Caifás
por Hernán D'Ambrosio
Y Caifás era el que había aconsejado a los judíos que convenía que un hombre muriera por el pueblo.
Juan 18:14
El mensajero entrega una orden disfrazada de invitación. El sumo sacerdote lo convoca cuanto antes. El prefecto, sabiendo lo que implica el retraso, acude inmediatamente.
Caminando por la calle escucha el murmullo del pueblo. Acaban de atrapar a alguien, un famoso mentiroso, un canalla disfrazado de profeta. El pueblo consulta con los sacerdotes su suerte y sus opiniones.
En el templo debe anunciarse y esperar durante extensos minutos. Al parecer, nadie sabe que el sumo sacerdote lo reclama. Finalmente, le dicen que lo aguarda en su despacho. El prefecto camina sin escoltas hacia el fondo del templo por un pasillo de piedras grises, apenas iluminado por velas que ceden al fuego sus últimas falanges.
Nadie más que él camina por el pasillo. El prefecto se siente solo, desprotegido y melancólico. El pasillo es húmedo y frío, parece no tener fin. El prefecto siente que desciende al subsuelo del templo.
Las enormes puertas del despacho del sumo sacerdote se encuentran cerradas. El prefecto debe golpear una enorme manija sobre la robusta madera para anunciarse. La puerta derecha se abre con lentitud entre crujidos amenazantes.
Ingresa a un enorme recinto sin ventanas, construido con piedras más grises y frías que las del pasillo. Una alfombra roja con bordes de oro se extiende desde la entrada hasta el centro del salón, en donde hay un enorme trono tapizado con cuero punzó coronado con adornos de oro.
El sumo sacerdote aguarda al prefecto sentado en el trono. A su derecha yace un hombre parado, encadenado de pies y manos, la barba manchada de sangre seca, el pelo sucio de barro y de escupidas. Entre las magulladuras de su rostro esgrime una mirada estoica, serena y decidida que llama la atención del prefecto.
- Gracias por acudir a mi llamado, Pilatos -el sumo sacerdote no se levanta para saludarlo. Agita suavemente una copa con vino tinto en su mano derecha-.
- ¿Qué pretendes, Caifás? -el prefecto se muestra despectivo, serio y a la defensiva. Intenta exhibir todo su poder-.
- ¿Dónde quedaron tus formalidades? -el sumo sacerdote quiere neutralizarlo con cinismo. Siente la confianza de una balanza que se inclina hacia su lado per se- No me saludas ni me pides que te presente a mi otro invitado.
- No vine aquí a perder el tiempo. Dime qué quieres y deja que me marche cuanto antes.
Caifás deja la copa en el apoyabrazos para agarrar por el pelo al hombre que tiene encadenado y semidesnudo a su lado, obligándolo a arquearse hasta ponerlo de rodillas.
- Aquí está el hombre que se hace llamar Rey de los Judíos.
Pilatos mantiene su postura indiferente. Encuentra una debilidad en su adversario, un exceso de interés y preocupación.
- ¿Lo es? -pregunta devolviéndole la carga cínica que antes recibió. Luego se adelanta unos pasos hasta quedar frente al hombre y se dirige a él- ¿Lo eres?
El hombre no responde. Lo mira con una mirada increíble, que saca de contexto la tensión de la escena, la frialdad del recinto, la lucha de poderes que se gesta. Lo mira con paz y amor en sus ojos, como si estuviera en un campo de bellas flores lleno de niños jugando y familias sentadas a la orilla de una río. Pilatos aparta la mirada.
Caifás se pone nervioso cuando el prefecto se dirige a su prisionero. Pilatos se da cuenta y no deja pasar la oportunidad:
- ¿Qué te pasa Caifás? Te noto nervioso.
- Quiero que lo condenen cuanto antes -el sumo sacerdote se deja de rodeos y va al grano, exigiendo lo que pretende, la muerte como un capricho de poder-.
El prefecto se extraña, no sabe qué condena pretende Caifás, pero, si lo mandó a llamar, debe ser algo grande. Prefiere dilatar la cuestión:
- ¿Por qué habríamos de condenarlo?
- Por mentirle a los ciudadanos -responde sin dudarlo ni un instante. Como si eso alcanzara para llevar a cabo un asesinato institucionalizado-.
- Mentir no es causa de condena -Pilatos lo contradice. No pretende usar su imagen para dar muerte sin razón-. Si así fuera, muchos estarían condenados y tú serías seguramente un prófugo. Si este hombre no ha robado ni asesinado...
- Pretende ocupar nuestro lugar y distribuir nuestros privilegios -Caifás lo interrumpe nervioso, molesto, cediendo a la ira-.
Pilatos mira un hombre cansado y golpeado, encadenado en un recinto frío y gris.
- ¿De qué manera? ¿Tiene un ejército?
- Le empaña la mente a los ciudadanos con sus mentiras. Se hace pasar por el Rey de los Judíos para decirles que todos son mesías -Caifás se pone vehemente. La irreverencia del hombre que finalmente logró capturar lo sacó de sus casillas durante mucho tiempo- ¡Que todos son hijos de Dios! Fomenta las insurrecciones y la puesta en duda de nuestros preceptos.
- De acuerdo a lo que dices, es un líder honorable para el pueblo -el prefecto hiere con cada frase, encuentra el hueco en el orgullo del sumo sacerdote y ejerce presión. No entiende muy bien si lo hace por certeza o mero ataque. No le importa-.
- Necesitamos un líder que se siente en nuestro trono, no un carpintero que hable en las montañas.
- ¿Qué condena pretendes para este hombre? -pregunta Pilatos, cediendo por un momento a los argumentos de Caifás-
- Quiero que sea crucificado -nuevamente, el sumo sacerdote no titubea. Al pronunciar la condena recupera la seguridad y la compostura que fue perdiendo paulatinamente con el transcurrir del diálogo-.
- No puedo matar a un hombre por hablar con los ciudadanos -el prefecto vuelve a su postura. Le parecen increíbles la necedad y la cerrazón de su adversario-.
- Sus palabras hacen peligrar nuestro orden.
Palabras como si fueran ejércitos, palabras que reemplazan a su discurso, invirtiéndolo. Palabras que se reparten como parábolas, enseñanzas y ejemplos.
- ¿Hace peligrar el orden que me obliga a cumplir con tus locuras?
- El orden que te da el lugar que mereces y que te lo puede quitar si no estás a la altura de lo que ese orden manda.
- No voy a asesinar a este hombre, Caifás - Pilatos refuerza su posición, intransigente. Pretende cerrar el dialogo cuanto antes. Quiere escapar de este recinto nefasto y perverso.
- Pilatos, me parece que no entiendes cuál es exactamente la situación -el sumo sacerdote se levanta del sillón y camina hacia el prefecto con las manos escondidas en su túnica-. Déjamelo explicarte -extiende los puños cerrados frente a él y abre las manos, mostrando sobre sus palmas los elementos que sacó de su túnica-: su cruz o tu cruz.
Pilatos se aleja tres pasos sin elegir ninguna de las cruces.
- Dejemos que el pueblo lo decida -dice cabizbajo, sin terminar de firmar su sumisión a Caifás-.
- Si eso tranquiliza tu conciencia, lo haremos a tu manera -el sumo sacerdote sonríe con maldad, se siente tranquilo-. El pueblo no cedió al parricidio libertario de sus palabras. El oído del pueblo está puesto en nuestros sermones.
Pilatos está a punto de retirarse pero se detiene. Una pregunta lo aqueja:
- ¿Qué pasa si es cierto?
- ¿Qué? -Caifás no entiende o finge no entender para desentenderse de la pregunta-
- ¿Qué ocurre si el hombre que tienes aquí es el Rey de los Judíos?
Caifás reflexiona unos instantes, luego responde:
- Con razón o no, mejor será que esté muerto. Vivo sería rey, muerto es un símbolo que se puede manejar. Tomaremos su imagen y la moldearemos a nuestra conveniencia.
- Llévalo a mi palacio y congrega a los ciudadanos -dice Pilatos con melancolía. Le teme a Caifás más que a cualquier ejército que haya enfrentado en su vida-.
- Muchas gracias por tus servicios, Pilatos -el sumo sacerdote vuelve a sonreír con maldad-.
- Vete a la mierda, Caifás.
por Hernán D'Ambrosio
Y Caifás era el que había aconsejado a los judíos que convenía que un hombre muriera por el pueblo.
Juan 18:14
El mensajero entrega una orden disfrazada de invitación. El sumo sacerdote lo convoca cuanto antes. El prefecto, sabiendo lo que implica el retraso, acude inmediatamente.
Caminando por la calle escucha el murmullo del pueblo. Acaban de atrapar a alguien, un famoso mentiroso, un canalla disfrazado de profeta. El pueblo consulta con los sacerdotes su suerte y sus opiniones.
En el templo debe anunciarse y esperar durante extensos minutos. Al parecer, nadie sabe que el sumo sacerdote lo reclama. Finalmente, le dicen que lo aguarda en su despacho. El prefecto camina sin escoltas hacia el fondo del templo por un pasillo de piedras grises, apenas iluminado por velas que ceden al fuego sus últimas falanges.
Nadie más que él camina por el pasillo. El prefecto se siente solo, desprotegido y melancólico. El pasillo es húmedo y frío, parece no tener fin. El prefecto siente que desciende al subsuelo del templo.
Las enormes puertas del despacho del sumo sacerdote se encuentran cerradas. El prefecto debe golpear una enorme manija sobre la robusta madera para anunciarse. La puerta derecha se abre con lentitud entre crujidos amenazantes.
Ingresa a un enorme recinto sin ventanas, construido con piedras más grises y frías que las del pasillo. Una alfombra roja con bordes de oro se extiende desde la entrada hasta el centro del salón, en donde hay un enorme trono tapizado con cuero punzó coronado con adornos de oro.
El sumo sacerdote aguarda al prefecto sentado en el trono. A su derecha yace un hombre parado, encadenado de pies y manos, la barba manchada de sangre seca, el pelo sucio de barro y de escupidas. Entre las magulladuras de su rostro esgrime una mirada estoica, serena y decidida que llama la atención del prefecto.
- Gracias por acudir a mi llamado, Pilatos -el sumo sacerdote no se levanta para saludarlo. Agita suavemente una copa con vino tinto en su mano derecha-.
- ¿Qué pretendes, Caifás? -el prefecto se muestra despectivo, serio y a la defensiva. Intenta exhibir todo su poder-.
- ¿Dónde quedaron tus formalidades? -el sumo sacerdote quiere neutralizarlo con cinismo. Siente la confianza de una balanza que se inclina hacia su lado per se- No me saludas ni me pides que te presente a mi otro invitado.
- No vine aquí a perder el tiempo. Dime qué quieres y deja que me marche cuanto antes.
Caifás deja la copa en el apoyabrazos para agarrar por el pelo al hombre que tiene encadenado y semidesnudo a su lado, obligándolo a arquearse hasta ponerlo de rodillas.
- Aquí está el hombre que se hace llamar Rey de los Judíos.
Pilatos mantiene su postura indiferente. Encuentra una debilidad en su adversario, un exceso de interés y preocupación.
- ¿Lo es? -pregunta devolviéndole la carga cínica que antes recibió. Luego se adelanta unos pasos hasta quedar frente al hombre y se dirige a él- ¿Lo eres?
El hombre no responde. Lo mira con una mirada increíble, que saca de contexto la tensión de la escena, la frialdad del recinto, la lucha de poderes que se gesta. Lo mira con paz y amor en sus ojos, como si estuviera en un campo de bellas flores lleno de niños jugando y familias sentadas a la orilla de una río. Pilatos aparta la mirada.
Caifás se pone nervioso cuando el prefecto se dirige a su prisionero. Pilatos se da cuenta y no deja pasar la oportunidad:
- ¿Qué te pasa Caifás? Te noto nervioso.
- Quiero que lo condenen cuanto antes -el sumo sacerdote se deja de rodeos y va al grano, exigiendo lo que pretende, la muerte como un capricho de poder-.
El prefecto se extraña, no sabe qué condena pretende Caifás, pero, si lo mandó a llamar, debe ser algo grande. Prefiere dilatar la cuestión:
- ¿Por qué habríamos de condenarlo?
- Por mentirle a los ciudadanos -responde sin dudarlo ni un instante. Como si eso alcanzara para llevar a cabo un asesinato institucionalizado-.
- Mentir no es causa de condena -Pilatos lo contradice. No pretende usar su imagen para dar muerte sin razón-. Si así fuera, muchos estarían condenados y tú serías seguramente un prófugo. Si este hombre no ha robado ni asesinado...
- Pretende ocupar nuestro lugar y distribuir nuestros privilegios -Caifás lo interrumpe nervioso, molesto, cediendo a la ira-.
Pilatos mira un hombre cansado y golpeado, encadenado en un recinto frío y gris.
- ¿De qué manera? ¿Tiene un ejército?
- Le empaña la mente a los ciudadanos con sus mentiras. Se hace pasar por el Rey de los Judíos para decirles que todos son mesías -Caifás se pone vehemente. La irreverencia del hombre que finalmente logró capturar lo sacó de sus casillas durante mucho tiempo- ¡Que todos son hijos de Dios! Fomenta las insurrecciones y la puesta en duda de nuestros preceptos.
- De acuerdo a lo que dices, es un líder honorable para el pueblo -el prefecto hiere con cada frase, encuentra el hueco en el orgullo del sumo sacerdote y ejerce presión. No entiende muy bien si lo hace por certeza o mero ataque. No le importa-.
- Necesitamos un líder que se siente en nuestro trono, no un carpintero que hable en las montañas.
- ¿Qué condena pretendes para este hombre? -pregunta Pilatos, cediendo por un momento a los argumentos de Caifás-
- Quiero que sea crucificado -nuevamente, el sumo sacerdote no titubea. Al pronunciar la condena recupera la seguridad y la compostura que fue perdiendo paulatinamente con el transcurrir del diálogo-.
- No puedo matar a un hombre por hablar con los ciudadanos -el prefecto vuelve a su postura. Le parecen increíbles la necedad y la cerrazón de su adversario-.
- Sus palabras hacen peligrar nuestro orden.
Palabras como si fueran ejércitos, palabras que reemplazan a su discurso, invirtiéndolo. Palabras que se reparten como parábolas, enseñanzas y ejemplos.
- ¿Hace peligrar el orden que me obliga a cumplir con tus locuras?
- El orden que te da el lugar que mereces y que te lo puede quitar si no estás a la altura de lo que ese orden manda.
- No voy a asesinar a este hombre, Caifás - Pilatos refuerza su posición, intransigente. Pretende cerrar el dialogo cuanto antes. Quiere escapar de este recinto nefasto y perverso.
- Pilatos, me parece que no entiendes cuál es exactamente la situación -el sumo sacerdote se levanta del sillón y camina hacia el prefecto con las manos escondidas en su túnica-. Déjamelo explicarte -extiende los puños cerrados frente a él y abre las manos, mostrando sobre sus palmas los elementos que sacó de su túnica-: su cruz o tu cruz.
Pilatos se aleja tres pasos sin elegir ninguna de las cruces.
- Dejemos que el pueblo lo decida -dice cabizbajo, sin terminar de firmar su sumisión a Caifás-.
- Si eso tranquiliza tu conciencia, lo haremos a tu manera -el sumo sacerdote sonríe con maldad, se siente tranquilo-. El pueblo no cedió al parricidio libertario de sus palabras. El oído del pueblo está puesto en nuestros sermones.
Pilatos está a punto de retirarse pero se detiene. Una pregunta lo aqueja:
- ¿Qué pasa si es cierto?
- ¿Qué? -Caifás no entiende o finge no entender para desentenderse de la pregunta-
- ¿Qué ocurre si el hombre que tienes aquí es el Rey de los Judíos?
Caifás reflexiona unos instantes, luego responde:
- Con razón o no, mejor será que esté muerto. Vivo sería rey, muerto es un símbolo que se puede manejar. Tomaremos su imagen y la moldearemos a nuestra conveniencia.
- Llévalo a mi palacio y congrega a los ciudadanos -dice Pilatos con melancolía. Le teme a Caifás más que a cualquier ejército que haya enfrentado en su vida-.
- Muchas gracias por tus servicios, Pilatos -el sumo sacerdote vuelve a sonreír con maldad-.
- Vete a la mierda, Caifás.