bluecamalotus
Usuario (Argentina)
Lo que pasa es que la única realidad no es la verdad a la vida le falta huevos necesita declicheizar sus valores tiene que resurgir la militancia del sentimiento el arte tiene que desligarse desprenderse endenderse tienen que dejar de ser bestsellers el rivotril el carisma la pelotudez ya es tiempo empieza a ser necesario volver a brillar. May the force be with you

www.hyperville.com.ar En esta novela web se despliega la historia de la ciudad de Hyperville, no a través de capítulos, sino por medio de links que abundan en cada página con un aire a murmullo de chusmerío. El lector podrá seguir la historia a partir del click que desee, desplegando una nueva obra en cada lectura. Además, podrá encontrarse con audios, videos e imágenes. El soporte multimedia permite que también la literatura se apropie de nuevas voces. Hyperville pertenece al grupo de obras que son y no son novelas. Son, a la vez, novelas y antinovelas. Es una novela porque mantiene la estructura introducción-desarrollo-desenlace pero, principalmente, es una antinovela porque la relación introducción-desarrollo-desenlace se presenta diseminada, disgregada, involucrando de esta manera al lector en una serie de procesos y formas de lectura que desbordan los moldes de la novela, generando así una nueva forma de literatura: la literatura 2.0 Inicio: Brasas de la noche Brasas de la noche Viernes 3 am en Hyperville. Garúa. Garúa y no alcanza para sofocar el fuego voraz que consume a la casa. Una casa se incendia en la calle 10 de Hyperville. Enfrente, la brasa de un cigarrillo es lo único que delata al hombre con sobretodo que mira el incendio fumando desde la sombra enorme de un sauce. Un auto estacionado en la vereda de la casa que se incendia es el respaldo intermitente de la espalda de Luna, que se balancea, sentada en la vereda, mirando el incendio. Un auto agarra la calle 10 en la esquina de la calle de la casa que se incendia. Venía por la calle 25. Tal vez dobló porque se dio cuenta del incendio y quiso chusmear qué pasaba. Gabriel no se da cuenta de que hay un hombre fumando, mirando el incendio que devora la casa, apoyado en un pilar de la casa de enfrente, bajo la negra enormidad que emana un sauce de noche. Se baja del auto, se agarra la frente con empatía, llama al 911. Luna deja abruptamente de estar sentada en la vereda; se para y sale corriendo. Gabriel guarda su celular en el bolsillo de su campera pensando que se le puede caer de ahí fácilmente, pero no tiene ganas de esforzarse para hacerlo entrar en el bolsillo de su jean ni tampoco tiene ganas de estar incómodo por la seguridad de no perder el celular, a fin de cuentas, está medio viejo y anda medio para el culo. Ve a una mujer salir corriendo desde el piso (¿?). No sabe si seguirla o esperar a los bomberos. Por las dudas, se va para su casa. La puerta de la casa que se incendia se abre, una anciana en llamas grita, saliendo de la casa. Se cae a los dos pasos. Eusebia se desmaya y muere carbonizada. El hombre que fuma enfrente da su última pitada, deja caer el cigarrillo en la vereda de la casa de enfrente, lo aplasta, moviendo la suela de su zapato izquierdo para apagarlo y se va. Barthaloth llega a la casa que se incendia, mira el cuerpo de Eusebia, mira el incendio. Luego, llega la policía acompañada por los bomberos. VISITEN www.hyperville.com.ar Si les cabe, cópense y difundan May the force be with you

link: http://www.youtube.com/watch?v=dvc8Nmp-CP0&list=LLQHMhbdzMzsoVp6I7zaI85g&feature=mh_lolz Microemprendedora Aburrida de trabajar en una tienda de ropa de mierda, harta de ganas dos pesos de mierda por pasarse todo el día atendiendo a pelotudas e histéricas y, encima, fumándose la mala onda del jefe, Roxana renunció al laburo y se puso a pensar, buscar, consultar qué le faltaba a Hyperville. Primero comenzó con pudor. Poco a poco, encontrando su ritmo, se fue dando cuenta de que era mucho más fácil de lo que sus temores le hacían creer. Ganaba mucha más plata y trabajaba muchas menos horas. Algunos pelotudos y algunas forras empezaban a hablar mal de ella y a mirarla con desdén. Al poco tiempo, alquiló una casa grande en la periferia de Hyperville y contrató algunas chicas. Regenteó la casa, organizando una página de webcams xxx, dado el auge de la pornografía en internet. Todos los mojigatos dejaron de hablarle, al menos con sus nombres reales. Su madre dejó de hablarle. A cambio de eso, hombres y mujeres solitarios encontraron un chat por webcam y ella fue musa de poesías increíbles. Por favor, si les gustó, cópense y difundan May the force be with you

link: http://www.youtube.com/watch?v=dvc8Nmp-CP0&list=LLQHMhbdzMzsoVp6I7zaI85g&index=1&feature=plpp_video Comienzo: Brasas de la noche Viernes 3 am en Hyperville. Garúa. Garúa y no alcanza para sofocar el fuego voraz que consume a la casa. Una casa se incendia en la calle 10 de Hyperville. Enfrente, la brasa de un cigarrillo es lo único que delata al hombre con sobretodo que mira el incendio fumando desde la sombra enorme de un sauce. Un auto estacionado en la vereda de la casa que se incendia es el respaldo intermitente de la espalda de Luna, que se balancea, sentada en la vereda, mirando el incendio. Un auto agarra la calle 10 en la esquina de la calle de la casa que se incendia. Venía por la calle 25. Tal vez dobló porque se dio cuenta del incendio y quiso chusmear qué pasaba. Gabriel no se da cuenta de que hay un hombre fumando, mirando el incendio que devora la casa, apoyado en un pilar de la casa de enfrente, bajo la negra enormidad que emana un sauce de noche. Se baja del auto, se agarra la frente con empatía, llama al 911. Luna deja abruptamente de estar sentada en la vereda; se para y sale corriendo. Gabriel guarda su celular en el bolsillo de su campera pensando que se le puede caer de ahí fácilmente, pero no tiene ganas de esforzarse para hacerlo entrar en el bolsillo de su jean ni tampoco tiene ganas de estar incómodo por la seguridad de no perder el celular, a fin de cuentas, está medio viejo y anda medio para el culo. Ve a una mujer salir corriendo desde el piso (¿?). No sabe si seguirla o esperar a los bomberos. Por las dudas, se va para su casa. La puerta de la casa que se incendia se abre, una anciana en llamas grita, saliendo de la casa. Se cae a los dos pasos. Eusebia se desmaya y muere carbonizada. El hombre que fuma enfrente da su última pitada, deja caer el cigarrillo en la vereda de la casa de enfrente, lo aplasta, moviendo la suela de su zapato izquierdo para apagarlo y se va. Barthaloth llega a la casa que se incendia, mira el cuerpo de Eusebia, mira el incendio. Luego, llega la policía acompañada por los bomberos. VISITEN www.hyperville.com.ar May the force be with you

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Caifás por Hernán D'Ambrosio Y Caifás era el que había aconsejado a los judíos que convenía que un hombre muriera por el pueblo. Juan 18:14 El mensajero entrega una orden disfrazada de invitación. El sumo sacerdote lo convoca cuanto antes. El prefecto, sabiendo lo que implica el retraso, acude inmediatamente. Caminando por la calle escucha el murmullo del pueblo. Acaban de atrapar a alguien, un famoso mentiroso, un canalla disfrazado de profeta. El pueblo consulta con los sacerdotes su suerte y sus opiniones. En el templo debe anunciarse y esperar durante extensos minutos. Al parecer, nadie sabe que el sumo sacerdote lo reclama. Finalmente, le dicen que lo aguarda en su despacho. El prefecto camina sin escoltas hacia el fondo del templo por un pasillo de piedras grises, apenas iluminado por velas que ceden al fuego sus últimas falanges. Nadie más que él camina por el pasillo. El prefecto se siente solo, desprotegido y melancólico. El pasillo es húmedo y frío, parece no tener fin. El prefecto siente que desciende al subsuelo del templo. Las enormes puertas del despacho del sumo sacerdote se encuentran cerradas. El prefecto debe golpear una enorme manija sobre la robusta madera para anunciarse. La puerta derecha se abre con lentitud entre crujidos amenazantes. Ingresa a un enorme recinto sin ventanas, construido con piedras más grises y frías que las del pasillo. Una alfombra roja con bordes de oro se extiende desde la entrada hasta el centro del salón, en donde hay un enorme trono tapizado con cuero punzó coronado con adornos de oro. El sumo sacerdote aguarda al prefecto sentado en el trono. A su derecha yace un hombre parado, encadenado de pies y manos, la barba manchada de sangre seca, el pelo sucio de barro y de escupidas. Entre las magulladuras de su rostro esgrime una mirada estoica, serena y decidida que llama la atención del prefecto. - Gracias por acudir a mi llamado, Pilatos -el sumo sacerdote no se levanta para saludarlo. Agita suavemente una copa con vino tinto en su mano derecha-. - ¿Qué pretendes, Caifás? -el prefecto se muestra despectivo, serio y a la defensiva. Intenta exhibir todo su poder-. - ¿Dónde quedaron tus formalidades? -el sumo sacerdote quiere neutralizarlo con cinismo. Siente la confianza de una balanza que se inclina hacia su lado per se- No me saludas ni me pides que te presente a mi otro invitado. - No vine aquí a perder el tiempo. Dime qué quieres y deja que me marche cuanto antes. Caifás deja la copa en el apoyabrazos para agarrar por el pelo al hombre que tiene encadenado y semidesnudo a su lado, obligándolo a arquearse hasta ponerlo de rodillas. - Aquí está el hombre que se hace llamar Rey de los Judíos. Pilatos mantiene su postura indiferente. Encuentra una debilidad en su adversario, un exceso de interés y preocupación. - ¿Lo es? -pregunta devolviéndole la carga cínica que antes recibió. Luego se adelanta unos pasos hasta quedar frente al hombre y se dirige a él- ¿Lo eres? El hombre no responde. Lo mira con una mirada increíble, que saca de contexto la tensión de la escena, la frialdad del recinto, la lucha de poderes que se gesta. Lo mira con paz y amor en sus ojos, como si estuviera en un campo de bellas flores lleno de niños jugando y familias sentadas a la orilla de una río. Pilatos aparta la mirada. Caifás se pone nervioso cuando el prefecto se dirige a su prisionero. Pilatos se da cuenta y no deja pasar la oportunidad: - ¿Qué te pasa Caifás? Te noto nervioso. - Quiero que lo condenen cuanto antes -el sumo sacerdote se deja de rodeos y va al grano, exigiendo lo que pretende, la muerte como un capricho de poder-. El prefecto se extraña, no sabe qué condena pretende Caifás, pero, si lo mandó a llamar, debe ser algo grande. Prefiere dilatar la cuestión: - ¿Por qué habríamos de condenarlo? - Por mentirle a los ciudadanos -responde sin dudarlo ni un instante. Como si eso alcanzara para llevar a cabo un asesinato institucionalizado-. - Mentir no es causa de condena -Pilatos lo contradice. No pretende usar su imagen para dar muerte sin razón-. Si así fuera, muchos estarían condenados y tú serías seguramente un prófugo. Si este hombre no ha robado ni asesinado... - Pretende ocupar nuestro lugar y distribuir nuestros privilegios -Caifás lo interrumpe nervioso, molesto, cediendo a la ira-. Pilatos mira un hombre cansado y golpeado, encadenado en un recinto frío y gris. - ¿De qué manera? ¿Tiene un ejército? - Le empaña la mente a los ciudadanos con sus mentiras. Se hace pasar por el Rey de los Judíos para decirles que todos son mesías -Caifás se pone vehemente. La irreverencia del hombre que finalmente logró capturar lo sacó de sus casillas durante mucho tiempo- ¡Que todos son hijos de Dios! Fomenta las insurrecciones y la puesta en duda de nuestros preceptos. - De acuerdo a lo que dices, es un líder honorable para el pueblo -el prefecto hiere con cada frase, encuentra el hueco en el orgullo del sumo sacerdote y ejerce presión. No entiende muy bien si lo hace por certeza o mero ataque. No le importa-. - Necesitamos un líder que se siente en nuestro trono, no un carpintero que hable en las montañas. - ¿Qué condena pretendes para este hombre? -pregunta Pilatos, cediendo por un momento a los argumentos de Caifás- - Quiero que sea crucificado -nuevamente, el sumo sacerdote no titubea. Al pronunciar la condena recupera la seguridad y la compostura que fue perdiendo paulatinamente con el transcurrir del diálogo-. - No puedo matar a un hombre por hablar con los ciudadanos -el prefecto vuelve a su postura. Le parecen increíbles la necedad y la cerrazón de su adversario-. - Sus palabras hacen peligrar nuestro orden. Palabras como si fueran ejércitos, palabras que reemplazan a su discurso, invirtiéndolo. Palabras que se reparten como parábolas, enseñanzas y ejemplos. - ¿Hace peligrar el orden que me obliga a cumplir con tus locuras? - El orden que te da el lugar que mereces y que te lo puede quitar si no estás a la altura de lo que ese orden manda. - No voy a asesinar a este hombre, Caifás - Pilatos refuerza su posición, intransigente. Pretende cerrar el dialogo cuanto antes. Quiere escapar de este recinto nefasto y perverso. - Pilatos, me parece que no entiendes cuál es exactamente la situación -el sumo sacerdote se levanta del sillón y camina hacia el prefecto con las manos escondidas en su túnica-. Déjamelo explicarte -extiende los puños cerrados frente a él y abre las manos, mostrando sobre sus palmas los elementos que sacó de su túnica-: su cruz o tu cruz. Pilatos se aleja tres pasos sin elegir ninguna de las cruces. - Dejemos que el pueblo lo decida -dice cabizbajo, sin terminar de firmar su sumisión a Caifás-. - Si eso tranquiliza tu conciencia, lo haremos a tu manera -el sumo sacerdote sonríe con maldad, se siente tranquilo-. El pueblo no cedió al parricidio libertario de sus palabras. El oído del pueblo está puesto en nuestros sermones. Pilatos está a punto de retirarse pero se detiene. Una pregunta lo aqueja: - ¿Qué pasa si es cierto? - ¿Qué? -Caifás no entiende o finge no entender para desentenderse de la pregunta- - ¿Qué ocurre si el hombre que tienes aquí es el Rey de los Judíos? Caifás reflexiona unos instantes, luego responde: - Con razón o no, mejor será que esté muerto. Vivo sería rey, muerto es un símbolo que se puede manejar. Tomaremos su imagen y la moldearemos a nuestra conveniencia. - Llévalo a mi palacio y congrega a los ciudadanos -dice Pilatos con melancolía. Le teme a Caifás más que a cualquier ejército que haya enfrentado en su vida-. - Muchas gracias por tus servicios, Pilatos -el sumo sacerdote vuelve a sonreír con maldad-. - Vete a la mierda, Caifás.

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Un lunes a la 1 de la tarde comenzó el punto cumbre de una guerra fría que llevaba semanas de miradas rencorosas, críticas despiadadas clavadas en la espalda y desesperados métodos de cortejo. Cristian y Ricardo, amigos desde la más temprana infancia, compañeros de clase de toda la vida, dejaron de hablarse al borde del egreso, cuando se dieron cuenta de que ambos disputaban el amor de la misma muchacha. María Cecilia se unió al curso en el último año, tras haberse mudado de Rosario, su ciudad natal, por motivos que sus padres jamás le expusieron con sinceridad. Enemistados al punto de la traición, la batalla que mantenían encuadrada en determinado protocolo detonó el lunes posterior al superclásico River-Boca, que los primeros ganaron por 2 a 1. Cristian, de River, del grupo de los festejantes, alardeaba de hombría y superioridad, hasta que Ricardo, de Boca, del grupo de los que aguantaban las cargadas a regañadientes, puso en duda su valor y el sobrepoder que le pregonaba a sus genitales. De las cargadas pasaron rápidamente a los insultos y a la discusión de quién era merecedor del amor de María Cecilia. A la 1 de la tarde, a la salida de la escuela, como su rencilla verbal no conducía a ningún lado más allá de la búsqueda del insulto más degradante, decidieron definir su rivalidad con un partido de fútbol. El ganador se quedaría con el amor de María Cecilia. Convinieron que el árbitro sería Diego, futuro estudiante de Derecho, fanático sufriente de Racing Club, imparcial amigo de ambos. Ricardo, hábil delantero de cabezazo letal, se fue a su barrio con bastante seguridad. Cristian, defensor rústico, experto bartolero, salió dudoso a golpear puertas para conseguir los cuatro jugadores que necesitaba para armar el equipo.
Novelapp es una aplicación literaria que propone un juego entre el lector y la obra. Las narraciones se piensan de acuerdo la lógica interactiva de las aplicaciones, desde desarrollar la trama a través de hipervínculos hasta utilizar el mapa de Google para leer la historia. El lector tendrá que descubrir cómo continúa la obra. - Hay equipo: Cristian está a punto de jugar el partido de fútbol de su vida y tiene cuatro horas para armar el mejor equipo posible. - El Pozo: Un día cualquiera, durante el almuerzo, Hernán decidió comenzar a cavar un pozo en el patio de su casa para llegar al otro lado del planeta. Le dijo Elizondo a Zidane: El Tío Sam nos ordenó, amenazando con democratizarnos si no le hacemos caso: Aquí el código QR para que la descarguen ya ya ya mismo: Y el link de Google Play: https://play.google.com/store/apps/details?id=com.mobincube.android.sc_JA8D3