Los mapas convencionales de Flores no son más que un previsible tejido de líneas que representan calles, avenidas o vías de ferrocarril.
Su consulta no depara sobresaltos.
Es que la cartografía, con su falsa exactitud, suele ofrecer ideas muy desteñidas acerca de los parajes que pretende describir. Pero algunos conocedores de la prodigiosa geografía del barrio tuvieron la preocupación de dar noticias más profundas de ella: La idea era evitar que los incautos llegaran a pensar que Flores era un sector de la ciudad como cualquier otro. Para ello recurrieron a la destreza de cronistas, dibujantes, viajeros, agrimensores y fotógrafos. Entre todos empezaron a preparar el Atlas secreto de Flores.
El desmesurado proyecto se proponía consignarlo todo: el curso y dirección del agua podrida junto a los cordones, la calidad y disposición de los pavimentos, el color de las baldosas, la modesta orografía de los terrenos baldíos, la altura de los timbres, las paradas habituales de las barras esquineras, el itinerario de los vendedores ambulantes, las verjas con perros repentinos y un completo relevamiento de la flora y la fauna.
Pero además existía la intención de indicar la existencia de túneles misteriosos, zanjones mágicos, casas embrujadas, recodos infernales y otros arcanos.
De esta obra sólo alcanzaron a completarse algunos capítulos, hijos del entusiasmo inicial. Después sobrevino el desaliento y luego la negligencia, de suerte que los trabajos realizados se perdieron casi por completo. Testimonios de segunda mano
-sombras de una sombra- nos permiten hoy vislumbrar algunos retazos del Atlas y asomarnos a la geografía fantástica del barrio del Angel Gris.
Los Refutadores de Leyendas y los profesores serios niegan todo valor a la obra original y, por supuesto, a sus ruinas. Afirman que aquello que el Atlas presenta como rincones hechizados no es sino una vulgar colección de calles aburridas y andurriales de mala muerte.
Sin pronunciarnos al respecto, nos limitaremos a reproducir datos sobrevivientes de aquel sueño geográfico.
El árbol silbador
Uno de los árboles de la plaza -todo un jacarandá- tenía la propiedad de producir un silbido. Los farmacéuticos explicaban el fenómeno invocando vaya a saber qué silogismos de vientos y oquedades. El caso es que todas las tardes las muchachas se sentaban a su sombra para escuchar Loca de amor, Francia, Barra querida o El monito. Los cartógrafos insistieron en que el árbol accedía a los pedidos del público y llegaron a asegurar que una comisión especial procedió a solicitar infinidad de temas, los que
fueron silbados puntualmente, con la única excepción del arduo tango Ahí va el dulce.
Los Refutadores de Leyendas creyeron adivinar entre las lejanas ramas a algunos de los músicos de la orquesta de Ives Castagnino. Varias veces trataron de subir al jacarandá para descubrir el engaño, pero las caídas desbarrancaron sus pretensiones empíricas.
En este punto hay que admitir que muchísimas personas encontraban una gran dificultad en reconocer las piezas silbadas y aun en advertir silbido alguno. EI Atlas cierra este capítulo con una frase dedicada a tales gentes; ”El árbol no silba para todos. El que no oye silbidos, tal vez no merece oírlos”.
El salón de baile sin baños o el rapto de los orinantes
Un pintoresco croquis del Atlas señala en la calle Yatay un enorme salón de baile. A pesar de su lujosa apariencia, el local no tenía baños. Sucedía entonces que los bailarines se veían obligados a abandonar la milonga para pedir permiso en casas vecinas o costearse hasta algún café más hospitalario.
Sin embargo los más audaces solían aventurarse en un yuyal cercano que ofrecía una sombría privacidad. Los Cronistas Soñadores sostienen que nadie regresaba jamás de
aquel sitio. Citan el testimonio de más de cuarenta damas abandonadas que en vano esperaron a sus compañeros, a veces en el interior del salón, a veces en la misma vereda del potrero.
Los espíritus fantásticos pretenden que los Brujos raptaban a los bailarines y los llevaban a sus gabinetes como esclavos o como carnada para atraer a los demonios.
Por esa razón, o quizá por la escasa belleza de las damas asistentes, los jóvenes dejaron de concurrir al salón. Los propietarios hicieron construir baños, pero ya era demasiado tarde.
El corredor del olvido
Tal vez en un conventillo cercano a la ria, los Brujos de Chiclana instalaron el Corredor del Olvido. Al caminar por él, bastaba pensar en algo para desalojarlo de la memoria. Si uno no pensaba nada especial, el mismo corredor decidía qué recuerdo abolir. Según dicen, recorriéndolo diez veces quedaba uno como un recién nacido, limpio de ayeres.
Ya en los años dorados, el corredor había perdido eficacia. Su magia evidenciaba desperfectos serios. A veces no provocaba olvidos, sino apenas confusiones. Los pensamientos de los paseantes no se borraban sino que se estropeaban o rayaban. Así, las evocaciones dolorosas se tornaban, además, incómodas e inexactas.
Manuel Mandeb pasó por allí una tarde para librarse de una pena de amor: sólo consiguió olvidar la identidad de la mujer amada. Cuentan que el hombre anduvo largos meses desesperado, sufriendo por alguien y no acertando a saber de quien se trataba.
Los vecinos del inquilinato intentaron varias veces clausurar el corredor. Pero a poco de entrar salían perplejos con sus herramientas y ladrillos, preguntándose qué hacían allí.
Los cartógrafos del Atlas corrieron parecida suerte al tratar de establecer la ubicación exacta del pasillo.
El almacén de las cosas perdidas
En la calle Pedernera había un almacén en el que se vendían objetos perdidos. Con el mayor apuro habrá que decir que únicamente podía comprarlos la persona que los había extraviado. Esta restricción, lejos de ser un estorbo para los comerciantes, constituía el secreto de su prosperidad. Una foto, una muñeca, una carta, una bolita o un dibujo infantil costaban pequeñas fortunas.
El poeta Jorge Allen visitó algunas veces el negocio buscando una vieja camiseta de fútbol. No tuvo suerte. Los dueños le informaron amablemente que ellos sólo vendían una pequeña parte de las cosas perdidas.
-En verdad, la mayoría de los objetos se pierden para siempre- confesaron.
-Es preferible que así sea -explicaba el cajero-. Un mundo en el que nada
se perdiera sería un mundo sin amor y sin arte.
Ciertos maledicientes pensaban que el comercio no era sino un refugio de ladrones y reducidores, acusación que nunca fue comprobada.
Un día, los dueños vendieron el almacén a unas personas que juraban haberlo perdido. Ahora funciona allí una pizzería.
Las entradas del infierno
El Atlas secreto registra cuatro entradas del infierno en el barrio de Flores.
La primera estaba en el sótano del bar La Perla de Flores.
La segunda era la puerta del ropero que tenía en su habitación el ruso Salzman.
La tercera era cambiada todas las noches y podía reconocerse por una marca diabólica dibujada con tiza violeta.
La cuarta era el escote de Claudia Berterame, dama que todas las noches lo abría de par en par, causando la perdición de los muchachos arremetedores.
Manuel Mandeb se ufanaba de haber atravesado por lo menos dos de estos portones del averno.
Existía también una alcantarilla infernal en la calle Artigas, pero su uso estaba reservado al mismo Mandinga para sus comisiones en la barriada
Los vientos de Flores
En las primeras páginas del Atlas secreto aparece dibujada una Rosa de los Vientos en proyección tridimensional. Más adelante se indica que los vientos de Flores soplan desde los puntos cardinales y también desde arriba y desde abajo. Pero no se trata de simples corrientes de aire. Cada pequeña brisa influye decisivamente en el destino de las almas del barrio.
Así, desde Liniers viene el Viento del Desengaño, que deja las calles despejadas de ilusiones y berretines.
Hay un viento rojo y denso, que es el de la Pasión. Sus ráfagas calientan los corazones, los enamorados no pueden contener sus ardores y las viejas se escandalizan detrás de las persianas.
La Racha del Norte afecta a los locos y a los poetas. Y los Chifletes de la Risa producen carcajadas irrefrenables, especialmente en primavera.
Todos los años, al llegar el invierno, viene desde el sur un soplo frío que se lleva las promesas y los juramentos. Los hipócritas y los canallas viven todo el año esperando este viento de escampada para las nubes del remordimiento.
Pero el peor de los vientos es el del Destino, que corre siempre contra las voluntades. Arrastra a las personas por calles indeseadas y deja un gusto amargo en la boca.
A veces soplan al mismo tiempo brisas contrarias: ventoleras del pasado chocan con ventarrones del futuro. El resultado es un turbio remolino que confunde las mentes y lanza a los hijos contra los padres.
Los vecinos de la calle Bacacay dicen tener un viento particular, pero sus características no constan en el Atlas.
El hotel de los muertos
Estaba situado en la calle San Blas, quizá fuera de los límites legales del barrio. Su aspecto era siniestro.
Los Hombres Sensibles llegaron a comprobar que todos los pasajeros estaban muertos.
En verdad nadie sospechaba tal cosa hasta que Ives Castagnino vio desde la puerta al tano Rosetti, que llevaba varios meses difunto. Inútiles fueron las consultas con los empleados, que mantenían una implacable reserva. De todos modos Manuel Mandeb, Jorge Allen y el propio Castagnino investigaron el caso y alcanzaron a sorprender a otros finados entrando al establecimiento.
Mandeb creyó entender que el hotel era una especie de lugar de espera antes del definitivo ingreso al más allá.
Jorge Allen decía que aquello debía ser el purgatorio o, si lo apuraban un poco, el infierno. Los geógrafos soñadores trataron de alojarse en el lugar, pero siempre se les decía que todas las habitaciones estaban ocupadas. Una noche -tal vez dándolo por muerto- admitieron como huésped al ruso Salzman. El hombre nunca quiso contar su experiencia. Se sabe, eso sí, que a las doce y cuarto de la noche lo vieron pasar corriendo por la avenida Juan B. Justo.
El hotel existe actualmente, pero el autor de estas crónicas no se atrevió a visitarlo para hacer nuevos aportes.
El Atlas informaba además detalles interesantes sobre el Billar Infalible, en el que nadie erraba carambola; el Gallinero del Huevo Azul y el nombre y dirección de las mujeres más hermosas de Flores.
El barrio del Ángel Gris sigue esperando que otros cartógrafos empiecen de nuevo la obra interrumpida. El trabajo es enorme y la recompensa, modestísima: he allí una empresa atrayente para los hombres de corazón.