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Alejandro Dolina - Arte en colaboración

Info12/10/2012






La literatura romántica postula la proximidad y aun la identidad entre el artista y su obra. De este modo, los poemas, las novelas y los cuentos son también el escritor, o al menos un mapa secreto de su alma.

Es inevitable simpatizar con esta idea, que parece establecer el requisito de sinceridad en cuestiones estéticas. Y es verdad que muchos artistas dejan, como un pelo en el peine, como una silla caliente, señales de su presencia viva.
Sin embargo estos rastros no son siempre voluntarios. Más aun: es preferible que no lo sean. Las confidencias desmesuradas son chocantes tanto en el arte como en las confiterías.

En este mismo punto hacemos flamear la primera cuestión de esta monografía: si el hecho artístico es personal e intransferible, como explicar la existencia de obras en colaboración?

Borges afirma que se trata de un prodigio inverso al de Jeckyll y Mr.Hyde: dos se convierten en uno. El resultado artístico expresa una tercera entidad.

No sin pudor, me atreveré a agregar un dato demasiado modesto: el arte no es solamente expresión sino también creación. A veces – por fortuna – el escritor inventa. Y aunque sus invenciones también sean mapas secretos, puede ocurrir que el artista no se revele o incluso que se oculte. Quevedo, Lope o Cervantes no se manifestaban en sus criaturas. Y si Flaubert decía ser Madame Bovary, es casi seguro que Carroll no era Alicia y Salgari no era Sandokan.

El lector saciado de teorías vulgares ya ira sospechando ésta: la literatura en colaboración sólo es posible en distritos tales como la novela de aventuras o el relato humorístico. La novela psicológica o la poesía amorosa no podrían tolerarla.

Lejos de todas estas consideraciones, un grupo de literatos perezosos llegó a constituir en el barrio de Flores el célebre Comité de Colaboración Artística.

Al principio sus funciones se limitaban a socorrer a narradores empantanados que acudían en busca de rimas, adjetivos o desenlaces. Mas tarde, entusiasmados por ciertas ocurrencias afortunadas, llegaron a dictaminar que la creación solitaria es imposible.

- Aun el más personal de los escritores se vale de aportes ajenos – sostenían

Los conocimientos previos, el lenguaje, los recuerdos y las influencias literarias son – si bien se mira – formas concretas de colaboración.

El último colaborador, tal vez decisivo, es el lector.
Tan ingeniosos criterios encontraron la respuesta de los defensores de la creación individual. En ese sentido, vale la pena consultar el libro Imposibilidad del arte compartido o El buey solo bien se lame, escrito por los profesores Luis J. Schwarz y Amedeo Juliani. Más allá de las discusiones de cenáculo, lo cierto es que el Comité impulsó el nacimiento de numerosas obras. Y uno de sus componentes alcanzó formidable notoriedad. Hablamos de Rodolfo Arrùa.

El orden alfabético lo hacía aparecer a la cabeza de todos los grupos que integraba. No le hizo asco a ningún género: participó en la redacción de novelas, ensayos, poesías, obras teatrales y de divulgación científica. Intervino en la traducción de Tierras vírgenes de Turguéniev, superando su absoluto desconocimiento del idioma ruso. Arrùa fue el colaborador perfecto. Su ductilidad le permitió siempre someterse al estilo de sus compañeros: si trabajaba junto a Jorge Allen, los versos parecían escritos de punta a punta por dicho poeta. Si se dejaba ayudar por Silvina Ocampo, la prosa presentaba el aspecto de haber sido construida solamente por ella.

Este mimetismo colosal impide saber como escribía realmente Arrùa.

Consecuente con sus principios, jamás intentó una obra en soledad. Tal vez para mitigar los efectos de su demasiada humildad, el hombre ejercía una virtud provechosa: con el mayor desparpajo daba por suyas las ideas ajenas. Esta hospitalidad de su firma le ocasionaba frecuentes disgustos. Después de sus cuarenta años apenas leía, para evitar el encuentro con frutos de su talento, mordisqueados por hábiles usurpadores, que a veces – por puro disimulo – le habían precedido en centurias.

Manuel Mandeb decía haber presenciado algunas reuniones creativas de Arrùa y sus ayudantes. El polígrafo de Flores destacaba la puntualidad de sus mates, la calurosa aprobación que brindaba a toda sugerencia y una cierta propensión a quedarse dormido ante la mínima demora de las musas.

Rodolfo Arrùa no se contentó con la literatura. Se entreveró con músicos, pintores y escultores. Llegó a formar una orquesta de tangos – que llevaba su nombre – cuyo desempeño fiscalizaba desde una mesa cercana.
Gracias a toda esta enorme actividad, conquistó premios y honores que nunca rechazó. Sus enemigos le enrostraban un desmedido afán de figuración y la costumbre a postergar a sus compañeros de tareas. La acusación no es del todo justa. Cuando en tiempos difíciles se publicó el libro Un gobierno desagradable, Arrùa tuvo la decencia de admitir su nula participación en la obra, delante mismo del comisario de policía.

Su colaborador más asiduo fue el polemista César Rulli. Desde el éxito impresionante de Aramos, dijo el mosquito, más de treinta obras llevaron la firma de estos dos creadores.

La posteridad adivina celos en Rulli. Un episodio histórico lo confirma: después de muchos años de labores conjuntas, César Rulli publicó en forma solitaria un volumen de cuentos. Un crítico le señaló que en esa obra se notaba la ausencia de Arrùa.

- En las otras también – fue la resentida respuesta.

El Comité de Colaboración Artísticas mantuvo una actividad perpetua. Para evitar elecciones enojosas, se estableció un sistema de colaboraciones por sorteo. Los resultados fueron demenciales. Poner en yunta a espíritus contrapuestos conduce casi siempre al disparate.
El poeta lunfardo Alonso de la Cueva y el severo clasicista Fatiga Sustaita completaron el extenso poema Ninfas y Malandras.

Transcribimos algunos versos para ilustrar la yuxtaposición de estilos:

Némesis, vengadora, acude presto
con un nombre secreto entre los labios.
Olvido no ha borrado los agravios.
La diosa encuentra un taita bien dispuesto,
que un poco rechiflao por el escabio,
va a buscar a la mina y le da el pesto.


Algunos relatos construidos con estos mismos criterios padecían defectos perturbadores. El uso alternado de la primera y segunda personas solía denunciar penosamente el cambio de pluma. Los personajes cambiaban bruscamente de carácter, según eran atendidos por uno u otro artista.

En ocasiones, un mismo pasaje era relatado dos veces. Y no faltaban expresiones superfluas, como “Tiene razón” o “Como dice acá el amigo”. Algunas obras llegaron a contar quince o veinte autores, cuyos caprichos sumados oscurecían los textos hasta volverlos incomprensibles. Varias novelas presentaban capítulos firmados en disidencia o finales diferentes en despacho por minoría.

Los intelectuales freudianos suelen proceder al allanamiento de las obras artísticas para buscar huellas de las neurosis del creador, cuando no de sus costumbres intimas.

¿Cómo reaccionarán estos personajes detectivescos ante una novela escrita en colaboración?
¿Qué clase de manías serán capaces de descubrir? ¿A cual de los autores habrían de atribuirselas? ¿Procederán a un reparto equitativo? ¿Vislumbrarán enfermizos maridajes? ¿Dictaminaran esquizofrenia? No es fácil saberlo. Los métodos y razonamientos de estas gentes son más arbitrarios que las locuras de nuestro obtuso Comité.

Respecto de este asunto, Manuel Mandeb se mostraba desafiante:

“…Conozco los procedimientos de la indagación psicológica. Adivino todas sus metáforas, puedo prever sus módicas interpretaciones. Me río de sus listas de símbolos. Escribo ahora este capítulo. Adivinen quien soy. Puedo escribir ahora mismo otro diferente. Soy capaz de sembrar falsas señales. Soy capaz de ocultar las verdaderas. Puedo crear un arte distinto de éste y hasta puedo ser un hombre distinto del que soy. Mi alma es un secreto inviolable, incluso para mi. Muy brujo tendrá que ser el que me la saque al sol. Vamos… atrévanse, interpreten mis textos y descubran mis fantasías eróticas. Aire, aire… No hay nada tan absurdo como la superstición de un racionalista."

Respecto de la colaboración artística, el pensador de Flores reconoció algunas formas poco frecuentes de ejercerla:

"…Los ángeles y los demonios suelen participar en la creación de poesías, novelas y valsecitos. Yo mismo he compuesto un estilo con la ayuda de un cierto duende nocturno, de rima sonora, pero un poco sentencioso, eso sí.

El resto de las personas también intervienen en nuestro arte. Nos inspiran personajes, aventuras y conductas interesantes.

“También hacen su aporte los fenómenos climáticos que suelen dejar en nuestro ánimo fatigas, euforias, melancolías, temblores y espantos que ciertamente influyen en las obras, aunque nadie sepa de qué modo. Una concreta colaboradora: la censura. La eliminación de ciertas partes de un trabajo lo convierte en algo diferente. A decir verdad, toda colaboración convencional entre dos artistas amigos no es sino un continuo juego de mutuas censuras.


El último ejemplo y el mejor: la payada a media letra. Al final de sus actuaciones, los payadores no improvisan décimas personales, sino que van construyendo una entre los dos. Los versos de uno preparan los del otro y éstos son preparación de los siguientes. Ayudar el compañero es ayudarse a uno mismo; la piedra que le pongamos en su camino nos caerá encima en forma de montaña.”

Curiosamente, Manuel Mandeb nunca se acercó al Comité de Colaboración Artística. Tal vez tenía miedo de las sanguijuelas que a veces se ocultaban allí. O comprendía que jamás iba a encontrar a nadie capaz de suscribir, siquiera por mitades, sus tenebrosos pensamientos.

El Comité desapareció, como casi todas las entidades de los tiempos dorados. Rodolfo Arrùa abandonó el arte y puso una pizzería, junto a un socio ingenuo.

Los artistas siguieron ayudándose a pesar de los profesores adversos. Y este procedimiento, rarísimo en la antigüedad, es hoy la forma más corriente de producir arte. Pero aquí, en la última esquina de esta nota, pienso con horror en esos numerosos equipos de investigadores, periodistas, redactores, fotógrafos, correctores, confidentes y batilanas que participan de la producción de los novelones de Harold Robbins o Arthur Hailey y me pregunto si esto será el arte.

Yo que he tenido la ocasión de ser admitido como asistente por algunos artistas, me permitiré unas modestias recomendaciones.

La primera es eligir un par. No es honesto aprovechar el talento o el prestigio de alguien mejor que uno. Y también es penoso detenerse cada tres pasos para esperar a un insolvente.

La segunda es también la última: es conveniente, antes de escribir con alguien, practicar la amistad, compartir aventuras y desaventuras durante algunos años, cultivar el afecto y la compasión, generar el respeto y la comprensión tolerante. Después, recién entonces, uno podrá decir que está listo para empezar la obra.
Pero la obra ya estará terminada.


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