PipiBelu
Usuario (Argentina)
el muñon sin ojos “Era un día muy lluvioso. Estaba realmente enfermo, me dolía mucho la cabeza y pasé el día entero en la cama. Tenía más o menos diez años, pero recuerdo perfectamente lo que pasó. Me desperté en medio de la noche, creo que serían las tres o cuatro de la madrugada; para entonces mi dolor de cabeza comenzaba a aliviarse, pero me entraron ganas de ir al baño. Al levantarme vi por mi ventana que seguía lloviendo. Salí del cuarto y fui por el pasillo de mi casa. No quería encender la luz del pasillo para no despertar a mis padres, así que empecé a andar a oscuras por el pasillo muy despacio. Entonces oí unos leves ruidos originados de lo que parecía ser algo que me seguía. Al principio pensé que eran las gotas de lluvia, pero el sonido venía de detrás de mí. Cuando me detuve, este ruido se detuvo también. En ese momento se me quitaron las ganas de ir al baño. No veía absolutamente nada; me quedé quieto un rato, sintiendo por todo mi cuerpo una sensación de escalofríos, ya que realmente sentía que me estaban siguiendo por la oscuridad. De repente algo frío me pasó rozando un pie. Di un gran salto de miedo, fui corriendo a mi cuarto y pulsé el interruptor de la luz. Se me deslumbró la vista y no pude evitar cerrar los ojos un momento. Cuando los abrí, no había absolutamente nada en el pasillo. Me dije a mí mismo aliviado que sólo eran fabricaciones mías. Por suerte no desperté a mis padres, así que fui al baño… pero cuando abrí la puerta del baño, me quedé completamente asombrado al ver un animalito muy extraño sobre el lavabo. Se ocultaba de la luz que venía del pasillo, pero pude ver su pequeño rostro con unos ojos completamente negros y una expresión muy triste. Encendí la luz del baño, pero cuando la encendí, desapareció. Como si se hubiera evaporado. Para ese punto mi padre había despertado y me preguntó lo que me pasaba. Cuando se lo conté, me dijo que fueron alucinaciones producidas por la fiebre. No volví a ver a ese hombrecito, o lo que fuera… pero a veces me despierto en medio de la noche y pienso que está ahí observándome, con esa cara tan triste”. Esta fue la anécdota que me contó mi abuelo. Otras personas cuentan que sus hijos, cuando son bebés, se despiertan en medio de la noche llorando porque ven al Muñón sin Ojos. Los niños y personas que tienen miedo a la oscuridad se debe a que han tenido una experiencia con esta criatura en su infancia, e instintivamente dejan alguna luz encendida para poder dormir; saben que mientras haya luz, El Muñón sin Ojos no se les aparecerá. Hay ideas cristianas que dicen que si estás bautizado, El Muñón sin Ojos no aparecerá. También dicen que si sientes su presencia y te pones a rezar desaparecerá para siempre. Otros dicen que lo mejor para ahuyentarlo es la luz, pero también dicen que este ser no aparece si tienes animales de compañía. Hay muchas creencias sobre esta criatura, pero la evidencia de su existencia no está del todo clara. Sin embargo, es cierto que muchas veces sentimos ese miedo que nos hace pensar que en la oscuridad absoluta hay algo. Puede ser El Muñón sin Ojos, puede ser tu imaginación; ¿quieres averiguarlo? Levántate de la cama en plena oscuridad y quédate quieto en medio de tu cuarto. La más mínima sensación de miedo hará que este ser se manifieste y oirás los sonidos de sus bracitos moviéndose por tu cuarto. Supuestamente no es peligroso, pero eso no es del todo seguro. Si enciendes la luz de tu cuarto desaparecerá. Todos tenemos un Muñón sin Ojos que forma parte de nosotros y que sólo nosotros podemos ver. a plena luz del dia Escribo esto con la esperanza de buscar algún consuelo, una forma absurda de poder liberarme y sacar de mis entrañas algo que supone un peso demasiado fuerte en mi conciencia como para que pueda cargarlo solo. Además, también espero que pueda ayudar a alguien, a quien sea, aunque sea de forma minúscula, que haya tenido la misma desgracia que yo; pero no puedo asegurar que esta situación se haya repetido más de una vez, o se pueda repetir. Mi experiencia comienza hace un mes, un ordinario viernes de junio. Como siempre, me había levantado un poco más temprano para poder arreglarme para ir al trabajo, y como siempre, hacía mi recorrido de forma rutinaria: me vestía, desayunaba, me lavaba, me duchaba, recogía mis cosas y me marchaba. Fue en el camino a la cocina cuando tuve una sensación extraña. Un frío intenso que calaba en lo más profundo de mis huesos, un frío terrible que no parecía proceder de ninguna parte. No le di mayor importancia (supuse que alguna ventana se debió de quedar abierta por la noche, o bien que estaba cogiendo un resfriado o una gripe), así que continué con mi jornada. Después, todo transcurrió de forma normal. El sábado había organizado una cita para tomar café con unos compañeros del trabajo, y cuando me estaba encaminando hacia el armario de mi dormitorio para buscar una camisa, volví a sentir aquello: el mismo frío desolador, pero ésta vez quizás más fuerte. Me alejé y decidí comprobar todas las ventanas de la planta baja de mi casa que daban hacia el patio o el jardín. Todas y cada una de ellas estaban celosamente cerradas, y era imposible que se hubiesen abierto por acción del viento. Estuve registrando todo el lugar, intentando buscar el origen de este fenómeno; pero al darme cuenta de que llegaba tarde a mi plan, me marché sin investigar el asunto a fondo. Sin embargo, este suceso empezó a ocurrir diariamente, en una habitación distinta cada vez, por lo que hubo un momento en el que me fue imposible ignorarlo. Me quedé despierto una noche, sentado en mi salón, para intentar ver qué demonios sucedía, pero no hubo resultado: esta “cosa” tan irritante se había trasladado a otro cuarto. No fue hasta cinco días después cuando me desperté, en pleno amanecer, por un ruido intenso. Agarré el móvil, que estaba en la cómoda al lado de mi cama, y alumbré por todo el suelo. Mi corazón dio un vuelco al descubrir que había una parte del suelo que no era afectada por la luz, no recorría su superficie. Me acerqué para mirar más de cerca, y pude descubrir al fin el horror. Era una sombra, de aspecto circular, en cuyos bordes giraban y serpenteaban una especie de tentáculos negros, de aspecto muy denso. Lo extraño era que la sombra no estaba siendo causada por ningún objeto, y más bien parecía ser una especie de agujero. Como una simple prueba, inducida más bien por el miedo que por la curiosidad, arrojé un bolígrafo a su interior. Ocurrió lo que me temía: el bolígrafo fue succionado y quedó en su interior. En lugar de levantarme de la cama de forma normal, me fui arrastrando hasta el borde y me dejé caer con suavidad al suelo. Intenté evitar cualquier clase de contacto posible con la cosa, a lo que yo había bautizado simplemente como “El Hoyo”. Día a día, examinaba todos los rincones de mi casa, y encontraba al Hoyo. Lo peor es que cada vez que lo veía, se hacía más y más grande. No llamé a la policía, ni a ningún familiar, ni a ningún amigo… a nadie. Estaba paralizado por el terror más absoluto por algo que creía que había alcanzado sus máximos niveles… Fui un estúpido, ni siquiera podría haber imaginado lo que vendría después. De nuevo, volví a ser despertado otro amanecer. Pero esta vez, no fue un sonido el que me arrebató el sueño. Miré hacia abajo, y pude contemplar que El Hoyo ya medía más de dos metros. Algo indescriptible, inenarrable, imperceptible me agarró de la pierna y tiró con la suficiente fuerza como para romper mi pantalón, e incluso hacerme una herida grande, que no paraba de sangrar. Grité de forma desgarradora, me senté lo más rápido que pude en la orilla de la cama, y entonces fue cuando lo vi. Cuando vi a lo que habitaba en su interior. El espectro tenía los brazos alargados y tan esqueléticos que sus huesos y tendones estaban casi al descubierto. Sus manos tenían cuatro dedos retorcidos, deformes y puntiagudos. Su piel tenía un color repugnante, como si se le hubiese prendido fuego. Su cabeza era ahuevada, en forma de una especie de óvalo, pero lo que más llamaba la atención eran sus facciones: sus ojos eran dos redondeles completamente negros; su boca, semejante a la de un pez y con algunos colmillos, se torcía en una sonrisa asquerosa que le desfiguraba por completo; su torso estaba lleno de magulladuras y úlceras, y sus costillas estaban tan marcadas que parecían cuchillos. Volvió a tirar de mí y esta vez profirió un bramido ensordecedor, sobrenatural, que desde luego no pertenece a ninguna criatura existente conocida por el hombre. Me estaba intentando llevar con él hacia su mundo frío, pero yo conseguí zafarme. Caí al suelo y me arrastré lo más rápido que pude. Comprobé con horror cómo aquel ser comenzaba a salir de su guarida para darme caza. Pero era extraño, su cuerpo parecía alargarse continuamente, por lo que nunca terminaba de salir. Con un enorme dolor conseguí levantarme y corrí todo lo que pude, pero volví a caer justo antes de poder escapar del infierno en el que se había convertido mi casa. El Hoyo se había extendido más allá de mi dormitorio, y ahora estaba fluyendo como un líquido horrendo por el pasillo. Y ahí estaba el espectro, que había conseguido sacar la mitad de su torso, y no paraba de chillar. Me puse de pie, abrí la puerta y conseguí llegar hasta mi coche. Puse el seguro en las puertas y lloré de puro horror y miedo, de no saber qué hacer, de no poder creer lo que estaba ocurriendo, de preguntarme qué clase de dios cruel permitiría que me pasara algo así. Estoy viviendo en un motel desde entonces. No soy capaz de volver a lo que se ha convertido en el nuevo hogar de una criatura que está más allá de nuestra comprensión, viviendo en dos mundos distintos. Ahora lo comprendo, El Hoyo es la oscuridad que no desaparece cuando llega el sol, es un agujero a otro lado, a un lugar extraño alejado del tiempo y el espacio que escapa de la mente humana. Cada vez que despierto siento que va a volver, que está cada vez más cerca de atraparme, siento su gélido aliento sobre mi nuca, siento cómo me habla, y todo mi cuerpo tiembla al oír su cántico. “Ven, déjame llevarte, ven, ven…”. Hace pocos días compré una pistola. Lo siento mucho, pero no me queda más remedio, sólo quiero dejar de sufrir, sólo quiero dejar de oírlo, sólo quiero estar en la oscuridad para siempre. Voy a hacer algo muy cobarde.
El DVD La próxima vez que vayas por una película, asegúrate de buscar una que te recomendaré y que te traerá recuerdos increíbles. No hay otro video como éste, y es imposible duplicarlo. Puede aparecer en cualquier parte del videoclub. Puede estar en cualquier estante, en cualquier género, en manos de cualquier persona. Su cubierta es totalmente negra, y se titula “Tú”. Una vez que encuentres el video, no lo abras. Ve a la recepción a pagar la renta. El encargado seguramente te mirará extrañado, tal vez dirá, “Oh… ése…”. Lleva el video a casa. Puedes tener la tentación de ver el DVD, pero asegúrate de no hacerlo. A media noche, coloca el sofá frente a tu televisor y asegúrate de que nadie más esté contigo. Asegúrate de que todo lo que se vea sea la oscuridad, y que el único ruido que se oiga sea el latido de tu corazón. Reproduce el DVD. El video contiene todo el conocimiento de tu pasado, presente y futuro. Al pasar las escenas, iras viendo eventos pasados hasta llegar a los acontecimientos actuales. Para una vez que llegues al final de los eventos actuales; sabrás en dónde parar cuando te veas frente al televisor mirando el video. Antes de pasar a ver los acontecimientos futuros, piensa si realmente quieres saber sobre el futuro. Si decides no ver más, quita el DVD, déjalo en el suelo de tu armario y vete. Asegúrate de guardar el DVD en el armario. Por la mañana te darás cuenta de que se ha ido. Pero si decides ver los acontecimientos futuros, deja correr el siguiente episodio. Es extremadamente importante que no grites cuando veas la escena de tu muerte. No quites la vista del televisor cuando te veas siendo arrastrado a las oscuras profundidades de lo que una vez fue tu armario. No parpadees cuando te veas desgarrado por una bestia infernal, y el DVD maldito tirado en el suelo, junto a tus miembros amputados. En ese momento el video terminará. Ah, y no te asustes cuando sientas el aliento de la bestia acariciar tu cuello… Aquella maldita.. Cosa Si, ahí estaba, mirándome fijamente con esos malditos ojos negros, penetrantes, me desesperé y empecé a llorar… Pensaba que nunca acabaría, pero por fin algo me cogió, me puso una manta sobre los hombros y me llevo a casa, mi casa, papá fue quien me trajo. Al día siguiente me encontré con papá en el comedor, estaba cansado, tenia ojeras, estaba despeinado, tenia la mirada perdida. Cogí una silla y me senté a su lado, me preguntó como estaba. -Bien- conteste. -No te ha afectado lo que viste ayer? Fue una experiencia muy fuerte. Puedo llevarte a un psicólogo, para que te ayude a superarlo. -No – Replique- no quiero, Sebastián no murió para que vaya a un psicólogo, el me defendió, aquella… Cosa, me quería a mi pero él me defendió aún sabiendo lo que le esperaba, estoy segura de que volverá, vendrá a por mi. -Tranquila, papá estará aquí para protegerte, la policía esta buscando al culpable. -NO! No es una persona! No lo entiendes!? Aquello… No podía ser humano! – Grite alterada Despues de eso, me levanté y me fui decidida a mi cuarto, cogí los libros y fui al colegio. Fue un día común, la única diferencia eran esos molestos niños, preguntando una y otra vez, no se callaban… No me dejaban tranquila! -Va, Maria, explícanoslo, que paso en el bosque? Todo el mundo sabe que paso algo grave, fuiste tú? Mataste a Sebas? -Dejadme en paz!!- Grite mientras le pegaba tal empujón que calló al suelo – Yo nunca mataría a Sebastian! Me fui, fui al único sitio donde sabia que no me seguirían. Cuando llegué todo estaba tranquilo, abrí la puerta de la fabrica, era donde nos juntábamos Sebas y yo, sin que nadie nos molestara. Era un sitio oscuro, tenia pintas de derrumbarse en cualquier momento, pero era resistente como un roble, era un ambiente húmedo y frio, habían dos sillas y una mesa que encontremos en el descampado, teníamos una nevera, donde guardábamos los refrescos, encendí las luces, el tío de Sebastián nos hizo un pequeño apaño para tener electricidad. Contemplé durante horas las fotos donde salíamos Sebas y yo, le hecho mucho de menos, nunca olvidaré lo que hizo por mi.. -Va siendo hora de volver a casa- Susurré. Fui por el camino habitual, pero esta vez había algo raro, la calle estaba mas oscura de lo habitual. Era como si la mitad de las farolas se hubieran apagado, la calle estaba desierta, no hacia frio, no se sentía ningún tipo de brisa, de pronto note una presencia, me asusté, pero seguí sin mirar atrás, cada vez lo sentía mas cerca, mas, y mas.. -Dejame!!! – Grite mientras empezaba a correr. Corrí, corrí todo lo que podía, fijé la mirada hacia atrás, pero… Como? No había nadie, me estaba volviendo loca? Seguí caminando pensando en lo que pasaba, porque no había nadie por la calle? De pronto, vi algo, gente! Pero, Tenian mala pinta, así que decidí cambiar de camino, tomé el atajo por el bosque, el lugar donde paso todo, me pensé durante un momento si pasar o no.. Me arme de valor, decidí pasar por el bosque, eran aproximadamente las diez, quizá las once de la noche, todo estaba oscuro, empezaba a hacer frio, temblaba, quizá era por el miedo.. -Que… Que ha sido eso? – Me asusté mientras oía crujir unas ramas. Me quede paralizada presa del miedo, de repente, esa presencia otra vez.. -Tranquila, antes no había nadie.. No habrá nadie ahora, no puede ser, la policía dice que capturo al culpable, a aquella cosa.. Seguí caminando, porfín salí del bosque, me pregunte por que pase por aquel lugar.. Nunca, jamás volveré, me dije. -Hola papá -Me tenias preocupado, sabes que hora es? Pensaba que te había pasado algo.. -Tranquilo, estoy bien, siento haberte preocupado. – Fui hacia mi cuarto, no cené. Un nuevo día, tranquilo y apacible, no había instituto. -Maria! Maria! – Grito mi padre. -Queeeeeee! – Pregunte vacilante. -Vigila! Escondete! -Que? Pero que demo.. De repente, hoy como salpicaba algo, bajé corriendo, y ahí estaba, una criatura oscura, mediría unos dos metros, tenia unos dientes afilados como si de navajas se trataran, tenia apariencia de humano, pero era diferente, unos ojos negros y penetrantes miraban el cadáver de mi padre mientras las afiladas garras se sacudían una y otra vez contra sus costillas. Eso era lo que oí, la sangre salpicando, subí rápidamente a mi habitación, podía oírlo gruñir, se hizo el silencio, durante unos instantes pensé que se había ido, sin salir de mi escondite, el típico armario empotrado, me paré atentamente a escuchar, intentando disimular mi miedo. -Vamos, cariño, se que estas aquí- Una voz grave, tan grave como si del mismísimo diablo se tratara- Puedo olerte, puedo sentirte, puedo escucharte respirar se que estas aquí. Te encontraré, no puedes escapar, no te lo permitiré, otra vez no. En aquel momento, empecé a llorar, cosa que no pude hacer antes, los nervios me lo impedían, pero en aquel momento, justo en aquel momento, me salieron las lagrimas… Ploc. -Jajajajaja.. Vaya, así que estas llorando… Oigo tus lagrimas, huelo tu miedo, siento tus pensamientos, me equivoco, Maria? Como? Sabia mi nombre!? Quien diablos era? De quien se trataba!?!? -Acabemos con esto, te parece? – Dijo con una tremenda calma. De repente, vi como se acercaba, lo vi por el agujero del pomo del armario, que desde hacia años no estaba. Abrió la puerta y me cogió del cuello con una fuerza descomunal, me levantó como si fuera tan ligera como una pluma. -S.. Sebastian? -Su cuerpo, supuse que usando su cuerpo, tu padre me dejaría pasar.. Vaya si lo hizo, ese idiota.. Se creyó mi historia, le dije que realmente no estaba muerto, me recuperé.. Sin dejarme hablar, me arrastró, nose donde, pero estuvimos mucho rato caminando.. Porfín, sentí como me soltaba en el gélido suelo rocoso, era.. El del bosque? Porque, porque aquí? -Vamos, hijos, os traigo comida. En aquel momento, sentí que era mi fin, almenos, me juntaría con Sebastian. espero les aya gustado comenten sigan¡¡¡¡¡¡¡¡

la criatura de los ojos tristes En ese momento, pensó, que hubiera sido mil veces mejor estar loco, que todo lo que sucedió fuera parte de su imaginación. Pero no era así, todo era real y estaba a punto de ponerse peor.” Era una noche de insomnio, usual como cualquier otra, – ya que llevaba un par de semanas así – al menos eso es lo que pensaba Paul. Como es normal en partes del año, Paul, por estudiar hasta altas horas de la noche en semanas de exámenes, perdía sus horarios habituales de sueño. Por lo cual a finales de semestre sufría de insomnio, pero nunca le produjo mayores problemas. Sin embargo esta madrugada de junio iba a ser diferente. Paul sin saberlo, había elegido la peor noche para salir a la azotea de su edificio. Era un 23 de junio y con la llegada del invierno, a las 5:00 am, empezó a llover profusamente. Al estar Paul despierto, decidió subir a la azotea a disfrutar de la lluvia. El sabía que era muy inusual por lo demás, que un joven saliera a las 5 de la madrugada con bajas temperaturas solo a quedar empapado por las precipitaciones. Cuando Paul se abrigó para subir, fue al baño y cuando estaba ahí sintió un ruido en la cocina, lo que lo hizo pensar que tal vez algo había caído porque estaba mal puesto, probablemente una cuchara o plato en el lava lozas. No le dio mayor importancia y acto seguido, se apronta a subir. Pronto a salir del departamento, siente Algo caer en la pieza principal y nuevamente no le dio importancia. Luego, olvida las llaves y vuelve a su habitación a buscarlas. Cuando entra a la habitación, prende la luz y junto a un nuevo sonido inusual en la pieza principal, se produce un corto circuito en el departamento y se quema la ampolleta, quedando a oscuras. En estos momentos le comienza a inquietar un poco, pero intenta evitar sugestionarse, debido a que sabía que mientras más importancia le diera, peor serían las cosas. Sube el interruptor del automático, cambia la ampolleta y se apresura a disfrutar de la lluvia antes de que acabe. Finalmente Paul se encuentra en la azotea y disfruta de la situación, ya que por la hora que era, más la lluvia, la calma de la ciudad y la vista privilegiada de un edificio de 14 pisos, era según él pensaba, “majestuoso”. Pasan algunos minutos y la lluvia comienza a disminuir, luego Paul comienza a mirar al edifico de en frente, ya que habían 4 edificios conexos. Cuando de repente ve algo que no debió ver, estuvo en el lugar donde no tenía que estar. En el edificio de en frente nota que hay un departamento vacío, sin cortinas y se veía todo en penumbras hacia adentro, pero aun así pudo distinguir algo en la habitación. Es en ese momento cuando nota una silueta que le provoco el peor de los escalofríos que había sentido. Era una silueta increíblemente grande considerando el tamaño de la pieza. Dicha silueta de aspecto humano, estaba encorvada, a espaldas a Paul. Lo que veían sus ojos era perturbador, aparentemente lo que observaba estaba devorando algo, por la falta de luz en la habitación no distingue que podría ser y ante el pánico, queda pasmado, inmóvil. Pasaron pocos segundos y la criatura siente que algo lo observa, voltea bruscamente. En ese momento Paul experimenta la peor de las sensaciones. En cosa de segundos se sintió lleno de terror, pánico, angustia y no podía creer lo que sus ojos veían. Nunca había observado algo tan horrendo y perturbador. Acto seguido, la criatura deja caer lo que tenía en lo que parecían ser sus manos que solo tenían púas y sale de la habitación apresuradamente. Paul estaba en shock, pero se da cuenta que si no volvía a su hogar, esa cosa, podría ir tras él. Con esa sensación de angustia y horror, corrió lo más rápido que podía, pensando que algo lo seguía. Fueron los dos pisos más largos de su vida, corrió por el pasillo y todo era penumbras por la hora. Finalmente, jadeando llega a su departamento y entra en el. Sintiéndose a salvo por fin, se saca la chaqueta y la deja en el sofá. Al estar en su habitación, aún no entiende, si lo que vio fue real o parte de su imaginación y de un salto despierta. Sudando y aliviado dice -Fue sólo una pesadilla-. Luego voltea en su cama y le vuelve el pavor, el sudor se vuelve helado, las palpitaciones al máximo y ve a la criatura agachada, sólo observándolo con su mirada triste y horrenda, su piel tenía la textura y aspecto de haberse quemado, tenía llagas en todo el cuerpo y dientes afilados en punta. Era extremadamente delgado, estaba en los huesos. Sus profundos ojos de color amarillo brillante, eran como los de un humano, pero con una expresión de dolor, de angustia eran lo más aterrador en esa cosa. Paul, nunca sintió tanto miedo y la criatura seguía observándolo impávido, Paul cierra sus ojos esperando que sea un mal sueño. Para suerte de él, nuevamente se siente un ruido en la habitación principal y como si fuera otra pesadilla, abre los ojos y la criatura ya no estaba. Mira el reloj y eran las 6:33, no sabía qué hacer, no sabía si era real lo que había experimentado. A esa temprana hora, el sol aún no salía, Paul se apresura y prende todo artefacto y luz posible en el departamento – como si eso fuera a darle protección – se sentía seguro. Finalmente fue tanta la exaltación y se da cuenta que efectivamente había salido del departamento, ya que su abrigo estaba en el sofá, tal como lo había dejado al volver y estaba mojado aún, por la lluvia. Pasaban los minutos y Paul trataba de convencerse que todo era un sueño. Luego decide llamar a su hermana, a quien le tenía un cariño y confianza diferente al que suele tenerse entre hermanos. Su hermana contesta entre dormida por la hora y Paul intenta contarle lo que paso, pero estaba muy exaltado aún. En eso que hablaba con Katherine – su hermana – se escucha interferencia en la llamada -cosa común para ambos porque el edifico tenía mala recepción- y definitivamente deja de escuchar la voz de su hermana. En eso, oye algún tipo de léxico que nunca había escuchado, Paul, pensaba que su hermana estaba intentando jugando una broma para quitarle seriedad a la situación, pero era la voz de algo que no era humano, no podía ser la voz de su hermana y se corta la llamada finalmente. Paul pasmado, entra en pánico y su pavor aumenta cuando empieza a vibrar su teléfono. Era su madre, Paul contesta y escucha la voz desesperada y angustiada de su madre pidiéndole que por favor no lo hiciera, que pensara en su familia. Paul no entendía nada, ya que el no pensaba hacer nada, más que pedirle a algún pariente que lo visitara, o lo recibiera en su casa, para no estar sólo. En eso Paul intenta tranquilizar a su madre, preguntarle a que se refiere, cuando su madre le dice – !Por favor Paul, no te suicides, tu hermana me dijo que la llamaste para decirle que te disculpáramos, que ya no aguantabas más y que te quitarías la vida, por favor no lo hagas! – Paul quedo pasmado, ya que no pudo decirle nada a su hermana y siente ganas de llorar, una angustia incontenible y al tratar de decirle a su madre que el no había alcanzado a hablar nada con Katherine, se corta el teléfono y siente una serie de golpes en la puerta de entrada, como si algo intentara entrar. Paul estaba desesperado y ya estaba aceptando que algo malo iba a pasar, sólo decide rezar – comportamiento inusual de su parte, ya que Paul es ateo – luego del primer Padre nuestro, los golpes aumentan en intensidad y escucha que el vecino abre la puerta de su departamento, inmediatamente los golpes en la puerta de Paul cesan. Su vecino, llama a la puerta y pregunta si hay alguien, si está todo bien. Con eso Paul, siente seguridad abre la puerta y ahí estaba Carlos que pregunta – ¿qué paso? ¿Quién golpeaba la puerta así? ¿Eras tú? – Paul, cuando decide contarle lo sucedido, piensa que no le van a creer, se arrepiente y sólo dice, que había tenido un ataque de ira y estaba golpeando la puerta porque se había pegado en un pie, ya que estaba medio dormido. Finalmente Carlos se vuelve a su departamento y Paul cierra la puerta. Pasaron un par de horas y Paul ya se encontraba más tranquilo, las cosas estaban como de costumbre, como si nada hubiera pasado y logra quedarse dormido, ya que se sentía exhausto. Al despertar, Paul mira su celular y nota que había dormido casi 24 horas, ya que eran las 5:00 am del día 24 de junio. Al ver la hora nota que tiene una gran cantidad de llamadas perdidas de sus padres y su hermana, además de algunos familiares y amigos. Paul pensó que se debían a su extraña conversación con su madre, la cual creía que Paul pensaba quitarse la vida, según la supuesta conversación que nunca tuvo con Katherine. Cuando Paul, decide rehacer su vida, y estudiar para los exámenes finales que tendría esa semana, siente que algo helado le agarra el pie y vuelven los escalofríos de Paul. En ese momento, pensó, que hubiera sido mil veces mejor estar loco, que todo lo que sucedió fuera parte de su imaginación. Pero no era así, todo era real y estaba a punto de ponerse peor. Era la criatura, estaba junto a su cama, encorvado como de costumbre y mientras agarra del pie de Paul, comienza a hablar en la lengua extraña -que había escuchado por teléfono el día anterior, cuando hablaba con Katherine -lógicamente, Paul no entendía nada. Mientras luchaba por ser liberado, sólo esperaba que lo soltaran y se fuera como el día anterior. La criatura finalmente, en su mirada de dolor y angustia – que era lo más extraño y perturbador que tenía en su aspecto – lo mira fijamente y comienza a brotar sangre por sus ojos amarillos. Luego la criatura se levanta, y del pie que tenía agarrado a Paul, lo comienza a azotar contra el piso, era imposible zafarse ante semejante fuerza. Finalmente la criatura lo arrastra de los pies, lo saca del departamento, por el pasillo hacia los ductos de basura – que hay en todos los pisos del edificio – comienzan a subir y llegan al último piso. Paul, casi inconsciente por los golpes, queda indefenso, y se rinde ante la criatura. Finalmente luego de todo el sufrimiento y la tortura, el ser lo levanta del cuello, lo asfixia hasta su muerte y lo lanza de la azotea hacia el estacionamiento lateral del edificio. Ante tal caída, el conserje de turno escucha el golpe, y se apresura a ver. Queda impactado, al ver el cuerpo inmóvil del joven. Inmediatamente piensa que fue un suicidio y lo reporta. Su familia – que ante el miedo de que se quitara la vida y no recibir respuesta a las llamadas telefónicas – había decidió viajar hacia Santiago, para evitar una tragedia, que nunca estuvo planeada por Paul ciertamente. Lamentablemente, él nunca llego a contarle a nadie lo que había sucedido, por lo que al enterarse su familia del deceso de Paul, asumieron qué fue lo que temían, y no había nada por hacer. Nadie nunca supo, ni va a saber realmente, los horrendos últimos días de vida de Paul, quien murió por estar en el lugar y momento incorrecto. Fue víctima de la criatura de los ojos tristes, sólo por ver lo que nunca debió haber visto. ¡Toc, Toc! ¿Quién es? Sinceramente, nunca temí realmente a ninguna de esas escalofriantes historias que leía con tanto interés. -Solo son relatos que intentan poner a prueba la imaginación de los lectores- me repetía continuamente. Por supuesto que llegué a convencerme de esto. Hubiera preferido, por lo menos, haber estado alerta ante el peligro inminente que no sabía que vendría… Esa noche estaba sola en mi cuarto, como era lo normal: mis padres se fueron a dormir temprano y la casa se encontraba rodeada de un inquietante silencio, que se disfrazaba de tranquilidad. Yo me dediqué a leer unos creepypastas, como era de costumbre. De alguna extraña manera disfrutaba esa sensación de desasosiego, de incertidumbre, miedo, misterio y esa indescriptible corazonada de que no estás tan solo como crees y que alguien (o algo) te está vigilando. Desafortunadamente, llegó a ser más que solo una “corazonada”. Estaba tan absorta navegando en Internet, que ni siquiera me di cuenta del tiempo que había pasado. Cuando me dio curiosidad por saber cuánto tiempo había dedicado a esto (o más bien malgastado), me percaté de que eran las 2:30 AM. Lo primero que pensé fue que seguramente toda mi familia ya estaría durmiendo, así que preparé todas mis cosas para irme a dormir pronto; recordando la prueba de mañana… ni siquiera estudié para esa prueba, hubiera repasado en lugar de estar vagando en mi ordenador. De pronto, unos golpecitos en la puerta me despertaron de mi ensimismamiento. Lo primero que pasó por mi mente fue que mi hermano intentaba fastidiarme. Sabía que mañana tendríamos que ir a la escuela, pero siempre él se quedaba deambulando en la noche, y desobedecía todas las indicaciones de acostarse temprano. -¿Quién es?- pregunté, aunque ya estaba convencida de que el único que podía estar despierto a estas horas era mi hermano (claro, además de mi). Sin embargo nadie respondió. No encontré nada anormal en esto, pues tenía sueño y seguramente mi hermano cayó en la cuenta de que sus niñerías estaban fuera de lugar a estas horas. Aun así resonaron, nuevamente, esos golpes en la puerta, esta vez más fuertes y persistentes –Pasa- le respondí, denotando claramente mí enojo. Tampoco hubo respuesta alguna. Tocaron la puerta nuevamente. -¡Ya vete a dormir de una vez!- Grité exasperada, al mismo tiempo en que abría la puerta bruscamente, para encarar a ese idiota que estaba perturbando mi tranquilidad. Lo que vi me dejó helada, o más bien lo que no vi. Pues cuando abrí la puerta, no había nadie del otro lado. Me tomó un minuto procesarlo y decidí ir a ver dónde estaba mi hermano. Imaginarán cuanta fue mi sorpresa cuando lo contemplé durmiendo profunda y apaciblemente. Consternada, de camino a mi habitación, analicé lo sucedido y llegué a la conclusión de que todo esto no fue más que un síntoma de la paranoia (provocada por leer historias de terror), combinada con una enorme dosis de cansancio, sueño y preocupación por la prueba que se avecinaba. Satisfecha con mi deducción; sintiéndome realmente aliviada, avergonzada y ridícula por el miedo que me propinó mi elaborada imaginación; regresé a mi cuarto exhausta y dispuesta a tomar un merecido descanso. Lo que encontré sobre mi cama cambió mi vida para siempre, o más bien, mi existencia. Doblado arriba de mis frazadas se encontraba un papel, escrito con una distorsionada caligrafía, que demostraba haber sido escrito con rapidez y nerviosismo. Decía lo siguiente: “No dudes que si lo quisiéramos ya no estarías entre los vivos… Sabemos lo que haces, te vigilamos en todo momento. Te traeríamos con nosotros; pero necesitamos que avises a los demás del peligro al que se enfrentan, que abatas sus espíritus y los hagas susceptibles al miedo, así será más fácil rastrearlos. Fuimos compasivos al tocar la puerta, seguramente la mejor decisión que has tomado en toda tu insípida vida fue no abrirla de inmediato y resistirte al impulso. Sin embargo, no siempre avisamos; simplemente capturamos a nuestras víctimas, pero no es una selección al azar… Nos llevamos a aquellas personas que buscan el miedo, sin darles ningún indicio. Probablemente te sentías vigilada antes de recibir este mensaje, tal vez un escalofrío recorrió tu cuerpo, escuchaste un ruido que no podías explicar y lo atribuiste a tu imaginación. Pues si es así, estabas muy equivocada, no era solamente autosugestión ni paranoia; éramos nosotros alimentando tu miedo. Ahora que sabes esto, prepárate, porque la próxima vez iremos a buscarte y no tocaremos la puerta.” Les digo esto porque ellos me obligaron, me dijeron que les contara toda la verdad para que no se pierdan ningún detalle de lo que les espera. Ya no hay salvación para mí. Pero si no quieres sufrir el mismo escalofriante y oscuro destino que me espera -vagando en los rincones del infierno; presenciando y sintiendo todas aquellas torturas dirigidas hacia mi o a alguna de las demás criaturas desafortunadas que me acompañan- por lo que más quieras en este mundo te pido que pienses dos veces antes de abrir la puerta, dudo que la golpeen o intenten advertirte de alguna manera, porque ya conoces lo que hacen y de lo que son capaces. De hecho, seguro que están esperando en este momento que salgas de tu habitación y abras la puerta para hacerte lo mismo que hicieron conmigo –despojarme de mi alma, condenarme a un sufrimiento eterno, distorsionar mi existencia y perturbar mi razón cada segundo de mi existencia -. Tal vez ya vienen por ti, tal vez vendrán mañana u otro día. Pero tarde o temprano tu miedo te delatará y yo estaré esperando ese momento. Nos vemos en el infierno.

luz de noche Desperté de golpe, a mitad de la noche. A pesar de mi cansancio, no podía volver dormir. Era la cuarta noche esta semana que despertaba inquieto. Mi imaginación había estado muy activa y viendo las sombras encontraba formas terroríficas en los muebles de mi cuarto. Pero mi miedo se iba al concentrarme en las formas, al darme cuenta que ese fantasma no era mas que una toalla sobre mi ventilador. Me acostaba viendo la pared, para evitar ver las sombras y al final el cansancio me volvía a vencer. Al despertar me sentía tonto, veía que en verdad no era más que objetos cotidianos que mi mente disfrazaba con las sombras de la noche y les daba formas que solo veía en mis pesadillas. La última noche desperté cuando todo parecía mas callado. Era el silencio lo que me ponía nervioso, las últimas noches despertaba escuchando algún televisor, el ruido de los autos pasando por la calle. Esta vez no había nada, solo silencio. Un silencio tan intenso que escuchaba mi corazón latir desesperadamente debido al terror que sentía. Quise volver a dormir viendo la pared. Por alguna razón algo se sentía diferente, como cuando te observan. Como cuando se te acercan por la espalda. Volteaba constantemente para analizar el cuarto. Las mismas sombras de siempre, el mismo montón de ropa fingiendo ser algo más, mi imaginación jugándome otra de sus bromas. Estaba comenzando a asustarme sin haber visto nada. Me asustaba estar rodeado de tanta obscuridad y no distinguir nada en las sombras. Detestaba que bastara tan poco para atemorizarme tanto como lo estaba. Decidí que lo mejor sería encender la lámpara junto a mi cama, eso me calmaría. No alumbraba demasiado, pero habría la suficiente luz para distinguir las cosas. Cuando estaba apunto de apretar el botón cerré los ojos, tenía miedo de ver algo que no debía estar allí. Para mi sorpresa cuando abrí los ojos no había luz, vi que la lámpara estaba desconectada. Me calmé, casi me reí. Temiendo a la obscuridad como un niño. Me levanté de la cama para conectarla a la corriente. No alumbraba demasiado, pero hubo la suficiente luz para descubrir que lo que estaba en mi armario no era un abrigo… te asecha en la oscuridad NO MIREIS LA IMAGEN QUE PONGO AL FINAL SIN HABER LEÍDO ANTES LA HISTORIA Con la negra noche llegaban los temores más profundos de Eric… Por el día era todo lo normal que un niño de 6 años puede llegar a ser: gustaba de jugar con sus amigos en el parque a ver quien corría más o a perseguir a las palomas, le gustaba el fútbol, aunque con sus piernecitas tan cortas los niños más grandes que él siempre conseguían ganarle,pero su madre le decía que no debía preocuparse por aquello, que ya crecería; aunque a él le parecía que tardaba siglos en llegar ese día; hacía sus deberes, aunque esto último como a cualquier niño, y no tan niños, no le gustaba demasiado; pero le bastaba una mirada de esas que solía poner su madre de ultimátum para ir corriendo a hacerlos. También admiraba mucho a su hermano mayor de 10 años, aunque este como todo hermano mayor solía intentar quitarselo de encima alegando que solo era un crío; aunque en el fondo se adoraban. En definitiva era un niño alegre y sin preocupaciones. Sólo cuando el sol se ocultaba Eric empezaba a sudar y el corazón le latía tan fuerte que creía que se le saldría del pecho; sabía que llegaba la hora de dormir, eso implicaba convivir con la oscuridad y con aquella cosa… Por el día no ocurría nada, pero al anochecer aquel ser oculto entre las estanterías de la habitación le acechaba con sus ojos, que con la oscuridad parecían como si lanzaran destellos de pura maldad, como si de un momento a otro fuera a lanzarse encima de él cual buitre y atacarle…y lo peor era cuando por la noche hablaba de repente con esa voz burlona y macabra, y cuando canturreaba, ay…..aquello era lo peor… Sus padres al principio trataron de explicarle de buenos modos que no podía hacerle nada, que debía aprender a calmarse solo y no temer a cosas de niños pequeños, su madre al principio se ablandaba un poco y lo dejaba dormir con ellos, pero su padre era más severo y reticente y opinaba que así no crecería. Tampoco ayudaba que su hermano se burlara en silencio de él alegando que era como un bebé por asustarse de semejante cosa, a su hermano parecía que le fascinaba; o tal vez solo lo hacía para chincharle, opinaba Eric. Pero aquella noche se armó de un secreto valor y juró que acabaría con aquella pesadilla de una vez por todas. Cuando las luces estuvieron apagadas el ser volvió a mirarlo fijamente; el niño empezó a sudar y notó como le costaba respirar por la tensión; cerró los ojos por un momento, apretó los puños con fuerza y con una valentía inusitada se encaramó a una silla dirigiendo sus manos al bicho…Sin pensarlo mucho, pues sabía que si lo hacía le fallarían las fuerzas, lo cogió con sus pequeñas manos apretando bien fuerte, aunque notaba que le sudaban las manos y se le resabalaba, corrió todo lo que pudo hasta la ventana de su habitación y lanzó al ser por los aires. Suspiró tan aliviado que pensaba que iba a hacerse pis. Había sido sencillo, y ya no volvería a molestarle nunca más. Se acostó en la cama y durmió como hacía meses que no hacía; y solo tuvo un pensamiento antes de dormirse plácidamente: ¿Que cara pondría su hermano al ver que su querido, horroroso y estúpido Furby había sufrido un pequeño accidente y no volvería nunca más?
el soldado y la rosa Con cada día que transcurría la guerra parecía más eterna, y con ello, el sueño de regresar con su amada Victoria parecía cada vez más imposible para Christopher. Era un joven soldado de 22 años de edad, y apenas tres meses como recluta. Su patria lo había separado de Victoria, su aún más joven prometida con quien se casaría cuando volviese a casa; los separaron una semana antes de su boda y todo se tuvo que posponer. Fue asignado al escuadrón 208, compuesto por simples campesinos inexpertos en los asuntos militares. Su sargento los guiaba y la experiencia que tenía era de sólo ocho meses. No existía otra opción, los enemigos acabaron con los verdaderos soldados en demasiados frentes, se necesitaba reclutar hombres fuertes y jóvenes, al menos para servir de escudos humanos. Sus oponentes tenían armas superiores, soldados sádicos, fríos y calculadores, y su número los sobrepasaba por millones. En sólo tres meses, los 300 hombres pertenecientes al escuadrón 208 se convirtieron en cincuenta, y en los veinte minutos anteriores una bomba dejó a quince de ellos heridos. Christopher acariciaba el gorro que le tejió Victoria antes de partir, recordando el día que la encontró haciéndolo. Era otoño, un triste y frío otoño, Christopher partiría en una semana y había pasado los últimos días arreglando todo en lugar de disfrutar a su amada Victoria. Una mañana el canto de un gallo lo despertó, y se dirigió a la cocina, como cada día, para saludar a su esposa; al llegar notó que la mesa estaba completamente vacía y Victoria no estaba en la habitación. Siempre que él llegaba a la cocina estaba sobre la mesa un cazo lleno de melón partido, servido por su amada como aperitivo antes del desayuno. Victoria era una cocinera excepcional, y que el cazo no se encontrase ese día le pareció demasiado extraño. De pronto, un gran grito sonó; era de Victoria y venía del estudio. Christopher corrió preocupado de que su prometida estuviese en problemas. Abierta la puerta del estudio, miró cómo una gota caía de la mano de Victoria. “Quería que fuera una sorpresa”, decía con su dulce voz, “pero torpemente me encajé la aguja y no pude soportar el dolor”. Victoria sostenía entre las piernas un gorro tejido completamente a mano. Estaba a la mitad, pero aun así era verdaderamente hermoso. “A donde vas el frío es más intenso, tu mente siempre será la mejor arma, y con esto esperaba que no se dañara”. Christopher sonrió y se acercó a Victoria, quitó el gorro y las cosas de tejido y las puso sobre la mesa de al lado. Después tomó sus dos manos con mucho cuidado; la herida ya no sangraba, pero aún dolía. Christopher le sonrió y besó mientras la rodeaba con sus brazos. Una semana después él partió, la última frase de su amada fue “Para el frío y la tristeza”. Mientras le entregaba el gorro terminado, Christopher le secó sus lágrimas y besó su frente; era un hasta luego, pero Victoria estaba temerosa, y besó sus labios por si llegaba a ser un adiós. Christopher soltó su primera lágrima desde que lo enlistaron, los recuerdos lo debilitaron por el miedo de no volver a ver a Victoria. Esa noche le tocaba guardia, estaban en un pantano realmente peligroso donde una emboscada era un plato simple. Christopher escuchó un sonido próximo a él, miraba cómo los matorrales se movían mientras cargaba su pistola con silenciador; un susurro en la noche, un disparo preciso y todo estaría bien. Christopher esperó, y cuando estaba lo suficientemente cerca, se abalanzó sobre lo que hubiera al otro lado disparándole en la cabeza, justo entre cada ojo. Viejo, arrugado, verrugas por todo el cuerpo llenas de pelo, piel babosa y mugrienta, enorme para su clase y con piernas realmente grandes. “Una maldita rana”, pensó cuando vio lo que había matado. A su lado estaba algo realmente curioso, una rosa silvestre. Quedó perplejo ante tal belleza, completamente abierta y con un rojo celeste que brillaba bajo la luna como una pequeña estrella roja. Su tallo era largo y frondoso, con grandes y afiladas espinas. “Sería perfecta para Vicky”, pensó Christopher guardando su arma y sacando su cuchilla. “Tendré mucho cuidado de no arruinarla”, y con esto, procedió a cortar el tallo y quitarle las espinas. Un estruendo lo interrumpió, era una explosión procedente de su campamento, seguida de los gritos de dolor de sus compañeros y una ráfaga de disparos; las espinas se encajaron en su mano, provocando un dolor insoportable que sólo podía soportar, pues si gritaba la muerte reclamaría su alma, y con ello la esperanza de volver a ver a Victoria desaparecería. El sonido de las llamas consumiendo el campamento era el único ruido que se escuchaba en aquella silenciosa noche. Christopher se ocultaba entre la maleza con la rosa a su lado; pero un disparó hizo que los pétalos se mancharan en sangre y él cerrara sus ojos sin saber qué había sucedido. Su pensamiento final fue “Perdón…”, mientras recordaba la cara de su amada por última vez antes de dormir en la eternidad. —Ella morirá —dijo una voz grave que hizo a Christopher abrir los ojos—. Así como esta rosa se marchita lo hará su corazón. —Un sujeto alto sostenía entre su mano la rosa que Christopher había encontrado, pero ahora lentamente se ennegrecía y perdía su vitalidad, junto con su belleza. —¿Quién eres? ¿Dónde estoy? —preguntó Christopher mirando aquel extraño suceso, demasiado inquieto y asustado. El sujeto portaba un traje negro como la noche y estaban en un cuarto limpio con paredes blancas, vacío, iluminado por dos grandes ventanas a los lados de la habitación. Detrás del enigmático personaje había una puerta blanca de metal, se notaba su gran seguridad. —Sólo seis preguntas, ni una más, ni una menos —dijo aquel extraño ser mientras sonreía perversamente—. Después sólo podrás decidir, así que elije bien, Christopher. ¿Cómo sabía su nombre? ¿Estaba muerto? ¿Qué había sucedido? Millones de preguntas asediaban la mente de Christopher, pero no se atrevía a decir ninguna. Entonces el sujeto comenzó a hablar: —Estás muerto y yo soy el Diablo, van dos. Christopher se asustó con esa respuesta, no había vuelta atrás. Se armó de valor y comenzó a preguntar: —¿Qué hago aquí? —Decidir si salvar a Victoria, tres. —¿De qué? —De mí, cuatro. —¿Por qué? —Su corazón no aguantará tu muerte, y yo reclamaré su alma después de que se suicide, cinco. Christopher sólo tenía una oportunidad, no debía fallar: —¿Cómo la salvo? El Diablo sonrió: —Pregunta correcta. Verás, tú siempre has sido un hombre puro al que jamás he podido corromper. Respetas y le eres fiel a tu amada Victoria, no tienes vicios, eres caritativo y hasta este momento sólo has matado a una mísera rana, y te sentiste horrible con eso. Para mí eres intocable y un alma realmente valiosa; Victoria es pura al igual que ti, pero un suicidio y será mía. —Maldito infeliz, no te atrevas a tocarla. —¿O qué? Tú estarás en el Paraíso, no podrás tocarme, ni a mí ni a ella —Volvió a sonreír—. Pero a pesar de eso puede que tenga a los dos. —¿A qué te refieres? Una cuarta sonrisa brotó de su cara: —Dame tu alma y yo te daré una oportunidad, ése es el cómo; le llevaré la rosa que quisiste darle y junto a ella una carta que escribirás aquí, si es que aceptas. —¿Cómo sabré que cumplirás? —No responderé una sola pregunta más, tendrás que arriesgarte, todo o nada. Christopher dudó, no podía confiar en él; pero tenía que, era su única oportunidad, así que lo arriesgó todo: —Acepto. Una sonrisa más perversa y grande: —Excelente decisión —Estiró su mano hacia Christopher y él la tomó; un dolor invadió su cuerpo, una silla y un escritorio brotaron debajo de él, terminando sentado frente a la mesa en donde había papel y una pluma con tinta—. Escribe y dime cuando estés listo. Christopher escribió: Querida Victoria: Estoy en una habitación blanca con un extraño señor que dice ser el mismísimo Diablo. Me ha dejado escribirte una carta y llevarte una rosa que encontré para ti. La dura verdad es que he muerto, no podré volver a tu lado… espero que me perdones por eso. Eres joven mi amor, eres hermosa y una mujer impresionante y única, cualquier hombre sería afortunado de estar a tu lado. Hubiera amado ser quien compartiera la vida contigo… pero no pudo ser así. Duele saberlo, pero ahora sólo me importas tú. Por favor, Vicky, busca a alguien más, alguien a quien puedas amar y te ame igual o más de lo que yo, que te haga tan feliz como siempre quise hacerte; encuentra a alguien que esté a tu lado y pueda hacer todo aquello que quisimos. No te pido que me cambies, sino que vivas tu vida al máximo. Tienes veinte años, tienes todo por delante, aprovéchalo y se feliz, y por favor, siempre recuerda que te amo y aunque haya muerto no lo dejaré de hacer jamás. Te cuidaré desde donde quiera que esté. Sigue siendo aquella maravillosa mujer de la que me enamoré. Te ama, Christopher. Posdata: La vida es hermosa, disfrútala. —Terminé —dijo Christopher. —Muy bien —Su sexta y última sonrisa, y el Diablo se fue transformado en una sombra, llevándose consigo la carta. El cuarto se oscureció y de las paredes brotó sangre sin parar. Christopher no se asustó, una lágrima salió de cada ojo, del derecho por felicidad, pues creía haber salvado a Victoria; del izquierdo por tristeza, pues no pudo decirle adiós por última vez, y en silencio las sombras lo fueron consumiendo poco a poco. Tocaron a la puerta de Victoria. Ella fue a abrir y encontró en el suelo una rosa realmente bella al lado de un sobre blanco, sin firma. Miró alrededor y no encontró nada ni a nadie, así que volvió adentro. Abrió el sobre y lloró como nunca lo había hecho: Christopher se había ido. La rosa era su recuerdo, así que la plantó en el jardín para mirarla por la ventana cada vez que se levantase. Los años pasaron y muchos amaron a Victoria. La abuelita Vicky, para los niños del pueblo, tuvo muchos pretendientes, pero ninguno la conquistó; ella sólo amaba a un hombre, y así sería siempre, aunque él ya no estuviera. La guerra terminó y el vencedor fue un milagro, el ejército enemigo terminó por colapsar y caer ante el nuestro, la rosa silvestre se convirtió en un rosal que cubrió todo el patio de la casa, e inclusive a la casa misma; todas las rosas eran tan bellas como la primera y en las noches era un espectáculo que ver, pues el brillo era hermoso para cualquiera. Para Victoria ése era el amor que se sintieron Christopher y ella, un amor tan grande que superó a la misma muerte. Al final ella pereció como todos lo hacen, y fue enterrada en medio de una corona de rosas, justo en medio de su patio. Todo el pueblo asistió, pues todos la amaban; ella había sido la mujer más buena de todo el pueblo, en especial en los tan difíciles años de guerra, cuando regalaba su ayuda y su felicidad a aquellos que más lo necesitaban, e incluso a quienes ni siquiera la merecían. Había sido una mujer ejemplar… Entonces Victoria abrió los ojos, y frente a ella un hombre en un traje oscuro la miraba con una gran sonrisa. —Seis preguntas, ni una más, ni una menos, después sólo podrás elegir —Victoria miró a su alrededor: un cuarto blanco con dos ventanas que iluminaban el lugar, y una gran puerta de metal frente a ella. El hombre habló—. Así que escoge bien Victoria. comenten puntuen y sigan graxxx¡¡¡¡
el regalo de mi padre Hace tres meses mi padre murió de un paro cardíaco. Siempre le advertí que si seguía comiendo de la manera en que lo hacía, ése sería su destino. Ésta es la primera vez que detesto haber tenido razón. Él no era un hombre rico, y tampoco lo soy yo. Toda mi familia Herrera ha vivido con apenas lo suficiente; pero siempre bastaba, porque todo el resto era innecesario. Mi padre nos dejó su casa a mí y a mi hermana, quien es cuatro años menor que yo. Había literalmente escrito en su testamento que la parte frontal era de ella y la trasera mía. La casa era bastante extensa, de hecho, si hubiéramos construido un muro en el medio habríamos tenido dos casas con tamaños razonablemente buenos para dos solteros. Pero decidimos dejarla intacta por el momento y remodelarla a partir del próximo año, para después alquilarla. Desde la muerte de mi padre no había visitado su casa, simplemente no hallaba tiempo. Y es que estando en constante competencia con mis compañeros de trabajo, no podía descuidarme ni un segundo. Graciela (mi hermana) la visitó el lunes pasado para recordar viejos tiempos. Me contó que buscó en todas las habitaciones esperando encontrar algo lindo que llevarse. Ciertamente visitó también mi parte de la casa, lo cual no me sorprende, ella siempre ha sido una metiche. En la parte trasera de la casa había un baño, la habitación de mi padre y un pequeño espacio que él usaba como depósito. Graciela me dijo por teléfono que en la cama de mi padre había una pequeña caja envuelta en papel de regalo azul (con grandes “¡Feliz cumpleaños!” por todos lados). El regalo tenía una nota con mi nombre. Me resultó extraño porque yo cumplí años hace cinco meses, y de hecho pasé ese día sin saber nada de mi padre. Creí que no se había recordado y me molesté con él, pero lo dejé pasar por unas semanas, hasta que cedí y actué como que nada había sucedido. Le dije a mi hermana que lo dejara ahí, yo iría el sábado a verlo por mí mismo. Al bajarme del taxi contemplé su casa en silencio por un minuto y entré. Todo era exactamente igual a como lo recordaba, y el que estuviera completamente construida en madera le daba una apariencia adorable. Me dirigí a la habitación de mi padre y vi la pequeña caja. Noté que mi hermana se había llevado un cuadro de un atardecer que había comprado mi padre en Brasil. Me senté en la cama y tomé el regalo. La nota era la siguiente: “De Papá, para Víctor: lamento no haberte llamado en tu cumpleaños, y lamento no haberte hecho caso. Lamento no haber sido mejor persona, y lamento dejarte esto”. Me pareció una nota sumamente extraña, no tenía sentido. Me dispuse a abrir el regalo. Abrí la caja y vi un espejo roto. Me vi reflejado en todas y cada una de las piezas, hasta que todas empezaron a volverse negras. Mi espejo ya no me reflejaba, sino que me mostraba una dimensión diferente. Lo tomé entre mis manos y observaba atentamente. Algo se acercaba de entre la oscuridad, una forma humana, la forma de un hombre. Cuando estaba lo suficientemente cerca, noté que era mi padre, con graves quemaduras en su cara y brazos. No podía moverme de la impresión, no tenía ninguna reacción. Sólo miraba las quemaduras de mi padre, tan graves que daban asco. Entonces él movió su boca y pronunció algo que no podía escuchar, pero a juzgar por su exagerado movimiento (para que yo le entendiera, supongo), asumo que dijo “lo siento”. Me sentí débil y desorientado, y de pronto me desmallé. No sé cuánto tiempo pasó, pero desperté y vi en el cielo un pequeño cuadro del que reconocía el techo, el techo de la habitación de mi padre. A mi alrededor no había nada más que oscuridad, y me inundó un miedo mayor al que sentía antes. Me inundó la realidad, que me decía que ahora yo estaba en aquella dimensión extraña en donde estaba mi padre. A través de la pequeña ventana-espejo vi que se acercaba alguien, y noté entonces mi cuerpo. Con lágrimas en los ojos, mi cuerpo me enseñó una nota, que decía, “No soportaba estar más ahí. Perdóname, hijo”. Empecé a maldecirlo a gritos, aunque sabía que no me escuchaba; y cuando vi que mi padre iba a golpear el espejo con un martillo, enloquecí. Pronto la ventana del cielo desapareció y quedé en completa oscuridad. Me encontraba rodeado de nada. Me encontraba en un lugar en donde ni mis pasos hacían sonido. Solamente mi llanto y mis gritos se escuchaban, hasta que una voz rompió el silencio. Una voz ni grave ni chillona, ni gritando ni murmurando, ni humana ni espiritual. La escuché justo a mi lado, incluso sentí su vibración. Mi espalda se erizó completamente, e improvisadamente caí. Tal como si el suelo hubiera dejado de existir, caí. Entré en agua y traté de llegar a la superficie. Seguía sin ver ni oír nada, pero tenía mis otros sentidos para guiarme. Era extraño nadar sin escuchar el agua moviéndose, pero traté de ignorarlo. Sentí que el agua comenzaba a calentarse cada vez más. Nadaba con más fuerza esperando encontrar tierra. Mis brazos, ahora flácidos y viejos, no resistían el esfuerzo físico que hacía, y se rindieron muy rápidamente. Sentía el increíble ardor en todo mi cuerpo y las quemaduras que tenía explotaron. Comencé a caer de nuevo, lo sentí. Y la voz me habló de nuevo. Me dijo: —Pagarás por todos los pecados de tu padre. Yo no tenía la fuerza para responderle, pero lo pensé, sabía que podía leer mis pensamientos. —¿Yo que tengo que ver? —Hice un trato con él. Si lo dejaba huir, me traería la persona que más amaba. —Mejor mátame… —Claro que no, Víctor, eso es lo hermoso del Infierno. Vamos, juguemos de nuevo. Hugo Herrera rompió el espejo llorando, sabiendo que estaba destinando a su hijo al sufrimiento eterno. Se levantó con culpa y se vio en el espejo del baño. Era joven, apuesto y saludable. Tenía toda una vida por delante, una segunda oportunidad. En su reflejo vio por un segundo cómo Víctor estaba sumergido en un mar de lava. Asustado, volvió a la habitación y tomó la caja de regalo. Derramó aceite en ella y le prendió fuego en el patio trasero. Ahora era sólo un mal recuerdo. La confesión El cura oyó la puerta del confesionario abrirse y supo que debía seguir con lo que se le había encomendado por orden divina. —Hijo mío —díjo el cura, con un tono confortante, suficiente para inspirarle confianza al recién llegado—, siéntete libre de confesar tus pecados y el perdón de Dios será digno de ti. El sujeto aún no dijo nada luego de que el cura terminara de hablar. Al cura incluso le dio la impresión de que el hombre había girado su cabeza y ahora lo miraba fijamente a través de la rendija. Cuando le iba a preguntar si se encontraba bien, él habló. —¿Padre Saul? —dijo, con una voz que provocó en el cura un escalofrío que recorrió su espalda, y que no se detuvo hasta llegar debajo de su nuca. La voz parecía más un chillido, de manera que el cura no pudo determinar si se trataba de un hombre, una mujer o un niño. Pero lo que más le intrigaba era que el recién llegado sabía su nombre, cuando apenas esa semana había sido trasladado a la iglesia. —Dime hijo —respondió el cura, aún desconcertado. —Padre, he pecado —dijo el sujeto haciendo ruidos extraños al moverse, quizá por los nervios—. He hecho mal, y necesito su perdón. —Cuéntame hijo, ¿qué pecados has cometido? —¡Eso no te interesa, viejo estúpido! —gritó el sujeto, quien ahora sí, aseguraba el cura, estaba pegado a la rendija que los separaba. —Hijo mío, no puedo concederte el perdón de Dios si no me confiesas tus pecados —le dijo, realmente sorprendido por su reacción tan violenta. —Como gustes, Saul —contestó él, y a continuación le detalló todos y cada uno de los pecados que había cometido. Hubo silencio durante unos segundos. —¿Estás arrepentido, hijo mío? —Sí, lo estoy —respondió el sujeto, quien, según el cura, pareció soltar una risita al terminar de hablar. —Entonces por las facultades que me concede la Iglesia, y por intersección de Dios Todopoderoso, te concedo el perdón en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Al terminar de hablar, una carcajada estruendosa hizo al cura saltar de su asiento. Esa risa terrible y un olor a animales muertos lo impulsaron a salir del confesionario para entrar a la parte contraria del mismo, en donde se suponía que estaba la persona que se había confesando. Al entrar no vio a nadie, solamente sintió el terrible olor que se había impregnado. Pero cuando levantó la vista, vio en la pared de madera algo rasgado aparentemente con las uñas, que decía: “FÍJATE BIEN A QUIÉN LE CONCEDES EL PERDÓN”. comenten puntuenme y siganme grax