Texto original y completo de la ficción publicada en la revista Atypica de Rosario número 30, Enero 2009. Reproducción autorizada, citar el autor. Jorge Liporace
Ayuden a Caparrós
Un diario envía al periodista Martín Caparrós a una ciudad de provincia para escribir una crónica sobre los extraños hechos que allí suceden. La gente del lugar cree haber visto a la Virgen María vestida de top model y acompañada por un ser casi idéntico al Gauchito Gil pero que tiene la cara de Marcelo Tinelli.
Caparrós llega a la ciudad y se aloja en una pensión económica, la única. Viaja ligero, un bloc de notas, una pequeña cámara de fotos, una caja de preservativos, un libro de Thomas Mann que habla de una muerte y poca cosa más. El periodista, que conoce su oficio, se ha recortado el bigote y viste de perfecto anónimo, sin señas particulares, lleva puesta eso si, una gorra que compró en Biarritz.
Comienza a caminar por el lugar, primero por una avenida que podría llamarse Bolívar, pero se llama San Martín. Mira, huele, siente, escribe el relato en su interior. Como es buen cronista sale de la avenida y busca nuevas imágenes para alimentar su cerebro que es ya para entonces una autopista de sinapsis.
El hombre entra en un callejón y se encuentra con un joven evangelista que vende milanesas de soja, luego con unos niños que beben jugo de naranja rebajado con agua infestada de minúsculas tenias. Una joven morena, que no lleva corpiño, se despereza en la puerta de una casa. Sus pezones negros son exquisitos, Caparrós piensa en cómo va a nombrarlos en su crónica.
Al final del callejón, justo antes de pegar la vuelta, siente unos gritos de dolor que vienen de una ventana enrejada. Duda y luego se sube a unos cajones de madera, se asoma lentamente a la ventana y ve a dos policías torturando a un joven. Caparrós se da cuenta de que está en los fondos de una comisaría. La víctima es un ladronzuelo al que quieren hacer confesar por el robo de unos salamines picado fino. El joven, que no sabemos si es culpable, se niega a confesar. Los golpes se hacen cada vez más violentos.
El corazón del periodista dispara una taquicardia, su cuerpo se pone pálido, pero al mismo tiempo siente vértigo de estar justo ahí en ese momento, ese su trabajo. Abre su morral buscando una birome, un arma, un megáfono o un teléfono y solo encuentra una foto de Rodolfo Walsh con un revolver calibre 22 en la mano. Mira la foto y se queda perplejo. Apoya la frente en la pared sin revocar y piensa en que hacer. En ese momento se enfrenta al dilema de todos los periodistas del mundo, pero él no lo sabe. Acaso lo sepa, no estamos seguros. La situación se presenta difícil.
Los policías y los jueces del pueblo son corruptos y despiadados. Un periodista vale poca cosa en esa tierra de nadie. Si grita y es descubierto, él mismo pasara a ocupar el lugar del pobre ladronzuelo, que acaso ya esté muerto para entonces. Hacer la denuncia en la comisaría digamos que no es una buena idea. Si se baja de los cajones y escribe lo que vio puede que gane un premio al mejor cronista del año pero se convertirá automáticamente en un cretino cobarde que pudo haber hecho algo tangible por el prójimo y no lo hizo.
Salven a Martín Caparrós de la duda que paraliza, vayan y díganle lo que tiene que hacer. Díganle como resolver su drama griego de ser periodista, un voyeur privilegiado de estos tiempos, el espectador permanente de la vida real.
En el callejón, nuestro hombre está todavía allí, junto a la ventana, congelado. Los gritos del torturado ahora suenan lejanos, como salidos del cuadro de Munch proyectado en el techo de una caverna. Ahora alguien prende la radio, el volumen sube, suena la quinta sinfonía de Malher, no olviden que se trata de una ciudad especial.
Ayuden a Caparrós porque algo muy grave va a pasar, alguien va a morir.Dense prisa. Yo no puedo ahora mismo, una revista me pidió que escriba un texto sobre la ambigüedad humana y acá estoy, escribiéndolo. Lo tengo casi listo. Salven yá a ese hombre y detengan a los torturadores. ¿Dejará el periodista de ser Clark Kent para devenir en el Hombre de Acero y rescatará al joven? ¿Se alejará del callejón tomando notas y escribirá un artículo sobre la impunidad de los policías provinciales que será premiado por el Rotary Club? Ayuden a Caparrós, al ladronzuelo y a todos los pobres y humillados, a los que no tienen voz. Vayan y ayuden a todos los Peter Parker que no paran de sacar fotos de lo irremediable. Sálvenme del módico hechizo de ser periodista, de mirar y no hacer. Esto es indignante, por favor, que alguien haga algo.
Jorge Liporace. Francia 2009
Ayuden a Caparrós
Un diario envía al periodista Martín Caparrós a una ciudad de provincia para escribir una crónica sobre los extraños hechos que allí suceden. La gente del lugar cree haber visto a la Virgen María vestida de top model y acompañada por un ser casi idéntico al Gauchito Gil pero que tiene la cara de Marcelo Tinelli.
Caparrós llega a la ciudad y se aloja en una pensión económica, la única. Viaja ligero, un bloc de notas, una pequeña cámara de fotos, una caja de preservativos, un libro de Thomas Mann que habla de una muerte y poca cosa más. El periodista, que conoce su oficio, se ha recortado el bigote y viste de perfecto anónimo, sin señas particulares, lleva puesta eso si, una gorra que compró en Biarritz.
Comienza a caminar por el lugar, primero por una avenida que podría llamarse Bolívar, pero se llama San Martín. Mira, huele, siente, escribe el relato en su interior. Como es buen cronista sale de la avenida y busca nuevas imágenes para alimentar su cerebro que es ya para entonces una autopista de sinapsis.
El hombre entra en un callejón y se encuentra con un joven evangelista que vende milanesas de soja, luego con unos niños que beben jugo de naranja rebajado con agua infestada de minúsculas tenias. Una joven morena, que no lleva corpiño, se despereza en la puerta de una casa. Sus pezones negros son exquisitos, Caparrós piensa en cómo va a nombrarlos en su crónica.
Al final del callejón, justo antes de pegar la vuelta, siente unos gritos de dolor que vienen de una ventana enrejada. Duda y luego se sube a unos cajones de madera, se asoma lentamente a la ventana y ve a dos policías torturando a un joven. Caparrós se da cuenta de que está en los fondos de una comisaría. La víctima es un ladronzuelo al que quieren hacer confesar por el robo de unos salamines picado fino. El joven, que no sabemos si es culpable, se niega a confesar. Los golpes se hacen cada vez más violentos.
El corazón del periodista dispara una taquicardia, su cuerpo se pone pálido, pero al mismo tiempo siente vértigo de estar justo ahí en ese momento, ese su trabajo. Abre su morral buscando una birome, un arma, un megáfono o un teléfono y solo encuentra una foto de Rodolfo Walsh con un revolver calibre 22 en la mano. Mira la foto y se queda perplejo. Apoya la frente en la pared sin revocar y piensa en que hacer. En ese momento se enfrenta al dilema de todos los periodistas del mundo, pero él no lo sabe. Acaso lo sepa, no estamos seguros. La situación se presenta difícil.
Los policías y los jueces del pueblo son corruptos y despiadados. Un periodista vale poca cosa en esa tierra de nadie. Si grita y es descubierto, él mismo pasara a ocupar el lugar del pobre ladronzuelo, que acaso ya esté muerto para entonces. Hacer la denuncia en la comisaría digamos que no es una buena idea. Si se baja de los cajones y escribe lo que vio puede que gane un premio al mejor cronista del año pero se convertirá automáticamente en un cretino cobarde que pudo haber hecho algo tangible por el prójimo y no lo hizo.
Salven a Martín Caparrós de la duda que paraliza, vayan y díganle lo que tiene que hacer. Díganle como resolver su drama griego de ser periodista, un voyeur privilegiado de estos tiempos, el espectador permanente de la vida real.
En el callejón, nuestro hombre está todavía allí, junto a la ventana, congelado. Los gritos del torturado ahora suenan lejanos, como salidos del cuadro de Munch proyectado en el techo de una caverna. Ahora alguien prende la radio, el volumen sube, suena la quinta sinfonía de Malher, no olviden que se trata de una ciudad especial.
Ayuden a Caparrós porque algo muy grave va a pasar, alguien va a morir.Dense prisa. Yo no puedo ahora mismo, una revista me pidió que escriba un texto sobre la ambigüedad humana y acá estoy, escribiéndolo. Lo tengo casi listo. Salven yá a ese hombre y detengan a los torturadores. ¿Dejará el periodista de ser Clark Kent para devenir en el Hombre de Acero y rescatará al joven? ¿Se alejará del callejón tomando notas y escribirá un artículo sobre la impunidad de los policías provinciales que será premiado por el Rotary Club? Ayuden a Caparrós, al ladronzuelo y a todos los pobres y humillados, a los que no tienen voz. Vayan y ayuden a todos los Peter Parker que no paran de sacar fotos de lo irremediable. Sálvenme del módico hechizo de ser periodista, de mirar y no hacer. Esto es indignante, por favor, que alguien haga algo.
Jorge Liporace. Francia 2009