeres, las rellenitas, las asimétricas, las chaqueñas, las que tienen celulitis, las formoseñas, las peluqueras, salteñas, las que trabajan explotadas cosiendo ropa en talleres clandestinos, las basureras, las mujeres embarazadas gordas de amor, las enfermeras, las artistas, las sindicalistas, las empleadas municipales y sigue la lista, simplemente no existen. Los millones de mujeres normales de nuestro país, las decenas de miles de mujeres imperfectas nuestra ciudad, la mayoría, son olvidadas por el mito, no entran dentro de la extraña estadística. Estaríamos entonces frente a una ilusión óptica o una eugenesia de la mirada.Hablando de mirar, triste la ceguera que provoca la ignorancia. En charlas informales o en los foros de Internet, que son lo mismo, se repite lo de la belleza argentina, rosarina, como excepcional a escala planetaria. La mayoría de los propaladores jamás han pisado Ucrania, Letonia o Eslovenia, nada saben de las chicas de Adís Abeba, en Etiopía o Aix en Provence en Francia, nunca vieron a las mujeres tuareg o malgache, sin embargo ahí van abriendo sus bocazas. Y lo que es peor, si viajan al exterior, calibran su percepción para confirmar ésta y otras teorías propias de su etnocentrismo infantil y fanfarrón. Allí en donde antes veían a las lindas en Rosario ahora ven a las feas en Génova para poder decir, vieron que las nuestras son mejores. Sigo. No me quiero hacer el marxista que está mal visto últimamente pero si aceptamos que la clase que detenta el poder en Argentina es de origen europeo, salvo Menem, todos nuestros presidentes y gobernantes tienen esas raíces, esto es un hecho, caemos en la cuenta de que un grupo dominante de argentinos impone a otros, entre otras cosas, también los valores de su estética. ¿Quiénes son acaso en Rosario las mujeres a las que la mayoría de la clase media considera como minas que están buenas, apetecibles? Son aquellas mujeres que provienen de las clases acomodadas de nuestra sociedad, o las que aspiran a formar parte de ella, la famosa clase media, la mayoría de los lectores de esta revista. Por decirlo de otro modo, encontraremos más “minas buenas” según el canon, en el Club Gimnasia Esgrima o en el Jockey Club que en el Club Atalaya o Calzada. Con la excepción de ese potente tipo de la morocha argentina, belleza mestiza que reina en los barrios, serían las mujeres de la clase dominante de las que tanto se habla. Entonces, tendríamos un porcentaje minoritario de mujeres blancas, a veces rubias, a veces presas del agua oxigenada, de bella figura por el peso de los genes europeos y las buenas costumbres, muchas de ellas, por cierto, venidas de ciudades del interior de Santa Fe. Ahora ya tenemos el arquetipo de la mujer rosarina que está buena y que forja el mito. Una estética de la elite, que para una ciudad socialista no está nada mal.Otra rama se abre. Como los gobiernos están siempre tan atentos al sentir popular, la Municipalidad de Rosario, a través de su sitio Web “Rosarinos en Red”, que es una buena iniciativa para conectar a rosarinos que viven en el exterior, no hace más que reforzar el mito y exponerlo entre los valores intrínsecos de la cultura local. En el espacio de galerías de fotos, aparece una, titulada “Mujeres de la ciudad”, la galería se desglosa en otras dos con sorprendentes títulos; “Las de ayer” y “Las de hoy” en las que se muestran fotos de mujeres de Rosario como si de motonetas o perros salchicha se tratase. En la galería “Las de ayer” puede verse a una señora obesa que compra algo en un kiosco. Por otro lado, Rosario es una típica self made city, una ciudad que se hizo y se hace a si misma sin atributos excepcionales, un lugar complejo con bondades, méritos, contradicciones y miserias como todas las ciudades, que sin embargo ha sabido armar una historia personal sin hitos demasiado heroicos comparándola con Volgogrado o Dresden por ejemplo, pero con claras señas de identidad que todos conocemos. Al no ser Barcelona (jamás lo será, lo siento) y mucho menos Florencia, algo había que hacer. A falta de fiordos o canales de Venecia, ahí están el Che Guevara, el triste invento, a partir de un chiste olmediano, de un supuesto dialecto gaseoso y el mito de las mujeres bellas. Desde la óptica del discurso de género la cosa se complica un poco más, no es muy difícil ver en el enunciado del mito una suerte de mensaje publicitario de corte machista que muestra a la mujer como un objeto y que podría estar dirigido a hombres de otras comarcas, cordobeses, porteños o sanjuaninos, que a su vez se embarcan en invenciones míticas similares a las rosarinas, para, digamos, contrarrestar el desafío. Una voz dice, nuestras mujeres son las más lindas y la otra le re-truca, eso es mentira, las nuestras son las mejores. Tics de chovinismo pueblerino que podemos encontrar en casi todo planeta o extraña misoginia por la vía del elogio.Muchas mujeres rosarinas, por su parte, se convierten en cómplices y cargan sobre ellas el peso de está ridícula teoría y tratan de encajar en ella. Todo esto aumenta la sensación de belleza general de la ciudad, pero lleva a miles de mujeres a forzar la marcha, a embutirse en diminutos vaqueros, esos corsés de nuestro tiempo, a estar siempre espléndidas, a recurrir a cirugías y a lipoaspiraciones varias. La belleza real, que existe de veras gracias a Dios y la Vírgen, se llena de stress y artificio, el pavoneo femenino y el masturbatorio voyeurismo hombril que lo acompaña deriva en un estado de olla a presión siempre a punto de estallar. Y ahí está Eros en las calles de Rosario que no para nunca de buscar a alguien para ir a la calesita. Como todos los mitos, estereotipos o prejuicios, el de las mujeres de Rosario tiene un escenario, la Peatonal Córdoba, esa larga plaza de pueblo que se viste de pasarela cada día. Este espacio tan especial y rico de la geografía rosarina reúne y eso es cierto, a una densidad de mujeres bellas superior a la media, hay más belleza objetiva (seguimos el canon) en la esquina de Córdoba y Paraguay, que en Amenazar y Mitre, por ejemplo. Pero una cosa también es cierta, no están solo las bellas en la peatonal. Sean cartesianos, brothers and sisters, vayan y miren, apunten en una libretita si quieren, saquen fotos en plano general. Verán que el resto de las mujeres de nuestra ciudad, las que no son las más bellas del mundo y se parecen mucho a mi hermana, a nuestras tías y vecinas, están también en la Peatonal, caminan por ella también, a veces invisibles. Otra deriva. Este mito ¿Es acaso una invitación inconsciente al turismo sexual? Bien sabemos que hombres y mujeres ricos de todo el mundo se desplazan buscando placer sexual a bajo precio y para ello necesitan belleza, fragilidad social y pobreza en iguales dosis, cosas que encontramos en Rosario. O sea que, cuidado muchachos, los mitos son peligrosos, que cuando la revista Play Boy rusa publique que en Rosario están las mujeres más lindas del mundo, en una semana nuestra ciudad se llenará de millonarios de cachetes colorados que aullando chequera en mano intentarán comprar a todas las féminas locales que caminen tranquilas por la peatonal. Gracias a este mito, ya hay machos de otras provincias argentinas, munidos de garrote mental, que vienen a nuestra ciudad para confirmar el rumor de las buenas hembras locales. En Bangkok se creo hace unos años la fábula de la pasión de sus mujeres y ahora muchas de ellas fuman y juegan al ping pong con sus vaginas. Con todo respeto hacia los mas variados oficios, cuidado con los mitos.En los últimos quince años los rosarinos, entre tantas cosas interesantes, llenamos nuestro paisaje de edificios pretenciosos financiados con el dinero de los pobres paisanos de la Pampa sojera, intentamos rasguñar una tajada del mito mundial del Che Guevara que no nos pertenece, creamos la academia de un idioma inexistente y propalamos la especie de que nuestras mujeres son las más lindas, como si fueran nuestras.Simplemente por especular, pienso que al mismo tiempo que estas cosas sucedieron en Rosario, Berlín se convirtió en la capital mundial del arte contemporáneo. Sin ayudas públicas y sin excesivo esnobismo, casi se podría decir desde la modestia de la cultura local, los berlineses le han quitado a París el cetro imaginario que ostentaba en este terreno y compiten directamente con Londres y Nueva York. Una frivolidad. Mientras miles de artistas del mundo entero siguen instalándose en todos los rincones de la capital alemana que ya cuenta con más de 300 galerías de arte contemporáneo, en Rosario entre tanto, ya está por caer el primer millonario ruso, un testaferro de Putin, que viene instalarse en la ciudad de las mujeres para buscar a su Fanny Hill. Esto es una broma, por supuesto.En todo caso lo que importa es la belleza interior, dijeron Osho y Pablo Cohelo adentro de un Jacuzzi con cuatro bailarinas del Moulin Rouge. La danza de los cuerpos y el poder no se detiene en el querido Tercer Mundo, tampoco en el Primero. En nuestra tierra, las felaciones de las mujeres famosas quizás comiencen a transmitirse en directo, los pechos serán cada vez más enormes y erguidos, los cuerpos femeninos seguirán expuestos como mortadelas y el gerente del gran puticlub nacional, Tinelli, que sí que se ríe de todos, continuará al frente de la fogatita de las vanidades. Las hermosas mujeres de la peatonal seguirán allí, caminando, gustando, flotando sobre su propio mito. Las otras, las normales, las que también sostienen el país, las que son como nosotros, los hombres promedio, seguirán siendo invisibles para los mitólogos mitómanos. Yo por el momento escribo estas líneas imprecisas desde un lugar extraño y distante de Rosario, la ciudad de mis sueños, entre otras quinientas. Ahora mismo, muero por estar atado a un poste de la calle Córdoba vestido de Manosanta y esperando, como un Ulises más, a que suene el indescifrable canto de las sirenas. Ya mañana pensaré en otra cosa. Abraxas.Jorge Liporace

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Ayuden a Caparrós
Apuntes Y MonografiasporAnónimo7/21/2012

Texto original y completo de la ficción publicada en la revista Atypica de Rosario número 30, Enero 2009. Reproducción autorizada, citar el autor. Jorge Liporace Ayuden a Caparrós Un diario envía al periodista Martín Caparrós a una ciudad de provincia para escribir una crónica sobre los extraños hechos que allí suceden. La gente del lugar cree haber visto a la Virgen María vestida de top model y acompañada por un ser casi idéntico al Gauchito Gil pero que tiene la cara de Marcelo Tinelli. Caparrós llega a la ciudad y se aloja en una pensión económica, la única. Viaja ligero, un bloc de notas, una pequeña cámara de fotos, una caja de preservativos, un libro de Thomas Mann que habla de una muerte y poca cosa más. El periodista, que conoce su oficio, se ha recortado el bigote y viste de perfecto anónimo, sin señas particulares, lleva puesta eso si, una gorra que compró en Biarritz. Comienza a caminar por el lugar, primero por una avenida que podría llamarse Bolívar, pero se llama San Martín. Mira, huele, siente, escribe el relato en su interior. Como es buen cronista sale de la avenida y busca nuevas imágenes para alimentar su cerebro que es ya para entonces una autopista de sinapsis. El hombre entra en un callejón y se encuentra con un joven evangelista que vende milanesas de soja, luego con unos niños que beben jugo de naranja rebajado con agua infestada de minúsculas tenias. Una joven morena, que no lleva corpiño, se despereza en la puerta de una casa. Sus pezones negros son exquisitos, Caparrós piensa en cómo va a nombrarlos en su crónica. Al final del callejón, justo antes de pegar la vuelta, siente unos gritos de dolor que vienen de una ventana enrejada. Duda y luego se sube a unos cajones de madera, se asoma lentamente a la ventana y ve a dos policías torturando a un joven. Caparrós se da cuenta de que está en los fondos de una comisaría. La víctima es un ladronzuelo al que quieren hacer confesar por el robo de unos salamines picado fino. El joven, que no sabemos si es culpable, se niega a confesar. Los golpes se hacen cada vez más violentos. El corazón del periodista dispara una taquicardia, su cuerpo se pone pálido, pero al mismo tiempo siente vértigo de estar justo ahí en ese momento, ese su trabajo. Abre su morral buscando una birome, un arma, un megáfono o un teléfono y solo encuentra una foto de Rodolfo Walsh con un revolver calibre 22 en la mano. Mira la foto y se queda perplejo. Apoya la frente en la pared sin revocar y piensa en que hacer. En ese momento se enfrenta al dilema de todos los periodistas del mundo, pero él no lo sabe. Acaso lo sepa, no estamos seguros. La situación se presenta difícil. Los policías y los jueces del pueblo son corruptos y despiadados. Un periodista vale poca cosa en esa tierra de nadie. Si grita y es descubierto, él mismo pasara a ocupar el lugar del pobre ladronzuelo, que acaso ya esté muerto para entonces. Hacer la denuncia en la comisaría digamos que no es una buena idea. Si se baja de los cajones y escribe lo que vio puede que gane un premio al mejor cronista del año pero se convertirá automáticamente en un cretino cobarde que pudo haber hecho algo tangible por el prójimo y no lo hizo. Salven a Martín Caparrós de la duda que paraliza, vayan y díganle lo que tiene que hacer. Díganle como resolver su drama griego de ser periodista, un voyeur privilegiado de estos tiempos, el espectador permanente de la vida real. En el callejón, nuestro hombre está todavía allí, junto a la ventana, congelado. Los gritos del torturado ahora suenan lejanos, como salidos del cuadro de Munch proyectado en el techo de una caverna. Ahora alguien prende la radio, el volumen sube, suena la quinta sinfonía de Malher, no olviden que se trata de una ciudad especial. Ayuden a Caparrós porque algo muy grave va a pasar, alguien va a morir.Dense prisa. Yo no puedo ahora mismo, una revista me pidió que escriba un texto sobre la ambigüedad humana y acá estoy, escribiéndolo. Lo tengo casi listo. Salven yá a ese hombre y detengan a los torturadores. ¿Dejará el periodista de ser Clark Kent para devenir en el Hombre de Acero y rescatará al joven? ¿Se alejará del callejón tomando notas y escribirá un artículo sobre la impunidad de los policías provinciales que será premiado por el Rotary Club? Ayuden a Caparrós, al ladronzuelo y a todos los pobres y humillados, a los que no tienen voz. Vayan y ayuden a todos los Peter Parker que no paran de sacar fotos de lo irremediable. Sálvenme del módico hechizo de ser periodista, de mirar y no hacer. Esto es indignante, por favor, que alguien haga algo. Jorge Liporace. Francia 2009

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El aura en la era de Flickr
Apuntes Y MonografiasporAnónimo12/6/2011

Texto original y completo del artículo publicado en la revista Atypica númeo 40 del mes de Mayo 2011. Reproducción autorizada, citar el autor. Jorge Liporace El aura en la era de Flickr Tiene lo suyo escribir acerca de una revolución mientras ésta se produce, más aún si la revuelta nos involucra, se mete en nuestras vidas cotidianas y no busca liberar a las masas del yugo opresor sino más bien sembrar en ellas, en nosotros, un deseo irrefrenable de consumo. La irrupción en nuestras vidas de la tecnología y sobre todo la aceleración vertiginosa de su influencia a partir de los años 90 puede considerarse como un proceso revolucionario. Eso sí, sin proletarios o pobres alzándose contra el tirano, pero con poderes económicos fácticos reales que intentan dirigir y manipular, a través de la venta de sus productos o ilusiones, un proceso que debería en el mejor de los casos mejorar la calidad de vida de millones de Homo Sapiens. La fotografía con su presente digital es, junto con la informática, el terreno en donde los cambios han sido más vertiginosos y formidables. Un tema tan vasto y mutante como éste sugiere un approach necesariamente fragmentario que nos permita asomarnos al universo de postales que construyen esa extraña semiótica de la fotografía actual. Comprendamos de una vez al gran Dios DJ que marca el pulso de estos días. Un hombre llamado Steve Sasson sube por las escaleras del Koelnemesse, el enorme recinto ferial de la ciudad de Colonia, en Alemania. Está entrando en la feria de la industria de la fotografía y la imagen más importante del mundo, la Photokina, versión 2010. Nuestro señor tiene cabellos entrecanos, camina erguido, ronda los 60 años y es seguro más alto que Obama. Su rostro tiene huellas de juventud, en su mano derecha lleva una maleta y dentro de ella un artefacto único e increíble. Ya entre los cientos de stands, banderolas y promotoras tremendas encontramos a las grandes marcas presentes: Nikon, Canon, Fuji, Panasonic, Sigma, Leica y tantas otras compañías concentradas en su frenética carrera de pixeles. En este lugar se puede ver lo último de lo último, lo que hay que tener para ser el más listo. Se presentan este año nuevas cámaras y filmadoras en 3 D, otras con GPS incorporados y con una cantidad de prestaciones apabullantes, mas las ampliaciones de gamas de objetivos, flashes y una lista casi interminable de nuevos artefactos . Productos que son puntas de lanza de un negocio multimillonario, superficie visible de la revolución digital. Steve Sasson atraviesa rápidamente el enorme salón de exposiciones sin que nadie lo reconozca; pregunta algo a unas asistentes de generoso escote y finalmente golpea una puerta. Entra a una sala en donde lo aguarda un grupo de periodistas y empresarios, aplausos, ellos sí saben quien es él. Charlan un momento y le piden que abra la maleta de inmediato. El hombre accede y saca de la valija un extraño y pesado artefacto venido de otra época. Les muestra la primera cámara digital de la historia que él creó en 1975 a pedido de sus jefes de la Kodak. El aparato es enorme,azul claro, tiene una resolución de 00.1 megapíxeles, parece más un proyector de diapositivas que una cámara fotográfica pero es de verdad la primera cámara digital, la primera de su especie, una especie destinada a arrasar sin piedad en menos de tres décadas con un siglo y medio de fotografía analógica. Dejemos, por ahora, al bueno de Steve y salgamos de la feria a través de un gran angular que nos permite ver el mundo al completo, desde lejos y con los bordes deformados. Raras cosas se ven, las injusticias y las masacres siguen azotando al hombre como siempre. Tan solo para focalizar en el tema de este artículo digamos que allí están los millones de usuarios de cámaras digitales que producen y comparten otros tantos millones de fotografías por día. Vemos un mundo que ha cambiado, al menos en sus formas, de manera contundente, lo que incluye a la fotografía tanto en su uso doméstico como comercial. Por no hablar de la música, el acceso a la información o las relaciones humanas. Lejos parece haber quedado la trascendencia de los grandes creadores de la fotografía del siglo XX, un aluvión de millones de fotos por minuto ha adormecido a aquellas fotos inolvidables de Brassaï, Lartigue o Doisneau. Esta es la era de la sustitución de la trascendencia por la multiplicación Ad infinitum, foto tomada foto mostrada, sin digestión, sin reflexión, fotos de fast food, right now. ¿Qué se ha ganado y qué se ha perdido en esta irremediable revolución de pixeles? ¿Es posible “pensar” la convulsión fascinante de la fotografía digital cuando se está produciendo ahora mismo? Todos los cambios se suceden tan de prisa que hay poco tiempo para pensar. Poco duró, a mediados de los años 90 el debate sobre las ventajas de lo analógico sobre lo digital. Películas, diapositivas y demás alquimias ya casi han desaparecido del mercado bajo una lluvia de pixeles y sólo siguen en manos de nostálgicos o puristas. Para los fotógrafos venidos de un mundo analógico no hubo otra opción que aceptar, aún a regañadientes, la evidencia digital. La percepción de la fotografía es totalmente diferente en los jóvenes iniciados y criados en este presente ultra-tecnológico. Ellos jamás vieron un rollo de película, no pueden ni deben comparar, lo que vale es la inmediatez y para eso están las redes sociales, Facebook, Twitter, sus teléfonos sacafotos y la urgente necesidad de hacerse visibles ya mismo y a toda costa. Los hijos de Flickr son el presente, compulsivos y creativos por acumulación, ellos no tienen complejos para fotografiar sin pretensiones artísticas lo que la vida les ponga delante. Aire fresco, quizás. Muchos de los paradigmas sobre los que se asentaba la fotografía parecen haberse desdibujado. El acceso mayoritario a la tecnología ha configurado un proceso cercano a la democratización en el que una cosa es clara, la fotografía ya no pertenece sólo a los fotógrafos o las empresas para las que trabajan. Con Susan Sontag morando en el cementerio de Montparnasse y Slavoj Zizek fascinado más por el cine y el psicoanálisis: ¿quién podrá ayudarnos a pensar estos raros tiempos post postmodernos de la fotografía? Ante la ausencia de una distancia histórica mínima se hace difícil hallar reflexiones de cierto calado sobre estos tiempos digitales. Por eso no resulta extraño que sigan siendo tan pertinentes los textos que escribió el pensador alemán Walter Benjamin acerca de “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica” en 1935. Este ensayo del alemán, complejo, muy mentado y poco leído, de honda proyección política, y claro deudor del anticipatorio texto de 1926 “ La conquista de la ubicuidad” de Paul Valery, es una herramienta definitivamente válida para entender el presente digital. Aunque suene extraño. El concepto de aura que Benjamin utilizó para analizar la perdida de aquello esencial en las obras arte frente al poder de reproductibilidad de las nuevas tecnologías de entonces, el cine y la fotografía, es aplicado nuevamente, por extrapolación, para hablar del pasaje de la fotografía analógica a la digital. El aura trascendente es re-significado en lo analógico y se pierde por la multiplicación propuesta desde lo digital. Se reemplaza reproductibilidad del siglo XX por la hiper reproductibilidad digital del XXI y ya tenemos una herramienta de análisis. Acaso Hegel podía decir algo respecto de estas cosas. ¿Es la fotografía digital la síntesis de un proceso dialéctico que comenzó con el arte pictórico y siguió con la fotografía analógica? Vaya uno a saber. Ahora estamos en la ciudad de Bradford, en West Yorkshire, Inglaterra.Una antigua urbe de pasado próspero y con un presente marcado por la inmigración paquistaní. Mezquitas no faltan. Con esta ciudad soñaba Jane Eyre, el personaje de Charlotte Brontë, durante sus oscuros días en la escuela Lowood. También aquí se filmaron secuencias de la célebre película “ El Sentido de la vida” de los Monthy Pyton. En pleno centro urbano se alza el “ National Media Museum”, que es un impresionante y moderno espacio público dedicado al cine, la historia de fotografía y los medios de comunicación. La primera sala de cine Imax del Reino Unido se inauguró aquí en 1983. En el hall de entrada unos cubos acrílicos exhiben una colección de los primeros videojuegos de la historia. Allí están el Atari VCS 2600, de 1977; el Tele-mach 4 modelo 6600 de 1976 o la primera Play Station de 1995. En el subsuelo del museo espera la Kodak Gallery, un sitio más que estimulante en el que se repasa ,a través de antiguas cámaras y acertadas escenografías, la historia de la fotografía desde 1840 hasta nuestros días. Una delicia para amantes de la imagen que es más que una mera acumulación de objetos. Entre cientos de cámaras, las Polaroids, que con su mágica inmediatez química de 60 segundos son un antecedente directo del concepto digital. En un rincón de la galería hay una vitrina lleva en título de “The Digital Revolution”, allí se muestran las primeras cámaras digitales de uso comercial.. A la izquierda de la vitrina, un monitor anuncia un corto que lleva el título “ Inventor of the world´s first digital camera”, que no es otro que nuestro conocido Steve Sasson. La presencia virtual de este hombre, que también suele visitar Colonia, y la exhibición de objetos tan “cercanos” en el tiempo demuestran la rapidez con la que la tecnología quema su propia historia. Ver ya a las cámaras digitales en un museo hace presagiar cambios extraordinarios en un futuro cercano. La era digital marca el fin del monopolio de los fotógrafos profesionales. En estos días las barreras entre ellos y los amateurs son bien difusas, aquellos que argumentan que la fotografía amateur no puede competir con la profesional poco saben de las realidad del mercado de fotos. Las fotografías, demás de ser un “pathos generalizado de la añoranza " como dice bellamente Susan Sontag, son un producto. Como tal pueden ser vendidas, manipuladas, robadas, plagiadas y ofrecidas con las leyes del mercado. Y es en ese punto en donde los dos universos se tocan. ¿ Por qué razón una agencia de fotos como Getty seguiría contratando a un fotógrafo profesional para que haga tomas de una flor cuando gracias a un convenio con Flickr puede elegir entre 30 mil fotos de flores hechas hoy por miles de amateurs alrededor del mundo? Hay que ser ingenuo para pensar que la agencia Getty se abre a Flickr por amor al arte. La rentabilidad es lo que cuenta y las fotos amateurs son mucho más baratas que las profesionales. Gracias a las magnificas prestaciones de las máquinas digitales, las calidades de unas fotos y otras se acercan cada vez más. La esencia del fotógrafo actual es la posesión de la tecnología y la capacidad de comunicación instantánea, no su forma de mirar el mundo Muchas fotografías profesionales tiene serias dificultades de competir hoy con un aluvión de decenas de miles de fotos de entre las que se pueden elegir trabajos de verdadero valor estético. El peso específico de una foto, como cualquier producto se diluye o acrecienta por la ley de la oferta y la demanda. Cada vez cuesta más sorprender, como las papas, a más fotos menos valor, menos trabajos para profesionales, mayor ganancia para las empresas. Se comienza a hablar de la muerte del fotoperiodismo, es una exageración a medias. Cuando miles ciudadanos fotografían un tsunami o las revueltas de Yemen en el mismo momento de los hechos y distribuyen las imágenes en las redes sociales o las ofrecen a una agencia, ¿para qué sirve enviar a un reportero? Claro que la capacidad de síntesis de un profesional sigue marcando diferencia pero los anuncios de ofertas de trabajo “no pago” para fotógrafos se multiplican. Las nuevas reglas de juego están aquí y como siempre las empresas tienen la última palabra. Más allá de interferencias o intromisiones la buena nueva digital es formidable. Se abre un abanico estupendo de posibilidades técnicas, asociativas y creativas innegables. La posibilidad de intercambiar recuerdos del presente, enviar imágenes al otro lado del planeta en cuestión de segundos o compartir la mirada de un mundo convulso y todavía lleno de maravillas conforman un interesantísimo presente. Todo esto debería enriquecer, en un mundo ideal, la comunicación global y mejorar esa “red de mirada que sostiene al mundo” de la que hablaba el gran poeta Roberto Juarroz. ¿Podrá la nueva era digital gestar creadores geniales como Dorotea Lange, Eugene Smith o Jan Saudek? La sensibilidad humana sigue siendo la misma, una foto bien compuesta no sabe de pixeles y el ojo emocional seguirá acercándose a los misterios de la existencia, eso está claro. El desafío común tanto para amateurs o profesionales es el de destacarse entre millones y millones de fotos que se publican por día, ser visto en medio de la muchedumbre visual. Descubrir a un André Kertész en medio de un mar de imitadores baratos es el desafío para el que mira. La atomización de la imagen parece haber distribuido el talento de unos pocos entre millones fotógrafos insustanciales. En los años 70 el gran fotógrafo francés Henry Cartier Bresson dejó definitivamente la fotografía para dedicarse enteramente al dibujo. Acaso intuyó el final de una época o quizás ya no tenía nada más que decir con su cámara. ¿Regreso a las fuentes? A los pocos años de esto al americano Steve Sasson se le ocurrió inventar una máquina que cambiaría la historia, la primera cámara digital. Ahora Bresson está enterrado en el camposanto del pequeño pueblo de Montjustin en los Alpes de Alta Provenza, en Francia y el inventor, por su parte, se pasea por el mundo con su monstruo en una maleta y espera que lo felicitemos por su descubrimiento. El idéntico final de los apellidos de estos dos hombres es pura coincidencia. Jorge Daniel Liporace http://jorgeliporace.zenfolio.com/

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