cuerva1981casla
Usuario (Argentina)
HOLA!!! ESTE ES MI PRIMER Y MUY HUMILDE POST. COMPARTO AQUÍ ALGUNOS DE MIS CUENTOS CORTOS. LES COMENTO QUE ESTE ES UNO DE MIS PASATIEMPOS FAVORITOS: ESCRIBIR EN MIS MOMENTOS DE INSPIRACIÓN. NO SOY PARA NADA UNA EXPERTA, MÁS BIEN, TODO LO CONTRARIO, PERO ME GUSTA HACERLO Y CREO QUE PUEDO MEJORAR. OJALÁ LES GUSTE, A MÍ ME RESULTA MUY SATISFACTORIO ESCRIBIR Y COMPARTIR. ¡GRACIAS! EL OBSERVADOR La noche apretaba su boca oscura sin dejar ver ni una sola estrella. Las nubes negras cubrían la luna. Todo era silencio, ni una brisa movía las ramas de los añosos árboles del bosque, ni un ave nocturna estremecía con su graznido por el quieto callejón. Cuando nada específico y palpable en cualquier sentido horroriza, ni un ruido confuso, ni un movimiento amenazante, el silencio y la oscuridad inmóviles superan el terror. En el camino el polvo comenzó a levantarse iluminado a lo lejos, lentamente las luces del vehículo acariciaban la deformidad de la arboleda inmensa e interminable a cada costado, como si una garra enorme fuera arañando la oscuridad. El leve sonido del motor quebraba poco a poco el fantasmagórico silencio y se entremezclaba con el rodar de los neumáticos sobre pequeñas piedras y ramas secas. Dentro del auto, dos viajantes meditabundos, sumergidos en sus propios pensamientos, compartían en silencio la escalofriante sensación de atravesar un bosque tan siniestro y oscuro que ni las luminarias del auto bastaban para ver con claridad el sendero. Ambos se arrepentían de haber tomado ese atajo. Uno de ellos, quien conducía agazapado al volante, pensaba que la luz no sería suficiente para detectar a tiempo aquella amenaza que le inspiraba el lugar, y que de repente se le aparecería estrellándose violentamente contra el parabrisas y contra sus gritos desesperados. Mientras, el polvo continuaba envolviendo al vehículo, arrastrándose por el camino, persiguiendo la luz que en él se esparcía, como una perturbadora persecución posesiva. El acompañante observaba cada árbol, cada hueco entre la espesura, cada piedra alumbrada, como esperando que el terror se hiciera presente brutalmente sin previo aviso, sorprendiendo a ambos y enviándolos a un trágico final de miedo intenso. El andar era lento, pero suavemente el crepitar de los neumáticos y las piedras se diluía en el silencio, y el sonido del motor comenzaba a desaparecer. El auto y las luces fueron tragados por la gruesa oscuridad y todo volvió a ser aterrador como al principio. Los temblorosos hombres continuaron con su viaje y con su miedo en el silencio, la oscuridad, la incertidumbre y la imaginación. El observador sonrió satisfecho, como si el miedo de los viajantes fuera su alimento. Pensar que las horribles fantasías de ambos pudieron hacerse realidad, pensar que tantas pesadillas son reales. DESAPARECIDO El señor Vázquez sale todas las mañanas a las nueve con su batón verde oliva y sus pantuflas de color bordó a regar las plantas del jardín delantero. Regadora en mano se detiene pasmado a observar a los vecinos de enfrente, y los mira con desconfianza. Su esposa, Marta, le comenta a los vecinos con voz chillona que su marido está cada día más paranoico: “_No sé qué le está afectando tanto la cabeza a este hombre, dice que los Bravo deben ser terroristas o narcotraficantes, porque aunque no los vio todavía en nada raro, la mirada que tienen sólo puede ser de alguno de esos tipos de delincuentes”, comenta escandalizada en voz no muy baja la señora. “_Los niños ni se acercan a nuestra vereda, porque le tienen miedo al pobre, desde esa vez que tomó demás para año nuevo y los amenazó con la pistola por tirar petardos”, contaba la indiscreta Marta. Vázquez es un viejo introvertido, no habla mucho con nadie, no tuvo hijos, lo único que supo hacer toda su vida fue arreglar los vehículos de Gendarmería Nacional, siempre con una pena honda por ser sólo el mecánico de la armada y no un sargento bien respetado, más no fuera. Una mañana el señor Vázquez no salió a las nueve a regar sus plantas, salió media hora más tarde, pues se quedó espiando tras las cortinas de la ventana los extraños movimientos de sus sospechosos vecinos, teniendo en cuenta que “extraño” para él era que estuvieran cargando cajas selladas en la camioneta. Su mujer criticaba en cada pasada lo chusma de su marido, “¡estás loco!” le decía todo el tiempo. “Algo raro pasa ahí, ya me voy a enterar…”, pensaba Vázquez, hasta que de pronto Bravo lanzó una mirada fija justo a la ventana del mirón, y con una leve inclinación de su cabeza hizo un gesto como de saludo cortés pero serio. Don Vázquez cerró la cortina y como si nada hubiera pasado salió rápido al jardín delantero y comenzó a regar las plantas. Una semana después, los Bravo recibieron visitas, el señor Vázquez regaba las plantas cuando llegaron esos extraños hombres con maletines negros, trajes negros, lentes negros, pelo negro y en autos negros. “Si eso no es extraño entonces qué es…”, murmuró Vázquez entre dientes. “_ ¡Marta! ¡Marta!, vos que siempre andas defendiendo a los Bravo, ¿por qué no les llevas un poco de algo que tengas por ahí como para quedar bien con ellos?”, trataba de convencer a su mujer para que con alguna excusa entrara a la casa de sus vecinos y le trajera alguna novedad. Marta se negaba pero aunque no entendió nada tuvo que acceder a los caprichos de su insistente marido. Unos minutos más tarde la angustiada esposa de Vázquez regresaba sin éxito de su misión, pues sólo pudo entregar su media tarta de manzanas desde la puerta a la señora Bravo, quien muy apurada le dijo “gracias, gracias” y cerró la puerta con una amable sonrisa. Había que ver la cara de Marta, el desconcierto en persona. “_Si en algo tenés razón es que los Bravo son bastante raros”_ dijo doña Marta al entrar de nuevo a la casa. El hecho confirmaba las sospechas en contra de los vecinos, pero la incertidumbre aumentaba. Al medio día los autos se retiraron de la casa de los Bravo, y al señor Vázquez se le quitó el hambre. Por la tarde la señora de Bravo llamó a la puerta del señor Vázquez, quien abrió sin esperase jamás la inusual visita. “_Disculpe mi descortesía con su esposa, es que tenía gente en casa y mucho trabajo, pero dígale a Marta que esa media tarta estaba deliciosa”, explicó la mujer. Vázquez le preguntó casi como un atropello: _“¿Qué gente tenía en su casa?”, “_Negocios de mi marido, usted sabe cómo son esas cosas…”, respondió. El hombre no sabía qué más preguntar sin demostrar su sospecha, y entre dientes le dijo un hasta luego de pocas ganas a su vecina. Por la noche Marta salió a una reunión con sus amigas de la ONG contra el maltrato animal, donde criticaron que algunos vecinos del prestigioso barrio tuvieran perros sin pedigrí. El señor Vázquez se quedó solo y tranquilo ya que pocas veces podía cenar sin discutir con su mujer. No se veían movimientos en lo de los Bravo, Vázquez espiaba por la ventana, parecía que no había nadie en la casa de enfrente. Ya en bata y pantuflas recordó que debía sacar la basura. Doña Marta llegó pasada la medianoche, y encontró la puerta de su casa entreabierta, el gato arriba de la mesa y su marido no estaba. Preocupada y nerviosa llamó a la policía. El señor Vázquez nunca apareció. ************* EL DIBUJANTE Isabel siempre fue una muchachita sin gracia, tan desteñida la pobre, tan poco atractiva que nadie tenía en cuenta que era una chica. A pesar de su cara triste, ojos caídos, labios opacos, la mirada de Isabel inspiraba cierta serenidad, es que era muy dócil, muy tranquila. Cuando hablaba marcaba la ese con tanta dulzura que si ella se iba de alguna parte parecía que una brisa cálida se alejaba del lugar. Nadie se dio cuenta que Isabel existía, hasta que el joven dibujante que llegó a vivir a la plaza se sintió atraído por su figura lánguida. Isabel caminaba lento y sus largas piernas perecían cintas de raso que desplazaba el viento. Entre los brazos llevaba un libro y lo apretaba contra su pobre pecho. Un poco encorvada la chica, es que tenía complejo de alta. Rodolfo, el dibujante, hipnotizado la persiguió con la mirada hasta que ella se sentó en un banco a leer su libro. Jamás había visto el artista tanta blancura y tanta simpleza, Isabel había dejado en el aire una apacible estela invisible de pureza. La mirada del dibujante era curiosa, detallista, analista, espía. Con sus crayones dibujó a la joven distraída en su literatura, y la hizo tan real, pero tan perfumada, tan distinta a como la veían todos. Resaltó en ella su mirada dulce y melancólica, sus mejillas claras como la luz del día, su boca que inspiraba inocencia y bondad. Sus manos perfectas, limpias, delicadas que tomaban al libro suavemente, como si fuera incapaz de asfixiar a alguien. Las piernas de Isabel tenían trazos delicados, se cruzaban de una forma tan femenina y discreta, era tan hermosa…Rodolfo derramó en su dibujo más amor del que Isabel había recibido jamás. La retrató con pasión, con delicadeza, con fuerza, lujuria, melancolía, alegría, exaltación. Cada trazo en la obra adquiría un nuevo sentimiento, y Rodolfo lloró ante tanta inspiración. El artista se sintió satisfecho al terminar su dibujo, experimentó una paz especial en su cuerpo, y sonrió. No era aquel un joven carismático, nunca hablaba con nadie. Lo único que tenía era su gran talento para dibujar y pintar. Su ropa, bastante antigua y muy ajustada, las mangas cortas del suéter, y en los pies siempre se le notaban las medias. Alto, delgado, de piel trigueña y cabello oscuro, se peinaba con una raya perfecta al costado izquierdo, siempre tenso el peinado, como su cuerpo. Rodolfo dejó ir a Isabel sin animarse a decirle nada, pero al día siguiente la encontró en la terminal. Lucía radiante, afirmada contra la pared, distraída contando las monedas del pasaje. El dibujante se puso cómodo y discretamente comenzó a dibujarla de nuevo. Esta vez resaltó la belleza de su cabello rubio oscuro, con aquel mechón perfumado que se había escapado de su ajustado rodete. Su pequeña nariz delicada, fina, simple. El rostro de la muchacha lucía en este segundo encuentro más bello que antes, sus facciones habían tomado una simetría más definida, y su cuerpo se notaba más relajado y curvilíneo, ganando sensualidad. Pero luego llegó el micro y ella se alejó irremediablemente. Isabel se detuvo al siguiente día frente al dibujante que estaba sentado en el piso de la plaza: “¿Hace retratos?”, le preguntó tímidamente. Al rato Rodolfo estaba dibujando a la chica, haciéndola cada vez más bella, y más ahora que sabía su nombre, lo que la hacía más hermosa para él. El retrato descubría a una mujer deseada, de cuyo cuerpo emanaba el perfume más íntimo y delicioso. Su piel era suave y tersa, de aroma dulce, su rostro de ángel inspiraba ternura e inocencia y sus manos se posaban sutilmente en su regazo como esperando una caricia. El retrato conmovió tanto a la muchacha que agradeció al dibujante con lágrimas en los ojos. Cada día que Rodolfo dibujaba a Isabel, se iba volviendo más y más preciosa. Obsesionado con ella, la siguió a todas partes y hasta la dibujaba en la soledad de su casa, pues la conocía de memoria. Los días pasaban y la belleza en la obra de arte se reflejaba en la chica, como si fuera modelada por una mano creadora perfeccionista. En la terminal Rodolfo esperaba la llegada de Isabel, y ella llegó al fin, pero un hombre la acompañaba del brazo y la miraba con ternura. Rodolfo no pudo dibujar nada, sólo apretó el cuaderno entre sus manos y lo arrugó. Al llegar el transporte, el hombre besó a la hermosa joven con discreta pasión en la boca. El dibujante miró con odio la escena y entre sus dedos el lápiz negro se quebró. Rodolfo podía sentir que aquel hombre estaba enamorado de Isabel, la hermosa Isabel que él había creado. Tristeza, desesperación, ira… no podía aceptar que le arrebataran la obra surgida de sus más apasionados instintos, de su más profundo placer y gloria. No podía permitir semejante injusticia, pues ella le pertenecía por completo, y debía agradecerle toda la bendición que sobre ella había derramado. Encerrado en la penumbra de su habitación, Rodolfo quiso deshacer su milagro, intentó una y otra vez quitarle a Isabel los atributos que le había concedido. En el papel se plasmaba con violencia un rostro monstruoso, rayas, garabatos, jorobas. La desgracia caía en diversas formas sobre aquel humano que el dibujante castigaba con los crayones, pero al final de todo, ninguno se parecía a Isabel, no logró romper el hechizo y enloqueció aún más. La noche acompañaba a los amantes a la salida del cine, por largo rato el dibujante los acechó tras los árboles. En su mano temblaba muy caliente el cuchillo que haría justicia. Sobre el barandal del lago del parque, Isabel y su flamante novio se apoyaron para charlar, y cuando parecía inevitable el beso que iba a enmudecerlos, Rodolfo se lanzó eufórico contra ella para matarla. Gritó demasiado en su trayecto violento, y el novio de Isabel desvió sus malintencionados brazos haciéndolo caer a un costado. Boca abajo y ya sin vida la sangre del dibujante se esparcía, el flujo teñía el piso con finas líneas que dibujaban un deformado corazón. Ellos se abrazaron fuertemente y nadie extrañó nunca al dibujante.
“_No opines porque las mujeres no saben de fútbol”, me dicen algunos. “_Las mujeres que se dediquen a cocinar”, esa es otra pelotudez más que he escuchado. Yo me pregunto: ¿qué hay que hacer para saber de fútbol? ¿A qué escuela de fútbol van los hombres que no se pierden un partido y saben tanto? ¿Dónde estudiaron para ser árbitros, técnicos, jugadores, jueces de línea, presidentes de clubes, relatores deportivos, etc? Por supuesto que hablo de los hombres comunes de la especie doméstica digo. Esos hombres que se sientan a dejar que la vida pase mientras se pierden en la pantalla y se convierten en primates eufóricos. No hablo de quienes sí hicieron carrera futbolística y se llenan los bolsillos y las cuentas con millones de dólares que la industria del fútbol les ha permitido recaudar. No hablo de los jugadores mercancía que se la pasan cambiando de camiseta al mejor postor o al que les dé una mano. Ni hablo de presidentes de clubes, comisiones, asociaciones nacionales ni federaciones internacionales, ni empresarios de cadenas de televisión, ni de ropa deportiva, ni políticos que tejen hilos en el ambiente corrupto del fútbol. No, no hablo de esa gente, hablo de los hombres de casa como dije, esos que se sacan la remera y se aplastan a putear, gritar, hacer ademanes, festejar goles ajenos, justificar tarjetas rojas o posiciones adelantadas. “_¡Nos robaron, nos robaron!”_ gritan, y uno se imagina que entraron ladrones, que aumentaron los precios, que fueron a cargar combustible, algo así. Pero no, hablan de que el árbitro les robó el partido. Yo me pregunto cuánto les pagan por esa cholulez, por ser abogados defensores de sus equipos o acusadores de los otros. Cuánto les pagan por ponerse una camiseta de un club que no los conoce, obligándolos a aceptar conformes combinaciones ridículas de colores en algunos casos. En fin, pero dicen “_callate que vos no sabés nada de fútbol, cociná, sos mujer”, y yo digo, sí, soy mujer, sé cocinar porque aprendí como puede aprender cualquiera, y de fútbol sé mucho, lo suficiente diría yo como para disfrutar del deporte cuando me genera satisfacción, no para hacerme mala sangre con cosas que no están a mi alcance. Sé mucho de fútbol, como por ejemplo que es una vía de manifestación del fanatismo con el que nacen algunos, que es un mega negocio, como cualquier otro, que muchos lo convierten en una razón para tener rivales, para matar y hacer destrozos con su barra brava de preferencia, que le llaman “una pasión” cuando quieren justificar un comportamiento desaforado al gritar un gol, etc. Sería interesante que las personas que dicen que el fútbol es una pasión comenten alguna otra pasión que tengan, si es que la tienen. Y sé más de fútbol, además de saber cocinar, porque sé hacer bastantes cosas por suerte, soy capaz de aprender mucho. Sé también que no hace falta pecar de ignorante respecto de los nombres de todos los jugadores ni los campeonatos que ganó un equipo, ni cuándo juega y con quién, etc, para poder decir: yo soy de San Lorenzo, y me gusta Boca además, y me encanta que pierda River ¿y qué? A mí también puede gustarme de vez en cuando ver fútbol televisado, pero qué tiene que ver eso con tener que aprenderme tantos datos de gente que ni conozco para tener derecho a opinar. Es posible que en mi ignorancia sea mejor espectadora del juego, pues puedo disfrutar de ver la habilidad y destreza de los jugadores, de la energía y vitalidad de otros, de la inteligencia y audacia, en fin, de las cosas lindas del fútbol. Yo diría que sé más que estos machistas que hablan con xenofobia, sé la mejor parte, que puedo decidir cuándo sentarme a ver un partido, nadie me obliga con el cronograma anual ni todos los fixtures que se quieran inventar. Sé también que para divertirse un rato con la folclórica “cargada” no hace falta ponerle un bozal al otro por condiciones de género, eso es quedarse sin palabras y optar por agresiones. Sé también que mucho de lo que digo o me dijeron es parte de la violencia que hay en las canchas, lugar donde no iría nunca a arriesgar mi pellejo. También ha generado que tantas mujeres sientan la necesidad de adoptar comportamientos masculinos para ser aceptadas como “hinchas con derecho de opinar”, qué frustrante, conozco algunas “patrimachos” (como decía mi abuela a las niñas que parecían varones). Sé también que tengo derecho de opinar lo que se me cante porque lo pienso yo, pues no ando buscando letra prestada de algún comentarista o relator o técnico, etc. También sé que no existe explicación científica que avale la falaz teoría machista de que una mujer no puede hablar de fútbol porque no se sabe ni el nombre de los jugadores. ¿De qué tienen miedo? ¿Se creen dueños los hombres de un territorio que ven amenazado por la presencia femenina? Es más, sé también que es casi improbable que un hombre acepte lo dicho, siempre seguirá negando la capacidad y el derecho de opinar de fútbol a una mujer. Al fútbol tal vez lo inventaron los hombres, y quizás por eso es tan violento. Pero la opinión y la voz son gratis y públicas. Hace rato que es hora que el machismo y el fanatismo se pasen de moda. Muchachos, pónganse media pila. Mujer que sabe algo de fútbol, entre otras cosas.
HOLA!!! COMPARTO OTROS PEQUEÑOS RELATOS DE FICCIÓN. LA CUNETA: En un lugar desconocido, con cosas desconocidas, allí están ellos. Allí el viento es sólo recuerdo y eco de su sonido, todo el tiempo zumba entre las hojas de los árboles, pero no las mueve. La atmósfera es extraña, sin olores, sólo con evocaciones profundas y desteñidas del olor de las cosas. No hay huellas, ni caminos, ni sombras. No hay rastros de aquellos que transitan por ahí, con paso distraído, sin rumbo, sin latidos. El rumor misterioso y oscuro del agua de la cuneta rodea ese sitio singular. Aquel lugar sin sol ni luna, sólo es iluminado por un resplandor sin origen, no existe el día ni la noche. Ellos no saben dónde emerge la cuneta, lo cierto es que encierra como un anillo toda la dimensión, no nace ni muere en ningún punto, el caudal que posee no tiene boca ni se alimenta. No saben nada porque no se preguntan nada a sí mismos. La cuneta está allí, cercando todo… o nada. Pero no piensan en ella, ni en su misterio. Tampoco intentaron cruzarla jamás, no sienten ni piensan qué hay luego. Sólo transitan dentro del círculo, sólo son imágenes que rodean por dentro la cuneta. Del otro lado vienen algunos con sed, y al cruzar la cuneta olvidan a qué venían. Allí no hace falta agua, ni aire, ni pensamiento. Negra, profunda, fría… sólo contiene su secreto, que circula sin detenerse. El agua cantarina no dice nada, todo es silencio. La cuneta está cercando aquel tránsito varado, aquel sordo lugar de almas, mentes, esencias, espíritus, inteligencias descorporizadas, o como quieras llamarles. EL DESEO DE SAJIBA Estaba riendo a carcajadas, con un vaso de algún alcohol en la mano. Sus dientes brillaban, relucían, se reía y más se acaloraba. Su piel se enrojecía con cada parpadeo, cada risa, cada pensamiento que tenía. El lugar estaba en penumbras, como esa intimidad colectiva de los bares. Muchas personas a su alrededor, y ella, sin nada más que hacer, sólo dejarse ser. Reía con todos y todos le hablaban, ella sólo reía y sostenía el vaso, sentada en una silla alta, apoyada en la barra. Ecos de fondo, risas, conversaciones, susurros y una sensación musical extraña, eléctrica pero tenue y sensual. Un rostro se le acercó al oído, ella sabía que era él, pero quería oír su voz, lo deseaba más que nada en el espacio. Se preparó para escucharlo, se estremecía en la caricia de ese momento. Sentía que el cuello se prolongaba más en éxtasis, y las manos apretadas le temblaban al unísono del alma. Quería oír su voz, porque sabía que era él, lo deseaba, suspiraba, con los ojos abiertos, mirando hacia el abismo, con la certeza vana que era él, quien estaba cerca de su cuello pero nunca llegaba. Nunca llegaba. Su garganta estaba seca, caliente, su frente sudorosa, su cuerpo palpitante. Y no oyó nada, ninguna voz le penetró al interior que le ardía. El rostro se desvaneció, se apagó, como todo lo demás. Despertó. La mañana estaba ahí como siempre con todas las cosas de la casa. Poner los pies en el piso y reiniciar sistemas en modo estándar para comenzar con la rutina. Niños, desayuno, esposo, trabajo. Gente, trabajo, gente, cosas de todos los días, sin más. Todo igual, la vida ´perfecta. Mujer exitosa, admirada, profesional, seria, impecable siempre. Era perfectamente sofisticada, precisa, ubicada, coherente e infaliblemente responsable. Sin embargo nunca pudo dejar de estar narcóticamente enamorada de un vago atorrante que se cruzó en la vida por un tiempo. Un arrogante que tenía la desgraciada belleza en los ojos, de mirada poderosa y dulce, de fuego, de lanza, de proyectil envenenado. Ese condenado que sonreía con la boca torcida, una sonrisa falsa, que ocultaba su perversión hasta con cierta ingenuidad vergonzosa, tímida. Su sonrisa seductora, su mirada incitante, las cosas que decía no significaban nada, pero cómo las decía significaba todo. Un inútil sin brillo, poco inteligente, incapaz de prosperar en nada, descarriado, vicioso, perdido, decadente…Ese era él, el vago atorrante más afrodisíaco de todos, el único que estaba clavado en una costilla y se hacía sentir en cualquier instante. Una vez lo conoció y fue para siempre esa sensación de querer lo prohibido, la conciencia de algo inminente, insostenible, insoportable, desesperante, excitante y dulce, dulce y fresco, adictivo en el paladar. Era tan sofisticada y sin embargo se estremecía al recordar esos tiempos en que todo podía pasar y sólo pasaba sin pasar nada. Esos momentos donde todo fue posible porque él y ella se atraían, se deseaban, jugaban a poder y no hacer nada, ese tiempo en que todo lo que pudo pasar pasó sólo por sus cabezas y sus miradas, y nada más. Del sueño no se acordó en absoluto. Su día fue perfecto, como todos los días. Sajiba a veces discutía con su esposo, pero lo quería, y cuando él no estaba pensaba en lo mucho que lo necesitaba, hasta con sus imperfecciones más insoportables. Tenía casi todo lo que quería, y todo lo que precisaba tener. Una vida ordenada, feliz, y frígida. En el centro de su ser los demonios estaban bien empaquetados. Cada día para ella era nuevo, pero igual. Ese maldito desgraciado que se metió en su costilla para arder conservaba su perfecta sonrisa torcida, su mirada de caníbal que entraba por los ojos y recorría todo el cuerpo manoseando las caderas, apretando los pechos, abrazando la cintura y quemando la boca en un beso doloroso y fantasma. Ese atorrante que no era nadie, seguía provocando los deseos más reprimidos de Sajiba. Sabía que él siempre estaría ahí para ella, para el deseo y la fiebre de algo que no llega. La seguiría mirando con esos ojos infinitos. Le dedicaría en intervalos esa sonrisa torcida y falsa, tímida y diabólica. Le provocaría en los sueños el vértigo y el mareo, y justo antes de que le despedazara la piel a mordidas, caería su cabeza rodando por la sincera realidad en donde nunca pasa nada. Sajiba a veces se encontraba agotada de desear tanto ese dulce sabor que no conoció. Él era ese hombre que estaba allí todo el tiempo, lejos. Y llegaba como un ángel de la perdición a sus sueños para ese casi sentir y casi vivir, para ese final muerto. Pero Sajiba prefería al menos mantener el inconmensurable deseo de beberse el sudor de aquel maldito bello hombre que no haber sabido jamás qué se siente desear así. CONFUSIÓN Estoy viva, sí, siento que estoy viva pues si no fuera así no me latiría tan fuerte el corazón. No puedo ver nada, todo es tan confuso aquí, ni siquiera recuerdo qué pasó. Sólo sé que un grito espeluznante y rojo me trajo hasta aquí mientras yo dormía desvanecida. Pero qué me pasó, dónde estoy, ¿quién quiere hacerme daño? Solo sé que alguien me persigue, tengo que correr antes que me mate. Siento que el corazón se me quiere salir del pecho, pero no puedo moverme, quiero correr, me desespero, sufro, quiero gritar pero no me sale ni un sonido de la garganta, no puedo pedir ayuda. Estoy atada, nada me cubre el rostro ni la boca, pero no puedo ver ni hablar, ¡qué me hicieron! Ahora no siento las piernas, tampoco los brazos, un dolor comienza a meterse dentro de mí como una afilada aguja cada vez más ancha. Quiero gritar y no puedo, estoy desesperada, ¡ayuda por favor, quiero salir de aquí! De pronto quiero hacer memoria de lo que pasó, y se me viene una imagen a la mente: estoy en un balcón sonriendo, mirando a lo lejos. Tengo puesto un largo vestido, amplio, fresco, que se ondea con la suave brisa. Hay colores claros a mí alrededor. El día está soleado, decido salir corriendo hacia una pradera verde, llena de fragantes flores silvestres. Lo imagino, me veo corriendo en cámara lenta, sonrío, estoy en paz. Pero cuando me dispongo a realizar mi cometido, una fuerza invisible me arrastra de espaldas hacia atrás, no puedo ver qué es pero grito con fuerza. De pronto ingreso violentamente a una habitación muy oscura y delante de mí las puertas se cierran estruendosamente, quitando todo rayo de luz de aquel cuarto. Afuera nadie me oyó. Ahora no puedo gritar, la confusión y la impotencia son insoportables en este encierro. No puedo dejar de preguntarme qué es lo que sucede, porqué nadie viene a ayudarme a salir de aquí. Ahora me doy cuenta que escucho fuertemente un sonido desde que desperté, es un latido. Quiero acercarme hacia él, saber de dónde proviene, pero justo ahora que me doy cuenta y comencé a percibirlo, noto que se está desvaneciendo. Poco a poco todo quedó en silencio, pero algo extraño ocurre. Pronto descubro que no oigo mi respiración, y comienzo a experimentar una sensación horrible, me mareo, tiemblo, quiero vomitar, quiero gritar y no puedo. Estoy asustada pero una imagen se estrella contra mis ojos, es un recuerdo, otro distinto. Es un día hermoso para viajar, el aire es fresco y la lluvia paró. El camino tiene esa nostalgia que lo adorna, voy abrazada a alguien, siento que lo conozco pero no lo recuerdo. Él conduce una moto, ese sonido no lo oigo hace rato. Respiro profundamente el aroma húmedo y embriagador de la mañana, tengo los ojos cerrados y disfruto todo, pero algo golpeó mi cabeza y el día se hizo noche. No sé donde estoy, no sé quién soy, no siento mi cuerpo, sólo mi mente. Creí que estaba prisionera, pero lentamente me voy sintiendo liberada. No puedo ver pero tengo la sensación de estar buscando algo, aunque por ahora sólo siento tranquilidad… y sueño. **************