Writerman
Usuario (Argentina)
Habitación número 13 (por Writerman) Necesitaba descansar. Luego de un largo viaje de doce horas en un arruinado colectivo de larga distancia- el cual él conducía -, llegó a Retiro, y no pensaba en otra cosa más que en darse un baño y dejarse caer en una cama por largas horas antes de tener que partir nuevamente. El hotel que le asignaba la empresa de transportes era siempre el mismo, un lúgubre bastión de almas perdidas que rondan la noche porteña. Nada ideal para alguien que busque lujo y confort, pero él sólo necesitaba cerrar sus párpados y no pensar más en nada ni en nadie. El encargado del hotel, que ya lo conocía, le entregó la llave de la habitación número trece. El número ya le daba mala espina. Aunque no era supersticioso, pero algo parecido a una premonición lo puso nervioso y no quería tener que perder el sueño por un desafortunado mito urbano. Con sus ojos rojos, producto de las largas horas de exposición a las luces de los autos de la ruta que siempre lo encandilaban y de lo cual siempre se quejaba – no entendía cómo podía haber tantos idiotas que circularan todo el tiempo con las luces altas y, pero aún, los imbéciles que ponían los rompe nieblas cuando no había siquiera un minúsculo atisbo de ello – le pidió al viejo Norris que si le podía dar alguna otra. Éste, al que se lo veía preocupado, como muy ido en su fuero interno, le dijo que no, en un tono amistoso pero firme – característico de su acostumbrado trato con toda clase de personajes recios que la noche atraía- mientras miraba como al pasar al parque de enfrente, en donde un hombre con una maleta como de máquina de escribir, se encontraba sentado en uno de los bancos. - ¿Todo anda bien señor Norris? – le preguntó él, que ya se sentía demasiado cansado como para insistir, pero que a la vez notaba la mirada extrañada y un tanto fuera de foco que el viejo tenía en ese momento. - Si, todo está bien, todo está bien… – respondió el viejo, como cuando uno está en modo automático mientras cavila otras cuestiones. Sin más demoras, tomó las llaves y comenzó a subir por la angosta y derruida escalera mugrienta para tomar su merecido descanso, mientras, veía que una bella chica y un hombre de saco gastado al estilo bohemio entraban a pedirse otra habitación. En ese momento, escuchó al viejo Norris decir: - La catorce. Y pensó: espero que estos dos me dejen dormir tranquilo esta noche. Ya veía los indicios de sus malditas premoniciones hacerse realidad. El olor a humedad de las paredes sudorosas revestidas con un asqueroso empapelado añejo y de mal gusto, lo ponían de mal humor. Pero no con el suficiente como para interrumpir su rutina de aseo que tanto venía ansiando desde que bajó al playón de estacionamiento en Retiro. Ya desnudo y a punto de entrar al baño, comienza a sentir unos leves golpeteos rítmicos en la pared contigua. Al parecer, la parejita feliz había comenzado con su faena animal. Como un flash le vino a la mente la hija del viejo Norris. Era una chica de baja estatura, como su padre, no recordaba si se llamaba Carla, Clara, o algo por el estilo, tenía buenos pechos y una cara pálida que se hacía aún más blanca por su pelo rubio y tan lacio que parecía estar pegado a su cara todo el tiempo. Ahora, ya limpio y relajado, se dejó llevar por las fuerzas del más allá para caer en esa especie de coma profundo que inevitablemente lo estaba esperando. Como por arte de magia, ahora se encontraba en un campo verde, uno de los tantos que suele ver en las largar rutas argentinas en cada uno de sus viajes. Pero lo afortunado era que estaba acompañado por la pechugona de Claudia Norris, ah… sí, de repente se acordaba su nombre, y ella lo miraba con ganas de todo. Él le acariciaba un pecho mientras ella se reía y lo instaba a seguir. Jugaban y se ponían cada vez más ardientes, al punto de verse desnudos y entrelazados por sus carnes tibias regadas de sol, un sol brillante que se iba poniendo cada vez más blanco, tanto como las luces de un faro que encandila al mirarse. El día se transformaba en noche y Claudia ya no era Claudia, era la chica del catorce. Y el escenario ya no era el campo verde, sino una oscura plaza de ciudad ocupada por prostitutas y traficantes. Su corazón latía rápido y la extraña chica desconocida lo arrastraba del brazo en dirección a donde se encontraba un hombre con un gamulán gastado que le inspiraba su mayor desconfianza. Él comenzaba a desesperarse y quería salir corriendo, pero la chica se lo impedía. Cuando escucha un ruido ensordecedor y se despertó súbitamente, todo sudado y con palpitaciones angustiantes. Todo vuelve a la normalidad. Está en la inmunda habitación, solo. Se levanta y se dirige al baño para mojarse la cara y limpiarse la transpiración. Aún no tiene idea de lo que pasó, está un tanto aturdido por el sobresalto. Vuelve a la cama y se sienta al borde para respirar lento y profundo por unos segundos. Decide bajar y tratar de entender algo. Al llegar a la recepción, ve al viejo Norris abrazado por un sujeto que se encontraba llorando desconsoladamente. No quiere interrumpir la escena. Ve que la puerta de la habitación número cuatro del pasillo de planta baja se encuentra abierta, Sospecha que el sujeto sollozante salió de allí. No comprende del todo pero imagina los hechos. Advierte el olor a pólvora. Pregunta: - ¿Todo anda bien señor Norris? - Ahora, todo anda mejor, todo anda mejor – contesta el viejo, pero esta vez ya no perdido en sus cavilaciones, sino, con una suerte de paz interior que tranquiliza a quien lo escucha. Decide no hacer más preguntas y vuelve a subir a su habitación número trece, para intentar conciliar el sueño y, tal vez, reencontrarse con Claudia o con alguna otra que le sirva de compañía ideal. De todos modos, ya se sentía mejor, las premonitorias asociaciones ya no existían, y haber visto a ese otro en peores condiciones anímicas que él, por esas cosas que tenemos los humanos, le habían causado una sensación de menor desgracia respecto de su mediocre vida y lo absurdo de creer en la fantasiosa numerología. No sabía cuanto había dormido antes del abrupto despertar, pero en la catorce no se escuchaba más nada. Ahora sí podría descansar. También quiero invitarlos a participar de la comunidad de escritores imperfectos, llamada. Escritura Imperfecta. Sin más. Gracias por haber leído este texto. Acá dejo el link de la comunidad:http://www.taringa.net/comunidades/escrituraimperfecta/ Este texto está basado en el resto de los anteriormente publicados en esta comunidad llamados Habitación número, 14, 15 y 4. de Guada_82, Ninchdails y Cocuy respectivamente. Además usé el texto llamado La hija del viejo Norris, escrito por zapatodecuerina para crear dos de los personajes. Gracias a todos ellos por sus textos.
Un encuentro con mi Destino. (por Writerman) Dos meses en el exilio he pasado. Todo comenzó un día de soledad en que iba caminando por una calle céntrica de mi ciudad. Preguntándome, entre toda esa gente, por qué estaba solo, sin pareja, sin un amor a quién amar. Parece que alguien (o algo) escuchó ese pedido, esa plegaria, porque al día siguiente ya estaba enamorado, rumbo a un viaje que aún no termina, y sospecho que nunca terminará mientras yo siga con vida. El Destino me sorprende cada vez más con sus tretas, sus jugarretas, sus movimientos mágicos, casi de prestidigitador. Parece que siempre tiene un As bajo la manga, que nunca podré ganarle ninguna partida. Él siempre sabe mi futuro, mi camino, mis movimientos, él lo sabe todo. O… tal vez no. Quizá sea sólo un buen jugador, un algo que tiene la virtud de asestar sobre mi próxima decisión, aparentado estar siempre un paso adelante, riéndose de mí en cada asalto, riéndose de mi cara de sorpresa, de estupor, de atónito frente a sucesos incomprensibles para mi intelecto, para mi conciencia. Después de siete años, siete malditos años de mi vida, una mujer, una Diosa propia o, My Goddess, como yo le decía. Desde aquella mirada que le propiné a sus enormes tetas sin siquiera conocerla, así, en la primera cita que no era una cita convencional, sino, una cita con el Destino, con mi Destino. Que en ese momento estaría riéndose en mi cara, gozando con las increíbles sensaciones que mi cuerpo no conocía hasta ese preciso instante. Era amor. Luego de mirarle las tetas, miré a la cara que me hablaba. Se estaba presentando y, era raro, era como si yo ya supiera todo lo que me iba a pasar junto a ella, y por eso todo mi condenado sufrimiento desde ese día. La cosa empezó mal. No me cayó para nada bien su actitud de superioridad. Aunque ahora sé que no era superioridad de parte de ella, sino mi estúpida forma de ver a la gente que admiro por algún motivo, aunque no sepa por qué las admiro. Es como ver a un lucero brillar intensamente y no aceptar que brilla más que uno. Claro que no todos los brillos se miden por intensidades, sino que depende de quién los mire. Pero ella era mi lucero preferido. Un nuevo movimiento universal había alineado los planetas y todo estaba en una perfecta posición favorable, como pocas veces me ha pasado en la vida. Yo estaba en el lugar justo, en el momento prefijado por mi Destino, para luego poder él cantarme el jaque mate, mostrándome su indómito ego. Unos besos y algunas caricias, sólo con eso me dejó durante siete años, para que no la olvidara y no pueda amar a ninguna otra. Fue como si hubiera roto un espejo y hubiese sido condenado por esos años de mala suerte. Pero todos esos pensamientos cambiaron una vez vencido el plazo de mi maldición. Y siete años después la vuelvo a encontrar, tan sola como yo antes de conocerla, y mi escudo protector me hizo guardar la calma, mantenerme sin emociones excesivas frente a ella para no ponerme en evidencia. Yo sabía a lo que me enfrentaba, era mi Destino, no había dudas de ello. Y ahí fui, a su encuentro, guardándome todos mis miedos, no escuchando a mi conciencia, dejando que las cosas sucedan. Así viajé doce mil kilómetros para estar a su lado, en lo que fue la experiencia más desbordante de mi efímera vida durante dos meses. España-Bilbao, ese fue el lugar. Y en el aeropuerto de esa bella ciudad nos reencontramos. Sin palabras de por medio, no había nada que decir, no podíamos decirnos nada, sólo mirarnos fijamente a los ojos mientras caminábamos apresuradamente, casi corriendo, esos veinte o treinta metros que nos separaban, hasta suprimir el espacio entre los dos y besarnos intensamente durante varios minutos antes de volver a respirar. Era mi media naranja, el resto de mi alma que me habían extirpado antes de nacer como al resto de los mortales para que no seamos Dioses ni Dáimones, simplemente humanos que sufren la falta, la incompletud, la búsqueda. Fue así como creí estar completo, entero, sin falta y sin más nada que buscar, y ese, mis estimados lectores, fue mi mayor error. El Destino me tenía preparado grandes eventos para ese viaje que marcarían mis pensamientos futuros, tal vez como una forma de decirme, ordenarme lo que tengo que pensar, y el camino que deberé tomar según él me lo indique. Por eso digo que él siempre tiene la sartén por el mango, y nosotros somos esa sartén. El Destino nos dice esporádicamente lo que necesitamos saber para no desviarnos del camino que nos tiene preparado, según como tira sus dados (siempre cargados seguramente). Mostrándonoslo con momentos que son como postas, que nos hacen ir irremediablemente hasta la próxima posta que él creará. Momentos indiscutibles cuando uno se pone a revisar el trayecto de su vida, y dice, ¿qué hubiese pasado si no hubiera…? ¿…o si hubiera…? Para los que no quieran quedarse con la duda de cómo me fue con la chica, he de decirles que nada bien, si bien el idilio duró unos cuantos meses desde el momento del reencuentro hasta que nos dijimos chau por última vez. No creo haber estado preparado para tener una chica como ella, Por lo que todo volvió a ser como antes. Ahora me siento un simple mortal, nuevamente incompleto y a expensas de mi próxima posta que, lamentablemente, uno nunca sabe con exactitud cuál será, ese punto de no retorno, y así vemos la vida como una carrera en la que la meta de llegada es la muerte, ahí es donde se termina todo lo humano. Tal vez allí también empiece algo nuevo y distinto, pero no hay que apresurarse para saberlo. Este relato también fue publicado en la comunidad de taringa llamada "Escritura Imperfecta", a la cual te invito a participar. Y gracias por tu tiempo. Acá te dejo el link para que pases y compartas tus escritos o sólo disfrutes de los de los demás.
Seres Anónimos Virtuales (Por Writerman) Si estás leyendo esto, entonces quiere decir que, por lo menos sos un Ser Virtual. Tal vez seas nuevo en esto de Taringa, tal vez sos de los primeros o, como yo, ni una cosa ni la otra. Hace ya varios meses que vengo usando esta red social, en donde uno comparte cosas con aquellos que, por cuestiones del destino, dieron con la palabra clave que vos utilizaste para designar alguno de tus posts. O, simplemente coincidió que entraron en Taringa en el momento en que vos acababas de postear y el título les llamó la atención. Con un poco de suerte, si sos NFU o tenés algún rango que te permite comentar en todos los posts, podés dar tu opinión para que otros la vean, y ahí ya estás un paso más adentro de lo que significa ser un Ser Virtual, por supuesto que siendo Novato también podés mandar MPs para opinar, pero esta opción limita bastante a la hora de ser parte de la red social en su totalidad, Aunque sí podés comentar en los posts de otros novatos. Pero no estoy acá para hablar de los rangos ni nada de eso. Vos lector y yo posteador, estamos compartiendo un tiempo juntos, tiempo que yo ya gasté mientras pensaba, escribía, producía y editaba esto, para que vos que lo estás leyendo, gastes tu tiempo en este preciso instante y, así, compartamos este “tiempo virtual” que nos hace formar parte de esta red social, sea cual fuere tu rango y sea cual fuere la razón por la que todavía seguís leyéndome. Como escuché decir a Cortázar en un audiolibro que bajé hace poco: “…todo es distante y diferente, y… y parece inconciliable, y a la vez todo se da simultáneamente en este momento, que todavía no existe para mí, y que es sin embargo el momento en que usted escucha estas palabras que yo grabé en el pasado, es decir, en un tiempo que para mí ahora es el futuro…”. Pero así y todo, podemos dialogar en esta red. Desde el momento en que vos me dejás un comentario en algún post o me madás un MP ya pasamos a ser parte de esta red social, es ahí, después de haber dado ese primer paso, que podremos llegar a tener alguna especie de diálogo. Antes de ser Seres Virtuales somos Seres Humanos, y el dialogar es lo que nos diferencia del resto de las especies animales. Y es lo que sucede en este dialogar de lo que voy a hablar acá. Una vez que comenzamos un diálogo estamos interactuando, pero por el momento lo haremos como Seres Virtuales y, tal vez, nunca pasemos de esa fase. Luego, teniendo en cuenta esta virtualidad, pasamos a tener otra existencia dentro de esta red social, una existencia que podrá ser totalmente anónima. Y, de ser así, es cuando nos convertimos en Seres Anónimos además de Virtuales. Pero esto no es todo. Es en este mundo anónimo virtual que nos relacionamos y nos “conocemos”, compartimos ideas y momentos de nuestras vidas, que son momentos reales, porque aunque nunca hables con nadie, de los que te rodean en tu vida física, sobre estos momentos y te los guardes para vos solo, ya pasaste un tiempo viendo, leyendo o escuchando algo que un Ser (para vos Virtual) hizo. En lo personal de mi vida virtual acá en Taringa, he “conocido” (en el sentido virtual de la palabra) a algunos Seres Anónimos Virtuales con los que he compartido ideas, proyectos y hasta diferencias y discusiones, aclarando que, en este caso, me refiero a diferencias y discusiones constructivas, no agresivas. Acá casi nadie da su nombre, todos usamos seudónimos, acá valemos por nuestras palabras, por lo que decimos y aportamos, tal es así que en el mundo físico podemos ser, tal vez, personas consideradas por otros como “importantes”, pero acá, con nuestros seudónimos, somos sólo lo que decimos y producimos. Partiendo de ese concepto, todos en esta sociedad virtual estamos, inicialmente, con las mismas posibilidades. Luego serán nuestros intereses y nuestros distintos niveles de abstracción los que nos vinculen o desvinculen; pero para llegar a formar parte de un momento de interacción, sí o sí, deberemos tener algo que nos relacione, algo en común. Cuando encontramos ese algo, comienzan las interrogantes, ¿Quién será esta persona?, ¿Con quién estoy hablando?, ¿Serán verdaderos sus datos?, ¿Vive en Canadá como dice? En lo particular, hasta el momento, nunca me atreví a preguntarle a ninguno de estos Seres Anónimos Virtuales si sus datos eran ciertos, lo que sí me pasa a veces con algunos/as, es que me parecen Seres con los que me gustaría compartir momentos en la vida física, ya sea una charla con una cerveza de por medio, o un buen café, o asistir a un concierto de Devin Townsend (quien es mi músico preferido), o juntarnos y jugar con una consola de videos o con un ajedrez de cartón y plástico, o hacer el amor si hay atracción sexual, da igual. A lo que me refiero es al vínculo que en ocasiones se genera y hace que queramos salirnos de lo virtual y pasar a formar parte de lo físico (digo Físico, refiriéndome a lo “real”, en oposición a lo Virtual, que tampoco deja de ser “real”, por eso, para distinguir estas dos realidades uso los términos Virtual por un lado, y Físico por el otro). Sé que hay juntadas de taringueros en muchas partes del globo y que comparten asados y otras experiencias interesantes pero, este escrito va dirigido, más bien, a aquellos Seres Anónimos Virtuales que aún no pudieron encontrarse en la vida física y, tal vez, nunca lo hagan. Por ejemplo: puede darse que una persona con la que te gustaría encontrarte en la vida física viva en otro país u otro continente, por lo que si no disponés de los medios económicos para semejante travesía, el encuentro quede imposibilitado; también puede darse que alguno de los dos, o, incluso los dos, no quieran revelar sus identidades bajo ningún concepto y, así, por más ganas que posean de conocerse, nunca se lo permitan. Verdad es que esta virtualidad anónima nos priva del contacto físico, pero por otro lado, un Ser Anónimo Virtual podría revelar muchos, si no todos, los secretos más íntimos de su vida y nunca ser reconocido por nadie si es lo suficientemente astuto. Entonces acá vemos esta doble faceta presente en la anonimia virtual. Lo cual implica que, de por sí, uno pueda ser mucho más sincero en la vida anónima virtual que en la vida física. Por ejemplo: antes de comenzar a escribir esto, se me ocurrió que si quisiera, podría llevar mi diario íntimo y publicarlo en Taringa, cambiando algunos datos que me pudieran identificar y, así, dar a conocer mis más íntimos pensamientos a aquellos curiosos a los que les pueda interesar perder su tiempo inmiscuyéndose en la vida privada (aunque así pública) de un Ser Anónimo Virtual. Así y todo, esta idea puede ser mucho más interesante que ver uno de esos programas de televisión que pasan a la hora de la siesta, y que pretenden hablar de la vida “privada” de los famosos, programas que, por mi parte, siento un gran y profundo desprecio, siendo éstos una gran pérdida de tiempo y productores de un vaciamiento intelectual muy importante en quienes los miran. Aunque cada uno es dueño de hacer con su tiempo lo que le plazca, por lo que no pretendo herir a nadie con mi comentario, es sólo mi opinión y como tal distinta y contraria a la de muchos. Esto de querer conocer en el mundo físico a un Ser Anónimo Virtual, me pasó y me pasa, más precisamente, con dos de estos Seres, uno dice ser una mujer y el otro dice ser un varón, no puedo saber si estos dos S. A. V. están diciendo la verdad, aunque por mi parte les creo y no lo dudo. Estoy seguro que la mujer leerá este artículo, no así el varón; de todas maneras no les voy a decir a ninguno de estos dos Seres, en el caso de que me preguntasen si son ellos a quienes me estoy refiriendo, por lo que les tendré que mentir de la manera más fehacientemente posible, además de ser ellos quienes me inspiraron (sin ellos saberlo) a producir concretamente este escrito. Y si no se los digo y se los oculto, es sólo para preservar el contacto que hoy por hoy tengo con ellos; ya que puede pasar que no les agrade la idea de que en algún momento yo los interrogue y pretenda conocerlos en el mundo físico y, entonces, decidan dejar de compartir momentos virtuales conmigo. Una vez, un S.A.V. me pidió expresamente que no revelase su nombre, ya que por un descuido de él, me mandó a una página en la que un artículo que él había escrito tenía su firma, nunca se me cruzó por la cabeza fallar a su pedido. Aunque no pude con mi curiosidad e intenté buscar en toda la Internet algún dato más sobre él, por suerte para su anonimato, no obtuve ningún resultado en mi estúpida búsqueda, y aclaro que no fue tan exhaustiva como para lograr ningún buen resultado, apenas duró unos pocos minutos en Google. Y esto lo traigo a colación para mencionar el tercer factor implícito en los S.A.V. El factor de la endeble anonimia que uno puede tener en este tipo de redes sociales, más aún, teniendo en cuenta que desde la existencia de Facebook, uno con sólo tener el nombre y apellido, o la dirección de correo electrónico de la persona, puede llegar muy lejos en cuanto a la recolección de datos se refiere. Pero no me interesa profundizar en esto ahora, sólo lo menciono para resaltar el peligro que, un descuido con alguien mal intencionado, puede suscitar. Por las dudas, aclaro que, mi búsqueda en Google en ningún momento perseguía ninguna intención dañina para con este S.A.V. Lo que sí voy a recalcar es que, por este tipo de peligros es que la mayoría de nosotros nos mantenemos anónimos en el mundo virtual. Esto me lleva a recordar otro acontecimiento que he visto repetidas veces en varios comentarios, tanto en uno de mis posts como en el de otros. Varias veces, leyendo comentarios, me he topado con que en algunos casos, el comentador descree de la autoría de alguna producción posteada cuando el posteador se lo acredita. En el caso de mi post, un comentador dudaba que mi relato “La chica del autobús” (que por cierto es bastante mediocre) sea mío. Para mí fue un halago que crea que fue hecho por alguien que sabe escribir muy bien, lo cual no es mi caso, ya que soy un completo novatoide en esto de la literatura. Otro caso, fue en el post de un chico que hace unos dibujos a mano y también con la computadora, que dejan con la boca abierta a cualquiera que los vea, tal es lo fantástico de estos dibujos que el chico que los realizó tuvo que postear una foto suya junto a los originales para que el comentador le crea que verdaderamente pertenecían a él. Por lo que este chico pienso, dejó de ser anónimo, aunque tampoco sé si antes de eso ya no lo era. Con esto no elimino la posibilidad de que existan quienes posteen y se acrediten obras que no les pertenecen, lo cual me resulta caer muy bajo. Por mi parte prefiero seguir siendo un S.A.V. y seguir compartiendo y disfrutando de la producción y los diálogos que entable con otros S.A.V. y/o S.V. también. Aunque no descarto que el destino me lleve a conocer en el mundo físico a varios de estos Seres que me puedan resultar primeramente interesantes en el mundo virtual. Ya sea que vivan a la vuelta de mi casa o al otro lado del mundo. Nuestros antepasados se tenían que conformar con arrojar una botella con un mensaje en su interior al mar, para poder contactarse con gente nueva que estuviera fuera de su alcance físico, hoy contamos con la Internet para eso. Espero que hayan disfrutado de leer esto, tanto como yo lo hice al escribirlo (aunque mi espalda no), y también deseo que les haya servido para reflexionar sobre los lazos humanos y la sociedad, tanto virtual como física de la que formamos parte. Gracias por tu tiempo y esfuerzo.
Ciclo, “Historias Verdaderas” Nº 1 La chica del autobús (Por Writerman) Subiendo a un colectivo de larga distancia con destino a la ciudad de Tucumán, me choco con una morocha bien parecida, ella me mira y se sonroja, yo le digo que me disculpe, que no la vi. En ese ínterin, me vuelvo para agarrar mi bolso de mano que yacía en el piso pero al agacharme y ver alrededor, observo que junto a mi bolso se encontraba una billetera…, la abro, miro para ver si tiene alguna documentación y resulta ser de la chica que hacía instantes me había cruzado. Una vez en el autobús, recorro con la vista para intentar encontrarla hasta que doy con ella, estaba sentada por el medio, del lado del pasillo, así que, me arrimo y le digo que encontré su billetera junto a mi bolso. Ella me mira y comienza a reír, me dice que es la segunda vez en el día que le pasa lo mismo, eso de perder la billetera. Hace unos movimientos con sus manos dentro de su bolsillo y, con un asentimiento de cabeza me mira diciendo que el bolsillo estaba roto. Me voy a mi asiento que estaba casi al fondo, me toca sentarme junto a una señora mayor. El viaje que me esperaba era de unas doce horas, yo estaba equipado con un libro, un reproductor de mp3 y una pequeña almohadita, ese era todo mi arsenal para combatir el aburrimiento. Pero, como siempre pasa, casi no tuve que usar ninguna de esas cosas. Resultó ser que la señora de al lado mío era muy habladora, por lo que me enteré de la vida y obra de su marido e hijos. Está de más aclarar que no era de mi interés dicha conversación, pero por esas costumbres impuestas de buenos modales, no me resolví a cortarla y ponerme a leer o escuchar música o tal vez dormir, o, por qué no, sólo mirar el paisaje en silencio, aunque yo estaba del lado del pasillo. Ya habían pasado cuatro horas de viaje cuando me levanté para ir al baño, mi vejiga explotaba y, a pesar que odio tener que hacerlo en el autobús debido a lo poco higiénico que suelen estar después de tanto tiempo en movimiento y con tantas personas a bordo, no tenía más remedio. Camino al piso de abajo paso por al lado de la morocha bien parecida, veo que estaba dormida y sigo mi rumbo. Al llegar al baño observo que estaba ocupado, así que debo esperar y aguantar muy incómodamente mis ganas de evacuar. A todo esto un chico de unos quince años se acerca con el mismo propósito que el mío. Tímidamente me hace un gesto con la mano y la cara, como diciendo, “¿estás esperando tu turno?”, a lo que le correspondo su interrogante. Pasan unos minutos interminables, cuando sale la persona que se encontraba dentro del baño, era una mujer de unos 40 años y, ahora que lo veo en retrospectiva, era muy parecida a una profesora mía de la escuela primaria, con rulos teñidos de rubio y lentes de aumento grandes y redondos, me miró y siguió su paso, yo entro al pequeño recinto apresuradamente, cierro la puerta y hago lo mío, ah!, al fin, un tremendo alivio se apodera de mis sentidos. De regreso a mi asiento, veo que la morocha está despierta y, al pasar por su lado, me mira y hace un gesto de saludo al cual yo respondo de igual forma. Por suerte, al llegar a mi asiento, mi compañera de viaje estaba dormida y hasta roncaba de a ratos, algo bastante molesto cuando uno no conoce a la persona. El colectivo hace una de sus paradas programadas en una estación de servicio en la cual uno puede tomar y comer algo para recargar energías, El bar, lugar en el que todos los pasajeros se ven los rostros, ahí uno observa a los demás, más cuando viajas solo, por lo que no tienes mucha conversación para con nadie, entonces, o te pierdes en pensamientos propios, o pasas el rato conjeturando sobre el por qué tal o cual persona se puso ese sombrero tan vistoso, etc., y, también, uno piensa en si esa chica de la caja vive por la zona, una zona normalmente considerada remota para el que es de ciudad, y ese tipo de cosas. Por un momento, mientras observo a la chica de la caja registradora desde mi mesa y con el café en mano, me doy cuenta de que la clienta era ella, la elegante muchacha de ojos grises y piel oscura. Cuando me percato de que es ella, puedo ver que yo ya estaba siendo observado con anterioridad por la chica del bolsillo roto, que, con un gesto amistoso me hace señas para compartir la mesa conmigo. Yo, encantadísimo le condigo su señal, pero mi mala suerte parece perseguirme y en ese preciso instante, la señora de la butaca contigua del autobús, se acerca y sin previo aviso toma asiento a mi lado y comienza con sus comentarios de velorios, por lo que sé, iba a uno de una tía. La morocha se arrima de igual manera, y toma asiento del otro lado de la mesa, a lo que la señora la integra en la conversación como si fueran conocidas de toda la vida. Yo, inquieto y un poco molesto, trato de buscar romper el hielo y le pregunto su nombre a la vez que hago hacer una pausa a nuestra señora habladora, a lo que la señora se calla y un tanto sorprendida por la situación decide respetar nuestra presentación. La chica, hasta ese momento sin nombre, me responde,Marla, con una voz desinhibida y muy cordial, a lo que yo respondo con mi nombre, y, por supuesto, la señora también da el suyo. Como con desesperación por miedo a ser excluida, la señora sigue con su relato, yo contengo la respiración para no blasfemar, y Marla se toma la molestia de condecir a la señora para que no se sienta excluida. Así pasan los preciados minutos que restaban para abordar el bus nuevamente. Cuando regresamos a la ruta, suena mi celular, era mi novia, quien estaba en Tucumán y a quien yo iba a visitar por el fin de semana. Hablamos un rato, me pregunta cómo va el viaje y me dice lo mucho que me extraña y las ganas que tiene de verme. Intento dormir, pero mi almohada ha desaparecido, vuelvo a revisar el lugar y veo que la está usando la señora y, al pensar que así se mantendrá callada, me deja de importar la incomodidad de mi cuello. Aproximadamente una hora después, vuelven mis ganas de orinar, así que me levanto y. aunque contra mis deseos, me dirijo al baño, pero esta vez no veo a Marla, su asiento está vacío. Nuevamente, el baño está ocupado, todos en el autobús parecen estar durmiendo, y mi vejiga muy inquieta, por lo que no me deja disfrutar del solemne momento. A los pocos segundos se abre la puerta y de adentro sale Marla. El bus se tambalea un poco y ella cae sobre mí, por lo que yo la abrazo para no dejarla caer al suelo y, en ese momento, todo su aroma a dulce perfume me invade, y su pelo largo y como recién lavado se estrella contra mi cara. Nos reímos, y no puedo sacar la mirada de su rostro, es sumamente bella, y ella tampoco me desvía la mirada, y así pasan unos eternos segundos por lo que no puedo dejar pasar el momento y, sin más palabras, la beso. Ella no lo rechaza y me responde efusivamente con más ganas, y así pasamos un tiempo que no puedo precisar cuanto duró. Nos separamos y Marla prosigue su camino y, yo, un tanto atontado por el encontronazo, vuelvo a recobrar la conciencia y mi vejiga me avisa que va a estallar si no me apresuro. Al pasar por el pasillo ya de regreso a mi asiento, cruzamos miradas con Marla, y al acercármele, con una cara de extrema preocupación, me dice que mejor que lo dejemos así. Extrañado por el comentario vuelvo a mi asiento, y me duermo. Despierto escuchando la voz de la señora que insistentemente me tocaba el hombro y me decía, “nene, nene, despertate”, así que eso hice, despertarme. Resultaba ser que habíamos llegado a una nueva parada programada. Una vez fuera del bus respiro hondo, disfruto del aire fresco y renovador, y estiro mis músculos que comienzan a molestarme. Veo que Marla ya está sentada en el bar de la nueva estación junto con la señora. Entro y me compro un agua mineral con un sándwich de miga mixto, pero esta vez decido salir y comerlo afuera, de parado. En el momento en que estoy saliendo, con mi visión periférica noto que ella me estaba mirando, pero yo sigo mi rumbo y salgo de ese aburrido bar de estación. A los pocos minutos escucho una voz que me dice…”disculpá”, por lo que me doy vuelta y la veo. Estaba como contenta pero un poco aturdida, así que le pregunto “¿qué te pasa?”, me dice que le encantó el beso que nos habíamos dado, pero que ella está comprometida con alguien y que no le parece que esté bien lo que hizo. Ciertamente esa fue una de las posibilidades que yo había contemplado entre tantas otras, le dije que estaba todo bien, que a mí también me había gustado besarla y que no tenía de qué preocuparse, por lo que ella se sintió menos perturbada aunque igual de contenta. Después de cruzar unas pocas palabras se da la vuelta y comienza a irse. Yo me siento extraño en ese momento, no sé qué debo hacer, si seguirla o dejarla ir, porque a decir verdad estaba por demás de interesado en ella. No me dejé estar y, al instante en que se estaba yendo la agarré del brazo y la acerqué repentinamente a mí. Ella no opuso resistencia y volvimos a besarnos sin ningún preámbulo. Esta vez fue aún más eufórica que la anterior y tal vez más largo el tiempo. Nos desprendimos y le dije que teníamos que hacer algo, no podíamos dejar pasar el momento. Creo que los dos miramos hacia el autobús, no puedo estar seguro, pero fue mucha química, muy tentadora situación de seguir con esos besos en un lugar con mayor privacidad. Pero ya era tarde, todo el pasaje estaba de regreso y el tiempo en el cielo se había terminado. Nos habíamos dado nuestros números de celulares y estábamos dispuestos a volver a encontrarnos una vez llegados a Tucumán. El viaje siguió normalmente, con la señora despabilada y su conversación interminable continuaron las interminables horas hasta el final. A Marla no la crucé hasta ese entonces. Una vez habiendo arribado a destino, comienzo a sacar mis cosas del bus y, mientras tanto, me percato de que mi novia ya está abajo esperándome. Al descender miro a mi rededor para intentar localizar a Marla y así saber qué era de ella, pero éste fue un acto infructuoso. Antes de retirarnos de la estación, mi novia dice que esperemos a mi cuñado, al cual yo no había conocido aún, y en ese instante veo pasar a Marla que corría hacia los brazos de un hombre. Mi novia me toma del la mano y me dice “vení, ahí está mi hermano”, quedé estupefacto al ver que se trataba del novio de Marla y, creo que ella también se habrá sentido igual, pero ninguno de los dos hizo ningún gesto revelador. Las respectivas presentaciones se sucedieron y fuimos los cuatro juntos a casa de los padres de mi novia. Ese fin de semana fue uno de los más divertidos y extraños de mi vida, la pasamos realmente bien los cuatro, mi cuñado resultó ser una excelente persona con la cual hasta el día de hoy me llevo muy bien, fuimos a un montón de lugares y cenamos todas las noches las dos parejas juntas. Respecto a Marla, puedo decir que se comportó con total normalidad, lo que me hizo sentir relajado y cómodo. Ese fin de semana no tuvimos contacto de ningún tipo más que el contacto que uno tiene con la novia de su cuñado, a pesar de que me pareció haber compartidos algunas miradas secretas con ella, pero no puedo asegurarlo. Muchas cosas pasaron luego, pero, eso es parte de otra historia….