HOLA!!! ESTE ES MI PRIMER Y MUY HUMILDE POST. COMPARTO AQUÍ ALGUNOS DE MIS CUENTOS CORTOS. LES COMENTO QUE ESTE ES UNO DE MIS PASATIEMPOS FAVORITOS: ESCRIBIR EN MIS MOMENTOS DE INSPIRACIÓN. NO SOY PARA NADA UNA EXPERTA, MÁS BIEN, TODO LO CONTRARIO, PERO ME GUSTA HACERLO Y CREO QUE PUEDO MEJORAR. OJALÁ LES GUSTE, A MÍ ME RESULTA MUY SATISFACTORIO ESCRIBIR Y COMPARTIR. ¡GRACIAS! EL OBSERVADOR La noche apretaba su boca oscura sin dejar ver ni una sola estrella. Las nubes negras cubrían la luna. Todo era silencio, ni una brisa movía las ramas de los añosos árboles del bosque, ni un ave nocturna estremecía con su graznido por el quieto callejón. Cuando nada específico y palpable en cualquier sentido horroriza, ni un ruido confuso, ni un movimiento amenazante, el silencio y la oscuridad inmóviles superan el terror. En el camino el polvo comenzó a levantarse iluminado a lo lejos, lentamente las luces del vehículo acariciaban la deformidad de la arboleda inmensa e interminable a cada costado, como si una garra enorme fuera arañando la oscuridad. El leve sonido del motor quebraba poco a poco el fantasmagórico silencio y se entremezclaba con el rodar de los neumáticos sobre pequeñas piedras y ramas secas. Dentro del auto, dos viajantes meditabundos, sumergidos en sus propios pensamientos, compartían en silencio la escalofriante sensación de atravesar un bosque tan siniestro y oscuro que ni las luminarias del auto bastaban para ver con claridad el sendero. Ambos se arrepentían de haber tomado ese atajo. Uno de ellos, quien conducía agazapado al volante, pensaba que la luz no sería suficiente para detectar a tiempo aquella amenaza que le inspiraba el lugar, y que de repente se le aparecería estrellándose violentamente contra el parabrisas y contra sus gritos desesperados. Mientras, el polvo continuaba envolviendo al vehículo, arrastrándose por el camino, persiguiendo la luz que en él se esparcía, como una perturbadora persecución posesiva. El acompañante observaba cada árbol, cada hueco entre la espesura, cada piedra alumbrada, como esperando que el terror se hiciera presente brutalmente sin previo aviso, sorprendiendo a ambos y enviándolos a un trágico final de miedo intenso. El andar era lento, pero suavemente el crepitar de los neumáticos y las piedras se diluía en el silencio, y el sonido del motor comenzaba a desaparecer. El auto y las luces fueron tragados por la gruesa oscuridad y todo volvió a ser aterrador como al principio. Los temblorosos hombres continuaron con su viaje y con su miedo en el silencio, la oscuridad, la incertidumbre y la imaginación. El observador sonrió satisfecho, como si el miedo de los viajantes fuera su alimento. Pensar que las horribles fantasías de ambos pudieron hacerse realidad, pensar que tantas pesadillas son reales. DESAPARECIDO El señor Vázquez sale todas las mañanas a las nueve con su batón verde oliva y sus pantuflas de color bordó a regar las plantas del jardín delantero. Regadora en mano se detiene pasmado a observar a los vecinos de enfrente, y los mira con desconfianza. Su esposa, Marta, le comenta a los vecinos con voz chillona que su marido está cada día más paranoico: “_No sé qué le está afectando tanto la cabeza a este hombre, dice que los Bravo deben ser terroristas o narcotraficantes, porque aunque no los vio todavía en nada raro, la mirada que tienen sólo puede ser de alguno de esos tipos de delincuentes”, comenta escandalizada en voz no muy baja la señora. “_Los niños ni se acercan a nuestra vereda, porque le tienen miedo al pobre, desde esa vez que tomó demás para año nuevo y los amenazó con la pistola por tirar petardos”, contaba la indiscreta Marta. Vázquez es un viejo introvertido, no habla mucho con nadie, no tuvo hijos, lo único que supo hacer toda su vida fue arreglar los vehículos de Gendarmería Nacional, siempre con una pena honda por ser sólo el mecánico de la armada y no un sargento bien respetado, más no fuera. Una mañana el señor Vázquez no salió a las nueve a regar sus plantas, salió media hora más tarde, pues se quedó espiando tras las cortinas de la ventana los extraños movimientos de sus sospechosos vecinos, teniendo en cuenta que “extraño” para él era que estuvieran cargando cajas selladas en la camioneta. Su mujer criticaba en cada pasada lo chusma de su marido, “¡estás loco!” le decía todo el tiempo. “Algo raro pasa ahí, ya me voy a enterar…”, pensaba Vázquez, hasta que de pronto Bravo lanzó una mirada fija justo a la ventana del mirón, y con una leve inclinación de su cabeza hizo un gesto como de saludo cortés pero serio. Don Vázquez cerró la cortina y como si nada hubiera pasado salió rápido al jardín delantero y comenzó a regar las plantas. Una semana después, los Bravo recibieron visitas, el señor Vázquez regaba las plantas cuando llegaron esos extraños hombres con maletines negros, trajes negros, lentes negros, pelo negro y en autos negros. “Si eso no es extraño entonces qué es…”, murmuró Vázquez entre dientes. “_ ¡Marta! ¡Marta!, vos que siempre andas defendiendo a los Bravo, ¿por qué no les llevas un poco de algo que tengas por ahí como para quedar bien con ellos?”, trataba de convencer a su mujer para que con alguna excusa entrara a la casa de sus vecinos y le trajera alguna novedad. Marta se negaba pero aunque no entendió nada tuvo que acceder a los caprichos de su insistente marido. Unos minutos más tarde la angustiada esposa de Vázquez regresaba sin éxito de su misión, pues sólo pudo entregar su media tarta de manzanas desde la puerta a la señora Bravo, quien muy apurada le dijo “gracias, gracias” y cerró la puerta con una amable sonrisa. Había que ver la cara de Marta, el desconcierto en persona. “_Si en algo tenés razón es que los Bravo son bastante raros”_ dijo doña Marta al entrar de nuevo a la casa. El hecho confirmaba las sospechas en contra de los vecinos, pero la incertidumbre aumentaba. Al medio día los autos se retiraron de la casa de los Bravo, y al señor Vázquez se le quitó el hambre. Por la tarde la señora de Bravo llamó a la puerta del señor Vázquez, quien abrió sin esperase jamás la inusual visita. “_Disculpe mi descortesía con su esposa, es que tenía gente en casa y mucho trabajo, pero dígale a Marta que esa media tarta estaba deliciosa”, explicó la mujer. Vázquez le preguntó casi como un atropello: _“¿Qué gente tenía en su casa?”, “_Negocios de mi marido, usted sabe cómo son esas cosas…”, respondió. El hombre no sabía qué más preguntar sin demostrar su sospecha, y entre dientes le dijo un hasta luego de pocas ganas a su vecina. Por la noche Marta salió a una reunión con sus amigas de la ONG contra el maltrato animal, donde criticaron que algunos vecinos del prestigioso barrio tuvieran perros sin pedigrí. El señor Vázquez se quedó solo y tranquilo ya que pocas veces podía cenar sin discutir con su mujer. No se veían movimientos en lo de los Bravo, Vázquez espiaba por la ventana, parecía que no había nadie en la casa de enfrente. Ya en bata y pantuflas recordó que debía sacar la basura. Doña Marta llegó pasada la medianoche, y encontró la puerta de su casa entreabierta, el gato arriba de la mesa y su marido no estaba. Preocupada y nerviosa llamó a la policía. El señor Vázquez nunca apareció. ************* EL DIBUJANTE Isabel siempre fue una muchachita sin gracia, tan desteñida la pobre, tan poco atractiva que nadie tenía en cuenta que era una chica. A pesar de su cara triste, ojos caídos, labios opacos, la mirada de Isabel inspiraba cierta serenidad, es que era muy dócil, muy tranquila. Cuando hablaba marcaba la ese con tanta dulzura que si ella se iba de alguna parte parecía que una brisa cálida se alejaba del lugar. Nadie se dio cuenta que Isabel existía, hasta que el joven dibujante que llegó a vivir a la plaza se sintió atraído por su figura lánguida. Isabel caminaba lento y sus largas piernas perecían cintas de raso que desplazaba el viento. Entre los brazos llevaba un libro y lo apretaba contra su pobre pecho. Un poco encorvada la chica, es que tenía complejo de alta. Rodolfo, el dibujante, hipnotizado la persiguió con la mirada hasta que ella se sentó en un banco a leer su libro. Jamás había visto el artista tanta blancura y tanta simpleza, Isabel había dejado en el aire una apacible estela invisible de pureza. La mirada del dibujante era curiosa, detallista, analista, espía. Con sus crayones dibujó a la joven distraída en su literatura, y la hizo tan real, pero tan perfumada, tan distinta a como la veían todos. Resaltó en ella su mirada dulce y melancólica, sus mejillas claras como la luz del día, su boca que inspiraba inocencia y bondad. Sus manos perfectas, limpias, delicadas que tomaban al libro suavemente, como si fuera incapaz de asfixiar a alguien. Las piernas de Isabel tenían trazos delicados, se cruzaban de una forma tan femenina y discreta, era tan hermosa…Rodolfo derramó en su dibujo más amor del que Isabel había recibido jamás. La retrató con pasión, con delicadeza, con fuerza, lujuria, melancolía, alegría, exaltación. Cada trazo en la obra adquiría un nuevo sentimiento, y Rodolfo lloró ante tanta inspiración. El artista se sintió satisfecho al terminar su dibujo, experimentó una paz especial en su cuerpo, y sonrió. No era aquel un joven carismático, nunca hablaba con nadie. Lo único que tenía era su gran talento para dibujar y pintar. Su ropa, bastante antigua y muy ajustada, las mangas cortas del suéter, y en los pies siempre se le notaban las medias. Alto, delgado, de piel trigueña y cabello oscuro, se peinaba con una raya perfecta al costado izquierdo, siempre tenso el peinado, como su cuerpo. Rodolfo dejó ir a Isabel sin animarse a decirle nada, pero al día siguiente la encontró en la terminal. Lucía radiante, afirmada contra la pared, distraída contando las monedas del pasaje. El dibujante se puso cómodo y discretamente comenzó a dibujarla de nuevo. Esta vez resaltó la belleza de su cabello rubio oscuro, con aquel mechón perfumado que se había escapado de su ajustado rodete. Su pequeña nariz delicada, fina, simple. El rostro de la muchacha lucía en este segundo encuentro más bello que antes, sus facciones habían tomado una simetría más definida, y su cuerpo se notaba más relajado y curvilíneo, ganando sensualidad. Pero luego llegó el micro y ella se alejó irremediablemente. Isabel se detuvo al siguiente día frente al dibujante que estaba sentado en el piso de la plaza: “¿Hace retratos?”, le preguntó tímidamente. Al rato Rodolfo estaba dibujando a la chica, haciéndola cada vez más bella, y más ahora que sabía su nombre, lo que la hacía más hermosa para él. El retrato descubría a una mujer deseada, de cuyo cuerpo emanaba el perfume más íntimo y delicioso. Su piel era suave y tersa, de aroma dulce, su rostro de ángel inspiraba ternura e inocencia y sus manos se posaban sutilmente en su regazo como esperando una caricia. El retrato conmovió tanto a la muchacha que agradeció al dibujante con lágrimas en los ojos. Cada día que Rodolfo dibujaba a Isabel, se iba volviendo más y más preciosa. Obsesionado con ella, la siguió a todas partes y hasta la dibujaba en la soledad de su casa, pues la conocía de memoria. Los días pasaban y la belleza en la obra de arte se reflejaba en la chica, como si fuera modelada por una mano creadora perfeccionista. En la terminal Rodolfo esperaba la llegada de Isabel, y ella llegó al fin, pero un hombre la acompañaba del brazo y la miraba con ternura. Rodolfo no pudo dibujar nada, sólo apretó el cuaderno entre sus manos y lo arrugó. Al llegar el transporte, el hombre besó a la hermosa joven con discreta pasión en la boca. El dibujante miró con odio la escena y entre sus dedos el lápiz negro se quebró. Rodolfo podía sentir que aquel hombre estaba enamorado de Isabel, la hermosa Isabel que él había creado. Tristeza, desesperación, ira… no podía aceptar que le arrebataran la obra surgida de sus más apasionados instintos, de su más profundo placer y gloria. No podía permitir semejante injusticia, pues ella le pertenecía por completo, y debía agradecerle toda la bendición que sobre ella había derramado. Encerrado en la penumbra de su habitación, Rodolfo quiso deshacer su milagro, intentó una y otra vez quitarle a Isabel los atributos que le había concedido. En el papel se plasmaba con violencia un rostro monstruoso, rayas, garabatos, jorobas. La desgracia caía en diversas formas sobre aquel humano que el dibujante castigaba con los crayones, pero al final de todo, ninguno se parecía a Isabel, no logró romper el hechizo y enloqueció aún más. La noche acompañaba a los amantes a la salida del cine, por largo rato el dibujante los acechó tras los árboles. En su mano temblaba muy caliente el cuchillo que haría justicia. Sobre el barandal del lago del parque, Isabel y su flamante novio se apoyaron para charlar, y cuando parecía inevitable el beso que iba a enmudecerlos, Rodolfo se lanzó eufórico contra ella para matarla. Gritó demasiado en su trayecto violento, y el novio de Isabel desvió sus malintencionados brazos haciéndolo caer a un costado. Boca abajo y ya sin vida la sangre del dibujante se esparcía, el flujo teñía el piso con finas líneas que dibujaban un deformado corazón. Ellos se abrazaron fuertemente y nadie extrañó nunca al dibujante.
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