DarkApple
Usuario (Argentina)
Despierto poco a poco, lentamente, como si regresase de un dulce sueño de cantos nocturnos y cielo estrellado. Muevo los brazos para incorporarme, mis manos se posan sobre la hojarasca. Pero un destello me ciega y no me permite abrir los párpados. Huele a tierra húmeda, a frutos silvestres y hierba fresca. Entreabro los ojos. Los haces de luz caen verticalmente sobre las copas de unos árboles frondosos y de grandes hojas. Me aparto y busco una zona sombría al lado de un gran roble. Desde allí, la panorámica que se descubre ante mí es impresionante. Grandes masas de líquenes pintan de verde los troncos retorcidos de unos árboles majestuosos, mientras, a su vera, especies vegetales de todo tipo exhiben grandes hojas coloradas que evitan que los rayos solares lleguen hasta el suelo fértil de tierras negruzcas. Este es el bosque de mis sueños. Toda mi vida he querido adentrarme en él y ahora poso mis pies desnudos sobre su manto. Y corro libremente por él, sin descanso, como lo hacía en mis sueños de niña. Me adentro en su espesura sin miedo a desorientarme y perderme, siguiendo el curso las mariposas que vuelan en bandada buscando nuevas flores multicolores, hasta que la visión de algún animal fascinante me despista o una flor de colores turquesa y oro, como esa que se despliega esplendorosa ante mis ojos, reclama mi atención. Entonces acerco mi mano para disfrutar de su tacto. – Ni lo intentes. Resuenan detrás de mí un millón de cascabeles que se unen formando estas palabras. Me giro y me sorprendo al ver a un pequeño ser hecho de humo, semitransparente, cuyos miembros se agrupan y desagrupan en bocanadas. – La Flor Delta se marchita si la toca un humano y tú no querrás eso, ¿verdad? –me pregunta ese ser con voz acampanada, que se concentra y se expande constantemente. – ¡No te vayas! –digo desesperada al ver que se deshace para no reaparecer más–. Dime ¿qué… quién eres? Pero le hablo al aire, mientras doy una vuelta sobre mí misma, intentando ver lo invisible y sin saber hacia dónde dirigir mis palabras. La pequeña entidad nubosa pronto se recompone de nuevo ante mí. – ¿Quién soy o qué soy? ¿Cuál de las dos quieres saber? –dice en un susurro hecho de campanas tintineantes. – Las dos –contesto de inmediato. – Soy Iglu, un Silfo del aire. – ¡Guau! ¿Y hay más seres como tú en este bosque? – ¡Por supuesto! –responde él con voz grave de cencerro–. Pero existen muchos más seres que no son como yo. –Y su estrepitosa risa, que se asemeja al sonido de una alarma, estalla y retumba en la distancia. Cuando me doy cuenta ya le he vuelto a perder de vista. Solo su carcajada hecha de timbres sonando cada vez más distantes, me indica que se aleja en alguna dirección incierta. Perpleja todavía, reemprendo mi curso hacia el corazón del bosque, intrigada por ver qué otras criaturas excepcionales me aguardan. Pronto veo un pequeño anfibio llameante que se desplaza serpenteando lateralmente por el suelo, dejando tras de sí una huella chamuscada que desprende un olor parecido al de la leña consumida al calor de la chimenea. Decido perseguir al sorprendente animal pero, a mis espaldas, un pequeño ser tira de mis faldas. Miro hacia abajo y veo a un diminuto hombre viejo, con la piel oscura y rugosa como la corteza de los árboles más adustos. Tiene forma humana, pero en ningún modo lo es, pues a duras penas me alcanza la rodilla y su cabeza es pequeña como una naranja. Por su culpa he perdido el rastro del animal. Me agacho para verle bien la cara. – Y tú, ¿qué quieres? –le pregunto de mala gana. – Avisarte del peligro, so tonta –me contesta él, impertinentemente, mostrando su carácter y aliento agrios. – ¡Oh, vamos, pero si solo es un bichito de nada! ¿Qué puede hacerme? ¿Morderme? – ¡Humanos! Os creéis que lo sabéis todo, ¿no? Pienso que no es bueno entrar en una discusión con un ser extraño del que no sé nada, así que me niego a caer en su provocación. – ¡Que no! ¡No me refiero a la salamandra de fuego! –sigue hablando él, indiferente a mi silencio–. Ella es absolutamente inofensiva. Bueno, si la tocas te llevarás una buena quemadura, nada importante comparado con… – ¿Con qué? –le corto impaciente. – Con el peligro que entraña acercarte al río y que te vean las ondinas. – ¿Ondinas? – Sí, ondinas. Las ninfas del agua. Las sirenas de agua dulce, para que me entiendas. – ¡Sirenas! ¿Hay sirenas aquí? – No tan deprisa. Ellas no son como vosotros las pintáis. En realidad, son seres terribles, de naturaleza maléfica, y si te ven querrán, de seguro, llevarte con ellas. – ¿Adónde? – Bajo las aguas. Te ahogarán antes que te des cuenta. – Puedo correr el riesgo –le digo altiva. – No se trata de un riesgo, ni una posibilidad. Es una certeza. – ¿Y por qué debería creerte? – Porque soy un elemental de la tierra, un elfo, y los humanos estáis bajo mi protección, sobretodo cuando entráis en nuestros lares. Así que dime, niña boba ¿piensas hacer caso de lo que te digo o, como la mayor parte de los de tu especie, vas a cometer alguna estupidez que va a acabar en desastre? – Pues no sé. Ya veremos –le respondo orgullosa–. De momento, lárgate de mi vista y déjame en paz. No quiero seguir hablando con él: me pone de mal humor. Minutos después, estando sola de nuevo, todavía me siento irritada con ese diminuto y despreciable ser al que me hubiera gustado darle un buen puntapié. Camino deprisa sin poner atención a mi rumbo, hasta que el sonido del agua burbujeante llega a mis oídos, mezclado con un canto que me recuerda a algo que quizás he soñado y me trae a la memoria imágenes de estrellas titilantes sobre un cielo nocturno. Nunca he visto ninguna sirena. Tal vez si me acerco sigilosamente, las plantas me darán cobijo y podré observarla de lejos, sin que se entere de mi presencia. Pronto distingo unos cabellos ondulados, largos, con reflejos dorados. Me acerco un poco más y allí, detrás de las rocas que parten el curso del río en dos, veo a una de ellas de espaldas. Pillándome desprevenida, la ondina se gira y sus ojos color violeta se clavan en mí y arrancan un agudo chillido de mi garganta. ****** Me despierto sudorosa y temblando. Me incorporo rápidamente. El corazón me late con fuerza. Ante mí, el mortecino sol del amanecer alumbra pálidamente el mar, produciendo destellantes salpicaduras anaranjadas sobre su superficie. Todavía pueden verse las principales estrellas, con su brillo amortiguado por la luz del día naciente. Tengo el cuerpo entumecido y siento los miembros fríos como si hubiese pasado mucho tiempo tendida sobre la arena húmeda, aunque sé a ciencia cierta que sólo han sido unas pocas horas. No en vano esta ha sido la noche más corta del año. Aún así, no he debido despertarme tan de madrugada; ellas todavía siguen durmiendo. Debería descansar un poco más, pero estoy inquieta y no me rindo al sueño. Tampoco me apetece arrebatar a mis compañeras de los brazos de Morfeo tan pronto. Esperaré a que recobren la consciencia de forma natural, dejando que sus sueños se desvanezcan por sí solos, para no romper su hechizo. Yo también creo haber estado inmersa en un sueño maravilloso. Rememoro el olor profundo a tierra mojada, perteneciente a algún lugar recóndito que, en estos momentos, soy incapaz de vislumbrar. ¿He tenido éxito en traspasar el umbral hacia el otro mundo? La verdad es que no alcanzo a recordar. De ser así, debería haberme traído alguna prueba física del otro lado, pero mis manos están vacías. Sólo me he llevado conmigo la extraña sensación de que viví algo intenso, maravilloso y terrible a la vez, y que me quedó un asunto pendiente, algo de vital importancia, que no atino a rememorar. Desde la consciencia de la vigilia lo onírico nunca adquiere un sentido claro. Permanezco un rato así, inerte, concentrada en recordar, hasta que me doy cuenta de lo inútil que es mi esfuerzo: mientras los minutos vayan pasando, más lejana será la sensación y más se perderá irremisiblemente toda esperanza de visualizar lo sucedido mientras dormía. ¡Que curiosos son los sueños que tan pronto como los dejas atrás, se olvidan! Quizá alguna de ellas tenga más éxito que yo y, cuando despierte, pueda contarnos sus hazañas del otro lado. Si no, nuestro ritual mágico en esta noche de San Juan habrá sido un completo fracaso. Pero aún es pronto para llegar a ninguna conclusión. De momento solo cabe esperar. Observo como ellas duermen tan intensamente que parece que sus cuerpos no contengan vida alguna. Tres bellas ninfas que me imagino flotando pálidas a mi lado sobre un mar que nos envuelve, como Ofelia en su mortuorio lecho acuático, llevada por los vientos. La idílica imagen es borrada de cuajo por una súbita brisa que se levanta y desdibuja nuestro círculo mágico. Una oleada de molesta arena asciende en un repentino torbellino. Nuestros enseres se tambalean, cayendo y rodando, entre los restos de las velas consumidas, convertidas ahora en pegotes cerúleos que forman extraños dibujos sobre el suelo arenoso. Siete velas de los siete colores del arco iris. ¡Que distintas se veían mientras se consumían bajo la luz de la luna, con el susurro del oleaje coreando nuestros cantos ancestrales! ¡Que inmensas eran sus mechas ardientes mientras simbolizaban ese portal mágico que pretendíamos cruzar! Intento recolocar todos nuestros objetos sagrados que ahora parecen simples bártulos, baratijas mecidas por el viento: el plato vacío que por suerte no se ha roto y que contuvo los inciensos con los que Emma aromatizó la velada, y que debe descansar donde lo hace ella, al oeste, allí donde rige el elemento aire; el tiesto con mi preciosa planta de verbena, que el viento ha volcado y que ahora sostengo entre mis manos, sana y salva en mi lado del círculo, el extremo norte, atalaya de la madre tierra; y el hornillo de aceite que trajo Rosa y que vuelvo a depositar a su lado, en el este, allí donde debe estar el elemento fuego y cuyo contenido, por suerte, agotamos durante el transcurso del ritual. Pero la copa rebosante de pura agua de lluvia ha volcado abruptamente y se ha resquebrajado, derramando la totalidad de su contenido sobre la arena, que lo ha absorbido en un segundo. Al instante, una nube negruzca atraviesa el cielo mientras restablezco los fragmentos de cristal ante Gina, que ahora se agita en sueños, en el extremo sur del círculo. El tiempo apacible se vuelve repentinamente desasosegado y una punzada en mi estómago señala un mal presagio proveniente del elemento acuoso. El agua sagrada y bendecida se ha derramado. Alzo la mirada en dirección al inmenso mar y veo como un gigante muro de agua salina y espumosa, de varios metros de altura, se abalanza sobre nosotras en forma de ola rompiente, acompañada de un rugido que parece proceder de las entrañas de la tierra. ****** Me siento medio adormecida y me noto incorpórea, pero aliviada y tranquila. Soy consciente que he tenido una terrible pesadilla. Un sueño de muerte. Como cuando uno cae al pozo y despierta justo en el instante que va a estrellarse contra el fondo. Solo que esta vez no recobré la lucidez a tiempo y me hundí. Recuerdo la sensación de ahogo y de zarandeo. Y esa humedad terrible. Y tras ella, la calmada visión de ese cuerpo azulado flotando a la deriva, bellamente mecido por el viento. Pero esa no puedo ser yo, no soy yo. No. Esa sobre las aguas me resulta demasiado lejana, demasiado insignificante. La siento tan extraña como el recuerdo de un sueño olvidado. Y yo, ahora, no estoy soñando, aunque tampoco pueda ratificar que estoy del todo despierta. No puedo abrir y cerrar los ojos; no me veo las manos; no noto un solo músculo aunque lo intente. No parezco tener control alguno sobre mi cuerpo. ¿Será que mi mente se ha despertado mientras mi cuerpo sigue dormido? ¿O tal vez me encuentre varada en algún lugar impreciso, a medio camino entre el sueño y la vigilia? ¿Es este un lugar entre los mundos? Porque me noto como flotando entre la nada de una oscuridad silenciosa y vacía que, sin embargo, me resulta familiar. Tengo la extraña certeza de que he estado con anterioridad aquí, que, en cierto modo, tenía que alcanzar este lugar pero que voy hacía otro lado; que este es solo un lugar de tránsito, un oscuro y solitario túnel de paso. Y allí, al fondo del túnel, veo finalmente una luz blanca que resplandece inmensamente. A ella me dirijo. Ese es mi destino. Cuando llegue a ella, despertaré. Ilustraciones de Rosa García OLGA BESOLÍ Junio 2012
La literatura romántica postula la proximidad y aun la identidad entre el artista y su obra. De este modo, los poemas, las novelas y los cuentos son también el escritor, o al menos un mapa secreto de su alma. Es inevitable simpatizar con esta idea, que parece establecer el requisito de sinceridad en cuestiones estéticas. Y es verdad que muchos artistas dejan, como un pelo en el peine, como una silla caliente, señales de su presencia viva. Sin embargo estos rastros no son siempre voluntarios. Más aun: es preferible que no lo sean. Las confidencias desmesuradas son chocantes tanto en el arte como en las confiterías. En este mismo punto hacemos flamear la primera cuestión de esta monografía: si el hecho artístico es personal e intransferible, como explicar la existencia de obras en colaboración? Borges afirma que se trata de un prodigio inverso al de Jeckyll y Mr.Hyde: dos se convierten en uno. El resultado artístico expresa una tercera entidad. No sin pudor, me atreveré a agregar un dato demasiado modesto: el arte no es solamente expresión sino también creación. A veces – por fortuna – el escritor inventa. Y aunque sus invenciones también sean mapas secretos, puede ocurrir que el artista no se revele o incluso que se oculte. Quevedo, Lope o Cervantes no se manifestaban en sus criaturas. Y si Flaubert decía ser Madame Bovary, es casi seguro que Carroll no era Alicia y Salgari no era Sandokan. El lector saciado de teorías vulgares ya ira sospechando ésta: la literatura en colaboración sólo es posible en distritos tales como la novela de aventuras o el relato humorístico. La novela psicológica o la poesía amorosa no podrían tolerarla. Lejos de todas estas consideraciones, un grupo de literatos perezosos llegó a constituir en el barrio de Flores el célebre Comité de Colaboración Artística. Al principio sus funciones se limitaban a socorrer a narradores empantanados que acudían en busca de rimas, adjetivos o desenlaces. Mas tarde, entusiasmados por ciertas ocurrencias afortunadas, llegaron a dictaminar que la creación solitaria es imposible. - Aun el más personal de los escritores se vale de aportes ajenos – sostenían Los conocimientos previos, el lenguaje, los recuerdos y las influencias literarias son – si bien se mira – formas concretas de colaboración. El último colaborador, tal vez decisivo, es el lector. Tan ingeniosos criterios encontraron la respuesta de los defensores de la creación individual. En ese sentido, vale la pena consultar el libro Imposibilidad del arte compartido o El buey solo bien se lame, escrito por los profesores Luis J. Schwarz y Amedeo Juliani. Más allá de las discusiones de cenáculo, lo cierto es que el Comité impulsó el nacimiento de numerosas obras. Y uno de sus componentes alcanzó formidable notoriedad. Hablamos de Rodolfo Arrùa. El orden alfabético lo hacía aparecer a la cabeza de todos los grupos que integraba. No le hizo asco a ningún género: participó en la redacción de novelas, ensayos, poesías, obras teatrales y de divulgación científica. Intervino en la traducción de Tierras vírgenes de Turguéniev, superando su absoluto desconocimiento del idioma ruso. Arrùa fue el colaborador perfecto. Su ductilidad le permitió siempre someterse al estilo de sus compañeros: si trabajaba junto a Jorge Allen, los versos parecían escritos de punta a punta por dicho poeta. Si se dejaba ayudar por Silvina Ocampo, la prosa presentaba el aspecto de haber sido construida solamente por ella. Este mimetismo colosal impide saber como escribía realmente Arrùa. Consecuente con sus principios, jamás intentó una obra en soledad. Tal vez para mitigar los efectos de su demasiada humildad, el hombre ejercía una virtud provechosa: con el mayor desparpajo daba por suyas las ideas ajenas. Esta hospitalidad de su firma le ocasionaba frecuentes disgustos. Después de sus cuarenta años apenas leía, para evitar el encuentro con frutos de su talento, mordisqueados por hábiles usurpadores, que a veces – por puro disimulo – le habían precedido en centurias. Manuel Mandeb decía haber presenciado algunas reuniones creativas de Arrùa y sus ayudantes. El polígrafo de Flores destacaba la puntualidad de sus mates, la calurosa aprobación que brindaba a toda sugerencia y una cierta propensión a quedarse dormido ante la mínima demora de las musas. Rodolfo Arrùa no se contentó con la literatura. Se entreveró con músicos, pintores y escultores. Llegó a formar una orquesta de tangos – que llevaba su nombre – cuyo desempeño fiscalizaba desde una mesa cercana. Gracias a toda esta enorme actividad, conquistó premios y honores que nunca rechazó. Sus enemigos le enrostraban un desmedido afán de figuración y la costumbre a postergar a sus compañeros de tareas. La acusación no es del todo justa. Cuando en tiempos difíciles se publicó el libro Un gobierno desagradable, Arrùa tuvo la decencia de admitir su nula participación en la obra, delante mismo del comisario de policía. Su colaborador más asiduo fue el polemista César Rulli. Desde el éxito impresionante de Aramos, dijo el mosquito, más de treinta obras llevaron la firma de estos dos creadores. La posteridad adivina celos en Rulli. Un episodio histórico lo confirma: después de muchos años de labores conjuntas, César Rulli publicó en forma solitaria un volumen de cuentos. Un crítico le señaló que en esa obra se notaba la ausencia de Arrùa. - En las otras también – fue la resentida respuesta. El Comité de Colaboración Artísticas mantuvo una actividad perpetua. Para evitar elecciones enojosas, se estableció un sistema de colaboraciones por sorteo. Los resultados fueron demenciales. Poner en yunta a espíritus contrapuestos conduce casi siempre al disparate. El poeta lunfardo Alonso de la Cueva y el severo clasicista Fatiga Sustaita completaron el extenso poema Ninfas y Malandras. Transcribimos algunos versos para ilustrar la yuxtaposición de estilos: Némesis, vengadora, acude presto con un nombre secreto entre los labios. Olvido no ha borrado los agravios. La diosa encuentra un taita bien dispuesto, que un poco rechiflao por el escabio, va a buscar a la mina y le da el pesto. Algunos relatos construidos con estos mismos criterios padecían defectos perturbadores. El uso alternado de la primera y segunda personas solía denunciar penosamente el cambio de pluma. Los personajes cambiaban bruscamente de carácter, según eran atendidos por uno u otro artista. En ocasiones, un mismo pasaje era relatado dos veces. Y no faltaban expresiones superfluas, como “Tiene razón” o “Como dice acá el amigo”. Algunas obras llegaron a contar quince o veinte autores, cuyos caprichos sumados oscurecían los textos hasta volverlos incomprensibles. Varias novelas presentaban capítulos firmados en disidencia o finales diferentes en despacho por minoría. Los intelectuales freudianos suelen proceder al allanamiento de las obras artísticas para buscar huellas de las neurosis del creador, cuando no de sus costumbres intimas. ¿Cómo reaccionarán estos personajes detectivescos ante una novela escrita en colaboración? ¿Qué clase de manías serán capaces de descubrir? ¿A cual de los autores habrían de atribuirselas? ¿Procederán a un reparto equitativo? ¿Vislumbrarán enfermizos maridajes? ¿Dictaminaran esquizofrenia? No es fácil saberlo. Los métodos y razonamientos de estas gentes son más arbitrarios que las locuras de nuestro obtuso Comité. Respecto de este asunto, Manuel Mandeb se mostraba desafiante: “…Conozco los procedimientos de la indagación psicológica. Adivino todas sus metáforas, puedo prever sus módicas interpretaciones. Me río de sus listas de símbolos. Escribo ahora este capítulo. Adivinen quien soy. Puedo escribir ahora mismo otro diferente. Soy capaz de sembrar falsas señales. Soy capaz de ocultar las verdaderas. Puedo crear un arte distinto de éste y hasta puedo ser un hombre distinto del que soy. Mi alma es un secreto inviolable, incluso para mi. Muy brujo tendrá que ser el que me la saque al sol. Vamos… atrévanse, interpreten mis textos y descubran mis fantasías eróticas. Aire, aire… No hay nada tan absurdo como la superstición de un racionalista." Respecto de la colaboración artística, el pensador de Flores reconoció algunas formas poco frecuentes de ejercerla: "…Los ángeles y los demonios suelen participar en la creación de poesías, novelas y valsecitos. Yo mismo he compuesto un estilo con la ayuda de un cierto duende nocturno, de rima sonora, pero un poco sentencioso, eso sí. “El resto de las personas también intervienen en nuestro arte. Nos inspiran personajes, aventuras y conductas interesantes. “También hacen su aporte los fenómenos climáticos que suelen dejar en nuestro ánimo fatigas, euforias, melancolías, temblores y espantos que ciertamente influyen en las obras, aunque nadie sepa de qué modo. Una concreta colaboradora: la censura. La eliminación de ciertas partes de un trabajo lo convierte en algo diferente. A decir verdad, toda colaboración convencional entre dos artistas amigos no es sino un continuo juego de mutuas censuras. “El último ejemplo y el mejor: la payada a media letra. Al final de sus actuaciones, los payadores no improvisan décimas personales, sino que van construyendo una entre los dos. Los versos de uno preparan los del otro y éstos son preparación de los siguientes. Ayudar el compañero es ayudarse a uno mismo; la piedra que le pongamos en su camino nos caerá encima en forma de montaña.” Curiosamente, Manuel Mandeb nunca se acercó al Comité de Colaboración Artística. Tal vez tenía miedo de las sanguijuelas que a veces se ocultaban allí. O comprendía que jamás iba a encontrar a nadie capaz de suscribir, siquiera por mitades, sus tenebrosos pensamientos. El Comité desapareció, como casi todas las entidades de los tiempos dorados. Rodolfo Arrùa abandonó el arte y puso una pizzería, junto a un socio ingenuo. Los artistas siguieron ayudándose a pesar de los profesores adversos. Y este procedimiento, rarísimo en la antigüedad, es hoy la forma más corriente de producir arte. Pero aquí, en la última esquina de esta nota, pienso con horror en esos numerosos equipos de investigadores, periodistas, redactores, fotógrafos, correctores, confidentes y batilanas que participan de la producción de los novelones de Harold Robbins o Arthur Hailey y me pregunto si esto será el arte. Yo que he tenido la ocasión de ser admitido como asistente por algunos artistas, me permitiré unas modestias recomendaciones. La primera es eligir un par. No es honesto aprovechar el talento o el prestigio de alguien mejor que uno. Y también es penoso detenerse cada tres pasos para esperar a un insolvente. La segunda es también la última: es conveniente, antes de escribir con alguien, practicar la amistad, compartir aventuras y desaventuras durante algunos años, cultivar el afecto y la compasión, generar el respeto y la comprensión tolerante. Después, recién entonces, uno podrá decir que está listo para empezar la obra. Pero la obra ya estará terminada.
Un periodista portador de una noticia terrible salta de un tren en marcha en un pueblecito que esconde secretos maravillosos e imposibles.. Capítulo 1 Había una pradera desértica llena de viento sol y Artemisa, y un silencio que crecía dulcemente entra las flores silvestres. Había una vía férrea extendida a través de este silencio y ahora la vía se estremeció. Poco después un tren oscuro surgió del este con fuego y vapor y entro como un trueno en la estación. Al pasar redujo la marcha en un andén cubierto de confeti, los restos de antiguos billetes perforados por los revisores de turno. La locomotora redujo la velocidad lo suficiente para que una maleta saliera catapultada y para que un joven con un arrugado traje saltara detrás y corriera por tierra, mientras el tren, con un rugido, continuaba su marcha como si la estación no existiera, ni el equipaje, ni su propietario, que ahora había detenido su carrera entrecortada para echar un vistazo mientras el polvo se posaba a su alrededor y, en la distancia, se revelaban los oscuros contornos de unas casas pequeñas. -Vaya-susurro-. Hay alguien aquí después de todo. El polvo siguió revoloteando, revelando más tejados, torres y árboles. -¿Por qué?-susurro el hombre-. ¿Por qué he venido aquí? Se respondió a si mismo en voz aun más baja: Porque sí. Capitulo 2 Porque sí. La noche pasada, medio dormido, sintió como si algo se fuera escribiendo en el interior de sus ojos. Sin abrir los párpados leyó las palabras que mientras iban pasando: En algún lugar una banda está tocando, toca las canciones más extrañas, sobre semillas de girasol y marinos. En algún lugar un tambor redobla y tiembla con tiempos pasados, recordando días de verano en días aun no nacidos. -Espero-se oyó decir. Abrió los ojos y el texto cesó. Medio levanto la cabeza de la almohada y luego, pensándoselo mejor, se volvió a acostar. Cuando cerró los ojos el texto comenzó de nuevo en el interior de sus parpados. Futuros tan lejanos que son antiguos y llenos de polvo egipcio, ese olor de la tumba y la lila, y semillas gastadas por el deseo, y el albaricoque que cuelga de la rama de un árbol en el cielo, lejos del alcance de nadie, hay momias tan hermosas como langostas que recuerdan viajes futuros y enseñan. Durante un momento sintió que sus parpados temblaban y los apretó con fuerza, como para cambiar las líneas o hacerlas desaparecer. Entonces, mientras contemplaba la oscuridad, volvieron a formarse las palabras en el crepúsculo interno de su cabeza y eran éstas: Y los niños se sientan junto al suelo de piedra Y dibujan sus vidas en la arena, Recordando muertes que no ocurrirán En futuros no vistos en tierras lejanas. En algún lugar toca una banda, Donde la luna nunca se pone en el cielo Y nadie duerme en el verano Y nadie se tiende a morir; Y el Tiempo continua eternamente Y los corazones siguen latiendo Al compás del tambor de la vieja luna Y el deslizarse de los pies de la Eternidad. -Demasiado-se oyó susurrar-. Demasiado. No puedo. ¿Es asi como se producen los poemas? ¿Y de donde sale? ¿Está terminado?-se preguntó. E inseguro, volvió a recostar la cabeza y cerro los ojos, y aparecieron estas palabras: En algún lugar los viejos deambulan y se someten al mediodía y duermen en los campos de trigo de mas allá para levantarse como niños nuevos con la luna. En algún lugar los niños, viejos, susurran y saben lo que es estar muerto y se resuelven en su llanto para preguntarse el olvido guardado bajo su cama. Y se sientan a la gran mesa del comedor donde la Vida celebra un banquete de carne. donde lo incapaz se vuelve capaz y lo corrompido se pone nuevas mascaras de carne. En algún lugar toca una banda. ¡Oh, escucha, escucha esa canción! Si la aprendes, bailaras para siempre, en junio… Y todavía junio… Y más…junio… Y la Muerte será tonta y no será lista. Y la Muerte guardara silencio eterno En junio y junio y más junio. La oscuridad era ahora completa. El crepúsculo estaba en silencio. Abrió los ojos del todo y se quedo mirando el techo, lleno de incredulidad. Se volvió en la cama, cogio una postal que había en la mesilla de noche y contemplo la imagen. Por fin, dijo medio en voz alta: -¿Soy feliz? Y se respondió a si mismo: -No soy feliz. Muy lentamente se levanto de la cama, se vistió, bajo las escaleras, se dirigió a la estación de tren, compro un billete y copio el primer tren que se dirigía al oeste. Capítulo 3 Porque sí. <<Bueno-pensó, mientras contemplaba las vías-. Este lugar no esta en el mapa. Pero cuando el tren redujo la marcha, salte, porque…>> Se dio la vuelta y vio un cascado cartel sobre la débil estación, que parecía a punto de hundirse bajo olas de arena: SUMMERTON, ARIZONA. -Sí, señor-dijo una voz. El viajero bajo la mirada para encontrar a un hombre de mediana edad de pelo rubio y ojos claros que estaba sentado en el porche de la ajada estación, recostado a la sombra. Un puñado de sombreros colgaba sobre el, y decían: EXPENDEDOR DE BILLETES, JEFE DE EQUIPAJES, GUARDAGUJAS, VIGILANTE NOCTURNO, TAXI. En la cabeza llevaba una gorra con las palabras JEFE DE ESTACIÓN bordadas con brillante hilo rojo. -¿Qué va a ser?-dijo el hombre de mediana edad, mirando fijamente al forastero-. ¿Un billete para el próximo tren? ¿O un taxi que lo lleve dos manzanas hasta el Gran Mirador Egipcio? -Dios, no lo se-el joven se seco la frente y parpadeo en todas direcciones-. Acabo de llegar. Salte del tren. No se por qué. -No discuta con los impulsos-respondió el jefe de estación-. Con suerte, en lugar de asarse a la parrilla, encontrará un bonito y fresco lago un día caluroso. Bueno, ¿Qué va a ser? El hombre esperó. -Taxi, dos manzanas, al Gran Mirador Egipcio, dijo el joven rápidamente-. ¡Sí! -bien, dado que no hay egipcios que mirar, ni delta del Nilo. Y Cairo, Illinois, esta mil quinientos kilómetros al este. Pero supongo que tenemos cosas bastante grandes. El viejo se levanto, se quito de la cabeza la gorra de JEFE DE ESTACIÓN y la sustituyo por la de TAXI. Se agachaba para recoger la maleta cuando el joven dijo: -¿No ira a dejar…? -¿La estación? Cuidara de si misma. Las vías no van a ir a ninguna parte, no hay nada que llevarse de dentro, y pasaran unos cuantos días antes de que nos sorprenda otro tren. Vamos. Se echo la maleta al hombro y salio de la penumbra y doblo la esquina. Tras la estación no había ningún taxi. En cambio, un gran caballo blanco bastante hermoso esperaba pacientemente. Y detrás del caballo había una pequeña carreta con las palabras << PANADERÍA KELLY, PAN FRESCO>> pintadas en el costado. El taxista lo llamo y el joven subió a la carreta y se acomodo a la cálida sombra. El forastero inspiró. -¿A que huele bien?-dijo el taxista-. ¡Acabo de repartir cinco docenas de hogazas! -Ese es el perfume del Edén la primera mañana-contesto el joven. El hombre mayor alzo las cejas. -Bueno-preguntó-, ¿Por qué ha venido un periodista con aspiraciones de novelista a Summerton, Arizona? -Porque sí-dijo el joven. -¿Por qué sí? Es una de las mejores razones del mundo. Deja un margen muy amplio a las decisiones. Subió al asiento del conductor, miro con ojos amables al caballo que esperaba, chasqueó la lengua suavemente y dijo: -Claude Y el caballo, al oír su nombre, los llevo hacia Summerton, Arizona. Capítulo 4 El aire era caluroso cuando la carreta de la panadería se puso en marcha y luego, cuando llegaron a la sombra de los árboles, empezó a refrescar. El joven se inclino hacia delante. -¿Cómo lo ha adivinado? -¿El qué?-preguntó el conductor. -Que soy escritor-dijo el joven. El taxista miro los árboles que pasaban y asintió. -Su lengua mejora las palabras al salir. Siga hablando. -He oído rumores sobre Summerton. -Mucha gente oye, poca llega. -He oído que su pueblo es otro tiempo y lugar, que desaparece, tal vez. Espero que sobreviva. -Déjeme mirarlo a los ojos-dijo el conductor. El periodista se volvió y lo miro a la cara. El conductor volvió a asentir. -No, todavía no esta perdido. Creo que ve lo que mira, dice lo que siente. Bienvenido. Me llamo Culpepper. Elías. Señor Culpepper-el joven toco el hombro del anciano-. James Cardiff -Vaya por Dios-dijo Culpepper-. Menuda pareja. Culpepper y Cardiff. Podríamos ser abogados de postín, arquitectos, editores. Nombres como ésos no se dan por parejas. Culpepper y, ahora, Cardiff. Y Claude el caballo troto un poco más rápido a través de la sombra de los árboles. El caballo continúo su camino, y Elías Culpepper señalaba la izquierda y derecha, charlando sin parar. -Ésa es la fábrica de sobres. Todo nuestro correo empieza ahí. Esa es la fabrica de vapor, hubo un tiempo en que hacia vapor, he olvidado para qué,. Y ahora mismo, pasamos ante el Culpepper Summerton News. ¡Si hay noticias una vez al mes, las imprimimos! Cuatro paginas formato sabana, fáciles de leer. Así que ya ve, usted y yo, en cierto modo, nos dedicamos a lo mismo. Usted, claro, no conduce también caballos y perfora billetes de tren. -Desde luego que no-dijo James Cardiff, y los dos se rieron en voz baja. -Y-dijo Elías Culpepper, mientras Claude tomaba una curva para llegar a un sendero donde olmos y robles y arces teñían el cielo de tonos verdes y azules, formando un hermoso tejado-, éste es el Camino del Nuevo Amanecer. Las mejores familias viven aquí. Allí viven los Ribtree, y allí los Townway. Y… -Dios mío!-dijo James Cardiff-. ¡Esos jardines! ¡Mire, señor Culpepper! Y pasaron ante una verja tras la cual montones de girasoles alzaban sus enormes caras de reloj en sincronía con el sol, para abrirse con el amanecer y cerrarse con el ocaso; un centenar en aquel sendero bajo un olmo, doscientos en el patio de al lado y quinientos mas allá. Cada curva estaba flanqueada por altos tallos verdes que terminaban en enormes caras oscuras y flecos amarillos. -Es como una multitud viendo una cabalgata-dijo James Cardiff. -Ahora que lo dice…-dijo Elías Culpepper. Agito amablemente la mano. -Bueno, señor Cardiff. Es el primer periodista que nos visita en años. Aquí no ha pasado nada desde 1903, el año de la Pequeña Riada. O 1902, si prefiera la Grande. Señor Cardiff, ¿Qué puede querer un periodista de una población como ésta, donde nunca pasa nada? -Podría pasar algo-dijo Cardiff, inquieto. Alzo la mirada y contempló el pueblo. <<Estas aquí-pensó-, pero tal vez no lo estés. Lo sé, pero no lo diré. Es una verdad terrible que podría borrarte. Mi mente esta abierta, pero mi boca esta cerrada. El futuro es inseguro e incierto.>> El señor Cardiff se sacó del bolsillo de la camisa una barra de chicle de hierbabuena, le quito el envoltorio, se lo metió en la boca y masticó. -¿Sabe usted algo que yo no sé, señor Cardiff? -Tal vez-respondió Cardiff-usted sepa cosas sobre Summerton que no me ha dicho. -Entonces espero que los dos nos informemos pronto. Y con esas palabras, Elías Culpepper dirigió suavemente a Claude hacia el camino de grava del patio cubierto de girasoles de una casa privada que tenia un cartel sobre el porche: Gran Mirador Egipcio. Pensión. Y no había mentido. No había ningún río Nilo a la vista. Capítulo 5 En ese momento un anticuado carromato de hielo con una oscura boca cavernosa de escarcha entró en el patio, tirado por un caballo que necesitaba con urgencia su cargamento antártico. Cardiff pudo saborear el hielo de treinta veranos ya perdidos. -Justo a tiempo-dijo el hombre del hielo-. Un día caluroso. Vaya y coja. Señalo la parte trasera de su carromato. Cardiff, por puro instinto, salto de la carreta del pan y se fue directamente a la parte de atrás del carromato del hielo, y sintió su mano de niño de diez años extenderse y agarrar un frío cubito. Dio un paso atrás y se froto con él la frente. Su otra mano saco por instinto un pañuelo del bolsillo para envolver el hielo. Sorbiéndolo, se retiró. -¿A que sabe?-oyó decir a Culpepper. Cardiff le dio otro lametón al hielo. A lino. Solo entonces volvió a mirar la calle. No podía dar crédito a lo que veían sus ojos. En la calle, no había una sola casa cuyo tejado no acabara de ser alquitranado o reparado o recubierto de tejas. Ni un columpio que no colgara recto en los porches. Ni una ventana que no brillara como un escudo en los salones de Valhalla, todo dorado al amanecer y el ocaso, todo arroyo claro al mediodía. Ni un ventanal que no mostrara libros apoyando su silenciosa sabiduría contra la de otro en estantería interiores. Ni una tubería de desagüe sin su barril de lluvia acumulando las estaciones. Ni un patio trasero que no estuviera, aquel día, lleno de alfombras que se sacudían de modo que el tiempo las limpiara de polvo y los viejos dibujos giraran con ritmo rococó. Ni una cocina que no mostrara promesas de hambre aplacada y tranquilas tardes de reflexión sobre provisiones guardadas al sur-sureste del alma. Todo, todo perfecto, todo pintado, todo fresco, todo nuevo, todo hermoso: una población perfecta en una mezcla perfecta de silencio y actividad y bullicio invisibles. -Un penique por sus pensamientos-dijo Elías Culpepper. Cardiff sacudió la cabeza, los ojos cerrados, porque no había visto nada, pero había imaginado mucho. -No puedo decírselo-dijo Cardiff en un susurro. -Inténtelo-dijo Culpepper. Cardiff sacudió de nuevo la cabeza, casi sufriendo de inexplicable felicidad. Tras retirar el pañuelo de alrededor del hielo, se metió el último trocito en la boca y lo mordió, y empezó a subir los escalones del porche dando la espalda al pueblo, preguntándose qué encontraría a continuación. Capítulo 6 James Cardiff se detuvo, lleno de silencioso asombro. El porche delantero del Gran Mirador Egipcio era el mas largo que había visto jamás. Tenía tantas mecedoras blancas de mimbre que dejo de contar. Ocupando algunas de las mecedoras había un grupito de caballeros de aspecto juvenil, aun no del todo maduros, perfectamente vestidos, con el pelo alisado hacia atrás, recién salidos de la ducha. Y entre los hombres había mujeres de treinta y tantos años, ninguna había cumplido aun los cuarenta, cuyos vestidos de verano parecían haber sido hechos a partir del mismo papel de pared de rosas u orquídeas o gardenias. Los hombres lucían cortes de pelo realizados por el mismo barbero. Las mujeres llevaban sus trenzas como cascos brillantes diseñados por algún parisino, planchadas y rizadas mucho antes de que Cardiff hubiera nacido. Y todas las mecedoras se movían hacia delante y luego hacia atrás al unísono, en una silenciosa marea, como balanceadas por la misma brisa oceánica, serena y sin sonido. Cuando Cardiff puso el pie en la entrada del porche, todas las mecedoras se detuvieron, todos los rostros se alzaron; hubo un destello de sonrisas y todas las manos se alzaron en un silencioso saludo de bienvenida. Él asintió con la cabeza y las blancas mecedoras de mimbre continuaron su movimiento, y se reanudo el murmullo de las conversaciones. Al contemplar la larga fila de gente guapa, pensó: <<Qué extraño, tantos hombres en casa a esta hora del día. Qué peculiar.>> Una diminuta campanita de cristal tintineó en la puerta de pantalla. -La sopa está lista-anuncio una voz de mujer. En cuestión de segundos, las sillas de mimbre se vaciaron, y toda la gente del verano atravesó la puerta de pantalla con un zumbido. Cardiff estaba a punto de seguirlos cuando se detuvo, volvió la cabeza y miro atrás. -¿Qué…?-susurró. Elías Culpepper estaba a su lado, colocando suavemente en el suelo la maleta de Cardiff. -Ese sonido-dijo Cardiff-. En alguna parte… Elías Culpepper se río en voz baja. -Es la banda del pueblo; ensaya la representación del jueves por la noche de Tosca abreviada. Cuando ella salta, solo tarda dos minutos en llegar al suelo. -Tosca-dijo Cardiff, y escucho la lejana música de percusión-. En algún lugar… -Pase-dijo Cardiff, que sujetaba la puerta de pantalla para James Cardiff. Capítulo 7 Al pasar al salón en penumbra, a Cardiff le pareció haber entrado en el fresco cobertizo de una lechería que en verano oliera a grandes tinajas de nata ocultas al sol, y a neveras que gotearan sus licores secretos, y a pan extendido en mesas de cocina, y a tartas enfriándose en los alféizares de las ventanas. Cardiff dio otra paso y supo que allí dormiría nueve horas cada noche y despertaría como un niño al amanecer, emocionado por estar vivo; que el mundo volvería a comenzar cada mañana, y el estaría alegre por sentir el corazón latir en su cuerpo y el pulso en sus muñecas. Oyó reír a alguien. Y era él mismo, abrumado por una alegría que no podía explicar. Hubo un ligerísimo movimiento en el piso de arriba. Cardiff alzo la cabeza. Bajando las escaleras, y deteniéndose ahora al verlo, estaba la mujer más hermosa del mundo. En algún lugar, en algún momento, había oído decir a alguien: <<Agarra la imagen antes de que se desvanezca.>> Eso dijeron las primeras cámaras que capturaron la luz y llevaron esa iluminación a cámaras oscuras donde los productos químicos vestidos en porcelana hacían que los fantasmas atrapados despertaran, Rostros captados al mediodía eran convocados en baños agrios para restablecer sus ojo, sus bocas, y luego la carne fantasmagórica de la belleza o la arrogancia o la impaciencia de un niño quieto. En la oscuridad, los fantasmas acechaban en los productos químicos hasta que algunos gestos salían del tiempo a la superficie, a una eternidad que podía sujetarse en las manos mucho después de que la calida carne se hubiera desvanecido. Fue así con aquella mujer, esa brillante maravilla del mediodía que bajaba las escaleras a la fresca sombra del salón solo para volver a emerger con un haz de luz en la puerta del comedor. Su mano se dirigió a la mano de Cardiff,; y luego su muñeca y su brazo y su hombro y, por fin, como surgido de aquella química de un cuarto oscuro, el espectro de un rostro tan hermoso que ardió en él como una flor cuando el amanecer aumenta su belleza. Sus ojos brillantes y eléctricos de verano brillaron de alegría, midiéndolo, mirándolo, como si también el acabara de surgir de aquellas milagrosas aguas donde nada la memoria, como diciendo: <<¿Me recuerdas?>> <<!Sí!.>>, pensó él. <<¿Sí?>>, le pareció oírla decir <<!Sí! –exclamo él, sin hablar-. Siempre espere poder recordarte.>> <<Bueno, pues-dijeron los ojos de ella-, seremos amigos. Tal vez nos conocimos en otro tiempo.>> -Nos están esperando-dijo ella en voz alta. <<Sí-pensó él-, ¡a los dos!>> Y ahora el habló: -¿Su nombre? <<Pero si ya lo sabes>>, respondió su silencio. Y era el nombre de una mujer muerta hacia cuatro mil años, perdida en las arenas de Egipto, y ahora revivida al mediodía en otro desierto cerca de una estación vacía y unas vías silenciosas. -Nefertiti-dijo él-. Bonito nombre. Significa <<La Bella está aquí>>. -Ah-dijo ella-, lo sabe. -Tutankamón vino de la tumba cuando yo tenía tres años-dijo él-. Vi su mascara de oro y quise que mi cara fuera la suya. -Pero si lo es-dijo ella-. Nunca se dio cuenta. -¿Puede creer eso? -Créalo y sucederá en mitad de su creencia. ¿Tiene hambre? <<Estoy que me caigo>>, pensó él, mirándola. -Antes de que se caiga-rió ella-, venga. Y lo condujo al festín de los dioses del verano. Capítulo 8 El comedor, como el porche, era el mas largo que había visto jamás. Toda la gente del porche estaba alineada a un lado de una mesa increíble, mirando a Culpepper y Cardiff mientras atravesaban la puerta. Al fondo había dos sillas esperándolos y en cuanto a Culpepper y Cardiff se sentaron, comenzó un hervidero de actividad, con la gente alzando los cubiertos y pasándose los platos. Había una ensalada increíble, una tortilla sorprendente y una sopa suave como el terciopelo. De la cocina llegaba un olor que prometía un postre dulce como la ambrosía. En mitad de su asombro, Cardiff dijo: -Un momento, esto es demasiado. Tengo que verlo. Se levanto y se dirigió a la puerta al fondo del salón, que daba a la cocina. Al entrar en la cocina, vio al otro lado de la habitación una puerta que le era familiar. Sabia donde conducía. La despensa. Y no era una despensa cualquiera, sino la despensa de su abuela, o una parecida. ¿Cómo era posible? Avanzo y empujo la puerta, casi esperando encontrar a su abuela dentro, adentrándose en aquella jungla especial donde colgaban bananas moteadas, donde las rosquillas estaban enterradas en arenas movedizas de azúcar en polvo. Donde las manzanas brillaban mejillas de verano. Donde fila tras fila, estante tras estante, condimentos y especias se alzaban hacia un techo siempre en penumbra. Se oyó a si mismo pronunciar los nombres que iba leyendo en las etiquetas de los frascos, los apodos de príncipes indios y vagabundos árabes. Allí había cardamomo y anís y canela, y cayena y curry. Y había también jengibre y pimentón y tomillo y celimonia. Casi podría haber cantado las silabas y despertado de noche para oírse canturrear los sonidos una y otra vez. Observo y volvió a observar los estantes, inspiro profundamente y se volvió, mirando de nuevo la cocina, seguro de que iba a encontrar una figura familiar inclinada sobre la mesa, preparando los últimos platos para el sorprendente almuerzo. Vio a una mujer gruesa espolvoreando con chocolate negro una tarta amarilla, y pensó que si gritaba su nombre, su abuela se Daria la vuelta y correría a abrazarlo. Pero no dijo nada y vio como la mujer terminaba el trabajo con una floritura y le entregaba la tarta a una criada, quien se la llevo al comedor. Volvió con Nef, sin apetito, tras haberse alimentado en la jungla de la despensa, lo cual era mas que suficiente. <<Nef-pensó, mirándola- es una mujer que es todas las mujeres, una belleza que es todas las bellezas. Ese campo de trigo pintado una y otra vez por Monet que se convertía en el campo de trigo. Esa fachada de iglesia pintada una y otra vez hasta ser la fachada más perfecta en la historia de todas las iglesias. Esa brillante manzana y esa fabulosa naranja de Cezanne que nunca se pudren.>> -Señor Cardiff-la oyó decir-. Siéntese, coma. No debe hacerme esperar. Llevo esperando demasiados años. El se acercó, incapaz de apartar los ojos de ella. -Santo Dios-dijo-. ¿Qué edad tiene? -Dígamelo usted. -Oh, demonios-exclamo el-. Tal vez nació hace veinte años. Treinta. O anteayer. -Todo a la vez. -¿Cómo? -Soy su hermana, su hija y alguien que conoció hace años en el colegio, ¿verdad? Soy la chica a la que invito al baile de graduación pero se había comprometido con otro. -Esa es mi vida. Eso paso. ¿Cómo lo ha adivinado? -Nunca adivino-replico ella-. Sé. Lo importante es que esta usted aquí por fin. -Habla como si me esperase. -Siempre-dijo ella. -Pero no supe que iba a venir aquí hasta anoche, en mitad de un sueño. Me decidí solo en el último momento. Decidí escribir una historia… Ella se rió suavemente. -¿Cómo es eso posible? Se parece tanto a esos romances insanos escritos por sanas amas de casa. ¿Qué le hizo elegir Summerton? ¿Fue nuestro nombre? -Vi una postal que debió de comprar alguien de paso. -Oh, eso debió ser hace años. -Parecía un pueblo bonito…un lugar acogedor para turistas en busca de un sitio donde relajarse y disfrutar del aire del desierto. Pero entonces lo busque en un mapa. ¿Y sabe una cosa? No aparecía en ninguno que yo pudiera encontrar. -Bueno, el tren no para aquí. -No paro hoy-admitió el-. Solo dos cosas bajaron: mi maleta y yo. -Viaja ligero. -Vengo solo a pasar una noche. Cuando pase el siguiente tren, aunque no pare, lo tomare. -No-dijo ella en voz baja-. No es así como ha de ser. -Tengo que ir a casa y terminar mi historia-insistió el. -Ah, sí. ¿Y que dirá de este pueblo que nadie puede encontrar? Una nube cruzo el cielo y las ventanas del comedor se oscurecieron, y una sombra cayo sobre el rostro de Cardiff. Había dos verdades que contar, pero solo podía contar una. -Que es un pueblo precioso-dijo mansamente-. De los que ya no existen. De los que la gente debería recordar y celebrar. ¿Pero como sabia que yo iba a venir? -Me desperté al amanecer-respondió ella-. Oí su tren desde muy lejos. Al mediodía el tren estaba tras las montañas, y oí su silbato. -¿Y esperaba a alguien llamado Cardiff? -¿Cardiff?-se pregunto ella-. Hubo una vez un gigante… -En todos los periódicos. Un fraude. -¿Y es usted un fraude?-dijo ella. Él no pudo mirarla a los ojos. Capítulo 9 Cuando alzo la mirada, la silla de Nef estaba vacía. También los otros comensales habían abandonado la mesa para volver a sus mecedoras o, tal vez, para echarse una siesta. -¡Señor!-murmuro-. Esa mujer es joven, ¿pero como de joven? Es vieja, ¿pero como de vieja? De repente, Elías Culpepper le toco el codo. -¿Quiere dar un autentico paseo por nuestro pueblo? Claude tiene que entregar más pan recién horneado. ¡En pie! La carreta estaba llena de un cargamento oloroso. Las hogazas calientes habían sido pulcramente apiladas fila tras fila dentro del carro con olor a horno, treinta o cuarenta hogazas en total, con nombres escritos en los envoltorios de papel de cera. Además había cajas enceradas de bollos y dulces, cuidadosamente atadas con una cinta. Cardiff inspiro intensamente tres veces y casi se cayó del atracón. Culpepper le tendió un ipaquetito y un cuchillo. -¿Qué es eso?-pregunto Cardiff. -No habrá recorrido ni una manzana antes de que el pan pueda con usted. Esto es un cuchillo de mantequilla. Esto es una hogaza. No la devuelva. -Me estropeará la cena. -No. La hará mejor. Verano fuera. Verano dentro. Le entrego una libreta con nombres y direcciones. -Por si acaso-dijo Culpepper. -¿Me envía solo? ¿Cómo sabre adonde ir? -No se preocupe. Claude conoce el camino. No se ha perdido nunca todavía. ¿Verdad, Claude? Claude volvió la cabeza, ni divertido ni serio, solo preparado. -Maneja con suavidad con las riendas. Claude tiene su propio sistema. Usted sígale el ritmo. Es la única forma de ver el pueblo sin que yo le de la lata. ¡Arre! Cardiff salto a bordo. Claude tiro y el carromato se puso en marcha. -Demonios-repaso la libreta, escrutando los nombres y direcciones-. ¿Cuál es la primera parada? -¡Vamos! La carreta del pan se marcho, calentando el aire con los suaves olores de la levadura y el trigo. Claude trotaba como si apenas pudiera esperar para hacer su trabajo. Capítulo 10 Claude troto a buen ritmo durante dos manzanas y giro suavemente a la derecha. Sus ojos se volvieron hacia el buzón de correos de uno de los patios: Abercrombie. Cardiff comprobó la lista. ¡Abercrombie! -¡Maldición! Salto de la carreta, la hogaza en la mano, cuando una voz de mujer exclamo: -Gracias, Claude Una mujer de unos cuarenta años esperaba en la puerta para recibir el pan. -Y a usted también, naturalmente-dijo-. ¿Señor…? -Cardiff, señora. -Claude-exclamo ella-, cuida bien del señor Cardiff. Y usted, señor Cardiff, cuide bien de Claude. ¡Buenos días! Y la carreta continuó sacudiéndose bajo un congreso de árboles que se entrelazaban para cubrir el sol- -A continuación, Fillmore –Cardiff miro la lista, preparado para tirar de las riendas, cuando el caballo se detuvo ante una segunda puerta. Cardiff metió el pan en el buzón de Fillmore y corrió para alcanzar a Claude, que ya había retomado su ruta sin esperar a su conductor. Así continuaron. Bramble. Jones. Williams. Isaacson. Meredith. Pan. Pastel. Pan. Bollitos. Pan. Pastel. Pan. Claude doblo una última esquina. Y allí había una escuela. -¡Espera, Claude! Cardiff corrió y entro ene l patio para encontrar un balancín, su vieja pintura azul descascarillada, junto a un viejo columpio, sus asientos de madera ajada suspendidos de oxidadas cadenas de hierro. -Vaya-susurro Cardiff. La escuela tenia dos plantas. Sus puertas dobles estaban cerradas y sus ocho ventanas estaban cubiertas de polvo. Cardiff sacudió las puertas. Cerradas a cal y canto. -Solo es mayo-se dijo Cardiff-. Todavía no ha terminado la escuela. Claude relincho irritado, quizá molesto, empezó a apartarse lentamente del colegio. -¡Claude!- Cardiff se puso serio-. ¡Quieto! Claude se paró y empezó a golpear el empedrado con ambas patas delanteras. Cardiff se volvió hacia el edificio. Tallado en el dintel, sobre la puerta principal, se veían las palabras: <<ESCUELA PRIMARIA DE SUMMERTON, FUNDADA EL 1 DE ENERO DE 1888.>> -Mil ochocientos ochenta y ocho –murmuró Cardiff-. Vaya. Echó una última mirada a las ventanas cubiertas de polvo y las oxidadas cadenas del columpio, y dijo: -Una ultima ojeada, Claude. Claude no se movió. -Nos hemos quedado sin pan y sin nombres, ¿no es así? ¿Solo transportas pedidos de la panadería, nada más? La sombra de Claude no se movió. -Bueno, entonces nos quedaremos aquí hasta que me hagas un favor. Tu nuevo cochero quiere recorrer toda la ciudad. ¿Qué te parece? No habrá ni agua ni avena sin un recorrido completo. El agua y la avena lo consiguieron. Recorrido completo. Bajaron por Clover Avenue y subieron por Hibiscus Way, y llegaron a Rosewood Place y siguieron a la derecha por Juneglade, y de nuevo a la izquierda por Sandalwood y luego por Ravine, que pasaba justo por el borde de un barranco poco profundo abierto por lluvias antiguas. Cardiff contemplo jardín tras jardín, todos ellos tupidos, verdes, perfectos. No había bates de béisbol. Ni pelotas de béisbol. No había canastas de tenis. Ni mazas de cróquet. No había marcas de rayuela en las aceras. Ni columpios de neumáticos en los árboles. Claude lo llevo de regreso al Gran Mirador Egipcio, donde Elías Culpepper estaba esperando. Cardiff se bajo del carromato del pan. -¿Bien? Cardiff miro el brillo veraniego de los jardines verdes y los verdes setos y los girasoles dorados y dijo: -¿Dónde están los niños?

Bueno, como les pregunté y comenté antes, andaba con ganas de ir posteando capitulos de los libros de Dolina, valen la pena y algunos por acá solo lo conocen de oír nombrar (: Ya me estuve fijando y viendo que no sea repost, eh! En fin, enjoy. Casi todos los Hombres Sensibles de Flores conocían a Luciano, el volador. Sabía atender un puesto de diarios en la esquina de Boyacá y la avenida. Sus apologistas pretenden que levantaba quiniela, hecho que no le consta para nada al compilador de estas historias. Por lo demás, a través de todos los mitos de Flores, parece constante el afán de enaltecer el recuerdo de los héroes, atribuyéndoles actividades relacionadas con el juego. Si es verdad lo que se cuenta, Luciano volaba. Sus escasas fotografías nos lo muestran liviano y magro, aunque carente de alas. Una de ellas, que suele utilizarse como prueba de su don, lo registra al costado derecho de un grupo numeroso y sus pies aparecen en el aire, a una cuarta escasa del suelo. Los escépticos atribuyen este efecto a un truco fotográfico o bien a un pequeño salto oportuno. Sin embargo, la tradición oral de Flores insiste en recordar los vuelos de Luciano. Los más viejos aseguran que, cuando niño, descolgaba los barriletes que se enredaban en los árboles y recobraba las pelotas que caían en los techos del vecindario. Ya mayor, prefirió siempre los vuelos nocturnos. Parece que el cielo sostiene mejor de noche y no se corre el riesgo de llamar la atención de los papanatas. Excepción hecha de los días de lluvia o de granizo, Luciano prescindía de los colectivos y taxímetros. Un viajecito al centro le insumía apenas diez minutos. Solía aterrizar en las terrazas solitarias y bajar por los ascensores para evitar el escándalo. Siendo volador, Luciano era discreto. Conoció -eso cuentan- el secreto de todos los campanarios de Flores, se cruzó mil veces con las brujas desnudas que sobrevuelan Belgrano y se saludó con los ángeles ociosos que se dejan llevar por los vientos. Sus enemigos lo acusaban de robar higos y triciclos, para no hablar de las lamparitas del alumbrado público. Los aviones le producían terror, desde un día en que paseando por El Palomar, un pardo Avro Lincoln casi le arranca la cabeza. Manuel Mandeb ha sido el principal proveedor de anécdotas de Luciano. El pensador árabe cuenta -por ejemplo- las desagradables consecuencias que padeció a causa de su ignorancia del uso de la brújula y la posición de los astros. Así nos refiere que una noche que volaba hacia el estadio de Vélez Sársfield con la ladina intención de colarse, equivocó el camino y descubrió las fuentes mismas del río Matanza. Encontró allí -sostiene Mandeb- grandes poblaciones lacustres, semejantes a las que cundieron en Suiza hace milenios. Tomándolo por un dios, los inocentes pobladores lo agasajaron, le dieron a beber hidromiel, le cedieron a una joven más o menos doncella y le obsequiaron una yunta de gallinas y un florero, único de estos objetos que aún se conserva. Estos cuentos son muy sospechosos. Sospechosa también es la historia que ubica a Luciano siguiendo una bandada de golondrinas hasta los trópicos o aquella que hace referencia a la lucha con un cóndor bataraz. Cuando comenzaron las calamidades en el barrio de Flores, Luciano decidió partir. Las palomas azules con sus plumas de acero coparon el cielo de la barriada y el volador sintió miedo. Manuel Mandeb insiste en que antes de irse para siempre, Luciano le contó el secreto de su increíble destreza. Dice Mandeb que un mago extranjero le concedió el don del vuelo, pero le hizo la siguiente prevención: "Volarás, Luciano, pero cuida que quienes lo sepan no escriban nunca tu historia. Cuando alguien la lea, tu poder cesará definitivamente". Esto explica que las hazañas de Luciano sólo se hayan transmitido en forma oral. Ninguno de los literatos de Luciano lo menciona jamás. Gracias a ello Luciano habrá seguido volando hasta el día de hoy, lector impío, en que tus ojos curiosos acaban de desbarrancarlo para siempre. C'est fini

Cada año ciertas personas interrumpen sus trabajos cotidianos para tomar algunos días de descanso. Esta circunstancia no parece muy sabrosa en su primera descripción. Sin embargo, la complejidad de nuestro tiempo ha decorado el asunto con asombrosos firuletes de causa y efectos. Y entonces el modesto fenómeno produce toda clase de inesperadas consecuencias: las valijas, los hoteles, las empresas de turismo, las ciudades balnearias, el alquiler de bicicletas, los productos bronceadores, las tarjetas postales, los baldecitos, los suplementos de las revistas, los caracoles pintados, las carpas, el cierre temporario de las panaderías, las audiciones desde la costa, las casas rodantes y la imperdonable canción Vamos a la playa. Los Hombres Sensibles de Flores siempre miraron con desconfianza las súbitas inspiraciones nómades de los mercaderes prósperos. Pero a pesar de todo alcanzaron a vislumbrar que más allá de la vanidad de los chitrulos, las vacaciones ofrecían la remota posibilidad de que algo ocurriera. Y así, fingiendo descansar, buscaron en remotos balnearios y pensiones baratas las mismas vieja señales de siempre. Y descubrieron (demasiado tarde) que las puertas cerradas eran iguales en todas partes. Manuel Mandeb reflexionó sobre estas cuestiones en un trabajo titulado “A favor y en contra de las vacaciones”. En la primera parte, el autor lanza denuestos sobre las costumbres veraniegas. En la segunda se refuta a sí mismo, y en el confuso epílogo sostiene que ambas posturas son verdaderas o tal vez falsas. Resignémonos a examinar algunos tramos de esta obra que muchos reputaron hegeliana, quizás queriendo decir que era insoportable. “... Los escribanos y profesoras de geografía dicen encontrar en sus licencias anuales la ocasión para hacer lo que en verdad desean. Lo que equivale a confesar que durante el resto del año, estas personas viven contrariando su verdadera voluntad”. “... Pero mayor todavía es nuestro estupor cuando observamos la conducta que mantienen en sus breves períodos de plena libertad. Al parecer, todo lo que necesitan para rebelarse contra el destino es trasladarse a un balneario”. “... Si el verano presupone un cambio de hábitos, nada cuesta suponer el disgusto que sentirán las gentes satisfechas de sus procederes ante la necesidad de modificarlos.” “... Lo ideal sería (aparentemente) actuar siempre conforme a la propia voluntad. Es decir, hacer siempre lo que uno desea.” “... Pero ahora, en este último instante, se cuela una objeción imprevista: las personas más nobles no desean obrar a su capricho. Yo mismo no quiero hacer lo que quiero.” No es novedosa la opinión de Mandeb. Ortega afirmó que la nobleza se define por la exigencia, por las obligaciones y no por los derechos. “Noblesse obligue”. Vivir a gusto es de plebeyos, decía Goethe. Ya vemos cuán lejos de la playa nos ha arrastrado Mandeb. Busquemos la orilla y veamos al polígrafo de Flores ya reconciliado con las vacaciones, en la segunda parte del libro que nos ocupa. “... Bien está en el crepúsculo de esta monografía reconocer que los dignos afanes por ganar nuestro sustento suelen alejarnos de los goces del espíritu y aun del cuerpo. Pueden ser entonces las vacaciones unos rincones floridos del tiempo, que el criollo despierto sabrá aprovechar para asomarse a los misterios del universo o para atropellas a alguna morocha. El amor y el conocimiento. No hay mucho más en la vida.” En los años dorados de Flores, el barrio tuvo su propia agencia de turismo. Su nombre, La Huella, tal vez fue una criollada. Pero de allí salieron algunas ideas muy originales y un criterio comercial cercano a la demencia. Sin transitar los dudosos pasillos de la leyenda, podremos imaginar el funcionamiento de esta empresa, gracias a uno de sus folletos de publicidad que se ha conservado casi entero. Allí se proponen planes de veraneo cuyos pormenores conoceremos ahora, no sin padecer las estridencias del lenguaje utilizado. Siéntase extranjero Maravilloso viaje a un país lejano cuyo idioma y costumbres usted desconoce. Experimente la hostilidad de los nativos y la prepotencia de las autoridades. Centenares de bárbaros se burlarán de usted. Pase las horas de sus comidas entre la inquietud y la repugnancia. Precios muy ventajosos. Gratis: polizón en el “conte biancamo” Usted sólo pagará los gastos de traslado hasta el puerto. Después (si tiene suerte) atravesará los mares del mundo a bordo de este lujoso paquebote. Disfrute un crucero diferente junto a toda su familia. A suerte y verdad Plan sorpresa. Nosotros elegiremos por usted, para evitarle fatigosas cavilaciones. Lo llevaremos a un magnífico lugar, cuyo nombre y características no le comunicaremos. Muchos de nuestros clientes han vivido días inolvidables, aunque no sabrían decir dónde. Haga el interesante baigorrita Para viajeros solitarios. Nuestros agentes harán correr el chisme de que es usted un personaje importante. Sienta las miradas curiosas de toda la población. Permítase extravagancias y hágase pagar bebidas contando falsas hazañas a los paisanos. Fin de semana en Colegiales Al alcance de cualquier presupuesto. Hospedaje en casa de una familia de la calle Crámer. Contemple el atardecer en la estación y vibre en delicioso sobresalto al paso del tren eléctrico. El mayor suceso de la agencia fue la promoción del balneario Playa Desierta. Se eligió un punto cualquiera de la costa atlántica y se instó a las personas a viajar allí. El argumento decisivo consistía en declarar que nadie iba jamás a ese lugar. Ya se sabe que los espíritus delicados aman la soledad. Así fue que muchos se trasladaron a Playa Desierta. La fama del paraje creció a lo largo de las temporadas y al cabo puede decirse que verdaderas muchedumbres llegaban al balneario con el propósito de hallar un rincón solitario. La paradoja no tardó en declararse: el éxito fue causa de la decadencia. Al perder su desolada virtud la playa fue abandonada por multitudes desengañadas hasta que al final quedó otra vez, y para siempre, desierta. Manuel Mandeb relacionó este episodio con el impresionante número de visitantes que recibe anualmente Mar del Plata. “... Es difícil encontrar una explicación convincente. Todo el mundo detesta las aglomeraciones. En Mar del Plata hay aglomeraciones. Luego, nadie debería acercarse por allí”. “... Me atrevo a postular una teoría audaz. No hay en Mar del Plata turistas lisos y llanos sino individuos que viven del turismo y trabajan en esa ciudad durante el verano: vendedores de chorizos, croupiers, empleados de hoteles, camioneros, colectiveros, cocineros, mozos, guardavidas, recepcionistas, aviadores, actores, músicos, futbolistas, árbitros, bailarines, magos, periodistas, editores, locutores, humoristas, telefonistas, cantantes, reposteros, adivinos y publicitarios” “... Si agregamos a los familiares y acompañantes de estos trabajadores, hallaremos que suman millones. Todos se abastecen mutuamente: el croupier va al teatro, el actor va a ver fútbol, el futbolista come pizza y el pizzero escucha la radio. De este modo, la ciudad se mueve y los fenómenos económicos se cumplen como si hubiera turistas verdaderos.” Aunque no eran clientes de la agencia, los Hombres Sensibles de Flores supieron veranear mezclando sabiamente la aventura y la escasez. Manuel Mandeb solía ir a un recreo abandonado del Reconquista, a recordar los tiempos en que el río estaba vivo y tenía otro nombre. Cortejaba a las mozas de la zona, que le prestaban yerba, oían sus historias y a veces cedían a sus insinuaciones sentimentales. “Solo el amor pasajero es eterno” murmuraba a sus amadas entre los yuyos. “Es amor que se va, pero no muere. La ausencia hace que los romances duren siempre.” Y dicho esto, se iba. El ruso Salzman tenía en el fondo de su casa un fuentón de buen tamaño. Los muchachos del Ángel Gris acudían con sus desteñidos pantaloncitos de fútbol para refrescarse los pies y tomar un poco de sol. A veces invitaban a algunas niñas distinguidas del barrio, pero las muy presumidas siempre hallaban pretexto para no presentarse. A veces, todos juntos recorrían los balnearios porteños: Costanera Sur, Quilmes, Núñez, Los Escalones, Entrada Guemes, Playa Dorada, El Ancla, Las Barrancas... Un verano fueron al misterioso Balneario Reta, allá en el sur. Se hospedaron en el viejo Hotel Océano y se pusieron de novios con unas alemanas hechiceras que proyectaban sombras ajenas y escondían palomas en el escote. Tocaron el piano en el comedor y cantaron canciones zafadas. Se perdieron en los médanos infinitos, encontraron huellas inexplicables en la arena húmeda y bebieron agua mágica en un manantial del Paso del Médano. Escucharon a Rosita Quiroga en un fonógrafo y trataron de subir al piso alto del hotel, lo que no les fue permitido pues allí se guardan los restos valiosos de naufragios o tal vez viven recluidos marineros y capitanes en desgracia. A pesar de su entusiasmo, pocas veces fueron totalmente dichosos. En todos los veraneos sintieron la sensación de asistir a una fiesta a la no estaban invitados. Al comparar la evidente alegría general con sus melancólicos talantes, los Hombres Sensibles sospecharon que había en todo aquello algo que no se decía. Un dato, un secreto, una clave cuyo conocimiento permitía disfrutar, reír y divertirse. Mucho tiempo mas tarde, Manuel Mandeb comprobó que efectivamente había un secreto que algunos conocían y otros no. Y comprendió también que la causa de la alegría no era el conocimiento del misterio sino más bien su ignorancia. Y no volvió a salir nunca de vacaciones. Este que escribe siente que el veraneo es un privilegio de la juventud. Un señor maduro, con su esposa, podrá pegarse un baño, pasear, ir al teatro o al casino. Pero verá pasar a su lado la belleza del diablo. No podrá enamorarse, no podrá pisar el terreno incierto de la aventura. Cruel como el Carnaval es el verano. Se necesita guapeza para enfrentarlo, para dominarlo y gozarlo en su brutalidad pagana. Nosotros, de este lado, hombres fuertes y jóvenes, pero tocados ya por el mal del otoño y de las sombras, nos atrevemos todavía a compadrear ante el sol. No tenemos miedo a meternos bien adentro, allí donde no se hace pie. Pero sabemos que ya tras el horizonte ha nacido una ola que se va acercando a la playa. Pronto nos alcanzará y de un solo saque nos apagará las últimas brasas del alma. Después ya no habrá más olas para nosotros.

Los mapas convencionales de Flores no son más que un previsible tejido de líneas que representan calles, avenidas o vías de ferrocarril. Su consulta no depara sobresaltos. Es que la cartografía, con su falsa exactitud, suele ofrecer ideas muy desteñidas acerca de los parajes que pretende describir. Pero algunos conocedores de la prodigiosa geografía del barrio tuvieron la preocupación de dar noticias más profundas de ella: La idea era evitar que los incautos llegaran a pensar que Flores era un sector de la ciudad como cualquier otro. Para ello recurrieron a la destreza de cronistas, dibujantes, viajeros, agrimensores y fotógrafos. Entre todos empezaron a preparar el Atlas secreto de Flores. El desmesurado proyecto se proponía consignarlo todo: el curso y dirección del agua podrida junto a los cordones, la calidad y disposición de los pavimentos, el color de las baldosas, la modesta orografía de los terrenos baldíos, la altura de los timbres, las paradas habituales de las barras esquineras, el itinerario de los vendedores ambulantes, las verjas con perros repentinos y un completo relevamiento de la flora y la fauna. Pero además existía la intención de indicar la existencia de túneles misteriosos, zanjones mágicos, casas embrujadas, recodos infernales y otros arcanos. De esta obra sólo alcanzaron a completarse algunos capítulos, hijos del entusiasmo inicial. Después sobrevino el desaliento y luego la negligencia, de suerte que los trabajos realizados se perdieron casi por completo. Testimonios de segunda mano -sombras de una sombra- nos permiten hoy vislumbrar algunos retazos del Atlas y asomarnos a la geografía fantástica del barrio del Angel Gris. Los Refutadores de Leyendas y los profesores serios niegan todo valor a la obra original y, por supuesto, a sus ruinas. Afirman que aquello que el Atlas presenta como rincones hechizados no es sino una vulgar colección de calles aburridas y andurriales de mala muerte. Sin pronunciarnos al respecto, nos limitaremos a reproducir datos sobrevivientes de aquel sueño geográfico. El árbol silbador Uno de los árboles de la plaza -todo un jacarandá- tenía la propiedad de producir un silbido. Los farmacéuticos explicaban el fenómeno invocando vaya a saber qué silogismos de vientos y oquedades. El caso es que todas las tardes las muchachas se sentaban a su sombra para escuchar Loca de amor, Francia, Barra querida o El monito. Los cartógrafos insistieron en que el árbol accedía a los pedidos del público y llegaron a asegurar que una comisión especial procedió a solicitar infinidad de temas, los que fueron silbados puntualmente, con la única excepción del arduo tango Ahí va el dulce. Los Refutadores de Leyendas creyeron adivinar entre las lejanas ramas a algunos de los músicos de la orquesta de Ives Castagnino. Varias veces trataron de subir al jacarandá para descubrir el engaño, pero las caídas desbarrancaron sus pretensiones empíricas. En este punto hay que admitir que muchísimas personas encontraban una gran dificultad en reconocer las piezas silbadas y aun en advertir silbido alguno. EI Atlas cierra este capítulo con una frase dedicada a tales gentes; ”El árbol no silba para todos. El que no oye silbidos, tal vez no merece oírlos”. El salón de baile sin baños o el rapto de los orinantes Un pintoresco croquis del Atlas señala en la calle Yatay un enorme salón de baile. A pesar de su lujosa apariencia, el local no tenía baños. Sucedía entonces que los bailarines se veían obligados a abandonar la milonga para pedir permiso en casas vecinas o costearse hasta algún café más hospitalario. Sin embargo los más audaces solían aventurarse en un yuyal cercano que ofrecía una sombría privacidad. Los Cronistas Soñadores sostienen que nadie regresaba jamás de aquel sitio. Citan el testimonio de más de cuarenta damas abandonadas que en vano esperaron a sus compañeros, a veces en el interior del salón, a veces en la misma vereda del potrero. Los espíritus fantásticos pretenden que los Brujos raptaban a los bailarines y los llevaban a sus gabinetes como esclavos o como carnada para atraer a los demonios. Por esa razón, o quizá por la escasa belleza de las damas asistentes, los jóvenes dejaron de concurrir al salón. Los propietarios hicieron construir baños, pero ya era demasiado tarde. El corredor del olvido Tal vez en un conventillo cercano a la ria, los Brujos de Chiclana instalaron el Corredor del Olvido. Al caminar por él, bastaba pensar en algo para desalojarlo de la memoria. Si uno no pensaba nada especial, el mismo corredor decidía qué recuerdo abolir. Según dicen, recorriéndolo diez veces quedaba uno como un recién nacido, limpio de ayeres. Ya en los años dorados, el corredor había perdido eficacia. Su magia evidenciaba desperfectos serios. A veces no provocaba olvidos, sino apenas confusiones. Los pensamientos de los paseantes no se borraban sino que se estropeaban o rayaban. Así, las evocaciones dolorosas se tornaban, además, incómodas e inexactas. Manuel Mandeb pasó por allí una tarde para librarse de una pena de amor: sólo consiguió olvidar la identidad de la mujer amada. Cuentan que el hombre anduvo largos meses desesperado, sufriendo por alguien y no acertando a saber de quien se trataba. Los vecinos del inquilinato intentaron varias veces clausurar el corredor. Pero a poco de entrar salían perplejos con sus herramientas y ladrillos, preguntándose qué hacían allí. Los cartógrafos del Atlas corrieron parecida suerte al tratar de establecer la ubicación exacta del pasillo. El almacén de las cosas perdidas En la calle Pedernera había un almacén en el que se vendían objetos perdidos. Con el mayor apuro habrá que decir que únicamente podía comprarlos la persona que los había extraviado. Esta restricción, lejos de ser un estorbo para los comerciantes, constituía el secreto de su prosperidad. Una foto, una muñeca, una carta, una bolita o un dibujo infantil costaban pequeñas fortunas. El poeta Jorge Allen visitó algunas veces el negocio buscando una vieja camiseta de fútbol. No tuvo suerte. Los dueños le informaron amablemente que ellos sólo vendían una pequeña parte de las cosas perdidas. -En verdad, la mayoría de los objetos se pierden para siempre- confesaron. -Es preferible que así sea -explicaba el cajero-. Un mundo en el que nada se perdiera sería un mundo sin amor y sin arte. Ciertos maledicientes pensaban que el comercio no era sino un refugio de ladrones y reducidores, acusación que nunca fue comprobada. Un día, los dueños vendieron el almacén a unas personas que juraban haberlo perdido. Ahora funciona allí una pizzería. Las entradas del infierno El Atlas secreto registra cuatro entradas del infierno en el barrio de Flores. La primera estaba en el sótano del bar La Perla de Flores. La segunda era la puerta del ropero que tenía en su habitación el ruso Salzman. La tercera era cambiada todas las noches y podía reconocerse por una marca diabólica dibujada con tiza violeta. La cuarta era el escote de Claudia Berterame, dama que todas las noches lo abría de par en par, causando la perdición de los muchachos arremetedores. Manuel Mandeb se ufanaba de haber atravesado por lo menos dos de estos portones del averno. Existía también una alcantarilla infernal en la calle Artigas, pero su uso estaba reservado al mismo Mandinga para sus comisiones en la barriada Los vientos de Flores En las primeras páginas del Atlas secreto aparece dibujada una Rosa de los Vientos en proyección tridimensional. Más adelante se indica que los vientos de Flores soplan desde los puntos cardinales y también desde arriba y desde abajo. Pero no se trata de simples corrientes de aire. Cada pequeña brisa influye decisivamente en el destino de las almas del barrio. Así, desde Liniers viene el Viento del Desengaño, que deja las calles despejadas de ilusiones y berretines. Hay un viento rojo y denso, que es el de la Pasión. Sus ráfagas calientan los corazones, los enamorados no pueden contener sus ardores y las viejas se escandalizan detrás de las persianas. La Racha del Norte afecta a los locos y a los poetas. Y los Chifletes de la Risa producen carcajadas irrefrenables, especialmente en primavera. Todos los años, al llegar el invierno, viene desde el sur un soplo frío que se lleva las promesas y los juramentos. Los hipócritas y los canallas viven todo el año esperando este viento de escampada para las nubes del remordimiento. Pero el peor de los vientos es el del Destino, que corre siempre contra las voluntades. Arrastra a las personas por calles indeseadas y deja un gusto amargo en la boca. A veces soplan al mismo tiempo brisas contrarias: ventoleras del pasado chocan con ventarrones del futuro. El resultado es un turbio remolino que confunde las mentes y lanza a los hijos contra los padres. Los vecinos de la calle Bacacay dicen tener un viento particular, pero sus características no constan en el Atlas. El hotel de los muertos Estaba situado en la calle San Blas, quizá fuera de los límites legales del barrio. Su aspecto era siniestro. Los Hombres Sensibles llegaron a comprobar que todos los pasajeros estaban muertos. En verdad nadie sospechaba tal cosa hasta que Ives Castagnino vio desde la puerta al tano Rosetti, que llevaba varios meses difunto. Inútiles fueron las consultas con los empleados, que mantenían una implacable reserva. De todos modos Manuel Mandeb, Jorge Allen y el propio Castagnino investigaron el caso y alcanzaron a sorprender a otros finados entrando al establecimiento. Mandeb creyó entender que el hotel era una especie de lugar de espera antes del definitivo ingreso al más allá. Jorge Allen decía que aquello debía ser el purgatorio o, si lo apuraban un poco, el infierno. Los geógrafos soñadores trataron de alojarse en el lugar, pero siempre se les decía que todas las habitaciones estaban ocupadas. Una noche -tal vez dándolo por muerto- admitieron como huésped al ruso Salzman. El hombre nunca quiso contar su experiencia. Se sabe, eso sí, que a las doce y cuarto de la noche lo vieron pasar corriendo por la avenida Juan B. Justo. El hotel existe actualmente, pero el autor de estas crónicas no se atrevió a visitarlo para hacer nuevos aportes. El Atlas informaba además detalles interesantes sobre el Billar Infalible, en el que nadie erraba carambola; el Gallinero del Huevo Azul y el nombre y dirección de las mujeres más hermosas de Flores. El barrio del Ángel Gris sigue esperando que otros cartógrafos empiecen de nuevo la obra interrumpida. El trabajo es enorme y la recompensa, modestísima: he allí una empresa atrayente para los hombres de corazón.