Un lunes a la 1 de la tarde comenzó el punto cumbre de una guerra fría que llevaba semanas de miradas rencorosas, críticas despiadadas clavadas en la espalda y desesperados métodos de cortejo.
Cristian y Ricardo, amigos desde la más temprana infancia, compañeros de clase de toda la vida, dejaron de hablarse al borde del egreso, cuando se dieron cuenta de que ambos disputaban el amor de la misma muchacha. María Cecilia se unió al curso en el último año, tras haberse mudado de Rosario, su ciudad natal, por motivos que sus padres jamás le expusieron con sinceridad.
Enemistados al punto de la traición, la batalla que mantenían encuadrada en determinado protocolo detonó el lunes posterior al superclásico River-Boca, que los primeros ganaron por 2 a 1. Cristian, de River, del grupo de los festejantes, alardeaba de hombría y superioridad, hasta que Ricardo, de Boca, del grupo de los que aguantaban las cargadas a regañadientes, puso en duda su valor y el sobrepoder que le pregonaba a sus genitales.
De las cargadas pasaron rápidamente a los insultos y a la discusión de quién era merecedor del amor de María Cecilia.
A la 1 de la tarde, a la salida de la escuela, como su rencilla verbal no conducía a ningún lado más allá de la búsqueda del insulto más degradante, decidieron definir su rivalidad con un partido de fútbol. El ganador se quedaría con el amor de María Cecilia.
Convinieron que el árbitro sería Diego, futuro estudiante de Derecho, fanático sufriente de Racing Club, imparcial amigo de ambos.
Ricardo, hábil delantero de cabezazo letal, se fue a su barrio con bastante seguridad.
Cristian, defensor rústico, experto bartolero, salió dudoso a golpear puertas para conseguir los cuatro jugadores que necesitaba para armar el equipo.