
En un rinconcito del universo.- [Cuento propio]



No sabía si había pasado muchas horas, tal vez habían sido días o semanas. En momentos como que perdía la noción del tiempo, en otros perdía la noción de todo.
Las paredes estaban acolchadas con algo bastante mugriento, ventanas no existían. Sólo una luz mortecina y amarillenta, con la que apenas veía aquella puerta. Esta atraía toda su atención.
Ella era de chapa pesada y ciega. Entre él oxido, el polvo, la poca luz, era realmente imposible definir su color. Pero no era esta su obsesión, más bien el que de un momento a otro, ella se abriera. Dando lugar a un rostro familiar, a una sonrisa.
Aunque más no fueran los enfermeros, con sus inyecciones, sus burlas, su profesionalismo sin lugar al corazón.
¡Qué aparezca alguien por Dios!
Seguramente debía de estar anocheciendo, ya que el frío se acentuaba rápidamente. Se había orinado encima y el olor hacia que constantemente girara su cabeza de un lado al otro. Las lágrimas corrían por su rostro provocándole cierta picazón. El chaleco que tenía puesto no le permitía el consuelo de una rascadita.
La puerta ¡qué no se abre!
Tal vez sería buena idea pararse y caminar un poquito. Claro, sin la ayuda de los brazos iba a ser un poco complicado. Un primer intento provocó un fuerte dolor en sus caderas, lo que desestímulo un segundo intento.
¡Tengo sed! ¡Sed!- gritó a la puerta de color indefinido.
La puerta no se abrió, pero atravesándola sin que sus pies tocaran el suelo un ángel, de enormes alas, se aproximaba a ella. Su tez renegrida contrastaba con la blancura de sus vestiduras, de su sonrisa.
Ya sea por la presencia del ángel o por la sonrisa de ella, el ambiente se templó e iluminó.
Él tomó con ambas manos aquel rostro, con un beso bebió las lágrimas. Luego sacó debajo de la túnica una copa de metal dándole de beber.
Mientras bebía, ella reconoció aquel rostro.
- ¡Mi amor! – Susurró sonriendo aún más.
La puerta se abrió abruptamente dando paso a un médico apresurado.
-¡Otra vez se meó! – gritó al enfermero que venía entrando
-Pero si Celia la cambió no hace ni media hora. – Se disculpó él.
El doctor miró desde lejos a su paciente. Quizás por eso no advirtió la dulzura en la mirada, la alegría en la sonrisa, el rubor en las mejillas, producto de un corazón que latía al limite de amor.
-Decile a Celia que la venga a cambiar, no se aguanta este olor.- ordenó el doctor mientras cruzaba la puerta.
-¿Volvés?- pregunto el enfermero.
-No sé, si me da el tiempo vengo. Si no auméntale la medicación, la loca sigue ida. –Gritó ya desde el corredor.
Ellos se fueron dejando nuevamente la puerta cerrada, sin advertir, que dentro de aquel rinconcito del universo el ambiente seguía tibio e iluminado.

