La Copa De Vino
El almanaque marcaba este día en números rojos, sí, domingo.
En su niñez domingo era casi sinónimo de fiesta, la mesa larga, el abuelo en la cabecera, los mejores manteles, las copas de cristal.
Día de pasta inexorablemente, donde todas las mujeres participaban o aprendían, bajo la vigilante mirada de la nona, cuyos brazos perdieron las fuerzas para amasar.
Día de tinto casero y no existía el guapo, que se atreviera a cortarlo con coca, o agua mineral.
Día de siesta prolongada, y en una de estas, el caudillo no despertó.
Fue morirse el viejo y mire, la familia se dispersó. Saltaron cosas que al parecer venían germinando que el viejo no supo ver, o tal vez, pudo manejar.
Lo cierto es que al poco tiempo cada domingo, eran demasiados domingos, de a tres o cuatro.
Una lágrima brotó, recorrió la mejilla y tras un instante de vacío cayó en la copa de vino.
El hombre, viendo este detalle, sonrió recordando las palabras del viejo:
-¡Ni una gota de agua, ¿Me entiende?!
El cristiano alzó la copa en su memoria e igual bebió, después de todo, amor con amor, no se corta.