Comparto una nota interesante que salio este mes en la Revista SH (la fuente obviamente )
Los Marineros de Bolivia
No es un error: la marina boliviana existe y se entrena en aguas dulces, mientras espera recuperar
la salida al mar. Aquí, los marineros de la base naval del lago Titicaca y otras historias con paradoja: un fotógrafo ciego y una música sorda.
Por Sergio Vilela
La bandera de bolivia flamea sobre la cabina del timonel
que mira taciturno las montañas que lo rodean.
El cielo de mediodía está exageradamente azul, las
nubes parecen algodones de azúcar y el sol calienta la
cabeza como si no hubiera atmósfera que lo amortigüe.
Mientras tanto, media docena de marineros,
que están vestidos de buzos con aletas, se ponen sus
antifaces de acrílico y se llevan sus horquetas a la
boca. Caminan por la plataforma trasera que tiene
esta embarcación y se acercan al borde. Esperan que
llegue la indicación para empezar. La lancha mediana
avanza a velocidad de carretera. El vaivén de las olas
miniatura de este mar dulce y helado la hace rebotar
sobre el agua. En otro bote, uno inflable y con motor
fuera de borda, van los tres capitanes a cargo de esta
exhibición. Todo queda listo y los buzos se preparan
para una operación submarina, como si jugaran a la
guerra imaginaria. Una guerra improbable por volver
al soñado charco azul, a ese mar que está a miles
de kilómetros de aquí.
Alguien da una orden por radio y la división de buceo
de la Armada de Bolivia se lanza al agua. Asusta descubrir
lo obvio. Al ver esas maniobras, uno recuerda
que los marinos siempre se están preparando para el
combate. Miro las caras de dos marineros que llevan
salvavidas fosforescentes al cuello. Su apariencia de
niños es perturbadora. Un militar siempre está dispuesto
a morir por defender un pedazo de tierra (o
de mar), y da la impresión de que estos dos no se han
enterado aún. Me acerco al más risueño y callado y pequeño
para indagarlo. “¿Por qué quisiste ser marino?”,
grito para que oiga la pregunta por encima del rugido
del motor. Y él se queda en silencio un buen rato, como
si nunca se lo hubiera planteado. Este marino pertenece
a la tropa, del último escalafón de la Armada. Es
del tipo de soldados que van en la primera línea, como
carne de cañón. De pronto despierta y responde: “Para
recuperar el mar, ése es mi deseo”. Lo dice como si repitiera
un viejo evangelio. Lo dice con una dosis de fe.
Estamos frente a la base naval más importante de Bolivia,
en el mejor remedo del mar que tiene este país, el
lago Titicaca. Difícil estar aquí y no pensar cuán lejos
está el océano de verdad. Aquí los marinos bolivianos
entrenan sin descanso, como cualquier hombre de
mar. Quieren estar preparados, dicen, para cuando
llegue el día.
Vamos de vuelta al puerto enano que hay en la base de
Tiquina y donde se construye el primer buque hecho
por bolivianos. Los buzos han terminado su exhibición.
Al rato pisamos tierra. Todos los bolivianos han
nacido creyendo que su historia sería distinta si Chile
no les hubiera “robado el derecho de tener mar”, como
me dice el capitán X, quien nos recibe en el pequeño
muelle de la base. El capitán X es un tipo amable y
con un ligero aire campechano que lo hace parecer un
hombre pacífico, improbable en la imagen de disparar
un cañón. Está acompañado por el capitán Y un moreno
huraño a quien nada parece emocionarle. Ellos
han sido mis anfitriones desde que llegué esta mañana
a la base de Tiquina, luego de viajar tres horas en un
micro casi vacío que solo llevaba a algunos lugareños.
Unos anfitriones que han preferido el anonimato para
poder contar, libres de la versión oficial, sus traumas
acuáticos y sus sueños portuarios.
Bolivia no tendrá mar, pero tiene 40.000
kilómetros de ríos navegables y un
acceso al Océano Atlántico gracias al
corredor fluvial Paraná-Paraguay
Habíamos salido de la base a desayunar en un café
de la plaza que estaba al lado. Fue ahí que empecé a
entender cómo se vive en un país que se siente amputado
de una pierna. Un país que no soporta verse
al espejo mutilado de su costa. Ellos lo explican más
o menos así: “Imagínate que tienes una casa, tu casa.
Un día viene un tipo y se apodera de tu puerta. Ya no
puedes salir a la calle por ahí. Te dice que si quieres
salir por tu puerta deberás pagarle. Y te ves obligado a
salir por la ventana o por encima del muro, porque te
resistes a pagarle. Pero es tu casa, y piensas que debes
recuperar tu puerta. Así nos sentimos los bolivianos”,
explica el capitán X. Después de la Guerra del Pacífico
de 1879, Bolivia perdió 400 kilómetros de costa. Desde
entonces ha tenido que salir al mar por la ventana del
vecino. Para el capitán X, igual que para la mayoría de
los bolivianos, la falta de mar es una de las formas que
tienen de explicar la pobreza de su país. “Si tuviéramos
mar, todo sería mejor, porque se nos abrirían las
puertas del mundo”.
Ahora dicen sentirse encerrados, encarcelados. No
les parece justo que los chilenos no les den una salida,
comenta el otro capitán tras sorber su café. A ellos se
lo han repetido desde niños de muchas maneras y lo
han creído como un dogma: cuando uno tiene mar la
economía mejora, las exportaciones se multiplican y
llega más gente de todo el mundo. Los cálculos oficiales
en Bolivia dicen que la economía deja de crecer un
1,5% por cada año de privación marítima. Para ellos
es mucho lo que pierden. Aunque la playa importa
más que la estadística. Más de uno ha soñado desde
niño con pasar los días de verano en la orilla y las noches
caminando en familia por el malecón. Y el mar,
además de ser el lamento boliviano más popular, ha
sido la coartada más predecible de sus presidentes y
dictadores. “Cada vez que necesitaban conjurar sus
divisiones internas o disimular su impopularidad, la
causa del mar ha resucitado”, asegura Vargas Llosa,
que pasó sus años de infancia en Cochabamba.
Rebobinemos. La historia boliviana, antes de Evo,
cuenta que el presidente Gonzalo Sánchez de Lozada
fue uno de los últimos políticos que tuvo que dejar
el Palacio de Gobierno de Bolivia antes de tiempo.
Hace unos años, el mundo supo que los bolivianos se
habían ganado una lotería subterránea, y que muy
pronto serían millonarios. En Tarija, al este de La Paz,
había tanto gas bajo tierra, que ni en 600 años de consumo
creciente podrían acabarlo ellos solos. Era una
veta gigante y llena con el combustible del futuro. Lo
primero que se dijo es que los Estados Unidos y México
serían los compradores inmediatos. La pregunta
que le daba insomnio al presidente de entonces, Sánchez
de Lozada, era, ¿por dónde sacamos el gas si no
tenemos mar? ¿Por Perú o por Chile? Pasó el tiempo.
El Presidente se reunió con sus ministros, negoció en
privado posibles acuerdos, le hizo falta el mar más
que nunca y quizá pensó que, ahora que tenía el gas
que todo el mundo quería, estaba mucho más cerca de
veranear en las playas de Bolivia. Estimó los riesgos,
evaluó las posibilidades, calculó las reacciones, habló
mucho por teléfono con sus asesores y decidió. Fue
muy criticado por el precio que convino con los importadores.
Sus enemigos denunciaron de inmediato que
prácticamente les estaba regalando el gas a los Estados
Unidos. Y bastó que Sánchez de Lozada insinuara
que el gas de Tarija saldría por un puerto chileno
(los técnicos decían que era el camino más corto) para
que estallara una revuelta popular, que degeneró en
batalla campal, y que dejó decenas de muertos en las
calles de La Paz. Ese día, el Presidente también murió,
políticamente. Tuvo que irse. Entonces un periodista
llamado Carlos Mesa terminó sentado a los pocos meses
en el sillón presidencial del Palacio Quemado, con
una aprobación de más del 70%. Todos querían al nuevo.
Y lo quisieron más cuando, frente a las cámaras de
televisión de todo el mundo que cubrían la Cumbre de
las Américas en México, le exigió a su colega chileno
Ricardo Lagos sentarse a negociar una salida. Una
franja costera. Para los bolivianos ése fue un acto de
dignidad que habían esperado durante años de sus
políticos.
Para los chilenos eso no fue nada. La noticia
estuvo al día siguiente en los diarios de América. La
prensa de Bolivia apoyó a Mesa y a los pocos días ya
se notaban varios puntos más de popularidad ganados
por el flamante presidente-periodista que parecía
dominar su oficio. Sin embargo, el reclamo de Mesa no
tuvo ningún resultado concreto. Pasado un tiempo,
Chile le hizo la ley del hielo a Bolivia, con la que desde
la era Pinochet había roto vínculos diplomáticos. Las
relaciones se enfriaron aún más. Hasta que todo se
congeló. Evo Morales era todavía un error estadístico.
Un disparate.
El capitán X es de aquellas personas que se emocionan
cuando pronuncian la palabra “patria”. Cruzamos
la plaza y dejamos atrás el restaurante del desayuno
en el que está colgado el único teléfono público
del pueblo. Vamos de regreso a la base para seguir con
el tour militar. El capitán Y, que parecía cumplir un
papel secundario en esta película marina, ha empezado
a hablar con menos cautela. Al comienzo habían
dicho con timidez que casi no tenían nada que opinar
sobre el gas y las posibilidades de salir al mar. Pero
el capitán X es vehemente y ahora me confiesa que él
está convencido de que Bolivia debe actuar con soberbia
calculada para que el gas logre abrirles aunque sea
una franja de tierra en el norte de Arica. Piensa que
es lo justo. La vena en su frente se hincha cuando alza
el tono de su voz y golpea el aire con sus manotazos,
mientras pretende interpretar el drama boliviano.
El capitán Y, en cambio, es como un eco tímido de su
colega X. Llegamos al campo de cemento que hay en
medio de la base. Unos doscientos soldados bajitos y
flacos como escopetas se hunden en sus uniformes de
dos talles más. Se parecen a la tropa peruana, y quizás
a la chilena y a la ecuatoriana: todos provienen de la
misma fábrica con hambre. Los soldados de un ejército
pobre, como los de América Latina, siempre parecen
tener diez años. Ahora uno los puede ver marchar
y cantar y repetir sus rutinas de perfectos soldaditos
de plomo que no saben por qué ni para qué: repiten
lemas nacionalistas, marchan y dan vueltas sin parar.
Pero tienen como escenario una postal estupenda: nítido
cielo azul sobre un mar artificial.
El lago Titicaca no parece tan grande desde esta garganta
estilo Gibraltar que es el estrecho de Tiquina.
Es como una piscina angosta que conecta y delimita
a Perú y Bolivia. Si navegáramos unas millas fuera de
este callejón de agua, veríamos su verdadero infinito:
el Titicaca es tres veces más grande que Luxemburgo
y casi del tamaño de Puerto Rico. Los cerros y el viento
helado, que por las mañanas cuartea los labios, esta
tarde arrullan. Y la calma que se siente es tan rotunda
que es difícil imaginar cómo se cultiva una mentalidad
bélica en tan pacífico escenario. “Si este lago tuviera
tres o cuatro grados más de temperatura, todo
sería distinto”, me dice el capitán X. Los bolivianos
extrañarían menos la costa de Calama que Eduardo
Abaroa, héroe naval, murió defendiendo. Pero el sereno
lago Titicaca los ha conminado de por vida a un
agua glacial y despiadada. Bañarse aquí es suicida.
“El día que volvamos al mar, quiero estar ahí”, dice
el capitán X como si se tratara de un juramento. Para
un boliviano igual que para cualquier mediterráneo,
dicen ellos, conocer el mar es una obligación casi fisiológica.
Muchos viajan a la costa peruana para perder
su virginidad marítima.
Cada vez que conversaba con algún marino de cualquier
rango, la conclusión era la misma: Bolivia con
gas ya no era la misma Bolivia pobre de antes, que
reclamaba desde hacía 100 años una salida a la costa.
Ahora se trataba de un país con la segunda reserva
más grande del continente, después de Venezuela.
La veta de gas descubierta en Bolivia bordeaba los 50
trillones de pies cúbicos y estaba valorizada en 70.000
millones de dólares. Dinero suficiente para pagar catorce
veces su deuda externa. Y para comprar una docena
de veces más armamento del que adquirió Chile
en los últimos cinco años, que fue además el país que
más gastó en América Latina hasta que Hugo Chávez
se robó el show. Mientras Bolivia se convertía en probable
millonario, el vecino de la estrella solitaria renovaba
su arsenal. Semanas más tarde del anuncio de
Bolivia sobre sus nuevas reservas, el canciller de Perú
aparecía en los diarios de Lima y Santiago declarando
que aún estaba pendiente la frontera marítima entre
Tacna y Arica. De inmediato, La Moneda respondía
que no había nada que resolver. Un viejo pleito limítrofe
resucitaba, y con la necesidad de Bolivia de salir
al mar, se volvía un tema de agenda obligatorio.
Con el gas aún bajo tierra y sin una solución cercana
a su necesidad marítima, Bolivia no tuvo más opción
que detener cualquier decisión y dejar que los ánimos
se calmaran. Sin embargo, al presidente Carlos Mesa
le quedaba poco tiempo. El fenómeno Evo Morales,
ese líder sindical que había arrastrado a más de la mitad
del país con un discurso de reivindicación étnica,
estaba próximo a desatarse. Sería el nuevo presidente
Morales quien se haría cargo del peligroso tema del
gas. Pero eso ocurriría después.
Había llegado a Bolivia un día antes de ir a conocer la
base naval del lago Titicaca. El taxista iba contando
las últimas noticias del mar. Contó que se esperaba un
próximo referéndum para decidir por dónde saldría
el gas, que los bolivianos comunes y corrientes preferían
que fuera por Perú y que muchos temían que, si
salía por Chile, ellos podrían hacerles alguna trampa.
Igualmente, los ricos de Bolivia decían que era mejor
negocio llevar el gas a la costa chilena, porque estaba
mucho más cerca que la de Perú.
Esa misma tarde fui a conocer al jefe del Estado Mayor
de la Armada de Bolivia. Se trataba de un hombre
sereno, corpulento y de una notoria corrección al hablar.
Una de las primeras cosas que dijo: quien escogía
ser marino boliviano era porque tenía, en cierto sentido,
alma de sacerdote. Según él, el marino boliviano
es el militar más sentimental de las fuerzas armadas.
Porque ocurre con él un efecto inusitado: cuando camina
por La Paz la gente lo saluda y lo felicita.
Cuando llegamos al despacho del jefe del Estado Mayor,
éste estaba terminando de reunirse con el agregado
naval de Corea. Bolivia no tendrá mar, pero tiene
40.000 kilómetros de ríos navegables y un acceso al
océano Atlántico gracias al corredor fluvial Paraná-
Paraguay. Fue por ahí que llegó hasta Bolivia el buque
Insignia, la embarcación más importante que tiene su
Armada. Mientras esperábamos que nos recibiera, el
capitán Fernández, un tipo mestizo de mejillas infladas
que siempre está sonriendo, me sorprendió con la
historia de la marina. Después de la guerra con Chile,
la Armada de Bolivia desapareció. Recién en 1963, el
presidente Paz Estenssoro decidió reabrir la Marina
boliviana. Fueron más de 80 años los que este país
vivió sin marineros ni sueños de mar. Como diría después
el director de la Escuela Naval, en los años sesenta
se propagó en Bolivia un nuevo ánimo naval. Ver
caminar por La Paz a hombres vestidos de blanco era
como si, de golpe, el país hubiera pegado una zancada
en su camino hacia la costa. Todos volvían a soñar.
Y los primeros marineros estaban ahí, como letreros
que le gritaban al país “el mar nos pertenece por dere
cho, recuperarlo es un deber”, lema que hoy es el más
repetido por el Ejército.
Tras hablar con el jefe de la Armada, fui a buscar a los
marinos más jóvenes. Cerca de 15 cadetes habían formado
un círculo espontáneo en el salón de recreo. La
Escuela Naval quedaba a unos 15 minutos del centro
de La Paz. Al entrar te recibía un retrato enorme de
Miguel Grau, el héroe nacional de la Marina peruana.
¿Qué hacía Grau ahí? Lo habían adoptado como héroe
suyo, al no tener ellos uno que hubiera fallecido en
combate. De todos modos, Grau había muerto defendiendo
Punta Angamos, en la antigua costa boliviana.
Tenían razones para quererlo. En el amplio salón
había cadetes de quinto año, de tercero y de primero.
Cada uno creía tener una verdad sobre el mar. El cadete
Seoane, de segundo año, abrió los ojos como si frente
a él apareciera el océano que había confeccionado con
tanto cuidado en su cabeza. Una imagen tejida con los
retazos de los cientos de fotos del mar que había visto
en internet, pero que él jamás había visitado.
—No conozco el mar. Me lo imagino no como algo físico,
sino como algo espiritual. Extenso, inmenso, y
en el que la gente busca algo como el infinito.
Otro cadete, que parecía ser el más sabio del grupo,
me dijo: —Al principio me impactó la brisa marina que te entra
a los pulmones. Sientes una melancolía grande, por no
tener una costa propia. El agua es saladísima, como te
la cuentan. Las rocas, la arena, el olor. La emoción es
gigantesca.
Todos han empezado a confesar cómo fue su primera
vez, si la hubo. Y cada cosa que dicen demuestra que
uno tiene gran incapacidad para descubrir las sorpresas
de lo obvio. Oigo al cadete Albán, un tipo pequeño
pero corpulento, quien cuenta haberse quedado asombrado
con una puesta de sol en Mar del Plata, donde
entrenaba con marinos argentinos. Se suma el cadete
Suárez y jura que hay que tener vocación y gusto por
el mar desde que naces. Y otro cuenta que se enamoró
del mar por el cine y por esa imagen que tenía metida
en la cabeza y en la que, en el fondo del horizonte, el
cielo y el mar se borran mutuamente. Pero también
hay alguien que dice que adora el mar y no lo conoce.
Al oír hablar a estos marinos de los Andes es imposible
olvidarse que en las casas y las escuelas de Bolivia,
los adultos les van a seguir repitiendo a sus niños que
el mar les pertenece. Por derecho, por deber. Porque
no permiten que sus marineros sigan imaginando el
mar gracias a las fotos que cualquiera podría bajar de
internet. Lo veremos.
Los Marineros de Bolivia
No es un error: la marina boliviana existe y se entrena en aguas dulces, mientras espera recuperar
la salida al mar. Aquí, los marineros de la base naval del lago Titicaca y otras historias con paradoja: un fotógrafo ciego y una música sorda.
Por Sergio Vilela
La bandera de bolivia flamea sobre la cabina del timonel
que mira taciturno las montañas que lo rodean.
El cielo de mediodía está exageradamente azul, las
nubes parecen algodones de azúcar y el sol calienta la
cabeza como si no hubiera atmósfera que lo amortigüe.
Mientras tanto, media docena de marineros,
que están vestidos de buzos con aletas, se ponen sus
antifaces de acrílico y se llevan sus horquetas a la
boca. Caminan por la plataforma trasera que tiene
esta embarcación y se acercan al borde. Esperan que
llegue la indicación para empezar. La lancha mediana
avanza a velocidad de carretera. El vaivén de las olas
miniatura de este mar dulce y helado la hace rebotar
sobre el agua. En otro bote, uno inflable y con motor
fuera de borda, van los tres capitanes a cargo de esta
exhibición. Todo queda listo y los buzos se preparan
para una operación submarina, como si jugaran a la
guerra imaginaria. Una guerra improbable por volver
al soñado charco azul, a ese mar que está a miles
de kilómetros de aquí.
Alguien da una orden por radio y la división de buceo
de la Armada de Bolivia se lanza al agua. Asusta descubrir
lo obvio. Al ver esas maniobras, uno recuerda
que los marinos siempre se están preparando para el
combate. Miro las caras de dos marineros que llevan
salvavidas fosforescentes al cuello. Su apariencia de
niños es perturbadora. Un militar siempre está dispuesto
a morir por defender un pedazo de tierra (o
de mar), y da la impresión de que estos dos no se han
enterado aún. Me acerco al más risueño y callado y pequeño
para indagarlo. “¿Por qué quisiste ser marino?”,
grito para que oiga la pregunta por encima del rugido
del motor. Y él se queda en silencio un buen rato, como
si nunca se lo hubiera planteado. Este marino pertenece
a la tropa, del último escalafón de la Armada. Es
del tipo de soldados que van en la primera línea, como
carne de cañón. De pronto despierta y responde: “Para
recuperar el mar, ése es mi deseo”. Lo dice como si repitiera
un viejo evangelio. Lo dice con una dosis de fe.
Estamos frente a la base naval más importante de Bolivia,
en el mejor remedo del mar que tiene este país, el
lago Titicaca. Difícil estar aquí y no pensar cuán lejos
está el océano de verdad. Aquí los marinos bolivianos
entrenan sin descanso, como cualquier hombre de
mar. Quieren estar preparados, dicen, para cuando
llegue el día.
Vamos de vuelta al puerto enano que hay en la base de
Tiquina y donde se construye el primer buque hecho
por bolivianos. Los buzos han terminado su exhibición.
Al rato pisamos tierra. Todos los bolivianos han
nacido creyendo que su historia sería distinta si Chile
no les hubiera “robado el derecho de tener mar”, como
me dice el capitán X, quien nos recibe en el pequeño
muelle de la base. El capitán X es un tipo amable y
con un ligero aire campechano que lo hace parecer un
hombre pacífico, improbable en la imagen de disparar
un cañón. Está acompañado por el capitán Y un moreno
huraño a quien nada parece emocionarle. Ellos
han sido mis anfitriones desde que llegué esta mañana
a la base de Tiquina, luego de viajar tres horas en un
micro casi vacío que solo llevaba a algunos lugareños.
Unos anfitriones que han preferido el anonimato para
poder contar, libres de la versión oficial, sus traumas
acuáticos y sus sueños portuarios.
Bolivia no tendrá mar, pero tiene 40.000
kilómetros de ríos navegables y un
acceso al Océano Atlántico gracias al
corredor fluvial Paraná-Paraguay
Habíamos salido de la base a desayunar en un café
de la plaza que estaba al lado. Fue ahí que empecé a
entender cómo se vive en un país que se siente amputado
de una pierna. Un país que no soporta verse
al espejo mutilado de su costa. Ellos lo explican más
o menos así: “Imagínate que tienes una casa, tu casa.
Un día viene un tipo y se apodera de tu puerta. Ya no
puedes salir a la calle por ahí. Te dice que si quieres
salir por tu puerta deberás pagarle. Y te ves obligado a
salir por la ventana o por encima del muro, porque te
resistes a pagarle. Pero es tu casa, y piensas que debes
recuperar tu puerta. Así nos sentimos los bolivianos”,
explica el capitán X. Después de la Guerra del Pacífico
de 1879, Bolivia perdió 400 kilómetros de costa. Desde
entonces ha tenido que salir al mar por la ventana del
vecino. Para el capitán X, igual que para la mayoría de
los bolivianos, la falta de mar es una de las formas que
tienen de explicar la pobreza de su país. “Si tuviéramos
mar, todo sería mejor, porque se nos abrirían las
puertas del mundo”.
Ahora dicen sentirse encerrados, encarcelados. No
les parece justo que los chilenos no les den una salida,
comenta el otro capitán tras sorber su café. A ellos se
lo han repetido desde niños de muchas maneras y lo
han creído como un dogma: cuando uno tiene mar la
economía mejora, las exportaciones se multiplican y
llega más gente de todo el mundo. Los cálculos oficiales
en Bolivia dicen que la economía deja de crecer un
1,5% por cada año de privación marítima. Para ellos
es mucho lo que pierden. Aunque la playa importa
más que la estadística. Más de uno ha soñado desde
niño con pasar los días de verano en la orilla y las noches
caminando en familia por el malecón. Y el mar,
además de ser el lamento boliviano más popular, ha
sido la coartada más predecible de sus presidentes y
dictadores. “Cada vez que necesitaban conjurar sus
divisiones internas o disimular su impopularidad, la
causa del mar ha resucitado”, asegura Vargas Llosa,
que pasó sus años de infancia en Cochabamba.
Rebobinemos. La historia boliviana, antes de Evo,
cuenta que el presidente Gonzalo Sánchez de Lozada
fue uno de los últimos políticos que tuvo que dejar
el Palacio de Gobierno de Bolivia antes de tiempo.
Hace unos años, el mundo supo que los bolivianos se
habían ganado una lotería subterránea, y que muy
pronto serían millonarios. En Tarija, al este de La Paz,
había tanto gas bajo tierra, que ni en 600 años de consumo
creciente podrían acabarlo ellos solos. Era una
veta gigante y llena con el combustible del futuro. Lo
primero que se dijo es que los Estados Unidos y México
serían los compradores inmediatos. La pregunta
que le daba insomnio al presidente de entonces, Sánchez
de Lozada, era, ¿por dónde sacamos el gas si no
tenemos mar? ¿Por Perú o por Chile? Pasó el tiempo.
El Presidente se reunió con sus ministros, negoció en
privado posibles acuerdos, le hizo falta el mar más
que nunca y quizá pensó que, ahora que tenía el gas
que todo el mundo quería, estaba mucho más cerca de
veranear en las playas de Bolivia. Estimó los riesgos,
evaluó las posibilidades, calculó las reacciones, habló
mucho por teléfono con sus asesores y decidió. Fue
muy criticado por el precio que convino con los importadores.
Sus enemigos denunciaron de inmediato que
prácticamente les estaba regalando el gas a los Estados
Unidos. Y bastó que Sánchez de Lozada insinuara
que el gas de Tarija saldría por un puerto chileno
(los técnicos decían que era el camino más corto) para
que estallara una revuelta popular, que degeneró en
batalla campal, y que dejó decenas de muertos en las
calles de La Paz. Ese día, el Presidente también murió,
políticamente. Tuvo que irse. Entonces un periodista
llamado Carlos Mesa terminó sentado a los pocos meses
en el sillón presidencial del Palacio Quemado, con
una aprobación de más del 70%. Todos querían al nuevo.
Y lo quisieron más cuando, frente a las cámaras de
televisión de todo el mundo que cubrían la Cumbre de
las Américas en México, le exigió a su colega chileno
Ricardo Lagos sentarse a negociar una salida. Una
franja costera. Para los bolivianos ése fue un acto de
dignidad que habían esperado durante años de sus
políticos.
Para los chilenos eso no fue nada. La noticia
estuvo al día siguiente en los diarios de América. La
prensa de Bolivia apoyó a Mesa y a los pocos días ya
se notaban varios puntos más de popularidad ganados
por el flamante presidente-periodista que parecía
dominar su oficio. Sin embargo, el reclamo de Mesa no
tuvo ningún resultado concreto. Pasado un tiempo,
Chile le hizo la ley del hielo a Bolivia, con la que desde
la era Pinochet había roto vínculos diplomáticos. Las
relaciones se enfriaron aún más. Hasta que todo se
congeló. Evo Morales era todavía un error estadístico.
Un disparate.
El capitán X es de aquellas personas que se emocionan
cuando pronuncian la palabra “patria”. Cruzamos
la plaza y dejamos atrás el restaurante del desayuno
en el que está colgado el único teléfono público
del pueblo. Vamos de regreso a la base para seguir con
el tour militar. El capitán Y, que parecía cumplir un
papel secundario en esta película marina, ha empezado
a hablar con menos cautela. Al comienzo habían
dicho con timidez que casi no tenían nada que opinar
sobre el gas y las posibilidades de salir al mar. Pero
el capitán X es vehemente y ahora me confiesa que él
está convencido de que Bolivia debe actuar con soberbia
calculada para que el gas logre abrirles aunque sea
una franja de tierra en el norte de Arica. Piensa que
es lo justo. La vena en su frente se hincha cuando alza
el tono de su voz y golpea el aire con sus manotazos,
mientras pretende interpretar el drama boliviano.
El capitán Y, en cambio, es como un eco tímido de su
colega X. Llegamos al campo de cemento que hay en
medio de la base. Unos doscientos soldados bajitos y
flacos como escopetas se hunden en sus uniformes de
dos talles más. Se parecen a la tropa peruana, y quizás
a la chilena y a la ecuatoriana: todos provienen de la
misma fábrica con hambre. Los soldados de un ejército
pobre, como los de América Latina, siempre parecen
tener diez años. Ahora uno los puede ver marchar
y cantar y repetir sus rutinas de perfectos soldaditos
de plomo que no saben por qué ni para qué: repiten
lemas nacionalistas, marchan y dan vueltas sin parar.
Pero tienen como escenario una postal estupenda: nítido
cielo azul sobre un mar artificial.
El lago Titicaca no parece tan grande desde esta garganta
estilo Gibraltar que es el estrecho de Tiquina.
Es como una piscina angosta que conecta y delimita
a Perú y Bolivia. Si navegáramos unas millas fuera de
este callejón de agua, veríamos su verdadero infinito:
el Titicaca es tres veces más grande que Luxemburgo
y casi del tamaño de Puerto Rico. Los cerros y el viento
helado, que por las mañanas cuartea los labios, esta
tarde arrullan. Y la calma que se siente es tan rotunda
que es difícil imaginar cómo se cultiva una mentalidad
bélica en tan pacífico escenario. “Si este lago tuviera
tres o cuatro grados más de temperatura, todo
sería distinto”, me dice el capitán X. Los bolivianos
extrañarían menos la costa de Calama que Eduardo
Abaroa, héroe naval, murió defendiendo. Pero el sereno
lago Titicaca los ha conminado de por vida a un
agua glacial y despiadada. Bañarse aquí es suicida.
“El día que volvamos al mar, quiero estar ahí”, dice
el capitán X como si se tratara de un juramento. Para
un boliviano igual que para cualquier mediterráneo,
dicen ellos, conocer el mar es una obligación casi fisiológica.
Muchos viajan a la costa peruana para perder
su virginidad marítima.
Cada vez que conversaba con algún marino de cualquier
rango, la conclusión era la misma: Bolivia con
gas ya no era la misma Bolivia pobre de antes, que
reclamaba desde hacía 100 años una salida a la costa.
Ahora se trataba de un país con la segunda reserva
más grande del continente, después de Venezuela.
La veta de gas descubierta en Bolivia bordeaba los 50
trillones de pies cúbicos y estaba valorizada en 70.000
millones de dólares. Dinero suficiente para pagar catorce
veces su deuda externa. Y para comprar una docena
de veces más armamento del que adquirió Chile
en los últimos cinco años, que fue además el país que
más gastó en América Latina hasta que Hugo Chávez
se robó el show. Mientras Bolivia se convertía en probable
millonario, el vecino de la estrella solitaria renovaba
su arsenal. Semanas más tarde del anuncio de
Bolivia sobre sus nuevas reservas, el canciller de Perú
aparecía en los diarios de Lima y Santiago declarando
que aún estaba pendiente la frontera marítima entre
Tacna y Arica. De inmediato, La Moneda respondía
que no había nada que resolver. Un viejo pleito limítrofe
resucitaba, y con la necesidad de Bolivia de salir
al mar, se volvía un tema de agenda obligatorio.
Con el gas aún bajo tierra y sin una solución cercana
a su necesidad marítima, Bolivia no tuvo más opción
que detener cualquier decisión y dejar que los ánimos
se calmaran. Sin embargo, al presidente Carlos Mesa
le quedaba poco tiempo. El fenómeno Evo Morales,
ese líder sindical que había arrastrado a más de la mitad
del país con un discurso de reivindicación étnica,
estaba próximo a desatarse. Sería el nuevo presidente
Morales quien se haría cargo del peligroso tema del
gas. Pero eso ocurriría después.
Había llegado a Bolivia un día antes de ir a conocer la
base naval del lago Titicaca. El taxista iba contando
las últimas noticias del mar. Contó que se esperaba un
próximo referéndum para decidir por dónde saldría
el gas, que los bolivianos comunes y corrientes preferían
que fuera por Perú y que muchos temían que, si
salía por Chile, ellos podrían hacerles alguna trampa.
Igualmente, los ricos de Bolivia decían que era mejor
negocio llevar el gas a la costa chilena, porque estaba
mucho más cerca que la de Perú.
Esa misma tarde fui a conocer al jefe del Estado Mayor
de la Armada de Bolivia. Se trataba de un hombre
sereno, corpulento y de una notoria corrección al hablar.
Una de las primeras cosas que dijo: quien escogía
ser marino boliviano era porque tenía, en cierto sentido,
alma de sacerdote. Según él, el marino boliviano
es el militar más sentimental de las fuerzas armadas.
Porque ocurre con él un efecto inusitado: cuando camina
por La Paz la gente lo saluda y lo felicita.
Cuando llegamos al despacho del jefe del Estado Mayor,
éste estaba terminando de reunirse con el agregado
naval de Corea. Bolivia no tendrá mar, pero tiene
40.000 kilómetros de ríos navegables y un acceso al
océano Atlántico gracias al corredor fluvial Paraná-
Paraguay. Fue por ahí que llegó hasta Bolivia el buque
Insignia, la embarcación más importante que tiene su
Armada. Mientras esperábamos que nos recibiera, el
capitán Fernández, un tipo mestizo de mejillas infladas
que siempre está sonriendo, me sorprendió con la
historia de la marina. Después de la guerra con Chile,
la Armada de Bolivia desapareció. Recién en 1963, el
presidente Paz Estenssoro decidió reabrir la Marina
boliviana. Fueron más de 80 años los que este país
vivió sin marineros ni sueños de mar. Como diría después
el director de la Escuela Naval, en los años sesenta
se propagó en Bolivia un nuevo ánimo naval. Ver
caminar por La Paz a hombres vestidos de blanco era
como si, de golpe, el país hubiera pegado una zancada
en su camino hacia la costa. Todos volvían a soñar.
Y los primeros marineros estaban ahí, como letreros
que le gritaban al país “el mar nos pertenece por dere
cho, recuperarlo es un deber”, lema que hoy es el más
repetido por el Ejército.
Tras hablar con el jefe de la Armada, fui a buscar a los
marinos más jóvenes. Cerca de 15 cadetes habían formado
un círculo espontáneo en el salón de recreo. La
Escuela Naval quedaba a unos 15 minutos del centro
de La Paz. Al entrar te recibía un retrato enorme de
Miguel Grau, el héroe nacional de la Marina peruana.
¿Qué hacía Grau ahí? Lo habían adoptado como héroe
suyo, al no tener ellos uno que hubiera fallecido en
combate. De todos modos, Grau había muerto defendiendo
Punta Angamos, en la antigua costa boliviana.
Tenían razones para quererlo. En el amplio salón
había cadetes de quinto año, de tercero y de primero.
Cada uno creía tener una verdad sobre el mar. El cadete
Seoane, de segundo año, abrió los ojos como si frente
a él apareciera el océano que había confeccionado con
tanto cuidado en su cabeza. Una imagen tejida con los
retazos de los cientos de fotos del mar que había visto
en internet, pero que él jamás había visitado.
—No conozco el mar. Me lo imagino no como algo físico,
sino como algo espiritual. Extenso, inmenso, y
en el que la gente busca algo como el infinito.
Otro cadete, que parecía ser el más sabio del grupo,
me dijo: —Al principio me impactó la brisa marina que te entra
a los pulmones. Sientes una melancolía grande, por no
tener una costa propia. El agua es saladísima, como te
la cuentan. Las rocas, la arena, el olor. La emoción es
gigantesca.
Todos han empezado a confesar cómo fue su primera
vez, si la hubo. Y cada cosa que dicen demuestra que
uno tiene gran incapacidad para descubrir las sorpresas
de lo obvio. Oigo al cadete Albán, un tipo pequeño
pero corpulento, quien cuenta haberse quedado asombrado
con una puesta de sol en Mar del Plata, donde
entrenaba con marinos argentinos. Se suma el cadete
Suárez y jura que hay que tener vocación y gusto por
el mar desde que naces. Y otro cuenta que se enamoró
del mar por el cine y por esa imagen que tenía metida
en la cabeza y en la que, en el fondo del horizonte, el
cielo y el mar se borran mutuamente. Pero también
hay alguien que dice que adora el mar y no lo conoce.
Al oír hablar a estos marinos de los Andes es imposible
olvidarse que en las casas y las escuelas de Bolivia,
los adultos les van a seguir repitiendo a sus niños que
el mar les pertenece. Por derecho, por deber. Porque
no permiten que sus marineros sigan imaginando el
mar gracias a las fotos que cualquiera podría bajar de
internet. Lo veremos.