Bueno compañeros, en este 1º Post de taringa, les dejo algo propio...
un cuento, que fue presentado en el (III CERTAMEN INTERNACIONAL DE POESIA Y CUENTO)
“DON ANTONIO M. HERNÁNDEZ”
un cuento, que fue presentado en el (III CERTAMEN INTERNACIONAL DE POESIA Y CUENTO)
“DON ANTONIO M. HERNÁNDEZ”
Sin más Espero que les guste...
LA MENTIRA.
Ella se sentía completamente agotada. Tenía ya encima muchos más años que los
que sus huesos podían sostener.
El universo la había dotado con una energía especial que mantenía su cabecita con
una lucidez asombrosa y un ánimo inquebrantable.
Ayudada por todo esto y una rama de eucalipto fue subiendo
lentamente aquella colina. Ya en la cima se sentó sobre la roca de siempre y una
vez más deslizó su mano por ella.
Aquel granito pulido ya de caricias conocía aquella mano, desde que era
pequeñita, frágil y curiosa. Pasando luego a ser joven suave y bella, ahora
arrugada tibia y temblorosa.
Sin embargo algo jamás había cambiado, la bondad y la ternura que esa mano
desprendía.
Tal vez por ello le había perdonado que rayara con una semejante afilada un
corazón y un nombre sobre su superficie. Es qué, ¡Había tanto amor en cada
trazo! Que por más roca que fuera no guardo resentimientos. Una vez sus
caricias estaban tan llena de desesperanzas que la roca separó un poco sus
moléculas para absorber un poquito, de toda aquella tristeza. Y sin que ella
advirtiese muchas veces junto magnetismo y energía para trasmitírsela cuando
aquella mano volviese a pasar.
Inconsciente de todo esto la abuela se levantó y se puso a observar aquel valle.
Como en un ensueño, todo este verde de hoy parecía transformarse en espigas
trigueñas que ondulaban, al compás de la brisa, de sus recuerdos.
El trigal forjado por sudor de mula, padre, esposo y de ella misma. De terreno
que desgastaba arado y asada; con la complicidad del suelo fértil, del sol, la luna,
las estaciones, las lluvias.
Siempre en comunión hombre y naturaleza habían dado sustento como premio a
la familia.
Entre aquellas espigas se escondía de su padre que la perseguía fingiendo ser un
terrible oso. Entre esas espigas habían hallado el cuerpo de su madre cuando su
corazón ya no quiso continuar luchando. Entre esas espigas por primera vez, a
hurtadillas, se entregó a Roberto.
Fue en el desmalezado que dio a luz a Robertito.
En plena cosecha de ellas fue que, aquella misteriosa fiebre, que azotó por
leguas a la redonda, la dejó sin padre y sin marido.
Juntando espigas conoció el angelical rostro de Cristina, que le dio dos nietos,
que cuanto más crecían más se parecían a su padre.
Su hijo con entusiasmo aplicaba nuevas técnicas, ya para mejorar los campos, ya
para mejorar las cosechas. Sus nietos también participaban en los proyectos del
padre. Ella en tanto, mientras se respetaran las lunas para plantar y se tratara la
tierra con respeto no se oponía al entusiasmo general.
Sin embargo el sudor, la alegría, el empeño de todos y la buena disposición de la
naturaleza no alcanzaban. Cada vez se entregaban más sacos de trigo, cada vez
se recibía menos dinero.
Así un día de primavera la carreta se llevó a su hijo, nuera y nietos. Ninguno
pudo convencerla que fuera con ellos.
Quedó mirando como su hijo conducía con la mirada baja, sin poder mirar atrás;
las manos de los demás que se agitaban en un adiós, que se prolongaría hasta que
la carreta desapareciera por detrás de la colina.
Durante un tiempo fue recibiendo cartas todas las semanas, luego
paulatinamente se fueron espaciando hasta llegar una cada navidad.
El oro se volvió verde nuevamente a los ojos de la anciana, que decidió bajar la
colina hasta la casa de los González.
Don Gonzáles eras el cartero de la comarca, y como ninguno sabía leer, salvo él
y su hijo, Don González dejaba las cartas de la anciana en su casa y esta
iba hasta ahí para que se las leyeran.
Las leía el hijo del cartero, que había vuelto al poblado después de recibirse de
doctor, ya que tenía mejor vista y por cábala, ya que desde que él volvió, también
volvió la anciana a recibir semanalmente una carta.
En la humilde cabaña de los González tomaban unos mates y disfrutaban de
algunos pastelillos que preparaba la anciana. Jugaban algunas congas y charlaban
de cosas de antaño, esperando que el doctor volviese de sus quehaceres.
Cuando el doctor entraba, la habitación, todo, se iluminaba por los ojos de la
anciana.
Él solía sentarse junto al fuego para leer.
Era un momento mágico en donde la anciana reía y comentaba con ojos lagrimosos
las noticias que acababa de escuchar.
Horas más tarde, Don González llevaba a la anciana en su carreta hasta su
casa.
El doctor, con la carta aún en la mano los observaba alejarse, Doña González
abrazaba a su hijo con ternura, ambos quedaban pensando que inventarían para
leerle a la Abuela... la próxima semana.
que sus huesos podían sostener.
El universo la había dotado con una energía especial que mantenía su cabecita con
una lucidez asombrosa y un ánimo inquebrantable.
Ayudada por todo esto y una rama de eucalipto fue subiendo
lentamente aquella colina. Ya en la cima se sentó sobre la roca de siempre y una
vez más deslizó su mano por ella.
Aquel granito pulido ya de caricias conocía aquella mano, desde que era
pequeñita, frágil y curiosa. Pasando luego a ser joven suave y bella, ahora
arrugada tibia y temblorosa.
Sin embargo algo jamás había cambiado, la bondad y la ternura que esa mano
desprendía.
Tal vez por ello le había perdonado que rayara con una semejante afilada un
corazón y un nombre sobre su superficie. Es qué, ¡Había tanto amor en cada
trazo! Que por más roca que fuera no guardo resentimientos. Una vez sus
caricias estaban tan llena de desesperanzas que la roca separó un poco sus
moléculas para absorber un poquito, de toda aquella tristeza. Y sin que ella
advirtiese muchas veces junto magnetismo y energía para trasmitírsela cuando
aquella mano volviese a pasar.
Inconsciente de todo esto la abuela se levantó y se puso a observar aquel valle.
Como en un ensueño, todo este verde de hoy parecía transformarse en espigas
trigueñas que ondulaban, al compás de la brisa, de sus recuerdos.
El trigal forjado por sudor de mula, padre, esposo y de ella misma. De terreno
que desgastaba arado y asada; con la complicidad del suelo fértil, del sol, la luna,
las estaciones, las lluvias.
Siempre en comunión hombre y naturaleza habían dado sustento como premio a
la familia.
Entre aquellas espigas se escondía de su padre que la perseguía fingiendo ser un
terrible oso. Entre esas espigas habían hallado el cuerpo de su madre cuando su
corazón ya no quiso continuar luchando. Entre esas espigas por primera vez, a
hurtadillas, se entregó a Roberto.
Fue en el desmalezado que dio a luz a Robertito.
En plena cosecha de ellas fue que, aquella misteriosa fiebre, que azotó por
leguas a la redonda, la dejó sin padre y sin marido.
Juntando espigas conoció el angelical rostro de Cristina, que le dio dos nietos,
que cuanto más crecían más se parecían a su padre.
Su hijo con entusiasmo aplicaba nuevas técnicas, ya para mejorar los campos, ya
para mejorar las cosechas. Sus nietos también participaban en los proyectos del
padre. Ella en tanto, mientras se respetaran las lunas para plantar y se tratara la
tierra con respeto no se oponía al entusiasmo general.
Sin embargo el sudor, la alegría, el empeño de todos y la buena disposición de la
naturaleza no alcanzaban. Cada vez se entregaban más sacos de trigo, cada vez
se recibía menos dinero.
Así un día de primavera la carreta se llevó a su hijo, nuera y nietos. Ninguno
pudo convencerla que fuera con ellos.
Quedó mirando como su hijo conducía con la mirada baja, sin poder mirar atrás;
las manos de los demás que se agitaban en un adiós, que se prolongaría hasta que
la carreta desapareciera por detrás de la colina.
Durante un tiempo fue recibiendo cartas todas las semanas, luego
paulatinamente se fueron espaciando hasta llegar una cada navidad.
El oro se volvió verde nuevamente a los ojos de la anciana, que decidió bajar la
colina hasta la casa de los González.
Don Gonzáles eras el cartero de la comarca, y como ninguno sabía leer, salvo él
y su hijo, Don González dejaba las cartas de la anciana en su casa y esta
iba hasta ahí para que se las leyeran.
Las leía el hijo del cartero, que había vuelto al poblado después de recibirse de
doctor, ya que tenía mejor vista y por cábala, ya que desde que él volvió, también
volvió la anciana a recibir semanalmente una carta.
En la humilde cabaña de los González tomaban unos mates y disfrutaban de
algunos pastelillos que preparaba la anciana. Jugaban algunas congas y charlaban
de cosas de antaño, esperando que el doctor volviese de sus quehaceres.
Cuando el doctor entraba, la habitación, todo, se iluminaba por los ojos de la
anciana.
Él solía sentarse junto al fuego para leer.
Era un momento mágico en donde la anciana reía y comentaba con ojos lagrimosos
las noticias que acababa de escuchar.
Horas más tarde, Don González llevaba a la anciana en su carreta hasta su
casa.
El doctor, con la carta aún en la mano los observaba alejarse, Doña González
abrazaba a su hijo con ternura, ambos quedaban pensando que inventarían para
leerle a la Abuela... la próxima semana.
desde ya espero les allá gustado, y aquí una imagen
del premio recibido por el mismo cuento