POR GUILLERMO LÓPEZ
ME EMPECÉ A DAR CUENTA de que me iba a quedar pelado a los 30. No sentí que iba a ser una gran pérdida. En la adolescencia había sufrido la muerte de mi papá y, de ahí en más, siguieron algunos amigos que se fueron antes de tiempo, y unas cuantas parejas. En la escala de pérdidas, perder el pelo es algo menor.
De cualquier manera fue paradójico. Yo era el pibe que a los dieciocho tenía una melena por la cintura. Mis compañeras del secundario me la alababan, la olían. Me ocupaba de lavarla bien con crema de enjuague de algas.
En esa época, cuando me sortearon para la colimba, le tenía menos miedo al combate cuerpo a cuerpo que a sufrir la flagelación de que los milicos me raparan. O de que, al salvarme, mis compañeros de aula hicieran lo propio como festejo. Al final me salvé y nadie me tocó la cabeza.
Pero, en fin, llegó el día en el que supe que poco a poco, inexorablemente, el pelo se me estaba cayendo. No esperé a regodearme en la angustia y tomé cartas en el asunto: compré una afeitadora y me rapé la cabeza. A mi novia del momento le gustó y eso (todo hombre sabe de qué hablo) fue suficiente para amigarme con mi nueva imagen. Cuando empecé a trabajar en televisión inmediatamente me apodaron El Pelado y eso hizo que la gente me reconociera con facilidad… casi podría decir que debo parte de mi carrera a la pérdida del pelo. Aquella vieja maquinita que en algún momento había comprado para rebajar la barba se convirtió en mi principal aliada a la hora de emprolijarme la cabeza. Con el resultado puesto, hoy puedo decir que fue una pérdida beneficiosa. Los pelados (por obligación o por elección) sabemos llevar nuestra calva con orgullo y hasta nos convertimos en referentes de buen gusto y estética.
Prefiero una pelada digna, prolija y limpita, antes que portar unos cuantos pelos desprolijos e incontrolables, o a probar tratamientos eternos y frustrantes que sólo demoran la agonía de lo que ya no volverá.