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icarog63

Usuario (Uruguay)

Primer post: 26 jul 2011Último post: 2 jul 2012
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La Mentira
Apuntes Y MonografiasporAnónimo7/26/2011

Bueno compañeros, en este 1º Post de taringa, les dejo algo propio... un cuento, que fue presentado en el (III CERTAMEN INTERNACIONAL DE POESIA Y CUENTO) “DON ANTONIO M. HERNÁNDEZ” Sin más Espero que les guste... LA MENTIRA. Ella se sentía completamente agotada. Tenía ya encima muchos más años que los que sus huesos podían sostener. El universo la había dotado con una energía especial que mantenía su cabecita con una lucidez asombrosa y un ánimo inquebrantable. Ayudada por todo esto y una rama de eucalipto fue subiendo lentamente aquella colina. Ya en la cima se sentó sobre la roca de siempre y una vez más deslizó su mano por ella. Aquel granito pulido ya de caricias conocía aquella mano, desde que era pequeñita, frágil y curiosa. Pasando luego a ser joven suave y bella, ahora arrugada tibia y temblorosa. Sin embargo algo jamás había cambiado, la bondad y la ternura que esa mano desprendía. Tal vez por ello le había perdonado que rayara con una semejante afilada un corazón y un nombre sobre su superficie. Es qué, ¡Había tanto amor en cada trazo! Que por más roca que fuera no guardo resentimientos. Una vez sus caricias estaban tan llena de desesperanzas que la roca separó un poco sus moléculas para absorber un poquito, de toda aquella tristeza. Y sin que ella advirtiese muchas veces junto magnetismo y energía para trasmitírsela cuando aquella mano volviese a pasar. Inconsciente de todo esto la abuela se levantó y se puso a observar aquel valle. Como en un ensueño, todo este verde de hoy parecía transformarse en espigas trigueñas que ondulaban, al compás de la brisa, de sus recuerdos. El trigal forjado por sudor de mula, padre, esposo y de ella misma. De terreno que desgastaba arado y asada; con la complicidad del suelo fértil, del sol, la luna, las estaciones, las lluvias. Siempre en comunión hombre y naturaleza habían dado sustento como premio a la familia. Entre aquellas espigas se escondía de su padre que la perseguía fingiendo ser un terrible oso. Entre esas espigas habían hallado el cuerpo de su madre cuando su corazón ya no quiso continuar luchando. Entre esas espigas por primera vez, a hurtadillas, se entregó a Roberto. Fue en el desmalezado que dio a luz a Robertito. En plena cosecha de ellas fue que, aquella misteriosa fiebre, que azotó por leguas a la redonda, la dejó sin padre y sin marido. Juntando espigas conoció el angelical rostro de Cristina, que le dio dos nietos, que cuanto más crecían más se parecían a su padre. Su hijo con entusiasmo aplicaba nuevas técnicas, ya para mejorar los campos, ya para mejorar las cosechas. Sus nietos también participaban en los proyectos del padre. Ella en tanto, mientras se respetaran las lunas para plantar y se tratara la tierra con respeto no se oponía al entusiasmo general. Sin embargo el sudor, la alegría, el empeño de todos y la buena disposición de la naturaleza no alcanzaban. Cada vez se entregaban más sacos de trigo, cada vez se recibía menos dinero. Así un día de primavera la carreta se llevó a su hijo, nuera y nietos. Ninguno pudo convencerla que fuera con ellos. Quedó mirando como su hijo conducía con la mirada baja, sin poder mirar atrás; las manos de los demás que se agitaban en un adiós, que se prolongaría hasta que la carreta desapareciera por detrás de la colina. Durante un tiempo fue recibiendo cartas todas las semanas, luego paulatinamente se fueron espaciando hasta llegar una cada navidad. El oro se volvió verde nuevamente a los ojos de la anciana, que decidió bajar la colina hasta la casa de los González. Don Gonzáles eras el cartero de la comarca, y como ninguno sabía leer, salvo él y su hijo, Don González dejaba las cartas de la anciana en su casa y esta iba hasta ahí para que se las leyeran. Las leía el hijo del cartero, que había vuelto al poblado después de recibirse de doctor, ya que tenía mejor vista y por cábala, ya que desde que él volvió, también volvió la anciana a recibir semanalmente una carta. En la humilde cabaña de los González tomaban unos mates y disfrutaban de algunos pastelillos que preparaba la anciana. Jugaban algunas congas y charlaban de cosas de antaño, esperando que el doctor volviese de sus quehaceres. Cuando el doctor entraba, la habitación, todo, se iluminaba por los ojos de la anciana. Él solía sentarse junto al fuego para leer. Era un momento mágico en donde la anciana reía y comentaba con ojos lagrimosos las noticias que acababa de escuchar. Horas más tarde, Don González llevaba a la anciana en su carreta hasta su casa. El doctor, con la carta aún en la mano los observaba alejarse, Doña González abrazaba a su hijo con ternura, ambos quedaban pensando que inventarían para leerle a la Abuela... la próxima semana. desde ya espero les allá gustado, y aquí una imagen del premio recibido por el mismo cuento

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La copa de vino [Cuento propio]
Apuntes Y MonografiasporAnónimo4/18/2012

La Copa De Vino El almanaque marcaba este día en números rojos, sí, domingo. En su niñez domingo era casi sinónimo de fiesta, la mesa larga, el abuelo en la cabecera, los mejores manteles, las copas de cristal. Día de pasta inexorablemente, donde todas las mujeres participaban o aprendían, bajo la vigilante mirada de la nona, cuyos brazos perdieron las fuerzas para amasar. Día de tinto casero y no existía el guapo, que se atreviera a cortarlo con coca, o agua mineral. Día de siesta prolongada, y en una de estas, el caudillo no despertó. Fue morirse el viejo y mire, la familia se dispersó. Saltaron cosas que al parecer venían germinando que el viejo no supo ver, o tal vez, pudo manejar. Lo cierto es que al poco tiempo cada domingo, eran demasiados domingos, de a tres o cuatro. Una lágrima brotó, recorrió la mejilla y tras un instante de vacío cayó en la copa de vino. El hombre, viendo este detalle, sonrió recordando las palabras del viejo: -¡Ni una gota de agua, ¿Me entiende?! El cristiano alzó la copa en su memoria e igual bebió, después de todo, amor con amor, no se corta.

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En un rinconcito del universo.- [Cuento propio]
En un rinconcito del universo.- [Cuento propio]
Apuntes Y MonografiasporAnónimo7/2/2012

En un rinconcito del universo.- [Cuento propio] No sabía si había pasado muchas horas, tal vez habían sido días o semanas. En momentos como que perdía la noción del tiempo, en otros perdía la noción de todo. Las paredes estaban acolchadas con algo bastante mugriento, ventanas no existían. Sólo una luz mortecina y amarillenta, con la que apenas veía aquella puerta. Esta atraía toda su atención. Ella era de chapa pesada y ciega. Entre él oxido, el polvo, la poca luz, era realmente imposible definir su color. Pero no era esta su obsesión, más bien el que de un momento a otro, ella se abriera. Dando lugar a un rostro familiar, a una sonrisa. Aunque más no fueran los enfermeros, con sus inyecciones, sus burlas, su profesionalismo sin lugar al corazón. ¡Qué aparezca alguien por Dios! Seguramente debía de estar anocheciendo, ya que el frío se acentuaba rápidamente. Se había orinado encima y el olor hacia que constantemente girara su cabeza de un lado al otro. Las lágrimas corrían por su rostro provocándole cierta picazón. El chaleco que tenía puesto no le permitía el consuelo de una rascadita. La puerta ¡qué no se abre! Tal vez sería buena idea pararse y caminar un poquito. Claro, sin la ayuda de los brazos iba a ser un poco complicado. Un primer intento provocó un fuerte dolor en sus caderas, lo que desestímulo un segundo intento. ¡Tengo sed! ¡Sed!- gritó a la puerta de color indefinido. La puerta no se abrió, pero atravesándola sin que sus pies tocaran el suelo un ángel, de enormes alas, se aproximaba a ella. Su tez renegrida contrastaba con la blancura de sus vestiduras, de su sonrisa. Ya sea por la presencia del ángel o por la sonrisa de ella, el ambiente se templó e iluminó. Él tomó con ambas manos aquel rostro, con un beso bebió las lágrimas. Luego sacó debajo de la túnica una copa de metal dándole de beber. Mientras bebía, ella reconoció aquel rostro. - ¡Mi amor! – Susurró sonriendo aún más. La puerta se abrió abruptamente dando paso a un médico apresurado. -¡Otra vez se meó! – gritó al enfermero que venía entrando -Pero si Celia la cambió no hace ni media hora. – Se disculpó él. El doctor miró desde lejos a su paciente. Quizás por eso no advirtió la dulzura en la mirada, la alegría en la sonrisa, el rubor en las mejillas, producto de un corazón que latía al limite de amor. -Decile a Celia que la venga a cambiar, no se aguanta este olor.- ordenó el doctor mientras cruzaba la puerta. -¿Volvés?- pregunto el enfermero. -No sé, si me da el tiempo vengo. Si no auméntale la medicación, la loca sigue ida. –Gritó ya desde el corredor. Ellos se fueron dejando nuevamente la puerta cerrada, sin advertir, que dentro de aquel rinconcito del universo el ambiente seguía tibio e iluminado.

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