Un periodista portador de una noticia terrible salta de un tren en marcha en un pueblecito que esconde secretos maravillosos e imposibles.. Capítulo 1 Había una pradera desértica llena de viento sol y Artemisa, y un silencio que crecía dulcemente entra las flores silvestres. Había una vía férrea extendida a través de este silencio y ahora la vía se estremeció. Poco después un tren oscuro surgió del este con fuego y vapor y entro como un trueno en la estación. Al pasar redujo la marcha en un andén cubierto de confeti, los restos de antiguos billetes perforados por los revisores de turno. La locomotora redujo la velocidad lo suficiente para que una maleta saliera catapultada y para que un joven con un arrugado traje saltara detrás y corriera por tierra, mientras el tren, con un rugido, continuaba su marcha como si la estación no existiera, ni el equipaje, ni su propietario, que ahora había detenido su carrera entrecortada para echar un vistazo mientras el polvo se posaba a su alrededor y, en la distancia, se revelaban los oscuros contornos de unas casas pequeñas. -Vaya-susurro-. Hay alguien aquí después de todo. El polvo siguió revoloteando, revelando más tejados, torres y árboles. -¿Por qué?-susurro el hombre-. ¿Por qué he venido aquí? Se respondió a si mismo en voz aun más baja: Porque sí. Capitulo 2 Porque sí. La noche pasada, medio dormido, sintió como si algo se fuera escribiendo en el interior de sus ojos. Sin abrir los párpados leyó las palabras que mientras iban pasando: En algún lugar una banda está tocando, toca las canciones más extrañas, sobre semillas de girasol y marinos. En algún lugar un tambor redobla y tiembla con tiempos pasados, recordando días de verano en días aun no nacidos. -Espero-se oyó decir. Abrió los ojos y el texto cesó. Medio levanto la cabeza de la almohada y luego, pensándoselo mejor, se volvió a acostar. Cuando cerró los ojos el texto comenzó de nuevo en el interior de sus parpados. Futuros tan lejanos que son antiguos y llenos de polvo egipcio, ese olor de la tumba y la lila, y semillas gastadas por el deseo, y el albaricoque que cuelga de la rama de un árbol en el cielo, lejos del alcance de nadie, hay momias tan hermosas como langostas que recuerdan viajes futuros y enseñan. Durante un momento sintió que sus parpados temblaban y los apretó con fuerza, como para cambiar las líneas o hacerlas desaparecer. Entonces, mientras contemplaba la oscuridad, volvieron a formarse las palabras en el crepúsculo interno de su cabeza y eran éstas: Y los niños se sientan junto al suelo de piedra Y dibujan sus vidas en la arena, Recordando muertes que no ocurrirán En futuros no vistos en tierras lejanas. En algún lugar toca una banda, Donde la luna nunca se pone en el cielo Y nadie duerme en el verano Y nadie se tiende a morir; Y el Tiempo continua eternamente Y los corazones siguen latiendo Al compás del tambor de la vieja luna Y el deslizarse de los pies de la Eternidad. -Demasiado-se oyó susurrar-. Demasiado. No puedo. ¿Es asi como se producen los poemas? ¿Y de donde sale? ¿Está terminado?-se preguntó. E inseguro, volvió a recostar la cabeza y cerro los ojos, y aparecieron estas palabras: En algún lugar los viejos deambulan y se someten al mediodía y duermen en los campos de trigo de mas allá para levantarse como niños nuevos con la luna. En algún lugar los niños, viejos, susurran y saben lo que es estar muerto y se resuelven en su llanto para preguntarse el olvido guardado bajo su cama. Y se sientan a la gran mesa del comedor donde la Vida celebra un banquete de carne. donde lo incapaz se vuelve capaz y lo corrompido se pone nuevas mascaras de carne. En algún lugar toca una banda. ¡Oh, escucha, escucha esa canción! Si la aprendes, bailaras para siempre, en junio… Y todavía junio… Y más…junio… Y la Muerte será tonta y no será lista. Y la Muerte guardara silencio eterno En junio y junio y más junio. La oscuridad era ahora completa. El crepúsculo estaba en silencio. Abrió los ojos del todo y se quedo mirando el techo, lleno de incredulidad. Se volvió en la cama, cogio una postal que había en la mesilla de noche y contemplo la imagen. Por fin, dijo medio en voz alta: -¿Soy feliz? Y se respondió a si mismo: -No soy feliz. Muy lentamente se levanto de la cama, se vistió, bajo las escaleras, se dirigió a la estación de tren, compro un billete y copio el primer tren que se dirigía al oeste. Capítulo 3 Porque sí. <> Se dio la vuelta y vio un cascado cartel sobre la débil estación, que parecía a punto de hundirse bajo olas de arena: SUMMERTON, ARIZONA. -Sí, señor-dijo una voz. El viajero bajo la mirada para encontrar a un hombre de mediana edad de pelo rubio y ojos claros que estaba sentado en el porche de la ajada estación, recostado a la sombra. Un puñado de sombreros colgaba sobre el, y decían: EXPENDEDOR DE BILLETES, JEFE DE EQUIPAJES, GUARDAGUJAS, VIGILANTE NOCTURNO, TAXI. En la cabeza llevaba una gorra con las palabras JEFE DE ESTACIÓN bordadas con brillante hilo rojo. -¿Qué va a ser?-dijo el hombre de mediana edad, mirando fijamente al forastero-. ¿Un billete para el próximo tren? ¿O un taxi que lo lleve dos manzanas hasta el Gran Mirador Egipcio? -Dios, no lo se-el joven se seco la frente y parpadeo en todas direcciones-. Acabo de llegar. Salte del tren. No se por qué. -No discuta con los impulsos-respondió el jefe de estación-. Con suerte, en lugar de asarse a la parrilla, encontrará un bonito y fresco lago un día caluroso. Bueno, ¿Qué va a ser? El hombre esperó. -Taxi, dos manzanas, al Gran Mirador Egipcio, dijo el joven rápidamente-. ¡Sí! -bien, dado que no hay egipcios que mirar, ni delta del Nilo. Y Cairo, Illinois, esta mil quinientos kilómetros al este. Pero supongo que tenemos cosas bastante grandes. El viejo se levanto, se quito de la cabeza la gorra de JEFE DE ESTACIÓN y la sustituyo por la de TAXI. Se agachaba para recoger la maleta cuando el joven dijo: -¿No ira a dejar…? -¿La estación? Cuidara de si misma. Las vías no van a ir a ninguna parte, no hay nada que llevarse de dentro, y pasaran unos cuantos días antes de que nos sorprenda otro tren. Vamos. Se echo la maleta al hombro y salio de la penumbra y doblo la esquina. Tras la estación no había ningún taxi. En cambio, un gran caballo blanco bastante hermoso esperaba pacientemente. Y detrás del caballo había una pequeña carreta con las palabras << PANADERÍA KELLY, PAN FRESCO>> pintadas en el costado. El taxista lo llamo y el joven subió a la carreta y se acomodo a la cálida sombra. El forastero inspiró. -¿A que huele bien?-dijo el taxista-. ¡Acabo de repartir cinco docenas de hogazas! -Ese es el perfume del Edén la primera mañana-contesto el joven. El hombre mayor alzo las cejas. -Bueno-preguntó-, ¿Por qué ha venido un periodista con aspiraciones de novelista a Summerton, Arizona? -Porque sí-dijo el joven. -¿Por qué sí? Es una de las mejores razones del mundo. Deja un margen muy amplio a las decisiones. Subió al asiento del conductor, miro con ojos amables al caballo que esperaba, chasqueó la lengua suavemente y dijo: -Claude Y el caballo, al oír su nombre, los llevo hacia Summerton, Arizona. Capítulo 4 El aire era caluroso cuando la carreta de la panadería se puso en marcha y luego, cuando llegaron a la sombra de los árboles, empezó a refrescar. El joven se inclino hacia delante. -¿Cómo lo ha adivinado? -¿El qué?-preguntó el conductor. -Que soy escritor-dijo el joven. El taxista miro los árboles que pasaban y asintió. -Su lengua mejora las palabras al salir. Siga hablando. -He oído rumores sobre Summerton. -Mucha gente oye, poca llega. -He oído que su pueblo es otro tiempo y lugar, que desaparece, tal vez. Espero que sobreviva. -Déjeme mirarlo a los ojos-dijo el conductor. El periodista se volvió y lo miro a la cara. El conductor volvió a asentir. -No, todavía no esta perdido. Creo que ve lo que mira, dice lo que siente. Bienvenido. Me llamo Culpepper. Elías. Señor Culpepper-el joven toco el hombro del anciano-. James Cardiff -Vaya por Dios-dijo Culpepper-. Menuda pareja. Culpepper y Cardiff. Podríamos ser abogados de postín, arquitectos, editores. Nombres como ésos no se dan por parejas. Culpepper y, ahora, Cardiff. Y Claude el caballo troto un poco más rápido a través de la sombra de los árboles. El caballo continúo su camino, y Elías Culpepper señalaba la izquierda y derecha, charlando sin parar. -Ésa es la fábrica de sobres. Todo nuestro correo empieza ahí. Esa es la fabrica de vapor, hubo un tiempo en que hacia vapor, he olvidado para qué,. Y ahora mismo, pasamos ante el Culpepper Summerton News. ¡Si hay noticias una vez al mes, las imprimimos! Cuatro paginas formato sabana, fáciles de leer. Así que ya ve, usted y yo, en cierto modo, nos dedicamos a lo mismo. Usted, claro, no conduce también caballos y perfora billetes de tren. -Desde luego que no-dijo James Cardiff, y los dos se rieron en voz baja. -Y-dijo Elías Culpepper, mientras Claude tomaba una curva para llegar a un sendero donde olmos y robles y arces teñían el cielo de tonos verdes y azules, formando un hermoso tejado-, éste es el Camino del Nuevo Amanecer. Las mejores familias viven aquí. Allí viven los Ribtree, y allí los Townway. Y… -Dios mío!-dijo James Cardiff-. ¡Esos jardines! ¡Mire, señor Culpepper! Y pasaron ante una verja tras la cual montones de girasoles alzaban sus enormes caras de reloj en sincronía con el sol, para abrirse con el amanecer y cerrarse con el ocaso; un centenar en aquel sendero bajo un olmo, doscientos en el patio de al lado y quinientos mas allá. Cada curva estaba flanqueada por altos tallos verdes que terminaban en enormes caras oscuras y flecos amarillos. -Es como una multitud viendo una cabalgata-dijo James Cardiff. -Ahora que lo dice…-dijo Elías Culpepper. Agito amablemente la mano. -Bueno, señor Cardiff. Es el primer periodista que nos visita en años. Aquí no ha pasado nada desde 1903, el año de la Pequeña Riada. O 1902, si prefiera la Grande. Señor Cardiff, ¿Qué puede querer un periodista de una población como ésta, donde nunca pasa nada? -Podría pasar algo-dijo Cardiff, inquieto. Alzo la mirada y contempló el pueblo. <> El señor Cardiff se sacó del bolsillo de la camisa una barra de chicle de hierbabuena, le quito el envoltorio, se lo metió en la boca y masticó. -¿Sabe usted algo que yo no sé, señor Cardiff? -Tal vez-respondió Cardiff-usted sepa cosas sobre Summerton que no me ha dicho. -Entonces espero que los dos nos informemos pronto. Y con esas palabras, Elías Culpepper dirigió suavemente a Claude hacia el camino de grava del patio cubierto de girasoles de una casa privada que tenia un cartel sobre el porche: Gran Mirador Egipcio. Pensión. Y no había mentido. No había ningún río Nilo a la vista. Capítulo 5 En ese momento un anticuado carromato de hielo con una oscura boca cavernosa de escarcha entró en el patio, tirado por un caballo que necesitaba con urgencia su cargamento antártico. Cardiff pudo saborear el hielo de treinta veranos ya perdidos. -Justo a tiempo-dijo el hombre del hielo-. Un día caluroso. Vaya y coja. Señalo la parte trasera de su carromato. Cardiff, por puro instinto, salto de la carreta del pan y se fue directamente a la parte de atrás del carromato del hielo, y sintió su mano de niño de diez años extenderse y agarrar un frío cubito. Dio un paso atrás y se froto con él la frente. Su otra mano saco por instinto un pañuelo del bolsillo para envolver el hielo. Sorbiéndolo, se retiró. -¿A que sabe?-oyó decir a Culpepper. Cardiff le dio otro lametón al hielo. A lino. Solo entonces volvió a mirar la calle. No podía dar crédito a lo que veían sus ojos. En la calle, no había una sola casa cuyo tejado no acabara de ser alquitranado o reparado o recubierto de tejas. Ni un columpio que no colgara recto en los porches. Ni una ventana que no brillara como un escudo en los salones de Valhalla, todo dorado al amanecer y el ocaso, todo arroyo claro al mediodía. Ni un ventanal que no mostrara libros apoyando su silenciosa sabiduría contra la de otro en estantería interiores. Ni una tubería de desagüe sin su barril de lluvia acumulando las estaciones. Ni un patio trasero que no estuviera, aquel día, lleno de alfombras que se sacudían de modo que el tiempo las limpiara de polvo y los viejos dibujos giraran con ritmo rococó. Ni una cocina que no mostrara promesas de hambre aplacada y tranquilas tardes de reflexión sobre provisiones guardadas al sur-sureste del alma. Todo, todo perfecto, todo pintado, todo fresco, todo nuevo, todo hermoso: una población perfecta en una mezcla perfecta de silencio y actividad y bullicio invisibles. -Un penique por sus pensamientos-dijo Elías Culpepper. Cardiff sacudió la cabeza, los ojos cerrados, porque no había visto nada, pero había imaginado mucho. -No puedo decírselo-dijo Cardiff en un susurro. -Inténtelo-dijo Culpepper. Cardiff sacudió de nuevo la cabeza, casi sufriendo de inexplicable felicidad. Tras retirar el pañuelo de alrededor del hielo, se metió el último trocito en la boca y lo mordió, y empezó a subir los escalones del porche dando la espalda al pueblo, preguntándose qué encontraría a continuación. Capítulo 6 James Cardiff se detuvo, lleno de silencioso asombro. El porche delantero del Gran Mirador Egipcio era el mas largo que había visto jamás. Tenía tantas mecedoras blancas de mimbre que dejo de contar. Ocupando algunas de las mecedoras había un grupito de caballeros de aspecto juvenil, aun no del todo maduros, perfectamente vestidos, con el pelo alisado hacia atrás, recién salidos de la ducha. Y entre los hombres había mujeres de treinta y tantos años, ninguna había cumplido aun los cuarenta, cuyos vestidos de verano parecían haber sido hechos a partir del mismo papel de pared de rosas u orquídeas o gardenias. Los hombres lucían cortes de pelo realizados por el mismo barbero. Las mujeres llevaban sus trenzas como cascos brillantes diseñados por algún parisino, planchadas y rizadas mucho antes de que Cardiff hubiera nacido. Y todas las mecedoras se movían hacia delante y luego hacia atrás al unísono, en una silenciosa marea, como balanceadas por la misma brisa oceánica, serena y sin sonido. Cuando Cardiff puso el pie en la entrada del porche, todas las mecedoras se detuvieron, todos los rostros se alzaron; hubo un destello de sonrisas y todas las manos se alzaron en un silencioso saludo de bienvenida. Él asintió con la cabeza y las blancas mecedoras de mimbre continuaron su movimiento, y se reanudo el murmullo de las conversaciones. Al contemplar la larga fila de gente guapa, pensó: <> Una diminuta campanita de cristal tintineó en la puerta de pantalla. -La sopa está lista-anuncio una voz de mujer. En cuestión de segundos, las sillas de mimbre se vaciaron, y toda la gente del verano atravesó la puerta de pantalla con un zumbido. Cardiff estaba a punto de seguirlos cuando se detuvo, volvió la cabeza y miro atrás. -¿Qué…?-susurró. Elías Culpepper estaba a su lado, colocando suavemente en el suelo la maleta de Cardiff. -Ese sonido-dijo Cardiff-. En alguna parte… Elías Culpepper se río en voz baja. -Es la banda del pueblo; ensaya la representación del jueves por la noche de Tosca abreviada. Cuando ella salta, solo tarda dos minutos en llegar al suelo. -Tosca-dijo Cardiff, y escucho la lejana música de percusión-. En algún lugar… -Pase-dijo Cardiff, que sujetaba la puerta de pantalla para James Cardiff. Capítulo 7 Al pasar al salón en penumbra, a Cardiff le pareció haber entrado en el fresco cobertizo de una lechería que en verano oliera a grandes tinajas de nata ocultas al sol, y a neveras que gotearan sus licores secretos, y a pan extendido en mesas de cocina, y a tartas enfriándose en los alféizares de las ventanas. Cardiff dio otra paso y supo que allí dormiría nueve horas cada noche y despertaría como un niño al amanecer, emocionado por estar vivo; que el mundo volvería a comenzar cada mañana, y el estaría alegre por sentir el corazón latir en su cuerpo y el pulso en sus muñecas. Oyó reír a alguien. Y era él mismo, abrumado por una alegría que no podía explicar. Hubo un ligerísimo movimiento en el piso de arriba. Cardiff alzo la cabeza. Bajando las escaleras, y deteniéndose ahora al verlo, estaba la mujer más hermosa del mundo. En algún lugar, en algún momento, había oído decir a alguien: <> Eso dijeron las primeras cámaras que capturaron la luz y llevaron esa iluminación a cámaras oscuras donde los productos químicos vestidos en porcelana hacían que los fantasmas atrapados despertaran, Rostros captados al mediodía eran convocados en baños agrios para restablecer sus ojo, sus bocas, y luego la carne fantasmagórica de la belleza o la arrogancia o la impaciencia de un niño quieto. En la oscuridad, los fantasmas acechaban en los productos químicos hasta que algunos gestos salían del tiempo a la superficie, a una eternidad que podía sujetarse en las manos mucho después de que la calida carne se hubiera desvanecido. Fue así con aquella mujer, esa brillante maravilla del mediodía que bajaba las escaleras a la fresca sombra del salón solo para volver a emerger con un haz de luz en la puerta del comedor. Su mano se dirigió a la mano de Cardiff,; y luego su muñeca y su brazo y su hombro y, por fin, como surgido de aquella química de un cuarto oscuro, el espectro de un rostro tan hermoso que ardió en él como una flor cuando el amanecer aumenta su belleza. Sus ojos brillantes y eléctricos de verano brillaron de alegría, midiéndolo, mirándolo, como si también el acabara de surgir de aquellas milagrosas aguas donde nada la memoria, como diciendo: <<¿Me recuerdas?>> <>, pensó él. <<¿Sí?>>, le pareció oírla decir <> <> -Nos están esperando-dijo ella en voz alta. <> Y ahora el habló: -¿Su nombre? <>, respondió su silencio. Y era el nombre de una mujer muerta hacia cuatro mil años, perdida en las arenas de Egipto, y ahora revivida al mediodía en otro desierto cerca de una estación vacía y unas vías silenciosas. -Nefertiti-dijo él-. Bonito nombre. Significa <>. -Ah-dijo ella-, lo sabe. -Tutankamón vino de la tumba cuando yo tenía tres años-dijo él-. Vi su mascara de oro y quise que mi cara fuera la suya. -Pero si lo es-dijo ella-. Nunca se dio cuenta. -¿Puede creer eso? -Créalo y sucederá en mitad de su creencia. ¿Tiene hambre? <>, pensó él, mirándola. -Antes de que se caiga-rió ella-, venga. Y lo condujo al festín de los dioses del verano. Capítulo 8 El comedor, como el porche, era el mas largo que había visto jamás. Toda la gente del porche estaba alineada a un lado de una mesa increíble, mirando a Culpepper y Cardiff mientras atravesaban la puerta. Al fondo había dos sillas esperándolos y en cuanto a Culpepper y Cardiff se sentaron, comenzó un hervidero de actividad, con la gente alzando los cubiertos y pasándose los platos. Había una ensalada increíble, una tortilla sorprendente y una sopa suave como el terciopelo. De la cocina llegaba un olor que prometía un postre dulce como la ambrosía. En mitad de su asombro, Cardiff dijo: -Un momento, esto es demasiado. Tengo que verlo. Se levanto y se dirigió a la puerta al fondo del salón, que daba a la cocina. Al entrar en la cocina, vio al otro lado de la habitación una puerta que le era familiar. Sabia donde conducía. La despensa. Y no era una despensa cualquiera, sino la despensa de su abuela, o una parecida. ¿Cómo era posible? Avanzo y empujo la puerta, casi esperando encontrar a su abuela dentro, adentrándose en aquella jungla especial donde colgaban bananas moteadas, donde las rosquillas estaban enterradas en arenas movedizas de azúcar en polvo. Donde las manzanas brillaban mejillas de verano. Donde fila tras fila, estante tras estante, condimentos y especias se alzaban hacia un techo siempre en penumbra. Se oyó a si mismo pronunciar los nombres que iba leyendo en las etiquetas de los frascos, los apodos de príncipes indios y vagabundos árabes. Allí había cardamomo y anís y canela, y cayena y curry. Y había también jengibre y pimentón y tomillo y celimonia. Casi podría haber cantado las silabas y despertado de noche para oírse canturrear los sonidos una y otra vez. Observo y volvió a observar los estantes, inspiro profundamente y se volvió, mirando de nuevo la cocina, seguro de que iba a encontrar una figura familiar inclinada sobre la mesa, preparando los últimos platos para el sorprendente almuerzo. Vio a una mujer gruesa espolvoreando con chocolate negro una tarta amarilla, y pensó que si gritaba su nombre, su abuela se Daria la vuelta y correría a abrazarlo. Pero no dijo nada y vio como la mujer terminaba el trabajo con una floritura y le entregaba la tarta a una criada, quien se la llevo al comedor. Volvió con Nef, sin apetito, tras haberse alimentado en la jungla de la despensa, lo cual era mas que suficiente. <> -Señor Cardiff-la oyó decir-. Siéntese, coma. No debe hacerme esperar. Llevo esperando demasiados años. El se acercó, incapaz de apartar los ojos de ella. -Santo Dios-dijo-. ¿Qué edad tiene? -Dígamelo usted. -Oh, demonios-exclamo el-. Tal vez nació hace veinte años. Treinta. O anteayer. -Todo a la vez. -¿Cómo? -Soy su hermana, su hija y alguien que conoció hace años en el colegio, ¿verdad? Soy la chica a la que invito al baile de graduación pero se había comprometido con otro. -Esa es mi vida. Eso paso. ¿Cómo lo ha adivinado? -Nunca adivino-replico ella-. Sé. Lo importante es que esta usted aquí por fin. -Habla como si me esperase. -Siempre-dijo ella. -Pero no supe que iba a venir aquí hasta anoche, en mitad de un sueño. Me decidí solo en el último momento. Decidí escribir una historia… Ella se rió suavemente. -¿Cómo es eso posible? Se parece tanto a esos romances insanos escritos por sanas amas de casa. ¿Qué le hizo elegir Summerton? ¿Fue nuestro nombre? -Vi una postal que debió de comprar alguien de paso. -Oh, eso debió ser hace años. -Parecía un pueblo bonito…un lugar acogedor para turistas en busca de un sitio donde relajarse y disfrutar del aire del desierto. Pero entonces lo busque en un mapa. ¿Y sabe una cosa? No aparecía en ninguno que yo pudiera encontrar. -Bueno, el tren no para aquí. -No paro hoy-admitió el-. Solo dos cosas bajaron: mi maleta y yo. -Viaja ligero. -Vengo solo a pasar una noche. Cuando pase el siguiente tren, aunque no pare, lo tomare. -No-dijo ella en voz baja-. No es así como ha de ser. -Tengo que ir a casa y terminar mi historia-insistió el. -Ah, sí. ¿Y que dirá de este pueblo que nadie puede encontrar? Una nube cruzo el cielo y las ventanas del comedor se oscurecieron, y una sombra cayo sobre el rostro de Cardiff. Había dos verdades que contar, pero solo podía contar una. -Que es un pueblo precioso-dijo mansamente-. De los que ya no existen. De los que la gente debería recordar y celebrar. ¿Pero como sabia que yo iba a venir? -Me desperté al amanecer-respondió ella-. Oí su tren desde muy lejos. Al mediodía el tren estaba tras las montañas, y oí su silbato. -¿Y esperaba a alguien llamado Cardiff? -¿Cardiff?-se pregunto ella-. Hubo una vez un gigante… -En todos los periódicos. Un fraude. -¿Y es usted un fraude?-dijo ella. Él no pudo mirarla a los ojos. Capítulo 9 Cuando alzo la mirada, la silla de Nef estaba vacía. También los otros comensales habían abandonado la mesa para volver a sus mecedoras o, tal vez, para echarse una siesta. -¡Señor!-murmuro-. Esa mujer es joven, ¿pero como de joven? Es vieja, ¿pero como de vieja? De repente, Elías Culpepper le toco el codo. -¿Quiere dar un autentico paseo por nuestro pueblo? Claude tiene que entregar más pan recién horneado. ¡En pie! La carreta estaba llena de un cargamento oloroso. Las hogazas calientes habían sido pulcramente apiladas fila tras fila dentro del carro con olor a horno, treinta o cuarenta hogazas en total, con nombres escritos en los envoltorios de papel de cera. Además había cajas enceradas de bollos y dulces, cuidadosamente atadas con una cinta. Cardiff inspiro intensamente tres veces y casi se cayó del atracón. Culpepper le tendió un ipaquetito y un cuchillo. -¿Qué es eso?-pregunto Cardiff. -No habrá recorrido ni una manzana antes de que el pan pueda con usted. Esto es un cuchillo de mantequilla. Esto es una hogaza. No la devuelva. -Me estropeará la cena. -No. La hará mejor. Verano fuera. Verano dentro. Le entrego una libreta con nombres y direcciones. -Por si acaso-dijo Culpepper. -¿Me envía solo? ¿Cómo sabre adonde ir? -No se preocupe. Claude conoce el camino. No se ha perdido nunca todavía. ¿Verdad, Claude? Claude volvió la cabeza, ni divertido ni serio, solo preparado. -Maneja con suavidad con las riendas. Claude tiene su propio sistema. Usted sígale el ritmo. Es la única forma de ver el pueblo sin que yo le de la lata. ¡Arre! Cardiff salto a bordo. Claude tiro y el carromato se puso en marcha. -Demonios-repaso la libreta, escrutando los nombres y direcciones-. ¿Cuál es la primera parada? -¡Vamos! La carreta del pan se marcho, calentando el aire con los suaves olores de la levadura y el trigo. Claude trotaba como si apenas pudiera esperar para hacer su trabajo. Capítulo 10 Claude troto a buen ritmo durante dos manzanas y giro suavemente a la derecha. Sus ojos se volvieron hacia el buzón de correos de uno de los patios: Abercrombie. Cardiff comprobó la lista. ¡Abercrombie! -¡Maldición! Salto de la carreta, la hogaza en la mano, cuando una voz de mujer exclamo: -Gracias, Claude Una mujer de unos cuarenta años esperaba en la puerta para recibir el pan. -Y a usted también, naturalmente-dijo-. ¿Señor…? -Cardiff, señora. -Claude-exclamo ella-, cuida bien del señor Cardiff. Y usted, señor Cardiff, cuide bien de Claude. ¡Buenos días! Y la carreta continuó sacudiéndose bajo un congreso de árboles que se entrelazaban para cubrir el sol- -A continuación, Fillmore –Cardiff miro la lista, preparado para tirar de las riendas, cuando el caballo se detuvo ante una segunda puerta. Cardiff metió el pan en el buzón de Fillmore y corrió para alcanzar a Claude, que ya había retomado su ruta sin esperar a su conductor. Así continuaron. Bramble. Jones. Williams. Isaacson. Meredith. Pan. Pastel. Pan. Bollitos. Pan. Pastel. Pan. Claude doblo una última esquina. Y allí había una escuela. -¡Espera, Claude! Cardiff corrió y entro ene l patio para encontrar un balancín, su vieja pintura azul descascarillada, junto a un viejo columpio, sus asientos de madera ajada suspendidos de oxidadas cadenas de hierro. -Vaya-susurro Cardiff. La escuela tenia dos plantas. Sus puertas dobles estaban cerradas y sus ocho ventanas estaban cubiertas de polvo. Cardiff sacudió las puertas. Cerradas a cal y canto. -Solo es mayo-se dijo Cardiff-. Todavía no ha terminado la escuela. Claude relincho irritado, quizá molesto, empezó a apartarse lentamente del colegio. -¡Claude!- Cardiff se puso serio-. ¡Quieto! Claude se paró y empezó a golpear el empedrado con ambas patas delanteras. Cardiff se volvió hacia el edificio. Tallado en el dintel, sobre la puerta principal, se veían las palabras: <> -Mil ochocientos ochenta y ocho –murmuró Cardiff-. Vaya. Echó una última mirada a las ventanas cubiertas de polvo y las oxidadas cadenas del columpio, y dijo: -Una ultima ojeada, Claude. Claude no se movió. -Nos hemos quedado sin pan y sin nombres, ¿no es así? ¿Solo transportas pedidos de la panadería, nada más? La sombra de Claude no se movió. -Bueno, entonces nos quedaremos aquí hasta que me hagas un favor. Tu nuevo cochero quiere recorrer toda la ciudad. ¿Qué te parece? No habrá ni agua ni avena sin un recorrido completo. El agua y la avena lo consiguieron. Recorrido completo. Bajaron por Clover Avenue y subieron por Hibiscus Way, y llegaron a Rosewood Place y siguieron a la derecha por Juneglade, y de nuevo a la izquierda por Sandalwood y luego por Ravine, que pasaba justo por el borde de un barranco poco profundo abierto por lluvias antiguas. Cardiff contemplo jardín tras jardín, todos ellos tupidos, verdes, perfectos. No había bates de béisbol. Ni pelotas de béisbol. No había canastas de tenis. Ni mazas de cróquet. No había marcas de rayuela en las aceras. Ni columpios de neumáticos en los árboles. Claude lo llevo de regreso al Gran Mirador Egipcio, donde Elías Culpepper estaba esperando. Cardiff se bajo del carromato del pan. -¿Bien? Cardiff miro el brillo veraniego de los jardines verdes y los verdes setos y los girasoles dorados y dijo: -¿Dónde están los niños?
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