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Luego del impresionante éxito mundial VUELVE A LA ARGENTINA FUERZABRUTA ESTRENO 19 de MARZO Sala Villa Villa – Centro Cultural Recoleta Dependiente del Ministerio de Cultura del Gob.de la Ciudad de Buenos Aires Funciones de martes a domingos Entradas desde $50 Por sistema Ticket Portal 5353 0606 y en sus puntos de venta www.ticketportal.com.ar La exitosa compañía teatral Argentina Fuerzabruta vuelve a nuestro país luego de ser aplaudida alrededor del mundo. El espectáculo creado por Diqui James se presentará a partir del 19 de marzo en la sala Villa Villa del Centro Cultural Recoleta (Dependiente del Ministerio de Cultura del Gob. de la Ciudad de Buenos Aires) con funciones de miércoles a domingo. Fuerzabruta recientemente celebró a sala llena, su estreno en la ciudad de Taipei (Taiwán) y comenzó un exitoso debut en Asia con más de 120 funciones previstas. Además Fuerzabruta continua presentándose en las ciudades más importantes del mundo, incluyendo Buenos Aires, Lisboa, Londres, Córdoba, Miami, Bogotá, Edimburgo, Berlín, México, Rosario, Caracas y San Pablo. El espectáculo ya fue visto por mas de 900.000 personas en distintos puntos del mundo, asombrando a 270.000 espectadores en Nueva York, 100.000 en Londres, 25.000 en Edimburgo y 100.000 en San Pablo y México; cosechando aplausos y excelentes críticas en cada una de las plazas en las que se presentó FUERZABRUTA Diqui James (uno de los dos fundadores de De La Guarda) y Gaby Kerpel (compositor musical de De La Guarda) se embarcan en un nuevo proyecto con el objetivo de crear una compañía que continúe la búsqueda creativa, de motivación e innovación. A la apuesta se suman Alejandro García (Dirección Técnica) y Fabio Dáquila (Stage Manager y Producción Técnica), ambos ex integrantes de De La Guarda y Agustina James (Producción general). Así nace Fuerzabruta, un sueño que surge de las entrañas de De La Guarda y crece en forma independiente. Para seguir creando, reinventándose a si misma y convirtiéndose en una experiencia única e irrepetible. Señoras y Señores, todo lo que sucede aquí es real. Tan real como su perro. No hay decorados. No hay convenciones teatrales. Todo tiene un rol en la acción. Y usted también. Prepárese No existe en la obra el concepto de significado o representación. Una puerta es una puerta. No significa ni más ni menos que eso. Tampoco el vestuario, las luces, la música ni los gestos. La luz roja es una luz roja o lo que usted quiera. El lenguaje es abstracto, si, cada uno piensa lo que quiere. Absolutamente abstracto. Desde la creación. Nadie sabe el significado de la obra, porque no lo tiene. El espacio se modifica durante toda la obra. Acompañe. Es fundamental que nada sea previsible. No le vamos a avisar. La sorpresa no es un efecto, es un estado constante y necesario para la efectividad de la obra. Para modificar profundamente la realidad del espectador. Su realidad. El espectador esta dentro de una realidad extraordinaria. No esta emocionalmente a salvo en ningún momento de la obra. El público no participa, forma parte. Herido. Festejando. ALGUNOS CONCEPTOS Diqui James El teatro es creación en el espacio. El lenguaje en su aspecto puramente material. Directo. Cuerpo a cuerpo. Formando un sueño en común con los espectadores. Real. Tangible. Queremos quebrar el sometimiento intelectual del lenguaje. Usar todos los medios que se dispone para operar eficazmente sobre la sensibilidad del espectador. Traerlos a otros territorios donde existen otras leyes más poderosas. Un espacio donde la presión de los sentidos afecte la mente. Donde la velocidad de los estímulos que reciba el espectador supere a la reacción intelectual. Que la emoción llegue antes, siempre antes. Que pegue en el cuerpo, debajo de la ropa. Atrás de los ojos. Adentro. Un espacio donde el espectador se entregue, sabiendo que forma parte un echo artístico, que esta adentro de una realidad paralela, etérea, bella, delirante y absolutamente más verdadera que la cotidiana. Donde el espectador sabe que esta siendo conducido a estrellarse contra su propia sensibilidad. Una sensibilidad colectiva, universal. Sin traducción. Sin anestesia. Brutalmente feliz. link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=XMlWiKT04CY Fuentes: www.fuerzabruta.net http://www.facebook.com/pages/Fuerza-Bruta-Buenos-Aires-2010/283800476206?ref=ts
POR GUILLERMO LÓPEZ ME EMPECÉ A DAR CUENTA de que me iba a quedar pelado a los 30. No sentí que iba a ser una gran pérdida. En la adolescencia había sufrido la muerte de mi papá y, de ahí en más, siguieron algunos amigos que se fueron antes de tiempo, y unas cuantas parejas. En la escala de pérdidas, perder el pelo es algo menor. De cualquier manera fue paradójico. Yo era el pibe que a los dieciocho tenía una melena por la cintura. Mis compañeras del secundario me la alababan, la olían. Me ocupaba de lavarla bien con crema de enjuague de algas. En esa época, cuando me sortearon para la colimba, le tenía menos miedo al combate cuerpo a cuerpo que a sufrir la flagelación de que los milicos me raparan. O de que, al salvarme, mis compañeros de aula hicieran lo propio como festejo. Al final me salvé y nadie me tocó la cabeza. Pero, en fin, llegó el día en el que supe que poco a poco, inexorablemente, el pelo se me estaba cayendo. No esperé a regodearme en la angustia y tomé cartas en el asunto: compré una afeitadora y me rapé la cabeza. A mi novia del momento le gustó y eso (todo hombre sabe de qué hablo) fue suficiente para amigarme con mi nueva imagen. Cuando empecé a trabajar en televisión inmediatamente me apodaron El Pelado y eso hizo que la gente me reconociera con facilidad… casi podría decir que debo parte de mi carrera a la pérdida del pelo. Aquella vieja maquinita que en algún momento había comprado para rebajar la barba se convirtió en mi principal aliada a la hora de emprolijarme la cabeza. Con el resultado puesto, hoy puedo decir que fue una pérdida beneficiosa. Los pelados (por obligación o por elección) sabemos llevar nuestra calva con orgullo y hasta nos convertimos en referentes de buen gusto y estética. Prefiero una pelada digna, prolija y limpita, antes que portar unos cuantos pelos desprolijos e incontrolables, o a probar tratamientos eternos y frustrantes que sólo demoran la agonía de lo que ya no volverá.
Dejo otra de las notas de la revista SH. Con esta me mori de risa. Como es perder un huevo. Por José Pablo Feinmann TENÉS UN TESTÍCULO más grande que el otro. ¿Lo sabías?, preguntó el médico clínico. Sí, dije. ¿Nunca te llamó la atención?, preguntó. Nunca fui un experto en testículos, dije. Y añadí: Quiero decir: nunca me preocupé por saber cómo debían ser los testículos. Asintió y siguió palpando. No hay duda, dijo unos segundos después. Tenés un testículo más grande que el otro, y más pesado. Se acercó a un lavatorio y se lavó las manos. Que tengas un testículo más grande que el otro, en tu caso, es grave, dijo. Todo el mundo tiene un testículo más grande que el otro, dije. Lo tuyo está provocado por una dureza, dijo. Tu testículo derecho es más grande que el izquierdo porque en tu testículo derecho una dureza, dijo. ¿Qué es una dureza?, pregunté. Por ahora, solamente eso: una dureza. Después se verá, dijo. ¿Qué se verá después?, pregunté. Se verá si es una hernia, un quiste, un tumor benigno o un tumor maligno, dijo. Yo no tenía el más ínfimo deseo de tomar conciencia de la situación. ¿Una hernia? ¿Un quiste? ¿Un benigno? ¿Un tumor maligno? ¿Qué importancia podía tener cualquiera de esas cosas si yo era, a todas luces, inmortal? Seguramente, todo habría de arreglarse con algún jarabe indicado para disolver las durezas de los testículos. ¿Cómo habría de pasarme algo grave o pernicioso cuando aún tenía por lo menos treinta libros por escribir? El médico clínico me derivó a un urólogo. Fui a verlo. Luego de palpar implacablemente mis testículos, dijo: Hay, en efecto, una dureza. Y, tras un silencio, añadió: Habrá que abrir y ver. Nunca nadie me había dicho una frase más terrorífica. Recuerdo que al detenerme ante la puerta del consultorio, yo había leído la chapa que había pegada en ella. Decía: Archibaldo Ramos. Urólogo. Cirujano. Como se puede ver, los signos estaban. Era yo el que se negaba a descifrarlos. Si Archibaldo Ramos era un médico urólogo y cirujano, era evidente, salvo para quien no quisiera verlo, tal como para mí en el instante en que vi la chapa en la puerta del consultorio, que para él, para Archibaldo Ramos, ver implicaría necesariamente abrir. Acláreme algo, doctor: ¿qué es abrir?, pregunté. ¿Cómo qué es abrir? Abrir es abrir, dijo. Insisto, doctor: ¿qué es abrir?, pregunté. Y Archibaldo Ramos fue explícito: Vea, joven, usted tiene una dureza en su testículo derecho. Ninguna radiografía nos va a decir qué es esa dureza. Hay que abrir, sacar el testículo y ver. Entonces, dije la frase más absurda, más patética y más desesperada que dijera en toda mi vida: Bueno, está bien. Me sacan el testículo. Pero después me lo vuelven a poner, ¿no? Archibaldo Ramos me miró como si estuviera mirando a un loco. Cuatro meses después, el 14 de noviembre de 1975, en una clínica del barrio de Palermo, me extirparon el testículo derecho. Sexualmente —en un sentido puramente sexual— que te saquen un huevo no significa nada. Al contrario, hasta hay teorías que dicen que se coje mejor con uno que con dos. Eso, a mí, no me perjudicó en nada. En el plano simbólico, sí. (Sim-bólico, ¿divertido, no?) Además, la operación fue meses antes del golpe. Eso me volvió loco. Me moría por adentro (metástasis) o me mataban por afuera (grupos de tareas). Me llevó muchos años recuperarme psicológicamente. En 1986 empecé una etapa buena que duró hasta 1990. En 1990 tuve una recurrencia terrorífica. Ahí conocí (como tantas veces lo dije) al gran psicofarmacólogo Julio Moizeszowicz. Él me sacó del abismo. Hace veinte años que estoy bien. Se puede resumir en esto. No sólo escribí los treinta libros que pensaba escribir. Ya escribí treinta y cuatro y pienso seguir. De todas las pérdidas se sale. Salvo de una: la de la vida. Y ésa nos espera a todos. Sin embargo, ésa es casi la única verdadera grandeza de la especie humana: el hombre es el único ente que sabe de su finitud (aunque viva tratando de negarla), y pese a saberlo sigue viviendo y sigue preguntándose por el sentido de la existencia humana en este cascote que habita y que gira sin ningún sentido alrededor del sol en un universo infinito, incomprensible. Fuente: http://www.facebook.com
Esta es otra no ta de la Revista SH, que forma parte de una nota mas larga que tiene varias partes diferentes que llama "como perder..." CÓMO ES PERDER... UNA GUERRA por el General Mario Benjamín Menéndez Yo fui protagonista, como comandante del frente de batalla argentino, de la guerra contra Inglaterra por las islas Malvinas. La situación estaba absolutamente deteriorada. Hablé con el general Galtieri y se la describí. Él no podía o no quería entenderla, así que se lo tuve que repetir. Le dije: “Las cosas han pasado como le expliqué y no se han podido mantener las alturas, no tenemos espacios ni medios”. Tácticamente la situación era insostenible. Le pregunté: “¿Puedo esperar algún apoyo aéreo u otra cosa de usted?” “No, yo estoy acá y usted allá”, me dijo. “Muy bien, como comandante, no sé qué va a ser de esta guarnición al final del día. Ante eso, me voy a hacer responsable”. Dije. No sabía qué iba a hacer porque no hubo contacto con los ingleses. Era como una especie de nebulosa. Hacerlo me parecía que significaba ponerme, de entrada, en una posición inferior. En ese momento, el capitán de navío Hussey me dijo que había una comunicación con los británicos en la que nos ofrecían un cese del fuego para iniciar conversaciones y terminar con las operaciones. Resolví aceptarlo. En la reunión, se planteó en qué momento y forma se produciría la rendición. La verdad es que lo asumí. Sabía cómo estaba mi gente, así que no lo discutí. Acordamos cómo iba a ser la ceremonia de capitulación y que el general Moore iba a venir más tarde. Algunos me reclaman: “¿Por qué no se pegó un tiro?” .Y otros me dicen: “Usted salvó a miles de hombres”. Tomé la decisión táctica que debía. Nos encontramos en un pasillo, es la única foto que hay. Él hizo una introducción y luego me dijo: “Ahora, me tiene que firmar la rendición”. Estaba en inglés, la leí y cuando vi la palabra incondicional me planté. Dije: “Esto no es lo que se pactó esta tarde”. “¿Cómo?, esta es la rendición, acá está”. “No, porque se estipularon condiciones y acá habla de una rendición incondicional. Están cambiando los términos. Esto no lo acepto. No sé de qué forma, pero si insiste, seguimos peleando”. Se quedó y, después, aceptó: “Está bien, tachemos la palabra”. Era un momento muy difícil, teníaun sentimiento muy mezclado. Era terrible tener que estar ahí. Saber que tenía que hacerlo y no por usted, sino por las tropas, pero, al mismo tiempo, es una frustración, una decepción. Es la bronca de haber llegado a eso porque es una de las cosas en las que un militar nunca quiere pensar. Existen los tipos que me reclaman: “¿Por qué no se pegó un tiro?”. Creo que el suicidio no es la solución. Tengo que dar testimonio de lo queviví y cómo fue, cosa que hice y hago hasta ahora. Pegarme un tiro hubiera sido muy fácil, era dejarle a otro que contara la historia como quiera. Hay muchos que dicen: “Usted salvó a miles de hombres”. No sé a cuántos salvé, creo que tomé la decisión táctica que debía. No pude dormir esa noche. Eran mil pensamientos: todo lo que había vivido y dicho en el transcurso de las operaciones. Es un recuerdo muy duro haber tenido que ser el encargado de hacerlo. Pero sabía que las tropas no daban más. Los 14 de junio los recuerdos son muy vívidos, muy duros, quizá no con la intensidad o los efectos de los primeros años. Todavía hay quienes vienen a hacerme un escrache a mi casa para decirme que soy responsable de que haya muerto el soldado fulano o mengano. Son las cosas a las que uno tiene que estar preparado para aceptar después de perder una guerra. Vuelvo a repetir, la fuente es la Revista SH, la hual no tiene web oficial, pero si pagina oficial de Facebook, donde se suben todas las notas. Fuente: http://www.facebook.com/revistash
Comparto una nota interesante que salio este mes en la Revista SH (la fuente obviamente ) Los Marineros de Bolivia No es un error: la marina boliviana existe y se entrena en aguas dulces, mientras espera recuperar la salida al mar. Aquí, los marineros de la base naval del lago Titicaca y otras historias con paradoja: un fotógrafo ciego y una música sorda. Por Sergio Vilela La bandera de bolivia flamea sobre la cabina del timonel que mira taciturno las montañas que lo rodean. El cielo de mediodía está exageradamente azul, las nubes parecen algodones de azúcar y el sol calienta la cabeza como si no hubiera atmósfera que lo amortigüe. Mientras tanto, media docena de marineros, que están vestidos de buzos con aletas, se ponen sus antifaces de acrílico y se llevan sus horquetas a la boca. Caminan por la plataforma trasera que tiene esta embarcación y se acercan al borde. Esperan que llegue la indicación para empezar. La lancha mediana avanza a velocidad de carretera. El vaivén de las olas miniatura de este mar dulce y helado la hace rebotar sobre el agua. En otro bote, uno inflable y con motor fuera de borda, van los tres capitanes a cargo de esta exhibición. Todo queda listo y los buzos se preparan para una operación submarina, como si jugaran a la guerra imaginaria. Una guerra improbable por volver al soñado charco azul, a ese mar que está a miles de kilómetros de aquí. Alguien da una orden por radio y la división de buceo de la Armada de Bolivia se lanza al agua. Asusta descubrir lo obvio. Al ver esas maniobras, uno recuerda que los marinos siempre se están preparando para el combate. Miro las caras de dos marineros que llevan salvavidas fosforescentes al cuello. Su apariencia de niños es perturbadora. Un militar siempre está dispuesto a morir por defender un pedazo de tierra (o de mar), y da la impresión de que estos dos no se han enterado aún. Me acerco al más risueño y callado y pequeño para indagarlo. “¿Por qué quisiste ser marino?”, grito para que oiga la pregunta por encima del rugido del motor. Y él se queda en silencio un buen rato, como si nunca se lo hubiera planteado. Este marino pertenece a la tropa, del último escalafón de la Armada. Es del tipo de soldados que van en la primera línea, como carne de cañón. De pronto despierta y responde: “Para recuperar el mar, ése es mi deseo”. Lo dice como si repitiera un viejo evangelio. Lo dice con una dosis de fe. Estamos frente a la base naval más importante de Bolivia, en el mejor remedo del mar que tiene este país, el lago Titicaca. Difícil estar aquí y no pensar cuán lejos está el océano de verdad. Aquí los marinos bolivianos entrenan sin descanso, como cualquier hombre de mar. Quieren estar preparados, dicen, para cuando llegue el día. Vamos de vuelta al puerto enano que hay en la base de Tiquina y donde se construye el primer buque hecho por bolivianos. Los buzos han terminado su exhibición. Al rato pisamos tierra. Todos los bolivianos han nacido creyendo que su historia sería distinta si Chile no les hubiera “robado el derecho de tener mar”, como me dice el capitán X, quien nos recibe en el pequeño muelle de la base. El capitán X es un tipo amable y con un ligero aire campechano que lo hace parecer un hombre pacífico, improbable en la imagen de disparar un cañón. Está acompañado por el capitán Y un moreno huraño a quien nada parece emocionarle. Ellos han sido mis anfitriones desde que llegué esta mañana a la base de Tiquina, luego de viajar tres horas en un micro casi vacío que solo llevaba a algunos lugareños. Unos anfitriones que han preferido el anonimato para poder contar, libres de la versión oficial, sus traumas acuáticos y sus sueños portuarios. Bolivia no tendrá mar, pero tiene 40.000 kilómetros de ríos navegables y un acceso al Océano Atlántico gracias al corredor fluvial Paraná-Paraguay Habíamos salido de la base a desayunar en un café de la plaza que estaba al lado. Fue ahí que empecé a entender cómo se vive en un país que se siente amputado de una pierna. Un país que no soporta verse al espejo mutilado de su costa. Ellos lo explican más o menos así: “Imagínate que tienes una casa, tu casa. Un día viene un tipo y se apodera de tu puerta. Ya no puedes salir a la calle por ahí. Te dice que si quieres salir por tu puerta deberás pagarle. Y te ves obligado a salir por la ventana o por encima del muro, porque te resistes a pagarle. Pero es tu casa, y piensas que debes recuperar tu puerta. Así nos sentimos los bolivianos”, explica el capitán X. Después de la Guerra del Pacífico de 1879, Bolivia perdió 400 kilómetros de costa. Desde entonces ha tenido que salir al mar por la ventana del vecino. Para el capitán X, igual que para la mayoría de los bolivianos, la falta de mar es una de las formas que tienen de explicar la pobreza de su país. “Si tuviéramos mar, todo sería mejor, porque se nos abrirían las puertas del mundo”. Ahora dicen sentirse encerrados, encarcelados. No les parece justo que los chilenos no les den una salida, comenta el otro capitán tras sorber su café. A ellos se lo han repetido desde niños de muchas maneras y lo han creído como un dogma: cuando uno tiene mar la economía mejora, las exportaciones se multiplican y llega más gente de todo el mundo. Los cálculos oficiales en Bolivia dicen que la economía deja de crecer un 1,5% por cada año de privación marítima. Para ellos es mucho lo que pierden. Aunque la playa importa más que la estadística. Más de uno ha soñado desde niño con pasar los días de verano en la orilla y las noches caminando en familia por el malecón. Y el mar, además de ser el lamento boliviano más popular, ha sido la coartada más predecible de sus presidentes y dictadores. “Cada vez que necesitaban conjurar sus divisiones internas o disimular su impopularidad, la causa del mar ha resucitado”, asegura Vargas Llosa, que pasó sus años de infancia en Cochabamba. Rebobinemos. La historia boliviana, antes de Evo, cuenta que el presidente Gonzalo Sánchez de Lozada fue uno de los últimos políticos que tuvo que dejar el Palacio de Gobierno de Bolivia antes de tiempo. Hace unos años, el mundo supo que los bolivianos se habían ganado una lotería subterránea, y que muy pronto serían millonarios. En Tarija, al este de La Paz, había tanto gas bajo tierra, que ni en 600 años de consumo creciente podrían acabarlo ellos solos. Era una veta gigante y llena con el combustible del futuro. Lo primero que se dijo es que los Estados Unidos y México serían los compradores inmediatos. La pregunta que le daba insomnio al presidente de entonces, Sánchez de Lozada, era, ¿por dónde sacamos el gas si no tenemos mar? ¿Por Perú o por Chile? Pasó el tiempo. El Presidente se reunió con sus ministros, negoció en privado posibles acuerdos, le hizo falta el mar más que nunca y quizá pensó que, ahora que tenía el gas que todo el mundo quería, estaba mucho más cerca de veranear en las playas de Bolivia. Estimó los riesgos, evaluó las posibilidades, calculó las reacciones, habló mucho por teléfono con sus asesores y decidió. Fue muy criticado por el precio que convino con los importadores. Sus enemigos denunciaron de inmediato que prácticamente les estaba regalando el gas a los Estados Unidos. Y bastó que Sánchez de Lozada insinuara que el gas de Tarija saldría por un puerto chileno (los técnicos decían que era el camino más corto) para que estallara una revuelta popular, que degeneró en batalla campal, y que dejó decenas de muertos en las calles de La Paz. Ese día, el Presidente también murió, políticamente. Tuvo que irse. Entonces un periodista llamado Carlos Mesa terminó sentado a los pocos meses en el sillón presidencial del Palacio Quemado, con una aprobación de más del 70%. Todos querían al nuevo. Y lo quisieron más cuando, frente a las cámaras de televisión de todo el mundo que cubrían la Cumbre de las Américas en México, le exigió a su colega chileno Ricardo Lagos sentarse a negociar una salida. Una franja costera. Para los bolivianos ése fue un acto de dignidad que habían esperado durante años de sus políticos. Para los chilenos eso no fue nada. La noticia estuvo al día siguiente en los diarios de América. La prensa de Bolivia apoyó a Mesa y a los pocos días ya se notaban varios puntos más de popularidad ganados por el flamante presidente-periodista que parecía dominar su oficio. Sin embargo, el reclamo de Mesa no tuvo ningún resultado concreto. Pasado un tiempo, Chile le hizo la ley del hielo a Bolivia, con la que desde la era Pinochet había roto vínculos diplomáticos. Las relaciones se enfriaron aún más. Hasta que todo se congeló. Evo Morales era todavía un error estadístico. Un disparate. El capitán X es de aquellas personas que se emocionan cuando pronuncian la palabra “patria”. Cruzamos la plaza y dejamos atrás el restaurante del desayuno en el que está colgado el único teléfono público del pueblo. Vamos de regreso a la base para seguir con el tour militar. El capitán Y, que parecía cumplir un papel secundario en esta película marina, ha empezado a hablar con menos cautela. Al comienzo habían dicho con timidez que casi no tenían nada que opinar sobre el gas y las posibilidades de salir al mar. Pero el capitán X es vehemente y ahora me confiesa que él está convencido de que Bolivia debe actuar con soberbia calculada para que el gas logre abrirles aunque sea una franja de tierra en el norte de Arica. Piensa que es lo justo. La vena en su frente se hincha cuando alza el tono de su voz y golpea el aire con sus manotazos, mientras pretende interpretar el drama boliviano. El capitán Y, en cambio, es como un eco tímido de su colega X. Llegamos al campo de cemento que hay en medio de la base. Unos doscientos soldados bajitos y flacos como escopetas se hunden en sus uniformes de dos talles más. Se parecen a la tropa peruana, y quizás a la chilena y a la ecuatoriana: todos provienen de la misma fábrica con hambre. Los soldados de un ejército pobre, como los de América Latina, siempre parecen tener diez años. Ahora uno los puede ver marchar y cantar y repetir sus rutinas de perfectos soldaditos de plomo que no saben por qué ni para qué: repiten lemas nacionalistas, marchan y dan vueltas sin parar. Pero tienen como escenario una postal estupenda: nítido cielo azul sobre un mar artificial. El lago Titicaca no parece tan grande desde esta garganta estilo Gibraltar que es el estrecho de Tiquina. Es como una piscina angosta que conecta y delimita a Perú y Bolivia. Si navegáramos unas millas fuera de este callejón de agua, veríamos su verdadero infinito: el Titicaca es tres veces más grande que Luxemburgo y casi del tamaño de Puerto Rico. Los cerros y el viento helado, que por las mañanas cuartea los labios, esta tarde arrullan. Y la calma que se siente es tan rotunda que es difícil imaginar cómo se cultiva una mentalidad bélica en tan pacífico escenario. “Si este lago tuviera tres o cuatro grados más de temperatura, todo sería distinto”, me dice el capitán X. Los bolivianos extrañarían menos la costa de Calama que Eduardo Abaroa, héroe naval, murió defendiendo. Pero el sereno lago Titicaca los ha conminado de por vida a un agua glacial y despiadada. Bañarse aquí es suicida. “El día que volvamos al mar, quiero estar ahí”, dice el capitán X como si se tratara de un juramento. Para un boliviano igual que para cualquier mediterráneo, dicen ellos, conocer el mar es una obligación casi fisiológica. Muchos viajan a la costa peruana para perder su virginidad marítima. Cada vez que conversaba con algún marino de cualquier rango, la conclusión era la misma: Bolivia con gas ya no era la misma Bolivia pobre de antes, que reclamaba desde hacía 100 años una salida a la costa. Ahora se trataba de un país con la segunda reserva más grande del continente, después de Venezuela. La veta de gas descubierta en Bolivia bordeaba los 50 trillones de pies cúbicos y estaba valorizada en 70.000 millones de dólares. Dinero suficiente para pagar catorce veces su deuda externa. Y para comprar una docena de veces más armamento del que adquirió Chile en los últimos cinco años, que fue además el país que más gastó en América Latina hasta que Hugo Chávez se robó el show. Mientras Bolivia se convertía en probable millonario, el vecino de la estrella solitaria renovaba su arsenal. Semanas más tarde del anuncio de Bolivia sobre sus nuevas reservas, el canciller de Perú aparecía en los diarios de Lima y Santiago declarando que aún estaba pendiente la frontera marítima entre Tacna y Arica. De inmediato, La Moneda respondía que no había nada que resolver. Un viejo pleito limítrofe resucitaba, y con la necesidad de Bolivia de salir al mar, se volvía un tema de agenda obligatorio. Con el gas aún bajo tierra y sin una solución cercana a su necesidad marítima, Bolivia no tuvo más opción que detener cualquier decisión y dejar que los ánimos se calmaran. Sin embargo, al presidente Carlos Mesa le quedaba poco tiempo. El fenómeno Evo Morales, ese líder sindical que había arrastrado a más de la mitad del país con un discurso de reivindicación étnica, estaba próximo a desatarse. Sería el nuevo presidente Morales quien se haría cargo del peligroso tema del gas. Pero eso ocurriría después. Había llegado a Bolivia un día antes de ir a conocer la base naval del lago Titicaca. El taxista iba contando las últimas noticias del mar. Contó que se esperaba un próximo referéndum para decidir por dónde saldría el gas, que los bolivianos comunes y corrientes preferían que fuera por Perú y que muchos temían que, si salía por Chile, ellos podrían hacerles alguna trampa. Igualmente, los ricos de Bolivia decían que era mejor negocio llevar el gas a la costa chilena, porque estaba mucho más cerca que la de Perú. Esa misma tarde fui a conocer al jefe del Estado Mayor de la Armada de Bolivia. Se trataba de un hombre sereno, corpulento y de una notoria corrección al hablar. Una de las primeras cosas que dijo: quien escogía ser marino boliviano era porque tenía, en cierto sentido, alma de sacerdote. Según él, el marino boliviano es el militar más sentimental de las fuerzas armadas. Porque ocurre con él un efecto inusitado: cuando camina por La Paz la gente lo saluda y lo felicita. Cuando llegamos al despacho del jefe del Estado Mayor, éste estaba terminando de reunirse con el agregado naval de Corea. Bolivia no tendrá mar, pero tiene 40.000 kilómetros de ríos navegables y un acceso al océano Atlántico gracias al corredor fluvial Paraná- Paraguay. Fue por ahí que llegó hasta Bolivia el buque Insignia, la embarcación más importante que tiene su Armada. Mientras esperábamos que nos recibiera, el capitán Fernández, un tipo mestizo de mejillas infladas que siempre está sonriendo, me sorprendió con la historia de la marina. Después de la guerra con Chile, la Armada de Bolivia desapareció. Recién en 1963, el presidente Paz Estenssoro decidió reabrir la Marina boliviana. Fueron más de 80 años los que este país vivió sin marineros ni sueños de mar. Como diría después el director de la Escuela Naval, en los años sesenta se propagó en Bolivia un nuevo ánimo naval. Ver caminar por La Paz a hombres vestidos de blanco era como si, de golpe, el país hubiera pegado una zancada en su camino hacia la costa. Todos volvían a soñar. Y los primeros marineros estaban ahí, como letreros que le gritaban al país “el mar nos pertenece por dere cho, recuperarlo es un deber”, lema que hoy es el más repetido por el Ejército. Tras hablar con el jefe de la Armada, fui a buscar a los marinos más jóvenes. Cerca de 15 cadetes habían formado un círculo espontáneo en el salón de recreo. La Escuela Naval quedaba a unos 15 minutos del centro de La Paz. Al entrar te recibía un retrato enorme de Miguel Grau, el héroe nacional de la Marina peruana. ¿Qué hacía Grau ahí? Lo habían adoptado como héroe suyo, al no tener ellos uno que hubiera fallecido en combate. De todos modos, Grau había muerto defendiendo Punta Angamos, en la antigua costa boliviana. Tenían razones para quererlo. En el amplio salón había cadetes de quinto año, de tercero y de primero. Cada uno creía tener una verdad sobre el mar. El cadete Seoane, de segundo año, abrió los ojos como si frente a él apareciera el océano que había confeccionado con tanto cuidado en su cabeza. Una imagen tejida con los retazos de los cientos de fotos del mar que había visto en internet, pero que él jamás había visitado. —No conozco el mar. Me lo imagino no como algo físico, sino como algo espiritual. Extenso, inmenso, y en el que la gente busca algo como el infinito. Otro cadete, que parecía ser el más sabio del grupo, me dijo: —Al principio me impactó la brisa marina que te entra a los pulmones. Sientes una melancolía grande, por no tener una costa propia. El agua es saladísima, como te la cuentan. Las rocas, la arena, el olor. La emoción es gigantesca. Todos han empezado a confesar cómo fue su primera vez, si la hubo. Y cada cosa que dicen demuestra que uno tiene gran incapacidad para descubrir las sorpresas de lo obvio. Oigo al cadete Albán, un tipo pequeño pero corpulento, quien cuenta haberse quedado asombrado con una puesta de sol en Mar del Plata, donde entrenaba con marinos argentinos. Se suma el cadete Suárez y jura que hay que tener vocación y gusto por el mar desde que naces. Y otro cuenta que se enamoró del mar por el cine y por esa imagen que tenía metida en la cabeza y en la que, en el fondo del horizonte, el cielo y el mar se borran mutuamente. Pero también hay alguien que dice que adora el mar y no lo conoce. Al oír hablar a estos marinos de los Andes es imposible olvidarse que en las casas y las escuelas de Bolivia, los adultos les van a seguir repitiendo a sus niños que el mar les pertenece. Por derecho, por deber. Porque no permiten que sus marineros sigan imaginando el mar gracias a las fotos que cualquiera podría bajar de internet. Lo veremos.
EL VESTUARIO Los hombres pasan más tiempo desnudos y con otros hombres que con sus propias mujeres. Eso sucede en los vestuarios, donde desde silbar canciones hasta reproducir una jugada, todo se hace sin ropas. MUCHO ANTES DE QUE SE DISCUTIERA EL MATRIMONIO GAY, ya existían hombres que convivían y dialogaban desnudos, y pasaban más tiempo desnudos entre sí que con mujeres. Podrán decir que el sexo y la convivencia sin papeles entre hombres es tan vieja como la Creación. Pero yo no estoy hablando de convivencia ni de sexo, sino de matrimonio. El matrimonio no se define por la convivencia ni por el sexo, sino por el hecho de que dos adultos puedan dialogar desnudos durante períodos prolongados sin tener sexo. En las relaciones furtivas, tal vez los amantes intercambien un par de palabras antes de vestirse, no mucho más; mientras que en el vestuario los hombres hablan desnudos durante mucho más tiempo que el que le dedican a sus esposas estando vestidos. El vestuario me resultaría menos desconcertante si fuera un trámite de paso. Comprendería que los hombres, luego de la actividad deportiva, y antes de regresar a sus trabajos, necesitaran bañarse. Pero lo que veo en el vestuario es que los usuarios se demoran, desnudos, en actividades de la más diversa índole: está el que discute de política, el que lee el diario, el que silba, el que canta, incluso el que come, sin cubrir sus partes pudendas. La sola sensación de estar desnudo me resulta incómoda. Pero en el vestuario los hombres se desplazan como si fuera una peatonal. Como mis disciplinas son solitarias —correr en la cinta, pesas, abdominales—, afortunadamente no debo dialogar con nadie ni antes ni después de pasar por el penoso trámite de bañarme, pero los demás habitantes del vestuario parecen disfrutar de hallarse desnudos entre hombres. Y debo reconocer que nunca he visto en las filmaciones y fotos de campos y playas nudistas, la naturalidad de los rostros de los habitantes de los vestuarios, mientras ensayan improvisados pasos de baile para festejar el gol que convirtieron minutos atrás, o directamente reproducen la jugada asumiendo poses indecorosas. Cuando vemos una película de cárceles, el principal momento de terror para los hombres es el de las duchas: los condenados, desnudos, compartiendo un reducido espacio. Pues bien, en el vestuario yo he visto a hombres libres demorarse en las duchas comunes como si fuera un momento de esparcimiento. Se les cae el jabón y lo levantan con parsimonia. La sola sensación de estar desnudo me resulta incómoda. Pero en el vestuario los hombres se desplazan como si fuera una peatonal. Creo que del mismo modo que por medio de reglamentos y carteles se logró erradicar el cigarrillo de los espacios públicos, deberíamos legislar límites para el comportamiento en los vestuarios. Prohibir dialogar desnudos. Prohibir el secado de más de tres minutos. Prohibir el entalcado en público de las partes pudendas. Prohibir la interpretación de canciones, ya sea por voz o por silbido, luego de haber salido de la ducha y antes de vestirse. Quienes deseen entregarse a cualquiera de estos hábitos podrían concurrir a un vestuario nudista. Que la naturaleza de los hombres cambia radicalmente al concurrir al vestuario puede deducirse de una breve anécdota que me narró su protagonista. En el club al que concurro la pileta techada está directamente ligada a los vestuarios por medio de escaleras. Se sale de la pileta y se ingresa al vestuario sin tener que pasar por el exterior. En cierta ocasión, una agraciada dama, habiendo sufrido un percance con el corpiño de su biquini, salió de la piscina y, confundida por el vapor y las antiparras, entró, ya con el corpiño en la mano, al vestuario masculino. Los hombres no dirigieron hacia ella sus miradas; como una suerte de Lady Godiva, la dama pudo retirarse sin sufrir asaltos, ni silbidos, ni piropos. Ni siquiera una mirada de desconcierto. No la registraron. —Ni siquiera levantaron la vista— me dijo al borde de las lágrimas— ¿Tan fea soy? Yo no le podía quitar los ojos de encima, ni siquiera vestida. De modo que no tuve que esforzarme para decirle la verdad: —No sos vos, son ellos. En el vestuario no hay heterosexuales. Revista SH
El agua es un recurso fundamental para la vida, para el crecimiento económico y para el desarrollo humano. El recurso hídrico trae bienestar a las personas, es el elemento principal para asegurar el buen funcionamiento del cuerpo humano y para garantizar la higiene personal y del ambiente en general. En el organismo, el agua mantiene el equilibrio isotónico del metabolismo, conforma órganos, huesos y músculos. Además, le da vida a la piel, al pelo y a los tejidos internos. En total, el agua compone un 60% del organismo de los adultos y un 77% de los recién nacidos. Hay funciones que sólo pueden ser realizadas con la presencia del agua, porque el cuerpo, al igual que requiere oxígeno para funcionar, y alimentos para tener energía, necesita líquido para ejecutar diversas funciones. El agua en el organismo Las funciones más importantes que el agua ayuda a realizar en el organismo son: La respiración. La digestión. La regulación de la temperatura del cuerpo. Es esencial para transportar nutrientes como el oxígeno y las sales minerales, en la sangre. Ayuda a mantener el equilibrio y la presión sanguínea. Regula la acidez estomacal. Mantiene el metabolismo. Ayuda a regular todas las reacciones del cuerpo. El agua es, además, el componente fundamental de la sangre y de los órganos internos, en la siguiente proporción: Sangre: 83% de agua. Riñones: 82% de agua. Músculos: 75% de agua. Cerebro: 74% de agua. Huesos: 22% de agua. El agua es fundamental para equilibrar las reacciones enzimáticas. El agua debe contener sodio, potasio y cloro, para que el riñón no la elimine completamente a través de la orina. El sodio -que se encuentra en el agua-, es el soluto más importante para el balance hidroelectrolítico del cuerpo, fundamental para mantener el organismo en un perfecto equilibrio, explica. El especialista recomienda consumir dos litros y medio de agua diarios, sobre todo en verano, cuando a través de la transpiración se pierde un alto porcentaje de agua. Esto es, alrededor de 1,5 ml por kilo de peso corporal al día. El cuerpo elimina diariamente dos litros y medio de agua por concepto de respiración, transpiración, orina y heces. A la vez, requiere suplir esta pérdida obteniendo agua en su forma tradicional, a través de los alimentos o del mismo organismo, de la siguiente forma: El agua, además, tonifica el organismo y es especialmente beneficiosa para los deportistas. Asimismo, ayuda al cuerpo a utilizar los depósitos de grasa para convertirlos en energía y para eliminarlos mediante la orina. En cuanto a su efecto estético, el agua ayuda a hidratar piel y músculos. Así, un cuerpo bien hidratado y tonificado por el agua se refleja en una piel tersa y en un tejido muscular más firme y elástico. Una persona puede pasar alrededor de cinco semanas sin recibir proteínas, carbohidratos y grasas, pero no puede sobrevivir más de cinco días sin beber agua. Fuente: Link