Lionelmessi24
Usuario (Argentina)
SUFRAGIO En los platos quedaban sólo las sobras, ya podían descansar, no era ésta la suerte de las copas que se llenaban y vaciaban de tintura. Ellos hablaban con un tono elevado, propio de quienes bajan el volumen de los sentidos y se dejan llevar. Los ojos semiabiertos hubieran engañado al que pensara que en cualquier momento se dormían, porque en realidad todos, las tres damas y los dos caballeros, estaban igual de atentos a la discusión. —Que Dostoievski es igualito a Tolstoi, dice, ¡Qué barbaridad! Bah, sí. ¡Los dos son rusos! La otra lo miró y sacudió la mano en un gesto que decía, no me interesa lo que pienses. La más joven tosió y dijo que ahora era su turno de leer lo que había escrito. Escucharon. Cuando terminó, una lloraba, quién sabe cuánto tenía que ver la tintura, o el recuerdo o una sensibilidad tan hinchada como el hígado. Después, como tantas otras veces, compararon: Borges y Sábato, García Márquez y Saramago, Hemingway y Fritzgerald. No podían resultarles distintos porque crecieron con la cualidad, ¿cualidad?, de poner algo por encima de otro algo, como en escalones, y no concebían la posibilidad de estar hablando, en realidad, de diferentes escaleras. Los libros, al ser mencionados, parecían apilarse sobre la mesa, y los autores espectrales se acercaban a escuchar; a veces, cuando no les gustaba lo que oían sobre sus obras, se marchaban sin más, insultando según cada idioma. —¿A quién van a votar? Si la pregunta hubiera sido una locomotora, estos hubieran sido sus vagones: no sé; la verdad que no estoy segura; a nadie; no quiero ni pensar que de acá a un año hay que votar. Nótese que pese a formular distintas respuestas con sinapsis gramaticales variadas, las cinco personas coincidían en sus aseveraciones, y, si se quiere, a la vista de una pregunta que no parece indicar convicción, el hombre que la formuló no cae lejos del árbol. Pero ¿por qué esa pregunta? ¿De dónde provino? Quizás su silencio durante la velada era causado por ése interrogante, una duda al respecto que le molestaba y decidió compartir. Ahora entre ellos rondaba una conversación aparte, una conversación, llamémosle, fantasma, que acontecía aunque no se escuchara: —¿Dónde cabe la palabra obligatorio en una democracia? —La responsabilidad civil, eso lo vuelve obligatorio. No es tanto más una ley sino un valor moral en cada uno de nosotros, nos guste o no. —Yo le llamaría responsabilidad social. —Cada cuatro años la misma historia. La cola que no avanza, los tarados que se masturban en el cuarto oscuro, los fiscales indolentes, el carnaval en los medios… —Insoportable, inaguantable, insufrible. —Te faltó ineluctable. De esa conversación metafísica, como si de dos mundos paralelos uno mudara algo al otro, se trasladó un comentario a la conversación real: —Nos conocemos. Puedo decir, sin miedo a que disientan, que no nos interesa votar a nadie. Votamos porque tenemos que. Los cerebros de los otros cuatro prendieron la luz de la queja políticamente correcta, pero la irreverente verdad del comentario los hizo callar. —Entonces pienso, divago, enloquezco, que debería haber un partido para gente como nosotros. Un partido donde puedan dejar su voto aquellos que no quieran votar porque no confían en los sinvergüenzas, o aquellos que no les interesa pero lo hacen para sentirse responsables. —¡Para eso está la izquierda! Rieron. Algunos más, otros no tanto. —No, en este partido nadie querría gobernar. No interesaría. Es sólo una urna para que la gente se sienta cívicamente responsable y que a la vez no tenga que elegir por elegir, o caer en el engaño de votar en blanco. —Me gusta. —Hagámos eso entonces. Risas. —Sí… —Un partido apolítico. —¡Ahí tenés el nombre! Carcajadas. —Al frente el Partido Apolítico, ¡carajo! El que haya experimentado una noche de botellas vacías estará de acuerdo que la mañana siguiente trae consigo el desconcierto, la jaqueca, por qué no la risa y tantas veces, tantas, el arrepentimiento. Sea una secuela u otra, es innegable que las noches de botellas vacías siempre traen algo consigo, y ese algo no es necesariamente un visto bueno a lo hecho horas atrás. Bien, los perseguidores de excepciones a la regla tendrán, en este caso, una más para anotar en sus cuadernos: los cinco, tan lúcidos como la sobriedad permite, estaban de nuevo ante la mesa haciendo planes sobre lo que acordaran la noche anterior. Al parecer, eso que sonaba tan chistoso, por no llamarlo ridículo, logró seriedad con la almohada, lo que nos dice mucho de las verdaderas aspiraciones de lo ridículo. Sonaron los teléfonos uno tras otro convocando la reunión, para el tropiezo del sol estaban dialogando sobre los rudimentos del Partido: iniciales, colores, lema, mensaje, y demás. Lo que trajo más complicaciones fue la elección de los líderes, porque ninguno quería serlo. De haber sido por ellos dividían el liderazgo, pero las reglas dicen que debe haber una fórmula con sus respectivas jerarquías, y entonces no tuvieron elección. Todo se decidió, en lo que resultó el momento más silencioso de la jornada, por sorteo; escribieron sus nombres en papeles pequeños que después abollaron y pusieron en un cenicero, mezclaron y retiraron dos. El primero resultó ser la mujer más joven, que se quejó de su mala fortuna. El segundo bollito descubrió al hombre de mayor edad. Los otros tres serían asesores, divulgadores, la inteligencia del Partido Apolítico. —Yo creo que lo que a la gente en sus casas le interesa escuchar es cómo surgió el APO. —Le pido por favor que aleje el micrófono porque me pone nerviosa. —Sí, lo siento. Decía, entre tantas preguntas que tengo para hacerle, algunas no las podría decir en cámara, se destaca esa que todos queremos escuchar, ¿cómo empezó este proyecto? —Si no puede decirlas en cámara eligió mal la profesión, le falta coraje para preguntar. El APO comenzó como cualquier otro partido, como una queja. Somos una urna para aquellos que votan porque así lo demanda la responsabilidad cívica. Para el nihilista. Para los que no caen ante el engaño del voto en blanco. Para los que ven víboras por políticos. El Partido Apolítico es un espacio que respalda la democracia y el desinterés por el accionar político. —Un desinterés causado por… —Los antecedentes políticos, señor, los antecedentes políticos. —¿Y cuáles son sus propuestas? —Creí haber sido clara. No tenemos propuestas porque no queremos gobernar. Estamos para que viva tranquilo el que no desea votar. En lo único que creemos es en la importancia de cada voto, como una porción de confianza que cada persona da de sí y nunca nada le es correspondido. Lo que queremos es corresponder, ser los primeros que devuelven algo a la gente a cambio de su confianza: la satisfacción de la responsabilidad. —Pero la gente puede satisfacer su responsabilidad votando a cualquier otro. —No aquellos que votan por votar, para sacarse de encima el sufragio. Creemos que eso daña a las personas y perjudica a la democracia. —¿Qué me dice de este exponencial reconocimiento sin siquiera haber colgado un cartel? —Que queda en evidencia la falsa omnipotencia de la contaminación propagandística. Que se subestima la efectividad del boca a boca. —Pero estamos hablando de una intención de voto del veinte por ciento en sólo cuatro meses de campaña. No hay precedentes al respecto. —Si quiere repito lo que respondí antes. —¿Y qué tiene para decirle a los demás partidos, sobre todo aquellos que cuatro meses atrás los atacaron sin piedad? —Nada. —¿Creen que se unirá más gente a la causa? —No lo sabemos y tampoco nos consta. Cualquiera hubiera dicho que las constantes tormentas de los meses posteriores eran consecuencia de la furia de los Partidos adversarios; como si cada insulto trajera un trueno; cada píldora, un refusilo; cada pensamiento negativo, una gota. Las ovejas, ¡las ovejas!, se perdían en el campo y no había forma de traerlas al corral. Ahora los que habían sido rivales se unieron ante un poderoso enemigo en común, y no anticiparon que este vínculo les jugaría en contra; el pueblo los miraba y decía, son iguales, ¿pueden creerlo?, al final sólo se mostraban diferentes, siempre fueron iguales, como dos gotas de agua. Entonces, tarde, estos Partidos rompieron la relación y volvieron a jugar a ser contrarios, criticando al APO cada uno desde su rincón. Indignados. ¡Indignadísimos! Lo que habían estudiado no los preparó para afrontar esta descabellada contingencia. Algunos pasaban noche y día buscando respuestas en el libro de la demagogia, pero nada encontraban. Desesperados, tomaron una resolución: la inteligencia de los Partidos, presionada por los capitanes que no sabían ya cómo maniobrar el timón, recomendaron el aumento presupuestario de la propaganda visual. Costó comprender la propuesta, claro, era cuestión de levantar la persiana y ver las calles, edificios, carteles y autopistas, murales y pantallas gigantes con los rostros de los líderes de los Partidos adversarios: ¿dónde cabía más propaganda visual si habían ocupado todo espacio? La inteligencia de los Partidos adversarios se defendió diciendo que en momentos trágicos es obligación romper los límites de normal, así introdujeron propaganda dentro de los bares, en los vestíbulos de los apartamentos, en balcones, suelas de zapatos, patios de escuelas, a lo largo de las calles, en baldosas de vereda, árboles, perros callejeros, vagabundos, inodoros, pizarrones, carritos de supermercado, pelotas de fútbol, automóviles, tatuajes de brazo, almohadas, espaldas y pechos, en cajas de pizza, papel higiénico, palomas, ratas y muchos otros sitios que no podrán ser mencionados porque el presupuesto de palabras de este texto es mucho más limitado. Igualmente, obliga la verdad esta aclaración, no puede decirse que los Partidos adversarios llevaban la peor parte. Los medios de comunicación y los grupos económicos, valga la redundancia, sostenían con la mano temblorosa la pistola pegada a la sien en vista de los resultados de las últimas encuestas. Sus predecesores y los predecesores antes de éstos jamás tuvieron tamaño problema; todo marchaba como debía, nadie podía imaginar una herida de muerte a sus intereses. Y ahora no sabían qué hacer, porque por primera vez el dinero no solucionaría la contingencia. ¡En qué río sucio se ahogarían sus intereses! Y sólo podrían mirar, observar, porque la caña en sus manos azules iba sin anzuelo. Necesitaban un líder de los Partidos adversarios, uno sólo, cualquiera, para hacer de mediador entre el cielo y el infierno, infierno al que siempre huyeron, infierno que ayudaron a crear. Estos presionaban a los líderes, aquellos a la inteligencia, esos al pueblo, tales últimos no sucumbían ante la presión y así devolvían el golpe en sentido contrario. Un caos. ¿Qué iba a ser de ellos, titiriteros inoxidables, sin su títere en la copa del árbol? El seis está a mitad de camino entre el uno y el diez, casi, en realidad está más cerca del diez, ese número del pedestal, símbolo humano de lo sobresaliente. Porque lo obvio tiene la cualidad de no necesitar ser explicado, diremos aquí, entonces, que lo resaltamos: seis, en su carrera al diez, es más que tres, que cuatro o cinco; seis no es diez pero triunfa ante los dígitos predecesores. Todo esto demuestra por qué el Partido Apolítico ganó las elecciones, con seis votos de cada diez. Jamás hubo tanta incertidumbre ante la paradoja de que haya ganado el Gobierno, justamente, el Partido que no quería gobernar. Pero la ley es la ley, damas y caballeros, la democracia dicta su sentencia y hay que obedecerla. Jamás se sabrá si las multitudes abordaron el APO por falta de convicción política o por probar un poco de una ironía mayúscula, esto último porque sabemos que lo irónico deshace las reglas y da sensación de libertad. Justamente ironía fue lo que no percibieron los Partidos adversarios ni los medios de comunicación, que vivían algo así como su Apocalipsis. Hubo trompadas y narices rotas, sobre todo entre los líderes de los Partidos adversarios y su inteligencia, los primeros echando culpas y los segundos recriminando que faltaron más afiches por pegar, por ejemplo en la luna, decían unos, o en las montañas, aseguraban otros. Pero ya nada podían hacer, sólo observar al APO en la copa del árbol y tratar, por enésima vez, de bajarlo de un hondazo. He aquí un anticipo: no hubo hondazo capaz; el partido que no quería gobernar, gobernó hasta el último suspiro del último integrante.
A continuación una lista con requisitos para ser un Humano completo: - La envidia - La constante comparación - El orgullo desmedido - Hostilidad - Incesante búsqueda del poder / dominio del otro - La constante competencia - La creencia en entes imaginarios para justificar la existencia - El ego Seguramente olvidé varios, pero éstos fueron los que aparecieron fugazmente por mi cabeza. Friedrich Nietzsche dijo alguna vez que "el hombre no es más que un puente entre el animal y el Súper-Hombre. Un peligroso bache en el camino, un peligroso mirar atrás; todo en él es peligroso, ha llegado la hora del Súper-Hombre". La vida es evolución constante, ¿no será hora de dar el paso hacía lo que Nietzsche llama Súper-Hombre? Muchas veces escuché gente calificando actos negativos como "poco humanos", ¿y si tales actos son puramente de naturaleza humana? ¿Y si son esos aspectos negativos los que nos caracterizan como humanos? La respuesta más elaborada la tiene la historia, con sus antecedentes y datos. Cuando nos apoyamos en ella, vemos que la humanidad siempre tuvo la mecha de la hostilidad encendida: guerras, genocidios, holocaustos, estúpidas discriminaciones, marginación, odio, violencia, y la lista sigue y sigue... Entonces, sería más fácil calificar como "humano" todo aspecto negativo, la historia estaría orgullosa de respaldar esta posición. Quizás el "Súper-Hombre" del que habló el filósofo alemán sea el próximo paso, una reforma evolutiva que no influye en lo físico sino más bien en cualidades mentales. ¿Cómo me imagino a un Súper-Hombre? Me arriesgo a definirlo como un ente necesariamente altruista, libre de cualquier creencia mitológica forjada por una doctrina religiosa, en busca de la auto superación en vez de una superación externa; que utiliza un debate de ideales para enriquecer los propios en vez de querer imponer su punto de vista y logra eliminar el ego primitivo. Quizás ese salto evolutivo suceda con el tiempo, en miles de años (recordemos que la vida en el planeta comenzó hace unos 4300 millones de años), bajo un cambio de perspectiva o como suceden muchos cambios repentinos: al borde del abismo.
Un articulo de la pagina www.enlacecritico.com “La historia la escriben los que ganan” dice la frase. De ser así ¿Cuándo tenemos la versión original de los hechos? El “que ganó” ¿Fue necesariamente el “bueno”? ¿Qué hay de la versión del que pierde? Sucedió y sucede en la historia, como a su vez en la vida cotidiana y entre las personas. El que gana (metafóricamente hablando) distribuye su verdad y esta queda plasmada como historia. Digo que sucede a su vez en la vida cotidiana y en las relaciones entre personas porque en una disputa ambas partes contarán su versión de los hechos como SU verdad. Entonces, ¿Qué es lo real, lo factible? ¿Que campana produce el sonido de la verdad? En la sociedad es un hecho común que puede solucionar un tercero, pero ¿Qué sucede con los hechos que le dieron un rumbo a la humanidad? ¿Cómo exprimirles lo que sucedió realmente? Fijemos la atención en la colonización de América. En la escuela nos enseñan los nombres de los barcos españoles que vieron tierras nuevas, algunos nombres de los tripulantes y proyectan una pantalla alegre y colorida de la situación. Nos hacen interpretar pequeñas obras de teatro disfrazados de indios y españoles, simbolizando una unión amistosa entre ambos. Nos hacen llamarla “descubrimiento de América” y desde bien pequeños vamos absorbiendo esta información, visualizando una imagen mental de colores, paz y armonía entre quienes ocupaban estas tierras y quienes la veían por primera vez. La verdad va surgiendo a medida que vamos creciendo y vemos la “otra campana”, la de los que perdieron (para no decir “fueron salvajemente asesinados”). El cuento de hadas que nos contaban de niños se deforma en una película de terror. Leemos y aprendemos que en los siglos venideros a ese “descubrimiento” se aniquilaron alrededor de 90 millones de seres humanos. Incluso, si la curiosidad nos lleva a querer saber más y nos topamos con un libro como “Las venas abiertas de América latina” (en el que explica la brutal trata de esclavos, la insania por obtener los metales preciosos a cualquier costo, etc.) estoy seguro que la indignación que sufriríamos superaría cualquier límite. ¿Por qué no nos enseñaron el lado oscuro (el único que debería ser tomado en cuenta) de la llegada de los europeos a lo que luego llamaron América? Quizás es una búsqueda que debemos emprender por nuestra cuenta, así como cuando niños nos inculcaban las fábulas religiosas y debemos desprendernos de ellas nosotros mismos. Sucede entonces que nos mienten de niños y cuando llegamos a la adultez no sabemos que pensar, para donde mirar. ¿Qué sucede con el resto de enseñanzas escolares? ¿Cuanto hay de verdad? A quienes nos pintan como héroes o villanos en la historia Argentina (y mundial) ¿Acaso lo fueron? ¿O es todo parte de una mentira? La única solución a estos interrogantes es averiguar, investigar, buscar, aprender y llegar lo mas profundo posible. Pero aquí surge un problema ¿Cómo sabemos que la información que obtenemos no está tergiversada por una falacia? En otras palabras ¿como sabemos que los datos que obtenemos son reales? Es muy difícil tener certeza absoluta. La verdad esta enterrada y es una tarea complicada cavar hacia ella, a tal punto que uno no puede pasar toda su vida buscándola sin éxito. Aquí entra la creencia. Creer en una verdad y rendirse a lo que uno cree como certero. A todo esto, una mentira es muy fácil de distribuir. Basta con mencionarle a un grupo de personas que tal persona “x” es drogadicta para que se divulgue y quede impuesta como una verdad. La pobre persona “x” que nada tenía ver, es ahora vista por la sociedad como consumidor de drogas. Algunas personas seguramente duden de lo verídico de la acusación, pero igualmente la imagen queda y probablemente la persona “x” quede marcada de por vida. Al fin de cuentas no sabemos nada, porque es probable que lo que sepamos sea falso (o no), pero la certeza es subjetiva. La solución quizás sea dudar hasta saber y por saber me refiero a tener fundamentos con una precisión casi exacta. Creo que solo la duda nos puede llevar al seno de la verdad. Entonces sí, la historia la escriben los que ganan. Me gusta resumirlo en esta frase: “la historia es como contar una experiencia personal, en ambos caso se tergiversa la acción por un beneficio de intereses”. ¿Qué hubiera sido del mundo si la Alemania nazi hubiera ganado la segunda guerra mundial y su poder reinase en nuestros días? ¿Cómo se nos enseñaría la historia?, que cara de la moneda estaríamos forzados a ver? Quizás hoy el pueblo judío hubiera dejado de existir y la historia marcaría esa raza y religión como un cáncer y una peste que debió ser eliminada con extrema necesidad. No son nada más que especulaciones, pero la idea no deja de ser alarmante. ¿Cómo veríamos el pasado de haber tomado otras riendas?¿Quien nos lo contaría y bajo que interés?
Hay momentos que causan revolución en uno; no necesariamente debe ser especial, sino que lo que le da relevancia es esa conexión de pensamientos que genera una visión, una idea, un punto de vista, un puente hacia otra perspectiva quizás. No se trata de estar meditando de cara al lago Nahuel Huapi o permanecer un buen rato mirando las estrellas; no es el lugar lo que genera el cambio, sino la conexión entre dos o más pensamientos que chocan como átomos liberando energía. Lo que se obtiene puede ser relevante o insignificante, pero igualmente deja su marca, su sello. Hace pocos días viví una situación que, como si fuera una especie de fábula ante mis ojos, me dejó una especie de moraleja. Me encontraba en el balcón del departamento donde vivo. La noche llegaría pronto y a mis pies pasaban vehículos de distintas marcas y colores, cada uno de ellos con un destino en particular. Hubo un automóvil, de color negro y vidrios polarizados, que me llamó la atención; es que ese era el motivo principal del conductor: llamar la atención. Lo logró conmigo y con varios peatones que volteaban por un segundo hacia la máquina de color negro. De su interior expulsaba música de discoteca que seguramente era escuchada varias manzanas a la redonda. Me detuve a mirar aquella escena y varios pensamientos se cruzaron por mi cabeza: la incesante necesidad de llamar la atención, la contaminación del sonido, e incluso, marcado por gustos personales, llegué a preguntarme si aquel horrendo sonido que escuchaban mis oídos puede llegar a ser considerado música. Me encontraba en aquel momento en una maraña de pensamientos que no llevarían a ningún fin positivo; perdía el tiempo juzgando actos sociales que no van de la mano con ideas propias, atrayendo así malestar. De un momento para otro, sin motivo aparente, desvié mi mirada hacia el cielo y lo que ví fue tan armonioso, que dejó atrás toda crítica y todo pensamiento dedicado a la sociedad. Ante mis ojos, en el horizonte, se encontraba el dios dueño de la vida en la tierra: el sol. Pero estaba distinto, ya que no molestaba a los ojos y se podía apreciar su forma circular perfecta de un color rojo fascinante, rodeado de nubes que lentamente lo invitaban a desaparecer. Era una escena maravillosa, pocas veces pude ver el sol de tal forma y su reflejo en las nubes a su alrededor, que hacían lucir el horizonte como un pintura. Era una obra de arte. Por un momento me sentí burlado: por prestarle atención a causas sin sentido e importancia, me estaba perdiendo algo que realmente vale la pena observar y hasta adorar. Esto puede ser aplicable en muchos aspectos de la vida: por enfocar la atención en lo insignificante nos perdemos las maravillas que el entorno tiene para darnos, sólo basta con saber mirar. Es como buscar las estrellas en la televisión, cuando las que brillan, encantan y no dejan de sorprendernos, son las que de noche iluminan el cielo. http://www.enlacecritico.com/zgaleria/es-cuestion-de-saber-mirar
A lo lejos podía ver la antigua verdulería del barrio mientras paso a paso me acercaba a su vereda repleta de vegetales coloridos. He de admitir que ir a comprar frutas y verduras no estaba dentro de mis actividades más bienvenidas, pero la insistencia de mi madre, rozando por poco el enojo ante mi negativa, pudo con eso que llaman consciencia en mí, que rápidamente me obligó – por así decirlo – a realizar los mandados. De todas formas –buscándole el lado positivo a todo aquello -, yo adoraba caminar y en el corto trayecto de mi casa a la verdulería me dediqué a observar con atención a las personas. Imaginaba sus vidas, el motivo de su caminata a paso ligero o la razón de sus caras largas que mostraban un desacuerdo con el destino que sus cuerpos buscaban encontrar. Era como un juego para mí. Mi imaginación me llevaba a lugares recónditos que me entretenían y alejaban cualquier pensamiento hostil de mi cabeza. Ni bien llegué a las puertas de la verdulería recordé las palabras de mi madre, que siempre hablaba con un tono soberbio: “evita que te atienda el viejito que trabaja en el local. Una vez que comienza a hablar se vuelve insoportable”. Palabras fuertes y algo hirientes para el empleado del negocio. Decidí no darle importancia a sus palabras, porque considero que toda crítica hacia alguien desconocido le da la oportunidad al sujeto de que pueda defenderse. No es de noble andar juzgando sin conocer y yo siempre busqué la nobleza, no como un título medieval sino como una actitud. El interior de la verdulería permanecía tal como lo recordaba desde la última vez que había estado allí. Su piso de madera rechinaba con cada paso que daba y apenas se podían ver las paredes por la enorme pila de cajones con frutas, verduras, mieles, huevos e incluso flores que había en el lugar. Las pupilas de mis ojos se nutrían con diversos colores en el ambiente mientras mi olfato se mareaba al intentar reconocer los diferentes olores que circulaban. Había apenas dos clientes que ya estaban siendo amablemente atendidos mientras yo buscaba al viejito del que me había hablado mi madre. _ ¿En qué le puedo ayudar?_ Me dijo una voz débil a un costado. Cuando giré supe que era él de inmediato. Tenía la barba tan blanca como su cabello y su rostro estaba repleto de arrugas, esas marcas en la piel que delatan el paso del tiempo. Sus ojos eran café y su mirada era contradictoria a los signos de decadencia que mostraba su cuerpo agobiado por la vejez. Era como si su mirada fuera joven y energética, aunque algo seria, típica del pensante. A pesar de que en ese momento las palabras de mi madre hacían eco en mi mente, decidí ignorarlas y saqué de mi bolsillo un pequeño papel con la lista de lo que debía comprar – siempre preso de mi poca memoria – _ Hola. Quisiera llevar un kilo y medio de manzanas, por favor. El anciano se dirigió hacia una canasta llena de manzanas que a su lado tenía una antigua balanza. Yo lo seguí en silencio. Con una bolsita de plástico en una mano, el viejito revisaba cada manzana con minuciosa atención. Se tomaba varios segundos para elegir la ganadora a entrar en la bolsa, hecho que me resultó bastante extraño. “¿Por qué se toma tanto tiempo?” me pregunté. _ Las manzanas son como muchas personas, ¿sabe? Mi silencio dejó en claro que tenía la menor idea de qué estaba hablando. _ ¡Claro!, su cáscara nos revela su sabor. Aunque yo creo que es el sabor que tienen por dentro lo que las marchita por fuera. ¡Tal como las personas! “Este hombre está loco” _Puede ser…_ dije con una risita forzada. _No señor, créame lo que le digo. Hace más de 35 años que trabajo en esta verdulería y he aprendido mucho de las frutas y verduras. Son muy similares a las personas. “Definitivamente este hombre está loco” _Es más_ continuó diciendo_ en la calle sólo veo vegetales. Manzanas manejando automóviles, ciruelas llevando cochecitos que en su interior cargaban peras, bananas en bares, uvas en bibliotecas o cebollas solitarias caminando con la mirada hacia el suelo. A veces no puedo evitar reírme de ellos: veo lechugas pretendiendo ser papas, o pomelos yendo de la mano con limones, creyendo que entre ellos fluye un amor que en realidad no es compatible. ¡Se mienten!, me rio de ellos para no llorar. En ése momento desee haberle hecho caso a mi madre… _ ¿Algo más?_ me dijo luego de pesar las manzanas, con la misma imperturbable seriedad en su rostro. Por segunda vez chequeé mi papelito. _Si, un kilo y medio de bananas, por favor. El viejito charlatán asintió con la cabeza y comenzó a revisar, otra vez con su pacífico detenimiento, las bananas que se encontraban junto a la canasta de manzanas. “Voy a estar un largo rato acá…” _Con las bananas sucede lo contrario, ¿sabe? _Ah, ¿sí?_ Dije con falso interés. _Así es. Son engañosas porque muchas veces están algo marchitas por fuera pero igualmente su sabor es soberbio. Las que tienen cáscaras pintorescas no suelen tener el mejor sabor, por eso no hay que dejarse engañar: su gusto exquisito lo trae el tiempo y no hay que dejarse llevar por una cáscara marchita. Nuevamente sonreí cual plebe al rey luego de su nuevo y loco comentario sobre vegetales. _ ¿Desea algo más? Esta vez hice un esfuerzo para recordar la tercera palabra del papel. _Dos kilos y medio de naranjas_ Dije contento por haberle ganado la pulseada a mi poca memoria. _ ¡Mis preferidas!_ Dijo el anciano que ya se dirigía a un cajón repleto de naranjas. _ ¿Por qué son sus preferidas? El hombre, que esta vez recolectaba los frutos con normalidad, me miró a los ojos y sonrió. _ Ellas representan la consagración de la sensación más hermosa de todas… el amor. _ ¿Cómo es eso?_ le pregunté con intriga. _ Una naranja representa amor. ¿Nunca escuchó el término “media naranja”? Todos somos una “media naranja” en la búsqueda de nuestra otra mitad. Cuando las partes se juntan y forman una naranja entera nace el amor. ¿Acaso usted va a hacer jugo con ellas? _Si_ le conteste pensativo ante la analogía que acababa de escuchar. _Es una lástima_ me dijo con tono triste_ las naranjas habría que dejarlas tal cual son porque enteras representan algo bello, único, irremplazable, irrepetible. Tiempo atrás tuve la fortuna de pertenecer a una naranja entera y déjeme decirlo que nunca fui tan feliz en mi vida. Ahora sólo soy una media naranja cuya cascara envejece y su jugo se seca, pero siempre podré decir que alguna vez fui una naranja. Como ya le dije antes, me da tristeza ver naranjas buscando unirse a la fuerza con pomelos o limones, cuando sus naturalezas son distintas. Su unión, al ser forzada, no trae más que miserias. _Es cierto lo que usted dice_ le dije sorprendido por la magnitud de su comentario. Era un loco pensante y sus palabras comenzaban a atraparme. _ Necesito también un kilo de mandarinas_ le dije antes que me pregunte si deseaba algo. Mientras caminábamos al sector de las mandarinas me preguntaba si el anciano tendría su filosofía para esa fruta también. Pero esta vez se limitó a juntarlas sin emitir una palabra. Me puse inquieto. Quería escuchar más. _ ¿Y de las mandarinas que opina?_ Pregunté sintiéndome estúpido. Él sonrió y se tomó algunos segundos para formular su respuesta. _ La mandarina es el pueblo. ¿Alguna vez intentó comerse una mandarina de un solo bocado? Lo dudo mucho. Se debe separarla en gajos para poder comerla. Con el pueblo sucede lo mismo: es necesario dividirlo para vencerlo. La mandarina entera, así como el pueblo unido, no puede ser comida por nadie. Admito que a partir de esa declaración quedé impresionado con el anciano. _ ¿Desea algo más?_ Me dijo mientras dejaba las bolsas con manzanas, naranjas, mandarinas y bananas en un costado. _ Si. Deme cinco cebollas por favor. _ Tenga cuidado con las cebollas que deambulan por ahí_ Me dijo mientras recogía las que mejor aspecto tenían. _ ¿A qué se refiere? _ Son ofensivas… Necesitan ayuda. Estaba vez yo estaba aturdido. No entendía qué era lo que quería decirme. _ No le entiendo_ Le dije confundido _ No se preocupe, estas cebollas son inofensivas. Hablo de las que deambulan por la vida. Son reacias a que se las conozca en profundidad, por eso, cuando uno les va quitando sus capas y descubre su interior, estas insultan y gritan barbaridades produciendo llanto en el otro. ¡Cuídese de las cebollas! Estas viven tan disgustadas con ellas mismas que son gruñonas con el resto. ¡Nunca dejen que lo hagan llorar! Ese hombre era un pensante que con sus palabras había forzado la reflexión en mí. En aquel momento entendí que tan prejuiciosa había sido mi madre. _ Lo último que voy a pedirle es un buen racimo de uvas_ Le dije revisando una vez más el papelito en mi bolsillo. _ ¿Este le parece bien?_ Me dijo el anciano mostrándome un racimo grande. _ ¡Perfecto! Mientras colocaba las uvas en una bolsita de plástico me miró dispuesto a darme su último discurso. _ Las uvas son como las personas distintas, los valientes y los positivos: ya en sí son bocado de reyes, pero lo que las distingue es que aún siendo pisoteadas por pies envidiosos o sedientos de poder, ellas todavía son capaces de elaborar vino, bebida vigente hace siglos. Las uvas representan al que no se rinde, a los que tumbados se levantan para crear algo mejor. Supongo que mi cara en ese momento le sirvió como respuesta, ya que el anciano sonrió y se volvió a recoger las bolsas que habría de llevarme a mi casa. Luego de pagarle me dirigí hacia la salida muy pensativo, pero rápidamente giré y le pregunte al anciano la interrogante que circulaba por mi cabeza _ Y usted, ¿qué vegetal es? _ ¿Yo?_ dijo sonriente_ yo soy un brócoli.
Francisco tenía una meta aquella mañana cuando entró a su bar favorito: dejarle un mensaje a la sociedad. Decidió hacerlo en forma de carta que luego se encargaría de publicar en el diario del pequeño pueblo donde vivía. ¡No era tarea fácil!, sabía que debía medir sus palabras para que éstas no resultaran estériles y puedan ofrecer un significado. Había un objetivo claro en sus intenciones: él sabía que lo que estaba por hacer sería un suicidio social sin la opción de resucitar, así como lo hacían los personajes mitológicos de cuentos del pasado. No sería una muerte física – o al menos no era su intención – sino más bien una marginación social importante: alabaría y criticaría en sus escritos, de manera despiadada, tajante y hostil. Su carta abierta a la sociedad era un experimento que por mucho tiempo venía armando en su cabeza y se entusiasmaba con sólo imaginar un desenlace positivo. Ni bien se sentó en la ruidosa silla de madera de la mesa que acostumbraba a ocupar todas las mañanas, una dulce señorita se acercó a entregarle la carta, pero al ver a Francisco con su particular bigote puntiagudo se volvió hacia la cocina. Era el mismo cliente de tantos años, con el mismo bigote, el mismo rostro soberbio, que pedía siempre el mismo desayuno. Ya no era necesario preguntar qué deseaba ordenar, porque cuando se lo hacía ni siquiera se tomaba la molestia de responder o mirar a quién emitía la pregunta. Y si respondía, simplemente decía: “no respondo preguntas obvias”. Según Francisco, luego de tantos años, preguntarle qué deseaba desayunar era algo ofensivo y responder era un desperdicio de tiempo y palabras. Su bigote era el mismo, su asiento solía serlo, e incluso su peinado y su semblante serio permanecían iguales durante tantos años: “¿Por qué no habría de serlo su desayuno?”, pensaba para sí. Rápidamente, mientras aguardaba su comida que generalmente no tardaba en llegar, Francisco sacó varias hojas en blanco y una pluma antigua de un impecable maletín forrado en cuero. Luego de unos segundos de mirar el papel, decidió por fin darle inicio a la carta que tenía en mente. Había llegado la hora de empezar con su proyecto… “Queridos vecinos, falsos amigos, enemigos, conocidos y diversos entes creadores de prejuicios en esta maraña de opiniones, falsedades y ojos celosos que felizmente denominamos sociedad: me dirijo hacía ustedes mediante una carta, medio que utilizo para quitarme la careta plástica que durante todos estos años no dejó ver mi verdadero rostro. ¡Se sorprenderían de lo diferente que se ve mi propia cara al quitármela! Se podría decir que soy una persona totalmente distinta sin ella y hoy, en este momento, mientras letra a letra me la quito, siento la frescura del aire y el brillo del sol nutriendo los poros de mi piel. ¡A ustedes!, los hipócritas, los falsos, los ventajeros, los interesados, los manipuladores, tengo un mensaje para darles. ¡Sí!, a cada uno de ustedes. Es de real importancia que mi figura quede clara ante sus ojos, para bien o para mal, ese juicio se los dejo a ustedes, quienes cual víboras pican y envenenan al que escala la montaña de la vida y lo hacen retroceder e incluso caer por el precipicio para rebajarse a la peor calaña – ¡es decir ustedes! – Prometo poner énfasis en detallar la descripción de quienes me rodean, incluso de los carroñeros que pronto, tras concluida la carta, vendrán tras mi cadáver para dejar sólo los huesos y nada más. Les propongo como desafío que se busquen entre las personalidades que he de describir, ¡si es que el ego les permite!, si es que en sus almas todavía resta algún sentido afín a la autocrítica. Sin más preámbulos, he aquí mí propia conclusión de vuestra deliberada influencia en estos nexos entre individuos que llamamos sociedad… Al lame suelas: A ustedes, quienes adulan y se sumergen en un personaje de características débiles ante los demás, quienes pasan la lengua por la suela de los que consideran superiores –sin el menor sentido de asco- para ser bien vistos ante sus ojos, quienes viven de rodillas por terror a andar de pie y con la frente en alto, ¡a ustedes!, tengo un pequeño recado para darles. La sombra del árbol refresca los cuerpos en verano, mas nunca refugiarse a la sombra de otras personas resultó ser un negocio favorable. Sean cuidadosos, ¡aduladores!, que el que vive a la sombra de alguien más, pronto se convierte en ella. A los chismosos: Déjenme decirles que ustedes, los de su calaña, son la peor creación de la sociedad. Son los verdaderos asesinos, ladrones, vampiros que se alimentan de sangre inocente. Hacen del habla su arma y de las palabras su proyectil. Divulgadores, soplones, propagadores, ¡ustedes son un verdadero tumor! Pero sepan que su eterna actitud de escupir para arriba les jugará una mala pasada, ya que todo lo que sube baja y el impacto es más estruendoso. Llegará el momento en que ustedes, entes deshonrosos, prueben un poco de su propio veneno y en ése instante serán puestos a prueba para ver si son capaces de soportar el dolor que alguna vez propagaron. A los egotistas: No es necesario ser psicólogo para entenderlos: quieren lucir sus puntos fuertes para ocultar los débiles. ¡Esa necesidad de sentirse superiores no es más que la prueba misma que son inferiores! ¿Por qué esa ardua necesidad de mostrarse por encima? ¿Por qué ese orgullo desmedido y descalificativo? ¡Tienen terror! Su mayor miedo reside en la posibilidad de que los descubran, ¡débiles, vulnerables y vacíos! A los siempre deprimidos: ¡Me compadezco de ustedes, hermanos! Pero veo algo de morboso masoquismo en su pensar… Pareciera que de tanto nadar en aguas dolorosas se sienten cómodos flotando en esos océanos. ¡Allá, a lo lejos, hay tierras a la vista! Sus suelos, paisajes, flora y fauna son un regalo de la vida, ¡un motivo para ser felices! ¿No la ven? ¡Allá!, es cuestión de saber mirar, hermanos míos. Ustedes, depresivos, ¡deberían poder equilibrar la balanza! El peso en ella siempre se inclina por lo doloroso y el pesar, dejando débil el extremo donde se acumula lo bueno, lo que trae felicidad, lo que brinda jolgorio y armonía. A los corruptos: Mentiría si dijera que al leer o decir “corrupto” o “corrupción”, la sinapsis neuronal en mi cerebro no asocia la palabra con los políticos, ladrones de vestimentas caras y sonrisas fingidas. A ellos van dirigidas estas palabras. Son ustedes, los que como españoles por el oro, se dejaron seducir por el poder, que corrompe sus mentes y sus ideales. El corrupto es un insaciable y se toma el trabajo de aliviar su sed bebiendo del agua ajena, que siempre le resulta más sabrosa. Aprenden y se vinculan con la política para utilizarla como medio hacia su fin tan necesario y deseado: poder, dominio, renombre y control. ¡La falta de control en sus propias vidas es la que grita y se desespera por el control ajeno! Sepan que las mentes ilustres –por más escasas que sean- son incapaces de dejarse dominar por el poder. Por eso ustedes, seres aberrantes, que por milenios dominaron a gusto a los pueblos que inocentemente confiaban en sus palabras falsas y sus rostros armados desde una oficina de marketing, sepan que los desprecio desde lo más profundo de mi ser y que el poder terminará por acabarlos también. A los falsos: ¿Cuál es la diferencia entre ser falso y ser cobarde? No veo ninguna… ¡El falso es un cobarde!: prefiere maquillar apariencias que dejar puntos en claro, prefiere ser bien visto por otros que mostrar sus diferencias, prefiere sonreír de frente y criticar a espaldas. ¡Son cobardes! Se refugian hablando a la distancia de los demás porque les causa terror ser oídos por los individuos a quienes critican. No hay peor amigo que el amigo falso, personaje triste que genera lazos afectivos desde el interés. ¡Son camaleones!-con el perdón de los inocentes animales- cambian de color según las circunstancias, buscando siempre quedar bien parados y protegidos. A los envidiosos: Tengo entendido, señores envidiosos, que su virtud está en desprestigiar, calumniar e incluso odiar a quienes se despegan hacia el éxito personal. ¡No veo acto más primitivo y mediocre que ése! Dejen volar a quienes tienen el valor de ver algo más allá del horizonte, a quienes su imaginación los aleja de las mentes mediocres hacia su iluminación. Su envidia no los perjudica a ellos, ¡sino a ustedes! Aprendan de quienes envidian y quizá algún día puedan ser ustedes los envidiados. Pero si quieren certezas, aquí les dejo una: lo positivo de ser envidioso, es que uno sabe de inmediato que entra en la categoría de mediocre. A los histriónicos: Admito que busqué la palabra “Histriónico” para ser más fino a la hora de nombrar a quienes buscan constantemente llamar la atención. ¿Qué es llamar la atención? ¡Un grito de ayuda! Se debería poder socorrer a quienes salen a las calles a mostrarse deliberadamente. ¡Todos ellos necesitan ayuda psicológica! Para no caer en premisas erradas, es necesario aclarar que en algún punto, todos llamamos la atención; es una pulsión natural. Se necesita para la seducción o el desarrollo mismo de la personalidad, pero este espacio en mi texto es para los que hacen de ella una forma de vida. ¿Acaso no ven lo obvio de sus acciones? ¿Acaso no ven cuan ridículos se muestran en su afán de buscar reconocimiento? ¡Son el equivalente al bufón medieval de la actualidad! Su alimento se compone de miradas y comentarios de los demás, así es como nutren sus almas, así es como se sienten momentáneamente completos… Al débil: Si bien me compadezco de ustedes como de quienes están siempre deprimidos, hay un favor que he de pedirles: no se dejen envenenar por ninguna víbora representante de las religiones, que constantemente están a su búsqueda para convertirlos en fieles consumidores de su producto. La fortaleza no está en una doctrina milenaria, sino más bien en un cambio radical del pensar. La vida es movimiento, la vida es cambio, su posición actual no necesariamente ha de permanecer estática. ¡Está en ustedes el poder de despejar la ecuación! Las mentes fuertes son las que modifican el entorno a su favor. Las almas indomables tienen como virtud la libertad, ellas sólo buscan llegar alto. Ustedes, los débiles, tienen como todos en esta tierra una misión que no debe pasar desapercibida: recuerden que el mayor logro del hombre es llegar a convertirse en su mejor versión. Francisco Liniers. El punto final del último párrafo trajo consigo plena satisfacción para Francisco. Su obra había terminado… El experimento había funcionado de maravillas. Luego de publicar su carta en el diario más importante del pueblo –que le costó un buen dineral-, Francisco se dedicó a esperar los resultados. Sabía que la noticia se esparciría con rapidez: “pueblo chico infierno grande”. Al cabo de una semana, se sintió satisfecho de haber logrado su cometido. Había quienes lo esquivaban, quienes lo miraban con hostilidad, quienes se acercaban a conversar, quienes nunca volvió a ver y nuevas caras, atraídas por el novedoso texto, que querían conocerlo. Francisco se había “purificado”-según sus propias palabras- de relaciones sociales innecesarias con su polémica carta, dejando en su entorno sólo a quienes realmente importaba. Todo había sido una estrategia, un juego, una idea de un hombre que soportaba la soledad, pero a quien la falacia de la sociedad contemporánea le dañaba en lo más profundo de su espíritu… Ni en sus pensamientos más remotos Francisco hubiera sido capaz de develar la verdad detrás de su carta y sus intenciones. Su inconsciente lo había llevado a realizar el texto, que lejos estaba de ser una crítica a la sociedad, como él había planeado. Su alter ego le había dado la idea de elaborar un escrito con todas sus características personales, para que pueda verse reflejado en ellas y quizás pueda generar un cambio en su comportamiento. No sucedió así. La mente soberbia, egoísta, interesada y con aires de superioridad de Francisco había tergiversado los planes de su propio inconsciente. La carta había sido escrita para los demás, demostrando que era incapaz de ver sus propios defectos al mostrarse exento de toda crítica. Emitió para los demás una perfecta descripción de lo que era él como persona. Francisco era incapaz de reconocer que era un lame suelas, un chismoso, un egotista, un ser que maquillaba su depresión, un corrupto, un falso, un envidioso, un histriónico y sobre todo, un débil, que veía en los demás todo atributo negativo que le pertenecía.
“La encontré. Sé que debo profundizar, apenas me rocé con ella, pero la encontré. Por un segundo la volví a sentir como en un pasado era costumbre; a ella, a esa magia que provoca sonrisas, a ese estado que transforma el cuerpo y la mente, ese momento en que los ojos brillan como estrellas, donde el mundo gira en torno a la propia imaginación. Pero para ser preciso en semejante descripción debo volver al pasado, a mi pasado, donde esa magia era parte de mí ser. Los ojos del niño, inocentes, puros, con esa ignorancia benigna que les permite crear un mundo o varios en las estrechas dimensiones de una sala, ven esa magia, esa dimensión aparte. La sienten cuando en noche buena se acerca navidad; cuando se les lee un libro; cuando llegado el año nuevo sienten el cambio como si comenzara un capítulo nuevo en libro de sus vidas. La sienten al creer en dioses, hadas, duendes o diversos entes que por las noches los pueden atacar en sus camas. Está presente incluso en esas habitaciones donde su divina inocencia les convence que al taparse bajo las sabanas y frazadas están a salvo de todo peligro. A sus ojos un pájaro se convierte fácilmente en un dragón, un perro en un león, una ilusión en poderes sobrenaturales, una tormenta en voces maléficas. La oscuridad se transforma en mal, en peligro, un lugar temido; pero el sol, el salvador existencial, con su luz trae nuevamente el cobijo. Con el tiempo me convertí en adulto y sólo pude ver el pasado con ojos juzgones. Junté esa magia que abría las puertas de mis sentidos y la coloqué en una bolsa que llamé “ignorancia”. Busqué volver a sentir esa magia, pero con el tiempo caí rendido ante el hecho de que no existe tal cosa. Si esa ignorancia e inocencia desaparecen, con ellas muere esa vida de maravillas, donde los sueños creados por la mente al dormir pueden llegar a ser realidad. Aprendí que el miedo a la oscuridad dominaba también a mis antecesores milenarios, que los dioses y demás fantasías no existen sino en las mentes desesperadas que buscan cierto tipo de compañía, que era una presa de mi propio temor, que navidad es un invento más y que el año nuevo es otra vuelta de la tierra en la órbita elíptica que rodea al sol. Con conocimientos como esos, simples, al alcance de todos, me fui alejando de toda magia. Me pregunte entonces, ¿cómo volver a sentir esa esencia? ¿Dónde encontrarla? No caería de nuevo en la ignorancia, es un precio que no iba a pagar. Abracé la idea de que todo niño debe convertirse en adulto, incluso habiendo tanto pequeño en cuerpos añejos. Pero entonces pensé, ¿acaso no sigo siendo ignorante? ¿Qué es lo que sé? La respuesta precisa reposa en una frase: lo que sé es una pequeña porción de lo que no sé. Entonces caí por un barranco en cuyo fondo me encontré envuelto nuevamente en la ignorancia. Todo conocimiento me miraba desde el precipicio mientras yo bailaba y me sumergía en el no conocimiento que estaba creado por innumerables preguntas: ¿Qué es todo esto? ¿Cuál es el sentido? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Qué hay después de la muerte? ¿Qué hay más allá del más allá? ¿Hay un creador? El hombre le escapa a la ignorancia, pero esta se ríe porque desde un principio ganó la carrera. Habría que ofrendarla; buscar robarle algún conocimiento, hacernos amigos. Pero no, el ser humano le teme al no saber, por eso aclama saberlo todo. Busca la verdad, por más mentirosa que esta sea; se agarra de afirmaciones sin sustento para no caer en la aceptación de su desconocimiento. Yo me hago compañero de lo que no sé con la esperanza de que este pueda darme un poco de su sabiduría. Fue en ese lazo con mi propia ignorancia que encontré la magia del pasado que yo tanto anhelaba. Allí estaba ella, mirándome de frente, esperando que yo deje de mirar irrelevancias. La mística volvió apuntando al futuro. Era él quién llenaría nuevamente de magia mi vida. Le llamé “la incertidumbre de un futuro impredecible”. Volví a estar atento, con mis sentidos expectantes. Es esa incertidumbre de un futuro impredecible lo que me levanta ilusionado y me envía a dormir deseoso. El no saber, el no tener consciencia alguna de lo que me depara el futuro; el estar preparado para aprovechar oportunidades o protegido para que los fuertes vientos no me tumben; la irrefutable certeza de que no hay certeza alguna sobre lo que vendrá; todo ello se volvió una fuente de magia. Espero el futuro con la mente y vivo el presente con los sentidos. Es esa dulce espera a que las cosas se den como yo quiero –aunque a veces todo sale al revés- o a que la vida misma me sorprenda con un cambio repentino de guión lo que me mantiene alerta, expectante, motivado y sumamente arraigado a un presente que se tambalea. Yo simplemente hago , sonrío y espero, y quién sabe, quizás algún día el futuro, ese camino de dudas y misterios, me devuelve una sonrisa. “
“La encontré. Sé que debo profundizar, apenas me rocé con ella, pero la encontré. Por un segundo la volví a sentir como en un pasado era costumbre; a ella, a esa magia que provoca sonrisas, a ese estado que transforma el cuerpo y la mente, ese momento en que los ojos brillan como estrellas, donde el mundo gira en torno a la propia imaginación. Pero para ser preciso en semejante descripción debo volver al pasado, a mi pasado, donde esa magia era parte de mí ser. Los ojos del niño, inocentes, puros, con esa ignorancia benigna que les permite crear un mundo o varios en las estrechas dimensiones de una sala, ven esa magia, esa dimensión aparte. La sienten cuando en noche buena se acerca navidad; cuando se les lee un libro; cuando llegado el año nuevo sienten el cambio como si comenzara un capítulo nuevo en libro de sus vidas. La sienten al creer en dioses, hadas, duendes o diversos entes que por las noches los pueden atacar en sus camas. Está presente incluso en esas habitaciones donde su divina inocencia les convence que al taparse bajo las sabanas y frazadas están a salvo de todo peligro. A sus ojos un pájaro se convierte fácilmente en un dragón, un perro en un león, una ilusión en poderes sobrenaturales, una tormenta en voces maléficas. La oscuridad se transforma en mal, en peligro, un lugar temido; pero el sol, el salvador existencial, con su luz trae nuevamente el cobijo. Con el tiempo me convertí en adulto y sólo pude ver el pasado con ojos juzgones. Junté esa magia que abría las puertas de mis sentidos y la coloqué en una bolsa que llamé “ignorancia”. Busqué volver a sentir esa magia, pero con el tiempo caí rendido ante el hecho de que no existe tal cosa. Si esa ignorancia e inocencia desaparecen, con ellas muere esa vida de maravillas, donde los sueños creados por la mente al dormir pueden llegar a ser realidad. Aprendí que el miedo a la oscuridad dominaba también a mis antecesores milenarios, que los dioses y demás fantasías no existen sino en las mentes desesperadas que buscan cierto tipo de compañía, que era una presa de mi propio temor, que navidad es un invento más y que el año nuevo es otra vuelta de la tierra en la órbita elíptica que rodea al sol. Con conocimientos como esos, simples, al alcance de todos, me fui alejando de toda magia. Me pregunte entonces, ¿cómo volver a sentir esa esencia? ¿Dónde encontrarla? No caería de nuevo en la ignorancia, es un precio que no iba a pagar. Abracé la idea de que todo niño debe convertirse en adulto, incluso habiendo tanto pequeño en cuerpos añejos. Pero entonces pensé, ¿acaso no sigo siendo ignorante? ¿Qué es lo que sé? La respuesta precisa reposa en una frase: lo que sé es una pequeña porción de lo que no sé. Entonces caí por un barranco en cuyo fondo me encontré envuelto nuevamente en la ignorancia. Todo conocimiento me miraba desde el precipicio mientras yo bailaba y me sumergía en el no conocimiento que estaba creado por innumerables preguntas: ¿Qué es todo esto? ¿Cuál es el sentido? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Qué hay después de la muerte? ¿Qué hay más allá del más allá? ¿Hay un creador? El hombre le escapa a la ignorancia, pero esta se ríe porque desde un principio ganó la carrera. Habría que ofrendarla; buscar robarle algún conocimiento, hacernos amigos. Pero no, el ser humano le teme al no saber, por eso aclama saberlo todo. Busca la verdad, por más mentirosa que esta sea; se agarra de afirmaciones sin sustento para no caer en la aceptación de su desconocimiento. Yo me hago compañero de lo que no sé con la esperanza de que este pueda darme un poco de su sabiduría. Fue en ese lazo con mi propia ignorancia que encontré la magia del pasado que yo tanto anhelaba. Allí estaba ella, mirándome de frente, esperando que yo deje de mirar irrelevancias. La mística volvió apuntando al futuro. Era él quién llenaría nuevamente de magia mi vida. Le llamé “la incertidumbre de un futuro impredecible”. Volví a estar atento, con mis sentidos expectantes. Es esa incertidumbre de un futuro impredecible lo que me levanta ilusionado y me envía a dormir deseoso. El no saber, el no tener consciencia alguna de lo que me depara el futuro; el estar preparado para aprovechar oportunidades o protegido para que los fuertes vientos no me tumben; la irrefutable certeza de que no hay certeza alguna sobre lo que vendrá; todo ello se volvió una fuente de magia. Espero el futuro con la mente y vivo el presente con los sentidos. Es esa dulce espera a que las cosas se den como yo quiero –aunque a veces todo sale al revés- o a que la vida misma me sorprenda con un cambio repentino de guión lo que me mantiene alerta, expectante, motivado y sumamente arraigado a un presente que se tambalea. Yo simplemente hago , sonrío y espero, y quién sabe, quizás algún día el futuro, ese camino de dudas y misterios, me devuelve una sonrisa. “
“persevera y triunfaras” Esta frase puede ser vista como tal, como un puñado de letras que le dan sentido a una oración, como solo palabras de esperanza a los carecen de ella o como una especie de eslogan publicitario que forma parte nada mas que de una mentira fantástica dirigida a los débiles. Me gustaría verla desde este punto: Para empezar vivimos rodeados de la probabilidad. Todo lo futuro responde necesariamente a una cuestión de probabilidad, porcentaje, chance. Solo actúa como excepción a la regla los cálculos matemáticos exactos que nos dan con antelación la certeza, pero son escasas las situaciones en las que se pueda obtener una matemática exacta que nos devele el porvenir. La probabilidad ante un futuro nos deja a la expectativa para ver como se resuelven los resultados. Solo podemos inclinar nuestra balanza de probabilidad para nuestro favor o nuestra contra dependiendo de nuestras acciones. Dado esto entonces perseverar es triunfar. Quien persiste en inclinar la balanza de la probabilidad a su favor no tiene asegurado el fin pero si un mayor porcentaje (por mas mínimo que sea) para que se cumpla ese hecho. Ahora, inclinar la balanza no significa conseguir lo que uno quiera conseguir, solo aumentar las probabilidades a su favor. Puede suceder también que se persevere una y otra vez y no se pueda conseguir lo que uno quiere. Pero sostengo que ante este caso que perseverar sigue siendo triunfar. ¿Por qué? Simplemente por que existe el triunfo material (que es lo que se obtiene) y el triunfo personal, individual, espiritual que es la sensación de haber dejado todo para conseguir un objetivo y sentir el orgullo por tener siempre la voluntad para no bajar los brazos. De ambos maneras se gana metafóricamente.
El médico, siempre vestido con su traje impecable, ya tenía su veredicto. Hizo una pausa para hilvanar las palabras adecuadas. Lo que más odiaba de su trabajo era eso mismo que ahora debía enfrentar: dar malas noticias. Una mujer con ojos desesperados esperaba su dictamen del otro lado del escritorio. Su belleza estaba escondida debajo de los signos de desolación y tristeza que ahora presentaba su rostro, algo pálido e hinchado, con el cabello desarmado cayendo a sus costados como ramas de un árbol seco. -Por favor doctor- le dijo ella- sea honesto conmigo… Ya no sé a quién acudir, ya no sé qué hacer para ayudar a mi marido. Lo que le acabo de contar son sólo detalles. Tengo la fuerte sensación de que su futuro va a empeorar significativamente. -Y no tenga dudas de que así será- dijo el médico, más brusco de lo que hubiera deseado.- Temo anunciarle que su marido padece los signos de lo que llamamos “la enfermedad del cristianismo”… El rostro de la mujer demudó en un instante, volviéndose aún más notable la aflicción. Amagó a romper en llantos, pero una fuerza mayor en ella la contuvo. -Doctor…- dijo ella sonando descompuesta- Pero… ¿Cómo? ¿De qué se trata? Nunca… en mi vida escuché algo así. -Seguramente lo escuchó bajo otro nombre… En occidente solemos llamarla así. Me temo que su marido padece los síntomas típicos que deja la enfermedad en los primeros momentos de gestación. -Entonces… no entiendo… ¿Cuánto puede empeorar? No sé… no entiendo. No puedo creerlo… -Es complicado. La enfermedad del cristianismo ataca paulatinamente puntos de importancia tanto en la psiquis como en el organismo. Lo primero que este virus maligno se encarga de desechar es la capacidad de la duda. Sin interrogaciones, dudas, cuestionamientos, el virus se instala en el cerebro y comienza a contagiar las demás funciones del cuerpo. Comienza entonces un proceso de “creencia” o de “fe”. Es decir que la voluntad de saber es intercambiada por los pseudos placeres de creer. En otras palabras, se le escapa a la innata búsqueda de la verdad, cayendo en terrenos de una conformidad mediocre y primitiva. De repente, la facultad de creer en algo, por más absurdo que esto sea, ocupará el puesto del saber o el querer saber. El médico sintió la boca seca. Se sirvió un poco de agua en un vaso, tomó un sorbo y luego prosiguió ante la mirada enrevesada de la mujer: -A partir de la anulación de la duda, el virus de la enfermedad del cristianismo produce síntomas que pueden surgir aleatoriamente. Suele ser un virus que apunta al extremismo. Esto quiere decir que quien lo padece genera una visión sumamente polar de la vida, y esto, e insisto, sin la capacidad de dudar, sucede con vehemencia. Otro síntoma inexorable de la enfermedad es el sentimiento de culpa, que es como una piedrita molesta yendo de lado a lado en la cabeza. La culpa vuelve débil al portador, lo vuelve cada vez más inseguro, y así, con el déficit de confianza, el virus se arma de poder en el organismo. Como ya presupongo ha notado, la principal labor del virus es ir deshilachando al que lo padece, ir destruyendo su integridad y su sentido de ser individual para volverlo un ser colectivo, un ente más de la masa, una oveja más del rebaño. Para que entienda se lo resumo: la capacidad de ser uno mismo se disuelve por el sentimiento de ser uno más. La mujer por fin rompió en un llanto agudo. El médico, algo taciturno, le alcanzó un pañuelo. Ella le agradeció haciendo un ademán con la cabeza y se limpió las lágrimas. -La enfermedad- agregó- suele tener una particularidad. Justo antes de que el virus se apropie del portador en su totalidad, suele generar ceguera parcial o total, y ciertos cúmulos de grasa malignos distribuidos por el cuerpo que entre colegas solemos llamar “creencias impuestas”. Estos cúmulos de grasa suelen tener tamaños absurdos y muy difíciles de creer, pero se afirman al portador con vigor, y, discúlpeme si soy insistente, la falta de duda ayuda a su concentración. La mujer quedó horrorizada. Apenas se animó a hablar con una voz tibia y apagada: -Doctor… no entiendo… ¿Qué es lo que sucede cuando el virus se apropia del todo? El médico apenas pudo mirarlo a los ojos. Hubiera preferido evitar lo que venía a continuación. Despejó la garganta antes de hablar: -Mire… se trata de un virus que por milenios viene corrompiendo la integridad de las personas, trayendo involución y violenta división. Respecto a su pregunta, he de serlo honesto ya que mi profesión así lo demanda, sobre todo en estas circunstancias. El último tramo es el que peor consecuencias trae. Con la enfermedad ya instalada del todo, el portador sufre el peor de los destinos: la dependencia total. Ya no es obrador de sus actos, sino que estos son causa de algo más. Ya no responde a sí mismo, sino a algo que considera superior. Señora, el portador se convierte en una pobre marioneta, y cualquier atisbo de independencia se evapora como hielo al sol. Ningún logro es mérito propio, ninguna desgracia trae consigo el néctar del aprendizaje. Toda su esencia es relegada a eso imaginario, impuesto, vale decirlo, por los cúmulos de grasa que le comente antes. Es una enfermedad inteligente que contagia a las mentes débiles, robándole lo más importante que poseen: su libertad. -¡Pero doctor!- exclamó la mujer, totalmente desesperada- ¡Tiene que ayudarlo! ¿Cómo le extirpo el virus? ¿Existe un antídoto? -Me temo que no. Sólo las mentes fuertes logran escaparle a la enfermedad del cristianismo, ya que el virus genera una idea y usted debe saber que no hay nada más difícil que extraer una convicción arraigada a la mente. La posibilidad de liberarse o no de la enfermedad recae exclusivamente sobre su marido. Disculpe. No hay nada que pueda hacer… La mujer rompió en llantos nuevamente. Apenas musitó un agradecimiento cuando se levantó de su asiento para dirigirse a la puerta del consultorio. El médico la observó mientras se retiraba. Aún después de tanta experiencia, no podía evitar sentir el pesar recorriendo su cuerpo. Acababa de describir una de las peores enfermedades conocidas por el hombre, esa que por la ignorancia y el miedo de la especie continua firme a través del tiempo.