Superyaca
Usuario (Argentina)
¿Viste en algún circo un elefante que pesa varias toneladas, atado a una estaca tan pequeña que hasta un niño podría arrancar? Por extraño que parezca, ese cuadro tiene explicación. Los elefantes tienen una memoria prodigiosa, pero no son muy inteligentes. Cuando son todavía pequeños y no tienen mucha fuerza, los amarran a estacas. Las crías se esfuerzan por liberarse. Lo intentan inútilmente una y otra vez, hasta que llegan a la conclusión de que es imposible huir. En ese momento, entra en acción la prodigiosa memoria y ellos recordaran por el resto de la vida que no pueden arrancar la estaca. Lo mismo sucede con el ser humano. Cuando es pequeño, alguien le dice “Tú no sirves para nada”, o, “Tú solo sirves para crear problemas”, y listo. Es como poner una pequeña estaca en el inconsciente, y aunque los años pasen, tú quedas atado a las estacas imaginarias que te impiden alcanzar los elevados ideales para que fuiste creado. El salmo 119:25 dice “Abatida hasta el polvo esta mi alma”. Por alguna razón, el salmista también cargaba en su vida “estacas” imaginarias que no lo dejaban ser feliz. Se esforzaba, luchaba, pero los complejos interiores eran más fuertes que sus decisiones conscientes. Hasta que un día, clamó al Señor: “vivifícame según tu palabra”. Y en ese instante, comenzó a nacer un nuevo día en su derrotada experiencia. Haz una revisión de tu vida, hazlo hoy, ahora, antes de salir a enfrentar la lucha cotidiana. ¿Hay alguna “estaca” que no te deja ser feliz? Este complejo, trauma, o como tú quieras llamarlo, ¿está destruyendo tu vida profesional, tu matrimonio o la vida de tus hijos? Considera esto: Si la Palabra de Dios tuvo poder para crear la vida cuando nada existía, si él tuvo poder para recrear todo cuando el enemigo había destruido a la creación divina, con certeza tiene también poder para restaurarte de manera completa. El instrumento que Dios usa para eso es su Palabra. Cree en su palabra, porque creer en ella, es creer e Jesús. Y Jesús es libertad.
Aprendí viviendo, sufriendo y equivocándome. Aprendí observando y escuchando. Aprendí de las lágrimas y de las sonrisas. Aprendí que la vida puede ser alegría o tristeza, derrota o victoria, vida o muerte. Depende de la manera como tú reaccionas ante las circunstancias. Si tu corazón se sumerge en el pesimismo, no esperes nada mejor de la vida. Si te la pasas diciendo que las cosas van a ir mal, lo único seguro es que tu vida será el cumplimiento de tu “profecía”. Las cosas, con seguridad, van a ir mal. Si, por el contrario, tu corazón se llena de optimismo, fruto de la comunión con Jesús, tu vida será un “banquete continuo”, afirma Salomón. Levanta los ojos y mira a lo lejos, bien lejos. Aprende a vivir por la fe. ¡La fe es permitir que tu corazón vuele más allá de lo que tus ojos ven! Era una noche negra cuando Pablo y Silas fueron encarcelados por causa de su cristianismo. Estaban presos en Filipos. Las espaldas desnudas de ambos sangraban por causas de los latigazos que habían recibido al defender sus convicciones. Como cualquier ser humano normal, tenían todos los motivos del mundo para lamentarse y sentirse derrotados, pero no se dejaron hundir en la mediocridad de los lamentos y las quejas. ¿Qué hicieron? Cantaron en medio le oscuridad, y la actitud victoriosa de su corazón les proveyó un banquete: Los muros de la cárcel cayeron, las cadenas se rompieron y ambos se volvieron libres. En realidad, nunca estuvieron presos. Los hombres y las circunstancias pueden prender tu cuerpo. Pero no tu alma. Mientras tus ojos estén fijos en Jesús, tú podrás cantar en medio de la oscuridad y el dolor. Tu espíritu estará siempre libre. Haz de este día un día especial de alabanza. Alaba por la vida. Reconoce la grandeza de Dios, ten un corazón alegre y agradecido, y haz todo lo que venga a tu mano para hacer, de un modo diferente. El secreto del éxito es hacer las cosas simples de la vida con alegría y de manera extraordinaria.
“….; y el sol se puso negro como tela de cilicio, y la luna se volvió toda como sangre” Apo. 6:12. 25 años mas tarde del terremoto de Lisboa apareció la siguiente señal mencionada en la profecía; el oscurecimiento del sol y de la luna. El tiempo de su cumplimiento había sido definitivamente señalado en la conversación del Salvador con sus discípulos sobre el monte de los olivos. “En aquellos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor” Mar. 13:24 El 19 de mayo de 1780 se cumplió esta profecía. Un testigo ocular que vivía en Massachusetts describió el suceso en las siguientes palabras: “Un denso nubarrón negro se extendió por todo el firmamento, dejando tan sólo un estrecho borde en el horizonte, haciendo tan oscuro el día como suele serlo en verano a las nueve de la noche…”.“El temor, la ansiedad y el espanto gradualmente llenaron las mentes del pueblo. Las mujeres estaban en las puertas, observando el paisaje tenebroso; los hombres regresaban de su labor en los campos; el carpintero dejó sus herramientas, el herrero su fragua y el comerciante su mostrador. Las escuelas cancelaron sus clases, y los niños, temblorosos, se apresuraron a sus hogares. Los viajeros se acercaron a las granja más inmediata. ¿Qué está por venir?, se preguntaron los labios y corazones. Parecía que un huracán estuviese por barrer el país, o que fuera el día de la consumación de todas las cosas.” “Se prendieron velas; y la lumbre del hogar brillaba como en las noches sin luna de otoño… Las aves se retiraron a sus gallineros, el ganado se juntó en sus encierros, las ranas croaron, los pájaros entonaron sus melodías del anochecer, y los murciélagos se pusieron a revolotear. Sólo el hombre sabía que no había llegado la noche”. “Se reunieron las congregaciones en muchos… lugares. En todos los casos, los textos de los sermones improvisados fueron los que parecían indicar que la oscuridad concordaba con la profecía bíblica… La oscuridad era más densa poco antes de las once de la mañana”. “En la mayor parte del país la oscuridad fue tan grande durante el día, que la gente no podía decir qué hora era ni por el reloj de bolsillo ni por el de pared. Tampoco podía comer, ni atender los quehaceres de la casa sin una vela prendida”. “Cuando ya brotan –dijo Jesús- , viéndolo, sabéis por vosotros mismos que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas sabed que esta cerca el reino de Dios. Luc. 21:30, 31. La oscuridad de la noche no fue menos extraordinaria o aterradora de la del día, pues no obstante ser casi tiempo de la luna llena, no podía divisarse ningún objeto sino con la ayuda de alguna luz artificial, la cual, cuando se la observaba desde las casas vecinas y otros lugares a cierta distancia, aparecía como a través de una oscuridad semejante a la de Egipto, casi impermeable a sus rayos. “Si todos los cuerpos luminosos del universo hubieran sido envueltos en impenetrables sombras, o hubieran sido eliminados, las tinieblas no podrían haber sido mas completas” Después de la medianoche la oscuridad se disipó, y la luna, cuando se la vio, tenía apariencia de sangre”. El día 19 de mayo de 1780 se destaca en la historia como el “día oscuro”. Desde los tiempos de Moisés no se había registrado ninguna oscuridad de una densidad semejante, ni de una duración igual. La descripción dada por los testigos oculares es de un eco de las palabras registradas por le profeta Joel dos mil quinientos años antes: “El sol se convirtió en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová” Joel 2:31
En 1833 apareció las últimas de las señales que fueron prometidas por el Salvador como heraldos de su segunda venida: “…las estrellas caerán del cielo…” Mat. 24:29 “Como la higuera deja caer sus higos cuando es sacudida por un fuerte viento” Apo. 6:13. Esta profecía fue motivo de un notable cumplimiento cuando se produjo una gran lluvia meteórica el 13 de noviembre de 1833, uno de los más extensos y admirables despliegues de estrellas fugaces que jamás se haya registrado. “Cayeron los meteoros hacia la tierra; al este, al oeste, al norte y al sur era lo mismo… En una palabra, todo el cielo parecía estar en conmoción… Desde las dos de la madrugada hasta la plena claridad del alba, en un firmamento perfectamente sereno y sin nubes, todo el cielo permaneció constantemente surcado por una lluvia incesante de cuerpos que brillaban de modo deslumbrador”. “Parecía que todas las estrellas del cielo se hubiesen reunido en un punto cerca del cenit, y que fuesen lanzadas desde allí, con la velocidad del rayo, en todas las direcciones del horizonte; sin embargo, no se agotaban: con toda rapidez seguíanse por miles unas ras otras, como si hubieran sido creadas para el caso” “No era posible contemplar un cuadro más correcto de una higuera que arrojaba sus higos cuando era sacudida por un viento fuerte”. Así se cumplió la última de estas señales de la venida del Señor, concerniente a las cuales Jesús les había dicho a sus discípulos: “Cuando veáis todas estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas” Mat. 24:33. Muchos de los que presenciaron la caída de las estrellas la consideraron como un anuncio el juicio venidero. Al igual que en aquellos tiempos hoy en la iglesia el amor de Cristo y la fe en su venida se han enfriado. Y el profeso pueblo de Dios esta ciego o se ha olvidado las instrucciones del Salvador referentes a las señales de su aparición. La doctrina del segundo advenimiento a sido descuidada. Ya casi no se habla de ello. Hasta algunas veces llega a ser, en gran medida, olvidada e ignorada. Una devoción absorbente por la ganancia del dinero, y el ansia de popularidad y poder, indujo a los hombres a poner muy en lo futuro ese día solemne cuando el actual orden de las cosas terminará. El Salvador predijo el estado de apostasía o adormecimiento que existiría precisamente antes de su segunda venida. Para los que vivieron en ese tiempo y los que ahora estamos, Cristo dejo esta amonestación: “Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día”. “Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar de pie delante del Hijo del Hombre”. Luc. 21:34, 36