Ciclo, “Historias Verdaderas” Nº 1 La chica del autobús (Por Writerman) Subiendo a un colectivo de larga distancia con destino a la ciudad de Tucumán, me choco con una morocha bien parecida, ella me mira y se sonroja, yo le digo que me disculpe, que no la vi. En ese ínterin, me vuelvo para agarrar mi bolso de mano que yacía en el piso pero al agacharme y ver alrededor, observo que junto a mi bolso se encontraba una billetera…, la abro, miro para ver si tiene alguna documentación y resulta ser de la chica que hacía instantes me había cruzado. Una vez en el autobús, recorro con la vista para intentar encontrarla hasta que doy con ella, estaba sentada por el medio, del lado del pasillo, así que, me arrimo y le digo que encontré su billetera junto a mi bolso. Ella me mira y comienza a reír, me dice que es la segunda vez en el día que le pasa lo mismo, eso de perder la billetera. Hace unos movimientos con sus manos dentro de su bolsillo y, con un asentimiento de cabeza me mira diciendo que el bolsillo estaba roto. Me voy a mi asiento que estaba casi al fondo, me toca sentarme junto a una señora mayor. El viaje que me esperaba era de unas doce horas, yo estaba equipado con un libro, un reproductor de mp3 y una pequeña almohadita, ese era todo mi arsenal para combatir el aburrimiento. Pero, como siempre pasa, casi no tuve que usar ninguna de esas cosas. Resultó ser que la señora de al lado mío era muy habladora, por lo que me enteré de la vida y obra de su marido e hijos. Está de más aclarar que no era de mi interés dicha conversación, pero por esas costumbres impuestas de buenos modales, no me resolví a cortarla y ponerme a leer o escuchar música o tal vez dormir, o, por qué no, sólo mirar el paisaje en silencio, aunque yo estaba del lado del pasillo. Ya habían pasado cuatro horas de viaje cuando me levanté para ir al baño, mi vejiga explotaba y, a pesar que odio tener que hacerlo en el autobús debido a lo poco higiénico que suelen estar después de tanto tiempo en movimiento y con tantas personas a bordo, no tenía más remedio. Camino al piso de abajo paso por al lado de la morocha bien parecida, veo que estaba dormida y sigo mi rumbo. Al llegar al baño observo que estaba ocupado, así que debo esperar y aguantar muy incómodamente mis ganas de evacuar. A todo esto un chico de unos quince años se acerca con el mismo propósito que el mío. Tímidamente me hace un gesto con la mano y la cara, como diciendo, “¿estás esperando tu turno?”, a lo que le correspondo su interrogante. Pasan unos minutos interminables, cuando sale la persona que se encontraba dentro del baño, era una mujer de unos 40 años y, ahora que lo veo en retrospectiva, era muy parecida a una profesora mía de la escuela primaria, con rulos teñidos de rubio y lentes de aumento grandes y redondos, me miró y siguió su paso, yo entro al pequeño recinto apresuradamente, cierro la puerta y hago lo mío, ah!, al fin, un tremendo alivio se apodera de mis sentidos. De regreso a mi asiento, veo que la morocha está despierta y, al pasar por su lado, me mira y hace un gesto de saludo al cual yo respondo de igual forma. Por suerte, al llegar a mi asiento, mi compañera de viaje estaba dormida y hasta roncaba de a ratos, algo bastante molesto cuando uno no conoce a la persona. El colectivo hace una de sus paradas programadas en una estación de servicio en la cual uno puede tomar y comer algo para recargar energías, El bar, lugar en el que todos los pasajeros se ven los rostros, ahí uno observa a los demás, más cuando viajas solo, por lo que no tienes mucha conversación para con nadie, entonces, o te pierdes en pensamientos propios, o pasas el rato conjeturando sobre el por qué tal o cual persona se puso ese sombrero tan vistoso, etc., y, también, uno piensa en si esa chica de la caja vive por la zona, una zona normalmente considerada remota para el que es de ciudad, y ese tipo de cosas. Por un momento, mientras observo a la chica de la caja registradora desde mi mesa y con el café en mano, me doy cuenta de que la clienta era ella, la elegante muchacha de ojos grises y piel oscura. Cuando me percato de que es ella, puedo ver que yo ya estaba siendo observado con anterioridad por la chica del bolsillo roto, que, con un gesto amistoso me hace señas para compartir la mesa conmigo. Yo, encantadísimo le condigo su señal, pero mi mala suerte parece perseguirme y en ese preciso instante, la señora de la butaca contigua del autobús, se acerca y sin previo aviso toma asiento a mi lado y comienza con sus comentarios de velorios, por lo que sé, iba a uno de una tía. La morocha se arrima de igual manera, y toma asiento del otro lado de la mesa, a lo que la señora la integra en la conversación como si fueran conocidas de toda la vida. Yo, inquieto y un poco molesto, trato de buscar romper el hielo y le pregunto su nombre a la vez que hago hacer una pausa a nuestra señora habladora, a lo que la señora se calla y un tanto sorprendida por la situación decide respetar nuestra presentación. La chica, hasta ese momento sin nombre, me responde,Marla, con una voz desinhibida y muy cordial, a lo que yo respondo con mi nombre, y, por supuesto, la señora también da el suyo. Como con desesperación por miedo a ser excluida, la señora sigue con su relato, yo contengo la respiración para no blasfemar, y Marla se toma la molestia de condecir a la señora para que no se sienta excluida. Así pasan los preciados minutos que restaban para abordar el bus nuevamente. Cuando regresamos a la ruta, suena mi celular, era mi novia, quien estaba en Tucumán y a quien yo iba a visitar por el fin de semana. Hablamos un rato, me pregunta cómo va el viaje y me dice lo mucho que me extraña y las ganas que tiene de verme. Intento dormir, pero mi almohada ha desaparecido, vuelvo a revisar el lugar y veo que la está usando la señora y, al pensar que así se mantendrá callada, me deja de importar la incomodidad de mi cuello. Aproximadamente una hora después, vuelven mis ganas de orinar, así que me levanto y. aunque contra mis deseos, me dirijo al baño, pero esta vez no veo a Marla, su asiento está vacío. Nuevamente, el baño está ocupado, todos en el autobús parecen estar durmiendo, y mi vejiga muy inquieta, por lo que no me deja disfrutar del solemne momento. A los pocos segundos se abre la puerta y de adentro sale Marla. El bus se tambalea un poco y ella cae sobre mí, por lo que yo la abrazo para no dejarla caer al suelo y, en ese momento, todo su aroma a dulce perfume me invade, y su pelo largo y como recién lavado se estrella contra mi cara. Nos reímos, y no puedo sacar la mirada de su rostro, es sumamente bella, y ella tampoco me desvía la mirada, y así pasan unos eternos segundos por lo que no puedo dejar pasar el momento y, sin más palabras, la beso. Ella no lo rechaza y me responde efusivamente con más ganas, y así pasamos un tiempo que no puedo precisar cuanto duró. Nos separamos y Marla prosigue su camino y, yo, un tanto atontado por el encontronazo, vuelvo a recobrar la conciencia y mi vejiga me avisa que va a estallar si no me apresuro. Al pasar por el pasillo ya de regreso a mi asiento, cruzamos miradas con Marla, y al acercármele, con una cara de extrema preocupación, me dice que mejor que lo dejemos así. Extrañado por el comentario vuelvo a mi asiento, y me duermo. Despierto escuchando la voz de la señora que insistentemente me tocaba el hombro y me decía, “nene, nene, despertate”, así que eso hice, despertarme. Resultaba ser que habíamos llegado a una nueva parada programada. Una vez fuera del bus respiro hondo, disfruto del aire fresco y renovador, y estiro mis músculos que comienzan a molestarme. Veo que Marla ya está sentada en el bar de la nueva estación junto con la señora. Entro y me compro un agua mineral con un sándwich de miga mixto, pero esta vez decido salir y comerlo afuera, de parado. En el momento en que estoy saliendo, con mi visión periférica noto que ella me estaba mirando, pero yo sigo mi rumbo y salgo de ese aburrido bar de estación. A los pocos minutos escucho una voz que me dice…”disculpá”, por lo que me doy vuelta y la veo. Estaba como contenta pero un poco aturdida, así que le pregunto “¿qué te pasa?”, me dice que le encantó el beso que nos habíamos dado, pero que ella está comprometida con alguien y que no le parece que esté bien lo que hizo. Ciertamente esa fue una de las posibilidades que yo había contemplado entre tantas otras, le dije que estaba todo bien, que a mí también me había gustado besarla y que no tenía de qué preocuparse, por lo que ella se sintió menos perturbada aunque igual de contenta. Después de cruzar unas pocas palabras se da la vuelta y comienza a irse. Yo me siento extraño en ese momento, no sé qué debo hacer, si seguirla o dejarla ir, porque a decir verdad estaba por demás de interesado en ella. No me dejé estar y, al instante en que se estaba yendo la agarré del brazo y la acerqué repentinamente a mí. Ella no opuso resistencia y volvimos a besarnos sin ningún preámbulo. Esta vez fue aún más eufórica que la anterior y tal vez más largo el tiempo. Nos desprendimos y le dije que teníamos que hacer algo, no podíamos dejar pasar el momento. Creo que los dos miramos hacia el autobús, no puedo estar seguro, pero fue mucha química, muy tentadora situación de seguir con esos besos en un lugar con mayor privacidad. Pero ya era tarde, todo el pasaje estaba de regreso y el tiempo en el cielo se había terminado. Nos habíamos dado nuestros números de celulares y estábamos dispuestos a volver a encontrarnos una vez llegados a Tucumán. El viaje siguió normalmente, con la señora despabilada y su conversación interminable continuaron las interminables horas hasta el final. A Marla no la crucé hasta ese entonces. Una vez habiendo arribado a destino, comienzo a sacar mis cosas del bus y, mientras tanto, me percato de que mi novia ya está abajo esperándome. Al descender miro a mi rededor para intentar localizar a Marla y así saber qué era de ella, pero éste fue un acto infructuoso. Antes de retirarnos de la estación, mi novia dice que esperemos a mi cuñado, al cual yo no había conocido aún, y en ese instante veo pasar a Marla que corría hacia los brazos de un hombre. Mi novia me toma del la mano y me dice “vení, ahí está mi hermano”, quedé estupefacto al ver que se trataba del novio de Marla y, creo que ella también se habrá sentido igual, pero ninguno de los dos hizo ningún gesto revelador. Las respectivas presentaciones se sucedieron y fuimos los cuatro juntos a casa de los padres de mi novia. Ese fin de semana fue uno de los más divertidos y extraños de mi vida, la pasamos realmente bien los cuatro, mi cuñado resultó ser una excelente persona con la cual hasta el día de hoy me llevo muy bien, fuimos a un montón de lugares y cenamos todas las noches las dos parejas juntas. Respecto a Marla, puedo decir que se comportó con total normalidad, lo que me hizo sentir relajado y cómodo. Ese fin de semana no tuvimos contacto de ningún tipo más que el contacto que uno tiene con la novia de su cuñado, a pesar de que me pareció haber compartidos algunas miradas secretas con ella, pero no puedo asegurarlo. Muchas cosas pasaron luego, pero, eso es parte de otra historia….
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