Un encuentro con mi Destino.
(por Writerman)
Dos meses en el exilio he pasado.
Todo comenzó un día de soledad en que iba caminando por una calle céntrica de mi ciudad. Preguntándome, entre toda esa gente, por qué estaba solo, sin pareja, sin un amor a quién amar.
Parece que alguien (o algo) escuchó ese pedido, esa plegaria, porque al día siguiente ya estaba enamorado, rumbo a un viaje que aún no termina, y sospecho que nunca terminará mientras yo siga con vida.
El Destino me sorprende cada vez más con sus tretas, sus jugarretas, sus movimientos mágicos, casi de prestidigitador. Parece que siempre tiene un As bajo la manga, que nunca podré ganarle ninguna partida. Él siempre sabe mi futuro, mi camino, mis movimientos, él lo sabe todo.
O… tal vez no. Quizá sea sólo un buen jugador, un algo que tiene la virtud de asestar sobre mi próxima decisión, aparentado estar siempre un paso adelante, riéndose de mí en cada asalto, riéndose de mi cara de sorpresa, de estupor, de atónito frente a sucesos incomprensibles para mi intelecto, para mi conciencia.
Después de siete años, siete malditos años de mi vida, una mujer, una Diosa propia o, My Goddess, como yo le decía. Desde aquella mirada que le propiné a sus enormes tetas sin siquiera conocerla, así, en la primera cita que no era una cita convencional, sino, una cita con el Destino, con mi Destino. Que en ese momento estaría riéndose en mi cara, gozando con las increíbles sensaciones que mi cuerpo no conocía hasta ese preciso instante. Era amor.
Luego de mirarle las tetas, miré a la cara que me hablaba. Se estaba presentando y, era raro, era como si yo ya supiera todo lo que me iba a pasar junto a ella, y por eso todo mi condenado sufrimiento desde ese día.
La cosa empezó mal. No me cayó para nada bien su actitud de superioridad. Aunque ahora sé que no era superioridad de parte de ella, sino mi estúpida forma de ver a la gente que admiro por algún motivo, aunque no sepa por qué las admiro. Es como ver a un lucero brillar intensamente y no aceptar que brilla más que uno. Claro que no todos los brillos se miden por intensidades, sino que depende de quién los mire. Pero ella era mi lucero preferido. Un nuevo movimiento universal había alineado los planetas y todo estaba en una perfecta posición favorable, como pocas veces me ha pasado en la vida. Yo estaba en el lugar justo, en el momento prefijado por mi Destino, para luego poder él cantarme el jaque mate, mostrándome su indómito ego.
Unos besos y algunas caricias, sólo con eso me dejó durante siete años, para que no la olvidara y no pueda amar a ninguna otra. Fue como si hubiera roto un espejo y hubiese sido condenado por esos años de mala suerte. Pero todos esos pensamientos cambiaron una vez vencido el plazo de mi maldición. Y siete años después la vuelvo a encontrar, tan sola como yo antes de conocerla, y mi escudo protector me hizo guardar la calma, mantenerme sin emociones excesivas frente a ella para no ponerme en evidencia.
Yo sabía a lo que me enfrentaba, era mi Destino, no había dudas de ello. Y ahí fui, a su encuentro, guardándome todos mis miedos, no escuchando a mi conciencia, dejando que las cosas sucedan. Así viajé doce mil kilómetros para estar a su lado, en lo que fue la experiencia más desbordante de mi efímera vida durante dos meses.
España-Bilbao, ese fue el lugar. Y en el aeropuerto de esa bella ciudad nos reencontramos. Sin palabras de por medio, no había nada que decir, no podíamos decirnos nada, sólo mirarnos fijamente a los ojos mientras caminábamos apresuradamente, casi corriendo, esos veinte o treinta metros que nos separaban, hasta suprimir el espacio entre los dos y besarnos intensamente durante varios minutos antes de volver a respirar.
Era mi media naranja, el resto de mi alma que me habían extirpado antes de nacer como al resto de los mortales para que no seamos Dioses ni Dáimones, simplemente humanos que sufren la falta, la incompletud, la búsqueda.
Fue así como creí estar completo, entero, sin falta y sin más nada que buscar, y ese, mis estimados lectores, fue mi mayor error.
El Destino me tenía preparado grandes eventos para ese viaje que marcarían mis pensamientos futuros, tal vez como una forma de decirme, ordenarme lo que tengo que pensar, y el camino que deberé tomar según él me lo indique. Por eso digo que él siempre tiene la sartén por el mango, y nosotros somos esa sartén.
El Destino nos dice esporádicamente lo que necesitamos saber para no desviarnos del camino que nos tiene preparado, según como tira sus dados (siempre cargados seguramente). Mostrándonoslo con momentos que son como postas, que nos hacen ir irremediablemente hasta la próxima posta que él creará. Momentos indiscutibles cuando uno se pone a revisar el trayecto de su vida, y dice, ¿qué hubiese pasado si no hubiera…? ¿…o si hubiera…?
Para los que no quieran quedarse con la duda de cómo me fue con la chica, he de decirles que nada bien, si bien el idilio duró unos cuantos meses desde el momento del reencuentro hasta que nos dijimos chau por última vez. No creo haber estado preparado para tener una chica como ella, Por lo que todo volvió a ser como antes.
Ahora me siento un simple mortal, nuevamente incompleto y a expensas de mi próxima posta que, lamentablemente, uno nunca sabe con exactitud cuál será, ese punto de no retorno, y así vemos la vida como una carrera en la que la meta de llegada es la muerte, ahí es donde se termina todo lo humano. Tal vez allí también empiece algo nuevo y distinto, pero no hay que apresurarse para saberlo.
Este relato también fue publicado en la comunidad de taringa llamada "Escritura Imperfecta", a la cual te invito a participar. Y gracias por tu tiempo.
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