Dejo otra de las notas de la revista SH.
Con esta me mori de risa.
Como es perder un huevo.
Por José Pablo Feinmann
TENÉS UN TESTÍCULO más grande que el otro. ¿Lo sabías?, preguntó el médico clínico. Sí, dije. ¿Nunca te llamó la atención?, preguntó. Nunca fui un experto en testículos, dije. Y añadí: Quiero decir: nunca me preocupé por saber cómo debían ser los testículos. Asintió y siguió palpando. No hay duda, dijo unos segundos después. Tenés un testículo más grande que el otro, y más pesado.
Se acercó a un lavatorio y se lavó las manos. Que tengas un testículo más grande que el otro, en tu caso, es grave, dijo. Todo el mundo tiene un testículo más grande que el otro, dije. Lo tuyo está provocado por una dureza, dijo. Tu testículo derecho es más grande que el izquierdo porque en tu testículo derecho una dureza, dijo. ¿Qué es una dureza?, pregunté. Por ahora, solamente eso: una dureza. Después se verá, dijo. ¿Qué se verá después?, pregunté. Se verá si es una hernia, un quiste, un tumor benigno o un tumor maligno, dijo.
Yo no tenía el más ínfimo deseo de tomar conciencia de la situación. ¿Una hernia? ¿Un quiste? ¿Un benigno? ¿Un tumor maligno? ¿Qué importancia podía tener cualquiera de esas cosas si yo era, a todas luces, inmortal? Seguramente, todo habría de arreglarse con algún jarabe indicado para disolver las durezas de los testículos. ¿Cómo habría de pasarme algo grave o pernicioso cuando aún tenía por lo menos treinta libros por escribir?
El médico clínico me derivó a un urólogo. Fui a verlo. Luego de palpar implacablemente mis testículos, dijo: Hay, en efecto, una dureza. Y, tras un silencio, añadió: Habrá que abrir y ver. Nunca nadie me había dicho una frase más terrorífica.
Recuerdo que al detenerme ante la puerta del consultorio, yo había leído la chapa que había pegada en ella. Decía: Archibaldo Ramos. Urólogo. Cirujano. Como se puede ver, los signos estaban. Era yo el que se negaba a descifrarlos. Si Archibaldo Ramos era un médico urólogo y cirujano, era evidente, salvo para quien no quisiera verlo, tal como para mí en el instante en que vi la chapa en la puerta del consultorio, que para él, para Archibaldo Ramos, ver implicaría necesariamente abrir.
Acláreme algo, doctor: ¿qué es abrir?, pregunté. ¿Cómo qué es abrir? Abrir es abrir, dijo. Insisto, doctor: ¿qué es abrir?, pregunté. Y Archibaldo Ramos fue explícito: Vea, joven, usted tiene una dureza en su testículo derecho.
Ninguna radiografía nos va a decir qué es esa dureza. Hay que abrir, sacar el testículo y ver. Entonces, dije la frase más absurda, más patética y más desesperada que dijera en toda mi vida: Bueno, está bien. Me sacan el testículo. Pero después me lo vuelven a poner, ¿no? Archibaldo Ramos me miró como si estuviera mirando a un loco. Cuatro meses después, el 14 de noviembre de 1975, en una clínica del barrio de Palermo, me extirparon el testículo derecho. Sexualmente —en un sentido puramente sexual— que te saquen un huevo no significa nada. Al contrario, hasta hay teorías que dicen que se coje mejor con uno que con dos. Eso, a mí, no me perjudicó en nada. En el plano simbólico, sí. (Sim-bólico,
¿divertido, no?) Además, la operación fue meses antes del golpe. Eso me volvió loco. Me moría
por adentro (metástasis) o me mataban por afuera (grupos de tareas). Me llevó muchos años recuperarme psicológicamente. En 1986 empecé una etapa buena que duró hasta 1990. En 1990 tuve una recurrencia terrorífica. Ahí conocí (como tantas veces lo dije) al gran psicofarmacólogo Julio Moizeszowicz. Él me sacó del abismo.
Hace veinte años que estoy bien. Se puede resumir en esto. No sólo escribí los treinta libros que pensaba escribir. Ya escribí treinta y cuatro y pienso seguir. De todas las pérdidas se sale. Salvo de una: la de la vida. Y ésa nos espera a todos. Sin embargo, ésa es casi la única verdadera grandeza de la especie humana: el hombre es el único ente que sabe de su finitud (aunque viva tratando de negarla), y pese a saberlo sigue viviendo y sigue preguntándose por el sentido de la existencia humana en este cascote que habita y que gira sin ningún sentido alrededor del sol en un universo infinito, incomprensible.
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Con esta me mori de risa.
Como es perder un huevo.
Por José Pablo Feinmann
TENÉS UN TESTÍCULO más grande que el otro. ¿Lo sabías?, preguntó el médico clínico. Sí, dije. ¿Nunca te llamó la atención?, preguntó. Nunca fui un experto en testículos, dije. Y añadí: Quiero decir: nunca me preocupé por saber cómo debían ser los testículos. Asintió y siguió palpando. No hay duda, dijo unos segundos después. Tenés un testículo más grande que el otro, y más pesado.
Se acercó a un lavatorio y se lavó las manos. Que tengas un testículo más grande que el otro, en tu caso, es grave, dijo. Todo el mundo tiene un testículo más grande que el otro, dije. Lo tuyo está provocado por una dureza, dijo. Tu testículo derecho es más grande que el izquierdo porque en tu testículo derecho una dureza, dijo. ¿Qué es una dureza?, pregunté. Por ahora, solamente eso: una dureza. Después se verá, dijo. ¿Qué se verá después?, pregunté. Se verá si es una hernia, un quiste, un tumor benigno o un tumor maligno, dijo.
Yo no tenía el más ínfimo deseo de tomar conciencia de la situación. ¿Una hernia? ¿Un quiste? ¿Un benigno? ¿Un tumor maligno? ¿Qué importancia podía tener cualquiera de esas cosas si yo era, a todas luces, inmortal? Seguramente, todo habría de arreglarse con algún jarabe indicado para disolver las durezas de los testículos. ¿Cómo habría de pasarme algo grave o pernicioso cuando aún tenía por lo menos treinta libros por escribir?
El médico clínico me derivó a un urólogo. Fui a verlo. Luego de palpar implacablemente mis testículos, dijo: Hay, en efecto, una dureza. Y, tras un silencio, añadió: Habrá que abrir y ver. Nunca nadie me había dicho una frase más terrorífica.
Recuerdo que al detenerme ante la puerta del consultorio, yo había leído la chapa que había pegada en ella. Decía: Archibaldo Ramos. Urólogo. Cirujano. Como se puede ver, los signos estaban. Era yo el que se negaba a descifrarlos. Si Archibaldo Ramos era un médico urólogo y cirujano, era evidente, salvo para quien no quisiera verlo, tal como para mí en el instante en que vi la chapa en la puerta del consultorio, que para él, para Archibaldo Ramos, ver implicaría necesariamente abrir.
Acláreme algo, doctor: ¿qué es abrir?, pregunté. ¿Cómo qué es abrir? Abrir es abrir, dijo. Insisto, doctor: ¿qué es abrir?, pregunté. Y Archibaldo Ramos fue explícito: Vea, joven, usted tiene una dureza en su testículo derecho.
Ninguna radiografía nos va a decir qué es esa dureza. Hay que abrir, sacar el testículo y ver. Entonces, dije la frase más absurda, más patética y más desesperada que dijera en toda mi vida: Bueno, está bien. Me sacan el testículo. Pero después me lo vuelven a poner, ¿no? Archibaldo Ramos me miró como si estuviera mirando a un loco. Cuatro meses después, el 14 de noviembre de 1975, en una clínica del barrio de Palermo, me extirparon el testículo derecho. Sexualmente —en un sentido puramente sexual— que te saquen un huevo no significa nada. Al contrario, hasta hay teorías que dicen que se coje mejor con uno que con dos. Eso, a mí, no me perjudicó en nada. En el plano simbólico, sí. (Sim-bólico,
¿divertido, no?) Además, la operación fue meses antes del golpe. Eso me volvió loco. Me moría
por adentro (metástasis) o me mataban por afuera (grupos de tareas). Me llevó muchos años recuperarme psicológicamente. En 1986 empecé una etapa buena que duró hasta 1990. En 1990 tuve una recurrencia terrorífica. Ahí conocí (como tantas veces lo dije) al gran psicofarmacólogo Julio Moizeszowicz. Él me sacó del abismo.
Hace veinte años que estoy bien. Se puede resumir en esto. No sólo escribí los treinta libros que pensaba escribir. Ya escribí treinta y cuatro y pienso seguir. De todas las pérdidas se sale. Salvo de una: la de la vida. Y ésa nos espera a todos. Sin embargo, ésa es casi la única verdadera grandeza de la especie humana: el hombre es el único ente que sabe de su finitud (aunque viva tratando de negarla), y pese a saberlo sigue viviendo y sigue preguntándose por el sentido de la existencia humana en este cascote que habita y que gira sin ningún sentido alrededor del sol en un universo infinito, incomprensible.
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