En 1833 apareció las últimas de las señales que fueron prometidas por el Salvador como heraldos de su segunda venida: “…las estrellas caerán del cielo…” Mat. 24:29 “Como la higuera deja caer sus higos cuando es sacudida por un fuerte viento” Apo. 6:13. Esta profecía fue motivo de un notable cumplimiento cuando se produjo una gran lluvia meteórica el 13 de noviembre de 1833, uno de los más extensos y admirables despliegues de estrellas fugaces que jamás se haya registrado. “Cayeron los meteoros hacia la tierra; al este, al oeste, al norte y al sur era lo mismo… En una palabra, todo el cielo parecía estar en conmoción… Desde las dos de la madrugada hasta la plena claridad del alba, en un firmamento perfectamente sereno y sin nubes, todo el cielo permaneció constantemente surcado por una lluvia incesante de cuerpos que brillaban de modo deslumbrador”.
“Parecía que todas las estrellas del cielo se hubiesen reunido en un punto cerca del cenit, y que fuesen lanzadas desde allí, con la velocidad del rayo, en todas las direcciones del horizonte; sin embargo, no se agotaban: con toda rapidez seguíanse por miles unas ras otras, como si hubieran sido creadas para el caso” “No era posible contemplar un cuadro más correcto de una higuera que arrojaba sus higos cuando era sacudida por un viento fuerte”.
Así se cumplió la última de estas señales de la venida del Señor, concerniente a las cuales Jesús les había dicho a sus discípulos: “Cuando veáis todas estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas” Mat. 24:33. Muchos de los que presenciaron la caída de las estrellas la consideraron como un anuncio el juicio venidero.
Al igual que en aquellos tiempos hoy en la iglesia el amor de Cristo y la fe en su venida se han enfriado. Y el profeso pueblo de Dios esta ciego o se ha olvidado las instrucciones del Salvador referentes a las señales de su aparición. La doctrina del segundo advenimiento a sido descuidada. Ya casi no se habla de ello. Hasta algunas veces llega a ser, en gran medida, olvidada e ignorada. Una devoción absorbente por la ganancia del dinero, y el ansia de popularidad y poder, indujo a los hombres a poner muy en lo futuro ese día solemne cuando el actual orden de las cosas terminará.
El Salvador predijo el estado de apostasía o adormecimiento que existiría precisamente antes de su segunda venida. Para los que vivieron en ese tiempo y los que ahora estamos, Cristo dejo esta amonestación: “Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día”. “Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar de pie delante del Hijo del Hombre”. Luc. 21:34, 36
“Parecía que todas las estrellas del cielo se hubiesen reunido en un punto cerca del cenit, y que fuesen lanzadas desde allí, con la velocidad del rayo, en todas las direcciones del horizonte; sin embargo, no se agotaban: con toda rapidez seguíanse por miles unas ras otras, como si hubieran sido creadas para el caso” “No era posible contemplar un cuadro más correcto de una higuera que arrojaba sus higos cuando era sacudida por un viento fuerte”.
Así se cumplió la última de estas señales de la venida del Señor, concerniente a las cuales Jesús les había dicho a sus discípulos: “Cuando veáis todas estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas” Mat. 24:33. Muchos de los que presenciaron la caída de las estrellas la consideraron como un anuncio el juicio venidero.
Al igual que en aquellos tiempos hoy en la iglesia el amor de Cristo y la fe en su venida se han enfriado. Y el profeso pueblo de Dios esta ciego o se ha olvidado las instrucciones del Salvador referentes a las señales de su aparición. La doctrina del segundo advenimiento a sido descuidada. Ya casi no se habla de ello. Hasta algunas veces llega a ser, en gran medida, olvidada e ignorada. Una devoción absorbente por la ganancia del dinero, y el ansia de popularidad y poder, indujo a los hombres a poner muy en lo futuro ese día solemne cuando el actual orden de las cosas terminará.
El Salvador predijo el estado de apostasía o adormecimiento que existiría precisamente antes de su segunda venida. Para los que vivieron en ese tiempo y los que ahora estamos, Cristo dejo esta amonestación: “Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día”. “Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar de pie delante del Hijo del Hombre”. Luc. 21:34, 36