el regalo de mi padre
Hace tres meses mi padre murió de un paro cardíaco. Siempre le advertí que si seguía comiendo de la manera en que lo hacía, ése sería su destino. Ésta es la primera vez que detesto haber tenido razón.
Él no era un hombre rico, y tampoco lo soy yo. Toda mi familia Herrera ha vivido con apenas lo suficiente; pero siempre bastaba, porque todo el resto era innecesario. Mi padre nos dejó su casa a mí y a mi hermana, quien es cuatro años menor que yo. Había literalmente escrito en su testamento que la parte frontal era de ella y la trasera mía. La casa era bastante extensa, de hecho, si hubiéramos construido un muro en el medio habríamos tenido dos casas con tamaños razonablemente buenos para dos solteros. Pero decidimos dejarla intacta por el momento y remodelarla a partir del próximo año, para después alquilarla.
Desde la muerte de mi padre no había visitado su casa, simplemente no hallaba tiempo. Y es que estando en constante competencia con mis compañeros de trabajo, no podía descuidarme ni un segundo.
Graciela (mi hermana) la visitó el lunes pasado para recordar viejos tiempos. Me contó que buscó en todas las habitaciones esperando encontrar algo lindo que llevarse. Ciertamente visitó también mi parte de la casa, lo cual no me sorprende, ella siempre ha sido una metiche. En la parte trasera de la casa había un baño, la habitación de mi padre y un pequeño espacio que él usaba como depósito. Graciela me dijo por teléfono que en la cama de mi padre había una pequeña caja envuelta en papel de regalo azul (con grandes “¡Feliz cumpleaños!” por todos lados). El regalo tenía una nota con mi nombre. Me resultó extraño porque yo cumplí años hace cinco meses, y de hecho pasé ese día sin saber nada de mi padre. Creí que no se había recordado y me molesté con él, pero lo dejé pasar por unas semanas, hasta que cedí y actué como que nada había sucedido. Le dije a mi hermana que lo dejara ahí, yo iría el sábado a verlo por mí mismo.
Al bajarme del taxi contemplé su casa en silencio por un minuto y entré. Todo era exactamente igual a como lo recordaba, y el que estuviera completamente construida en madera le daba una apariencia adorable. Me dirigí a la habitación de mi padre y vi la pequeña caja. Noté que mi hermana se había llevado un cuadro de un atardecer que había comprado mi padre en Brasil. Me senté en la cama y tomé el regalo. La nota era la siguiente: “De Papá, para Víctor: lamento no haberte llamado en tu cumpleaños, y lamento no haberte hecho caso. Lamento no haber sido mejor persona, y lamento dejarte esto”.
Me pareció una nota sumamente extraña, no tenía sentido. Me dispuse a abrir el regalo. Abrí la caja y vi un espejo roto. Me vi reflejado en todas y cada una de las piezas, hasta que todas empezaron a volverse negras. Mi espejo ya no me reflejaba, sino que me mostraba una dimensión diferente. Lo tomé entre mis manos y observaba atentamente. Algo se acercaba de entre la oscuridad, una forma humana, la forma de un hombre. Cuando estaba lo suficientemente cerca, noté que era mi padre, con graves quemaduras en su cara y brazos. No podía moverme de la impresión, no tenía ninguna reacción. Sólo miraba las quemaduras de mi padre, tan graves que daban asco. Entonces él movió su boca y pronunció algo que no podía escuchar, pero a juzgar por su exagerado movimiento (para que yo le entendiera, supongo), asumo que dijo “lo siento”. Me sentí débil y desorientado, y de pronto me desmallé. No sé cuánto tiempo pasó, pero desperté y vi en el cielo un pequeño cuadro del que reconocía el techo, el techo de la habitación de mi padre. A mi alrededor no había nada más que oscuridad, y me inundó un miedo mayor al que sentía antes. Me inundó la realidad, que me decía que ahora yo estaba en aquella dimensión extraña en donde estaba mi padre.
A través de la pequeña ventana-espejo vi que se acercaba alguien, y noté entonces mi cuerpo. Con lágrimas en los ojos, mi cuerpo me enseñó una nota, que decía, “No soportaba estar más ahí. Perdóname, hijo”. Empecé a maldecirlo a gritos, aunque sabía que no me escuchaba; y cuando vi que mi padre iba a golpear el espejo con un martillo, enloquecí. Pronto la ventana del cielo desapareció y quedé en completa oscuridad. Me encontraba rodeado de nada. Me encontraba en un lugar en donde ni mis pasos hacían sonido. Solamente mi llanto y mis gritos se escuchaban, hasta que una voz rompió el silencio. Una voz ni grave ni chillona, ni gritando ni murmurando, ni humana ni espiritual. La escuché justo a mi lado, incluso sentí su vibración. Mi espalda se erizó completamente, e improvisadamente caí. Tal como si el suelo hubiera dejado de existir, caí. Entré en agua y traté de llegar a la superficie. Seguía sin ver ni oír nada, pero tenía mis otros sentidos para guiarme. Era extraño nadar sin escuchar el agua moviéndose, pero traté de ignorarlo. Sentí que el agua comenzaba a calentarse cada vez más. Nadaba con más fuerza esperando encontrar tierra. Mis brazos, ahora flácidos y viejos, no resistían el esfuerzo físico que hacía, y se rindieron muy rápidamente. Sentía el increíble ardor en todo mi cuerpo y las quemaduras que tenía explotaron. Comencé a caer de nuevo, lo sentí. Y la voz me habló de nuevo. Me dijo:
—Pagarás por todos los pecados de tu padre.
Yo no tenía la fuerza para responderle, pero lo pensé, sabía que podía leer mis pensamientos.
—¿Yo que tengo que ver?
—Hice un trato con él. Si lo dejaba huir, me traería la persona que más amaba.
—Mejor mátame…
—Claro que no, Víctor, eso es lo hermoso del Infierno. Vamos, juguemos de nuevo.
Hugo Herrera rompió el espejo llorando, sabiendo que estaba destinando a su hijo al sufrimiento eterno. Se levantó con culpa y se vio en el espejo del baño. Era joven, apuesto y saludable. Tenía toda una vida por delante, una segunda oportunidad. En su reflejo vio por un segundo cómo Víctor estaba sumergido en un mar de lava. Asustado, volvió a la habitación y tomó la caja de regalo. Derramó aceite en ella y le prendió fuego en el patio trasero. Ahora era sólo un mal recuerdo.
La confesión
El cura oyó la puerta del confesionario abrirse y supo que debía seguir con lo que se le había encomendado por orden divina.
—Hijo mío —díjo el cura, con un tono confortante, suficiente para inspirarle confianza al recién llegado—, siéntete libre de confesar tus pecados y el perdón de Dios será digno de ti.
El sujeto aún no dijo nada luego de que el cura terminara de hablar. Al cura incluso le dio la impresión de que el hombre había girado su cabeza y ahora lo miraba fijamente a través de la rendija. Cuando le iba a preguntar si se encontraba bien, él habló.
—¿Padre Saul? —dijo, con una voz que provocó en el cura un escalofrío que recorrió su espalda, y que no se detuvo hasta llegar debajo de su nuca. La voz parecía más un chillido, de manera que el cura no pudo determinar si se trataba de un hombre, una mujer o un niño. Pero lo que más le intrigaba era que el recién llegado sabía su nombre, cuando apenas esa semana había sido trasladado a la iglesia.
—Dime hijo —respondió el cura, aún desconcertado.
—Padre, he pecado —dijo el sujeto haciendo ruidos extraños al moverse, quizá por los nervios—. He hecho mal, y necesito su perdón.
—Cuéntame hijo, ¿qué pecados has cometido?
—¡Eso no te interesa, viejo estúpido! —gritó el sujeto, quien ahora sí, aseguraba el cura, estaba pegado a la rendija que los separaba.
—Hijo mío, no puedo concederte el perdón de Dios si no me confiesas tus pecados —le dijo, realmente sorprendido por su reacción tan violenta.
—Como gustes, Saul —contestó él, y a continuación le detalló todos y cada uno de los pecados que había cometido.
Hubo silencio durante unos segundos.
—¿Estás arrepentido, hijo mío?
—Sí, lo estoy —respondió el sujeto, quien, según el cura, pareció soltar una risita al terminar de hablar.
—Entonces por las facultades que me concede la Iglesia, y por intersección de Dios Todopoderoso, te concedo el perdón en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Al terminar de hablar, una carcajada estruendosa hizo al cura saltar de su asiento. Esa risa terrible y un olor a animales muertos lo impulsaron a salir del confesionario para entrar a la parte contraria del mismo, en donde se suponía que estaba la persona que se había confesando.
Al entrar no vio a nadie, solamente sintió el terrible olor que se había impregnado. Pero cuando levantó la vista, vio en la pared de madera algo rasgado aparentemente con las uñas, que decía:
“FÍJATE BIEN A QUIÉN LE CONCEDES EL PERDÓN”.
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