Texto publicado en la Revista Atypica 32, febrero 2009. Reproducción autorizada. Citar autor please. Jorge Daniel Liporace.
Un soir, j'ai assis la Beauté sur mes genoux.
Et je l'ai trouvée amère. Et je l'ai injuriée.
Une saison en enfer. Arthur Rimbaud
Rosarinas
Las mujeres de Rosario son las más lindas del país, o mejor, del mundo .Esta broma disfrazada de mito casero navega por la cultura popular rosarina desde hace ya unos años. La afirmación quizás nació como un chiste sublimatorio en ámbitos informales, en medio de hastío de las mesas de café, en las esquinas de barrio o en charlas entre señores inseguros. Luego llegó a instalarse de manera misteriosa en la conciencia de miles de personas, hombres y mujeres, dentro y fuera de nuestro territorio real y virtual hasta aterrizar, inclusive, en el discurso oficial a través de su utilización como atractivo de nuestra ciudad.
Puesto a pensar en el asunto, lo primero que hice fue escuchar música de Serge Gainsbourg y Patti Smith, intercalada, buenos antídotos contra idiotez propia y ajena, luego leí, sin saber mucho por qué, la Historia de la Belleza de Humberto Eco y el informe de la Brunel University de Inglaterra sobre la simetría, el sex appeal y la belleza de los cuerpos, navegue por unos cuantos foros de Internet y para el final deje unas líneas dispersas de Rimbaud que suelen sacudirme el cerebelo. Así me pego el trabajillo encomendado por los amigos atypicos para éste número y nada pude hacer al respecto. Cada uno con su método.
Ya embalado en el tema casi caigo en la tentación fácil de hacerme el listo y menospreciar el mito, que por cierto, parece salido de los cráneos humeantes de una sociedad de fomento que busca desesperadamente llamar la atención sobre un pueblo olvidado. Pienso en la ópera de Manaus, en Villa Dolores, la capital nacional de la papa o en El Hoyo, en Chubut, capital nacional de la fruta fina.
Luego me di cuenta de que tras la aparente banalidad de la creencia, de la estupidez de su formulación, podían esconderse razones profundas. Y ahí la cosa se puso interesante. Sospeché que el árbol sobre el que se sostiene este malentendido tenía intrincadas ramas llenas de frutos ambiguos. Comprender los mitos, ya lo saben, es más bien difícil. Lo que sigue son las huellas de un recorrido precario alrededor del mito de la supuesta belleza de las mujeres rosarinas. Síganme los buenos.
Para definir con precisión el supuesto fenómeno, primero habría que ponerse de acuerdo sobre lo que en Rosario, en Argentina, se considera como una mujer bella. Ya arrancamos mal. En una sociedad racista como la nuestra, el arquetipo de mujer bella está próximo al tipo caucásico de origen europeo con licencia hacia los tipos árabo-semíticos mediterráneos y con una negación total de la estética aborigen. Todo esto sin reglas fijas ya que el nuestro es un país étnicamente híbrido que tiene, sin embargo, una mayoría de población con origen o antepasados indígenas, el 56 por ciento, según lo consigna claramente el mapa genético de los argentinos hecho por la Universidad de Buenos Aires. Rosario está en Argentina y recibe mucha inmigración interna, se cumplirían entonces las mismas pautas promedio que en el resto del país.
Basta mirar hacía cualquier punto de la ciudad para ver que la mayoría de las mujeres no encajan en las exigencias del canon imperante. Si esto fuera cierto, deberíamos pensar que para los estetas desmesurados que propagan el mito, las otras mujeres, las rellenitas, las asimétricas, las chaqueñas, las que tienen celulitis, las formoseñas, las peluqueras, salteñas, las que trabajan explotadas cosiendo ropa en talleres clandestinos, las basureras, las mujeres embarazadas gordas de amor, las enfermeras, las artistas, las sindicalistas, las empleadas municipales y sigue la lista, simplemente no existen. Los millones de mujeres normales de nuestro país, las decenas de miles de mujeres imperfectas nuestra ciudad, la mayoría, son olvidadas por el mito, no entran dentro de la extraña estadística. Estaríamos entonces frente a una ilusión óptica o una eugenesia de la mirada.
Hablando de mirar, triste la ceguera que provoca la ignorancia. En charlas informales o en los foros de Internet, que son lo mismo, se repite lo de la belleza argentina, rosarina, como excepcional a escala planetaria. La mayoría de los propaladores jamás han pisado Ucrania, Letonia o Eslovenia, nada saben de las chicas de Adís Abeba, en Etiopía o Aix en Provence en Francia, nunca vieron a las mujeres tuareg o malgache, sin embargo ahí van abriendo sus bocazas. Y lo que es peor, si viajan al exterior, calibran su percepción para confirmar ésta y otras teorías propias de su etnocentrismo infantil y fanfarrón. Allí en donde antes veían a las lindas en Rosario ahora ven a las feas en Génova para poder decir, vieron que las nuestras son mejores.
Sigo. No me quiero hacer el marxista que está mal visto últimamente pero si aceptamos que la clase que detenta el poder en Argentina es de origen europeo, salvo Menem, todos nuestros presidentes y gobernantes tienen esas raíces, esto es un hecho, caemos en la cuenta de que un grupo dominante de argentinos impone a otros, entre otras cosas, también los valores de su estética. ¿Quiénes son acaso en Rosario las mujeres a las que la mayoría de la clase media considera como minas que están buenas, apetecibles? Son aquellas mujeres que provienen de las clases acomodadas de nuestra sociedad, o las que aspiran a formar parte de ella, la famosa clase media, la mayoría de los lectores de esta revista. Por decirlo de otro modo, encontraremos más “minas buenas” según el canon, en el Club Gimnasia Esgrima o en el Jockey Club que en el Club Atalaya o Calzada. Con la excepción de ese potente tipo de la morocha argentina, belleza mestiza que reina en los barrios, serían las mujeres de la clase dominante de las que tanto se habla.
Entonces, tendríamos un porcentaje minoritario de mujeres blancas, a veces rubias, a veces presas del agua oxigenada, de bella figura por el peso de los genes europeos y las buenas costumbres, muchas de ellas, por cierto, venidas de ciudades del interior de Santa Fe. Ahora ya tenemos el arquetipo de la mujer rosarina que está buena y que forja el mito. Una estética de la elite, que para una ciudad socialista no está nada mal.
Otra rama se abre. Como los gobiernos están siempre tan atentos al sentir popular, la Municipalidad de Rosario, a través de su sitio Web “Rosarinos en Red”, que es una buena iniciativa para conectar a rosarinos que viven en el exterior, no hace más que reforzar el mito y exponerlo entre los valores intrínsecos de la cultura local. En el espacio de galerías de fotos, aparece una, titulada “Mujeres de la ciudad”, la galería se desglosa en otras dos con sorprendentes títulos; “Las de ayer” y “Las de hoy” en las que se muestran fotos de mujeres de Rosario como si de motonetas o perros salchicha se tratase. En la galería “Las de ayer” puede verse a una señora obesa que compra algo en un kiosco.
Por otro lado, Rosario es una típica self made city, una ciudad que se hizo y se hace a si misma sin atributos excepcionales, un lugar complejo con bondades, méritos, contradicciones y miserias como todas las ciudades, que sin embargo ha sabido armar una historia personal sin hitos demasiado heroicos comparándola con Volgogrado o Dresden por ejemplo, pero con claras señas de identidad que todos conocemos. Al no ser Barcelona (jamás lo será, lo siento) y mucho menos Florencia, algo había que hacer. A falta de fiordos o canales de Venecia, ahí están el Che Guevara, el triste invento, a partir de un chiste olmediano, de un supuesto dialecto gaseoso y el mito de las mujeres bellas.
Desde la óptica del discurso de género la cosa se complica un poco más, no es muy difícil ver en el enunciado del mito una suerte de mensaje publicitario de corte machista que muestra a la mujer como un objeto y que podría estar dirigido a hombres de otras comarcas, cordobeses, porteños o sanjuaninos, que a su vez se embarcan en invenciones míticas similares a las rosarinas, para, digamos, contrarrestar el desafío. Una voz dice, nuestras mujeres son las más lindas y la otra le re-truca, eso es mentira, las nuestras son las mejores. Tics de chovinismo pueblerino que podemos encontrar en casi todo planeta o extraña misoginia por la vía del elogio.
Muchas mujeres rosarinas, por su parte, se convierten en cómplices y cargan sobre ellas el peso de está ridícula teoría y tratan de encajar en ella. Todo esto aumenta la sensación de belleza general de la ciudad, pero lleva a miles de mujeres a forzar la marcha, a embutirse en diminutos vaqueros, esos corsés de nuestro tiempo, a estar siempre espléndidas, a recurrir a cirugías y a lipoaspiraciones varias. La belleza real, que existe de veras gracias a Dios y la Vírgen, se llena de stress y artificio, el pavoneo femenino y el masturbatorio voyeurismo hombril que lo acompaña deriva en un estado de olla a presión siempre a punto de estallar. Y ahí está Eros en las calles de Rosario que no para nunca de buscar a alguien para ir a la calesita.
Como todos los mitos, estereotipos o prejuicios, el de las mujeres de Rosario tiene un escenario, la Peatonal Córdoba, esa larga plaza de pueblo que se viste de pasarela cada día. Este espacio tan especial y rico de la geografía rosarina reúne y eso es cierto, a una densidad de mujeres bellas superior a la media, hay más belleza objetiva (seguimos el canon) en la esquina de Córdoba y Paraguay, que en Amenazar y Mitre, por ejemplo. Pero una cosa también es cierta, no están solo las bellas en la peatonal. Sean cartesianos, brothers and sisters, vayan y miren, apunten en una libretita si quieren, saquen fotos en plano general. Verán que el resto de las mujeres de nuestra ciudad, las que no son las más bellas del mundo y se parecen mucho a mi hermana, a nuestras tías y vecinas, están también en la Peatonal, caminan por ella también, a veces invisibles.
Otra deriva. Este mito ¿Es acaso una invitación inconsciente al turismo sexual? Bien sabemos que hombres y mujeres ricos de todo el mundo se desplazan buscando placer sexual a bajo precio y para ello necesitan belleza, fragilidad social y pobreza en iguales dosis, cosas que encontramos en Rosario. O sea que, cuidado muchachos, los mitos son peligrosos, que cuando la revista Play Boy rusa publique que en Rosario están las mujeres más lindas del mundo, en una semana nuestra ciudad se llenará de millonarios de cachetes colorados que aullando chequera en mano intentarán comprar a todas las féminas locales que caminen tranquilas por la peatonal. Gracias a este mito, ya hay machos de otras provincias argentinas, munidos de garrote mental, que vienen a nuestra ciudad para confirmar el rumor de las buenas hembras locales. En Bangkok se creo hace unos años la fábula de la pasión de sus mujeres y ahora muchas de ellas fuman y juegan al ping pong con sus vaginas. Con todo respeto hacia los mas variados oficios, cuidado con los mitos.
En los últimos quince años los rosarinos, entre tantas cosas interesantes, llenamos nuestro paisaje de edificios pretenciosos financiados con el dinero de los pobres paisanos de la Pampa sojera, intentamos rasguñar una tajada del mito mundial del Che Guevara que no nos pertenece, creamos la academia de un idioma inexistente y propalamos la especie de que nuestras mujeres son las más lindas, como si fueran nuestras.
Simplemente por especular, pienso que al mismo tiempo que estas cosas sucedieron en Rosario, Berlín se convirtió en la capital mundial del arte contemporáneo. Sin ayudas públicas y sin excesivo esnobismo, casi se podría decir desde la modestia de la cultura local, los berlineses le han quitado a París el cetro imaginario que ostentaba en este terreno y compiten directamente con Londres y Nueva York. Una frivolidad. Mientras miles de artistas del mundo entero siguen instalándose en todos los rincones de la capital alemana que ya cuenta con más de 300 galerías de arte contemporáneo, en Rosario entre tanto, ya está por caer el primer millonario ruso, un testaferro de Putin, que viene instalarse en la ciudad de las mujeres para buscar a su Fanny Hill. Esto es una broma, por supuesto.
En todo caso lo que importa es la belleza interior, dijeron Osho y Pablo Cohelo adentro de un Jacuzzi con cuatro bailarinas del Moulin Rouge. La danza de los cuerpos y el poder no se detiene en el querido Tercer Mundo, tampoco en el Primero. En nuestra tierra, las felaciones de las mujeres famosas quizás comiencen a transmitirse en directo, los pechos serán cada vez más enormes y erguidos, los cuerpos femeninos seguirán expuestos como mortadelas y el gerente del gran puticlub nacional, Tinelli, que sí que se ríe de todos, continuará al frente de la fogatita de las vanidades. Las hermosas mujeres de la peatonal seguirán allí, caminando, gustando, flotando sobre su propio mito. Las otras, las normales, las que también sostienen el país, las que son como nosotros, los hombres promedio, seguirán siendo invisibles para los mitólogos mitómanos. Yo por el momento escribo estas líneas imprecisas desde un lugar extraño y distante de Rosario, la ciudad de mis sueños, entre otras quinientas. Ahora mismo, muero por estar atado a un poste de la calle Córdoba vestido de Manosanta y esperando, como un Ulises más, a que suene el indescifrable canto de las sirenas. Ya mañana pensaré en otra cosa. Abraxas.
Jorge Liporace
Un soir, j'ai assis la Beauté sur mes genoux.
Et je l'ai trouvée amère. Et je l'ai injuriée.
Une saison en enfer. Arthur Rimbaud
Rosarinas
Las mujeres de Rosario son las más lindas del país, o mejor, del mundo .Esta broma disfrazada de mito casero navega por la cultura popular rosarina desde hace ya unos años. La afirmación quizás nació como un chiste sublimatorio en ámbitos informales, en medio de hastío de las mesas de café, en las esquinas de barrio o en charlas entre señores inseguros. Luego llegó a instalarse de manera misteriosa en la conciencia de miles de personas, hombres y mujeres, dentro y fuera de nuestro territorio real y virtual hasta aterrizar, inclusive, en el discurso oficial a través de su utilización como atractivo de nuestra ciudad.
Puesto a pensar en el asunto, lo primero que hice fue escuchar música de Serge Gainsbourg y Patti Smith, intercalada, buenos antídotos contra idiotez propia y ajena, luego leí, sin saber mucho por qué, la Historia de la Belleza de Humberto Eco y el informe de la Brunel University de Inglaterra sobre la simetría, el sex appeal y la belleza de los cuerpos, navegue por unos cuantos foros de Internet y para el final deje unas líneas dispersas de Rimbaud que suelen sacudirme el cerebelo. Así me pego el trabajillo encomendado por los amigos atypicos para éste número y nada pude hacer al respecto. Cada uno con su método.
Ya embalado en el tema casi caigo en la tentación fácil de hacerme el listo y menospreciar el mito, que por cierto, parece salido de los cráneos humeantes de una sociedad de fomento que busca desesperadamente llamar la atención sobre un pueblo olvidado. Pienso en la ópera de Manaus, en Villa Dolores, la capital nacional de la papa o en El Hoyo, en Chubut, capital nacional de la fruta fina.
Luego me di cuenta de que tras la aparente banalidad de la creencia, de la estupidez de su formulación, podían esconderse razones profundas. Y ahí la cosa se puso interesante. Sospeché que el árbol sobre el que se sostiene este malentendido tenía intrincadas ramas llenas de frutos ambiguos. Comprender los mitos, ya lo saben, es más bien difícil. Lo que sigue son las huellas de un recorrido precario alrededor del mito de la supuesta belleza de las mujeres rosarinas. Síganme los buenos.
Para definir con precisión el supuesto fenómeno, primero habría que ponerse de acuerdo sobre lo que en Rosario, en Argentina, se considera como una mujer bella. Ya arrancamos mal. En una sociedad racista como la nuestra, el arquetipo de mujer bella está próximo al tipo caucásico de origen europeo con licencia hacia los tipos árabo-semíticos mediterráneos y con una negación total de la estética aborigen. Todo esto sin reglas fijas ya que el nuestro es un país étnicamente híbrido que tiene, sin embargo, una mayoría de población con origen o antepasados indígenas, el 56 por ciento, según lo consigna claramente el mapa genético de los argentinos hecho por la Universidad de Buenos Aires. Rosario está en Argentina y recibe mucha inmigración interna, se cumplirían entonces las mismas pautas promedio que en el resto del país.
Basta mirar hacía cualquier punto de la ciudad para ver que la mayoría de las mujeres no encajan en las exigencias del canon imperante. Si esto fuera cierto, deberíamos pensar que para los estetas desmesurados que propagan el mito, las otras mujeres, las rellenitas, las asimétricas, las chaqueñas, las que tienen celulitis, las formoseñas, las peluqueras, salteñas, las que trabajan explotadas cosiendo ropa en talleres clandestinos, las basureras, las mujeres embarazadas gordas de amor, las enfermeras, las artistas, las sindicalistas, las empleadas municipales y sigue la lista, simplemente no existen. Los millones de mujeres normales de nuestro país, las decenas de miles de mujeres imperfectas nuestra ciudad, la mayoría, son olvidadas por el mito, no entran dentro de la extraña estadística. Estaríamos entonces frente a una ilusión óptica o una eugenesia de la mirada.
Hablando de mirar, triste la ceguera que provoca la ignorancia. En charlas informales o en los foros de Internet, que son lo mismo, se repite lo de la belleza argentina, rosarina, como excepcional a escala planetaria. La mayoría de los propaladores jamás han pisado Ucrania, Letonia o Eslovenia, nada saben de las chicas de Adís Abeba, en Etiopía o Aix en Provence en Francia, nunca vieron a las mujeres tuareg o malgache, sin embargo ahí van abriendo sus bocazas. Y lo que es peor, si viajan al exterior, calibran su percepción para confirmar ésta y otras teorías propias de su etnocentrismo infantil y fanfarrón. Allí en donde antes veían a las lindas en Rosario ahora ven a las feas en Génova para poder decir, vieron que las nuestras son mejores.
Sigo. No me quiero hacer el marxista que está mal visto últimamente pero si aceptamos que la clase que detenta el poder en Argentina es de origen europeo, salvo Menem, todos nuestros presidentes y gobernantes tienen esas raíces, esto es un hecho, caemos en la cuenta de que un grupo dominante de argentinos impone a otros, entre otras cosas, también los valores de su estética. ¿Quiénes son acaso en Rosario las mujeres a las que la mayoría de la clase media considera como minas que están buenas, apetecibles? Son aquellas mujeres que provienen de las clases acomodadas de nuestra sociedad, o las que aspiran a formar parte de ella, la famosa clase media, la mayoría de los lectores de esta revista. Por decirlo de otro modo, encontraremos más “minas buenas” según el canon, en el Club Gimnasia Esgrima o en el Jockey Club que en el Club Atalaya o Calzada. Con la excepción de ese potente tipo de la morocha argentina, belleza mestiza que reina en los barrios, serían las mujeres de la clase dominante de las que tanto se habla.
Entonces, tendríamos un porcentaje minoritario de mujeres blancas, a veces rubias, a veces presas del agua oxigenada, de bella figura por el peso de los genes europeos y las buenas costumbres, muchas de ellas, por cierto, venidas de ciudades del interior de Santa Fe. Ahora ya tenemos el arquetipo de la mujer rosarina que está buena y que forja el mito. Una estética de la elite, que para una ciudad socialista no está nada mal.
Otra rama se abre. Como los gobiernos están siempre tan atentos al sentir popular, la Municipalidad de Rosario, a través de su sitio Web “Rosarinos en Red”, que es una buena iniciativa para conectar a rosarinos que viven en el exterior, no hace más que reforzar el mito y exponerlo entre los valores intrínsecos de la cultura local. En el espacio de galerías de fotos, aparece una, titulada “Mujeres de la ciudad”, la galería se desglosa en otras dos con sorprendentes títulos; “Las de ayer” y “Las de hoy” en las que se muestran fotos de mujeres de Rosario como si de motonetas o perros salchicha se tratase. En la galería “Las de ayer” puede verse a una señora obesa que compra algo en un kiosco.
Por otro lado, Rosario es una típica self made city, una ciudad que se hizo y se hace a si misma sin atributos excepcionales, un lugar complejo con bondades, méritos, contradicciones y miserias como todas las ciudades, que sin embargo ha sabido armar una historia personal sin hitos demasiado heroicos comparándola con Volgogrado o Dresden por ejemplo, pero con claras señas de identidad que todos conocemos. Al no ser Barcelona (jamás lo será, lo siento) y mucho menos Florencia, algo había que hacer. A falta de fiordos o canales de Venecia, ahí están el Che Guevara, el triste invento, a partir de un chiste olmediano, de un supuesto dialecto gaseoso y el mito de las mujeres bellas.
Desde la óptica del discurso de género la cosa se complica un poco más, no es muy difícil ver en el enunciado del mito una suerte de mensaje publicitario de corte machista que muestra a la mujer como un objeto y que podría estar dirigido a hombres de otras comarcas, cordobeses, porteños o sanjuaninos, que a su vez se embarcan en invenciones míticas similares a las rosarinas, para, digamos, contrarrestar el desafío. Una voz dice, nuestras mujeres son las más lindas y la otra le re-truca, eso es mentira, las nuestras son las mejores. Tics de chovinismo pueblerino que podemos encontrar en casi todo planeta o extraña misoginia por la vía del elogio.
Muchas mujeres rosarinas, por su parte, se convierten en cómplices y cargan sobre ellas el peso de está ridícula teoría y tratan de encajar en ella. Todo esto aumenta la sensación de belleza general de la ciudad, pero lleva a miles de mujeres a forzar la marcha, a embutirse en diminutos vaqueros, esos corsés de nuestro tiempo, a estar siempre espléndidas, a recurrir a cirugías y a lipoaspiraciones varias. La belleza real, que existe de veras gracias a Dios y la Vírgen, se llena de stress y artificio, el pavoneo femenino y el masturbatorio voyeurismo hombril que lo acompaña deriva en un estado de olla a presión siempre a punto de estallar. Y ahí está Eros en las calles de Rosario que no para nunca de buscar a alguien para ir a la calesita.
Como todos los mitos, estereotipos o prejuicios, el de las mujeres de Rosario tiene un escenario, la Peatonal Córdoba, esa larga plaza de pueblo que se viste de pasarela cada día. Este espacio tan especial y rico de la geografía rosarina reúne y eso es cierto, a una densidad de mujeres bellas superior a la media, hay más belleza objetiva (seguimos el canon) en la esquina de Córdoba y Paraguay, que en Amenazar y Mitre, por ejemplo. Pero una cosa también es cierta, no están solo las bellas en la peatonal. Sean cartesianos, brothers and sisters, vayan y miren, apunten en una libretita si quieren, saquen fotos en plano general. Verán que el resto de las mujeres de nuestra ciudad, las que no son las más bellas del mundo y se parecen mucho a mi hermana, a nuestras tías y vecinas, están también en la Peatonal, caminan por ella también, a veces invisibles.
Otra deriva. Este mito ¿Es acaso una invitación inconsciente al turismo sexual? Bien sabemos que hombres y mujeres ricos de todo el mundo se desplazan buscando placer sexual a bajo precio y para ello necesitan belleza, fragilidad social y pobreza en iguales dosis, cosas que encontramos en Rosario. O sea que, cuidado muchachos, los mitos son peligrosos, que cuando la revista Play Boy rusa publique que en Rosario están las mujeres más lindas del mundo, en una semana nuestra ciudad se llenará de millonarios de cachetes colorados que aullando chequera en mano intentarán comprar a todas las féminas locales que caminen tranquilas por la peatonal. Gracias a este mito, ya hay machos de otras provincias argentinas, munidos de garrote mental, que vienen a nuestra ciudad para confirmar el rumor de las buenas hembras locales. En Bangkok se creo hace unos años la fábula de la pasión de sus mujeres y ahora muchas de ellas fuman y juegan al ping pong con sus vaginas. Con todo respeto hacia los mas variados oficios, cuidado con los mitos.
En los últimos quince años los rosarinos, entre tantas cosas interesantes, llenamos nuestro paisaje de edificios pretenciosos financiados con el dinero de los pobres paisanos de la Pampa sojera, intentamos rasguñar una tajada del mito mundial del Che Guevara que no nos pertenece, creamos la academia de un idioma inexistente y propalamos la especie de que nuestras mujeres son las más lindas, como si fueran nuestras.
Simplemente por especular, pienso que al mismo tiempo que estas cosas sucedieron en Rosario, Berlín se convirtió en la capital mundial del arte contemporáneo. Sin ayudas públicas y sin excesivo esnobismo, casi se podría decir desde la modestia de la cultura local, los berlineses le han quitado a París el cetro imaginario que ostentaba en este terreno y compiten directamente con Londres y Nueva York. Una frivolidad. Mientras miles de artistas del mundo entero siguen instalándose en todos los rincones de la capital alemana que ya cuenta con más de 300 galerías de arte contemporáneo, en Rosario entre tanto, ya está por caer el primer millonario ruso, un testaferro de Putin, que viene instalarse en la ciudad de las mujeres para buscar a su Fanny Hill. Esto es una broma, por supuesto.
En todo caso lo que importa es la belleza interior, dijeron Osho y Pablo Cohelo adentro de un Jacuzzi con cuatro bailarinas del Moulin Rouge. La danza de los cuerpos y el poder no se detiene en el querido Tercer Mundo, tampoco en el Primero. En nuestra tierra, las felaciones de las mujeres famosas quizás comiencen a transmitirse en directo, los pechos serán cada vez más enormes y erguidos, los cuerpos femeninos seguirán expuestos como mortadelas y el gerente del gran puticlub nacional, Tinelli, que sí que se ríe de todos, continuará al frente de la fogatita de las vanidades. Las hermosas mujeres de la peatonal seguirán allí, caminando, gustando, flotando sobre su propio mito. Las otras, las normales, las que también sostienen el país, las que son como nosotros, los hombres promedio, seguirán siendo invisibles para los mitólogos mitómanos. Yo por el momento escribo estas líneas imprecisas desde un lugar extraño y distante de Rosario, la ciudad de mis sueños, entre otras quinientas. Ahora mismo, muero por estar atado a un poste de la calle Córdoba vestido de Manosanta y esperando, como un Ulises más, a que suene el indescifrable canto de las sirenas. Ya mañana pensaré en otra cosa. Abraxas.
Jorge Liporace