Cuentista
Usuario (Uruguay)
Les dejo el video casero de la obra de teatro que se estará estrenando en agosto y recorrerá los bares y boliches de Montevideo. link: https://www.youtube.com/watch?v=tNwF6frWIoE Y acá el enlace directo a la página oficial: https://www.facebook.com/loschorrostehacenreir

Sexo y violencia La verdad, es siempre una mentira que aún no ha sido descubierta Nada mejor que un buen fútbol-playa en las arenas del Polonio; chapuzón de océano seguido de una cerveza fría, mochilas al hombro con poca ropa y líneas de pesca y saco de dormir y farol y carpa y más trastos de campamento y a caminar, siete kilómetros de desierto subiendo y bajando numerosas dunas de ardiente arena, arribando así, al pueblito de Valizas y sin parar, porque se nos caía la noche encima, seguimos costeando por la playa otros tantos kilómetros más, hasta Aguas Dulces donde el prometedor Bar, de un buen amigo, nos espera con alojamiento y el mejor vino cortesía de la casa. Al parecer tanto trajín fue mucho para mi rodilla derecha. Al llegar al bar y quedarme sentado, quieto por 5 minutos, el corazón se me instalo en ella y comenzó a latir, la sentía al triple de su tamaño y terminé en la única posición, en la que al menos, no sufría de agudas puntadas. Paco y Beba llevaban ya 10 años de casados, más otros tanto de noviazgo. Al comienzo él trabajaba y ella estudiaba, hasta que llego el primer hijo y Beba, pronto cambió los estudios por los quehaceres de la casa; y lo hacía con gusto y con amor, por su hijo y por su hombre; aquel hombre honesto, trabajador y sincero, incluso tierno por momentos y sin vicios, eso… sin vicios; pensaba Beba mientras disimulaba sus heridas frente al espejo. El Paco, así lo recordaba ella… y luego vino la nena, la reina de la casa, y aunque el dinero no sobraba y los lujos eran pocos, era una buena vida aquella, cuando el Paco trabajaba, de empleado no más, en una fabrica textil, pero trabajaba… y no bebía, y no sufría, y no se desquitaba. Pero claro, ella comprendía, la fábrica cerró y todos a la calle; Paco lleva más de un año sin trabajar, el seguro de paro hace tiempo caducó, y la impotencia y la frustración y comenzó a beber; justificaba Beba empolvándose los moretones. Y ahí estaba yo; con el pie para arriba, sentado en la terraza del Bar con mi amigo que entro a buscar un vino tinto (supongo), cuando veo venir a una morocha flaquita, de mi edad aproximadamente y no muy atractiva, caminando rápido, a pasó firme y decidido directo hacia mí; llegó, y se sentó a mi lado tocando sin mucho disimulo su muslo con el mío. -¿Qué te pasó en la pierna? Sorprendido por la audacia de la muchacha, le narre todo mi periplo desde el Cabo hasta acá. En eso volvió mi amigo con el vino y un porro. Esa tarde, luego de llevar a los chicos a la escuela, Beba salió para hacer su habitual recorrida por los comercios de la zona, ofreciendo empanadas y tortas caseras; con ese dinero, como único ingreso malvivían ella, el Paco y sus dos críos. Después pasó por los niños a la salida del colegio, y de vuelta a casa con unos pocos billetes; lo que sobró de comida sería la cena. Al llegar a casa, el Paco no estaba, ella ya lo suponía (seguro estará en el bar bebiendo), pensó y apresuró a los infantes para que se duerman temprano; no quería que vieran llegar a su padre a los tumbos, sudando alcohol. Luego se sentó a esperar, mirando la puerta y el reloj, la puerta y el reloj… la puerta y el reloj, cuando escuchó unas llaves, que no encontraban cerradura. Todos bebimos fumamos y reímos; en total fueron dos las botellas de vino, ya que Claudia invitó con la segunda. Pronto ella y yo comenzamos a ponernos melosos, besos van, besos vienen, hasta que mi amigo, inteligente, se despidió de nosotros acordando vernos más tarde, en la discoteca del pueblo. Ya a solas nos tomamos otro vino, el tercero de aquella noche que aún estaba en pañales. Ella por su parte sacó un blister de pastillas, de esas de receta medica, y me ofreció tomar algunas. -Otra vez borracho Paco… y otra vez robaste plata de mi bolso -inquirió Beba. ¡Paf! Sonó seco el cachetazo del Paco: -Yo no te robo; estoy recuperando parte de lo que te di tiempo atrás Bien sabía Beba que discutir ahora solo empeoraría las cosas; así que se fue al dormitorio; a llorar. Le respondí que no, que no me gustaban las pastillas, Claudia encogió de hombros y se tomó cinco o seis de un saque; luego bebimos y nos besamos y bebimos y nos besamos y bebimos y reímos, hasta que el vino se acabó, pero los besos parecían no tener fin. Pronto noté que estaba lenta al hablar y torpe al moverse; no es que yo estuviera muy lúcido, pero a ella le estaban haciendo efecto las pastillas… tanto, que para bajar a la playa como le propuse, tuve que cargarla en andas y no por caballero, ya no podía caminar. Paco comió algo, dejó todo sucio y recordó, vaya a saber por qué, todo el tiempo que llevaba sin tener sexo, ni con Beba ni con nadie y decidió, en su borrachera, que este era un buen momento para eso. Por fin en la arena cálida de la noche veraniega, Claudia, drogui pero no del todo inconsciente, insistía en colgarse de mi cuello y besarme pero a mis intentos de desprenderle el pantalón, con más torpeza que gracia, quitaba mi mano de su cierre una, y otra, y otra vez. Entró al dormitorio, se acercó a beba y con la dulzura de un borracho intentó tocarla… pero claro, Beba no se dejaba tocar y entonces… Le torciste el brazo sin llegar a lastimarla: -Soltáme… soltáme -Pedís, suplicás. La ponés boca a bajo y la inmovilizás; eso te resultó más fácil, que quitarle el ajustado pantalón con botones, cinturón y cierre. Luego le hacés a un lado la bombacha con el dedo. –No… no… –Ya no hablas, susurras, como si no quisieras que te escuchen; como si tú misma no quisieras escucharte, cada vez más bajo, hasta que todo terminó. Me puse de pie y comencé a abrocharme el pantalón. Claudia estaba conciente pero inerte… inmóvil y semidesnuda, con los ojos abiertos viendo nada, yacía sobre la arena en la misma posición en que la dejé. No movía un dedo, no pronunciaba palabra y yo no sabía si era por las drogas, o por lo que le había echo, (tal vez un poco de ambas), pensé mientras le decía: -Claudia… ¡he! Claudia –(…) –Bueno…, -continué-, yo me voy a la discoteca a buscar a mi amigo; ¿querés venir? –(…) (En fin…) termine de vestirme y partí rumbo a la disco; Claudia quedo allí, tal cual estaba. Cuando todo terminó, ambos, él por borracho y ella por vergüenza, se durmieron semi-vestidos y espalda con espalda, sin tocarse, uno en cada extremo de la cama hasta que el despertador, quebró el sueño a las siete en punto de la mañana y para variar, solo Beba se levantó a preparar a los niños, tenían que ir al colegio. Por desgracia cuando logré entrar a la discoteca, faltaba poco para el cierre y al cabo de una hora prendieron todas las luces y pusieron una canción espantosa, como para echarnos a todos. Al salir le conté a mi amigo lo ocurrido con Claudia: -Anormal, es menor de edad… vas a ir preso. Y yo, que ya tenía cargo de conciencia, me puse aún peor y decidí volver a ver como estaba, o si estaba al menos. Fue insólito, había pasado hora y media casi dos y seguía igual: desnuda, en la misma posición en que la había dejado. Apenado, comencé a vestirla y la cargué peso muerto hasta mi carpa, donde la acosté a mi lado y nos dormimos abrazados. Mientras el paco seguía durmiendo, ella los bañó, vistió, alimentó y llevó caminando al colegio para después ponerse a cocinar y, finalmente, hacer su recorrida diaria por los comercios de la zona. Cuando desperté, Claudia ya no estaba a mi lado, se había ido, y yo pendulaba entre el alivio y la preocupación. (Menos mal que al medio día me tomo el ómnibus para la capital) pensé y maldije al recordar que ella también lo sabía, yo se lo había comentado anoche y ahora podría ir a buscarme a la terminal, con sus padres, o peor aún, con la policía. Pese a todo igual fui; nunca estuve tan ansioso por subir a un autobús. Cuando por fin llega, se forma una larga fila que lento avanza, paso a paso, los segundos se estiran y ya estaba yo… cuando la veo venir caminando rápido, a paso firme y decidido, directo hacia mí. Me esperaba, como mínimo, un cachetazo y un escándalo; pero en lugar de eso ella me dio un fuerte abrazo y comenzó a llorar a lágrima suelta, pidiendo, rogando y suplicando que no me fuera. Le explique que no podía quedarme; que ya no tenía dinero y debía volver; para calmarla, le pedí el teléfono y prometí llamarle. Me despidió con más lágrimas y muchos más besos. Cuando Beba culminó sus tareas de venta pasó a buscar a los niños y volvió a casa, para encontrar al paco recién levantado que, entre resaqueado y malhumorado se sentó en la mesa. Beba, callada sirvió la merienda. Luego, mirando algo de televisión conversaron del clima, de política y otras banalidades. Cuentista: DCF http://telocuentoconmusica.blogspot.com
Me tienen los huevos llenos con los libros digitales y la puta impresión bajo demanda. Pa´ que te manden un ejemplar en papel es una hazaña librada a las manos del Señor. El Señor es el que cobra, y después te manda el 50 por ciento de lo que vos vendiste; porque él no vende ni uno, los tenés que vender vos. Los editores de la web se han olvidado que ellos son los vendedores. Yo dejo 5 ejemplares en cada librería con un afiche de propaganda en lugar visible… y vamos, que arriba del ómnibus vendo más que ellos. Falta pararse con una silla en la feria a leer cuentos en vos alta, y ahí no más se van 5 libros en la mañana. No tienen imaginación, no tienen huevos no tienen nada de nada y digo yo… ¿para qué mierda los quiero?: y… para ver si alguno me manda gratis un ejemplar, que es todo lo que yo quiero, el mío. A mis lectores navegantes no les voy a vender porque ya se los he regalado,(eso es lo que ellos no saben), luego hablaré directamente con una imprenta chica, y sacaré unos 300 ejemplares de esta trilogía en papel, con los afiches de propaganda y los dejo acá en Montevideo; o se lo mando por correo a quien los quiera. Mientras tanto la verán a la venta con varios asalta viejecitas de la web, no se la compren. Les dejo el afiche: Nuestro escritor Cuentista: DCF Cuentos que piensan La trilogía Éste pequeño pescador artesanal, navegante, lleva desde el año 86 parchando redes y tirando botellas al mar. He aquí uno de los puertos que me ha dado resguardo. Si estás dispuesto a hacerte a la mar, atá tu bote al mío: http://telocuentoconmusica.blogspot.com Juntos el viaje será más ameno, recuerda que enfrentaremos tormentas y monstruos de mar, juntos, será más difícil naufragar. Pídalo aquí
Les dejo el primero de esta nueva serie link: http://www.goear.com/files/external.swf?file=dc7d837 La cuarta dimensión Atardecieron juntos… aquella primavera, hasta que ya no quedaba sol, sólo un reflejo. Entonces se levantaron y echaron a andar, se alejaron del río, tomados de la mano van entrando en la ciudad; un aire cálido a sus espaldas los empuja, les apura el paso, y los abraza aún más. Carlos, caminaba por un corredor blanco, al llegar a la puerta, como siempre, lento, abría la puerta, miraba la habitación, cerraba la puerta, y seguía caminando; luego bajó unas escaleras, corredor, dobló a su derecha, más corredor blanco. Andrea corre porque todo está oscuro y siente que algo… oculto en el silencio la persigue y se está acercando, ella corre y corre pero siente que sus piernas cansadas tan débiles no obedecen sus órdenes de acelerar, la presencia crece y Andrea corre sin saber a donde va. Tenía las pupilas pequeñitas, de tanto blanco, cuando llegó, abrió la puerta, nada, vacío, la cerró, y siguió andando; luego subió unas escaleras, corredor, dobló a su derecha, más corredor blanco. Ella sabe que puede correr más pero siente que sus piernas le traicionan, aprieta los ojos sólo piensa en correr más y no sabe de qué huye… pero siente que se le acerca abre los ojos voltea nada ni nadie y a sus lados, todo oscuro la rodea ella lo sabe y por eso grita. Carlos, para variar, venía encandilado, cuando llegó a la puerta, despacio, la comenzó a abrir, y ya por la rendija vio que no había tanta luz, atardece allí, terminó de abrirla y se adentró unos pasos, sus pupilas se dilataron, adivina una pareja, siente un grito de mujer alguien lo pecha, Carlos cae al suelo, y atónitos, se miran los cuatro. By: Cuentista
—Vivir con mi novia me desconcierta, nunca voy a entender… ¿por qué desaparecen los rollos de papel higiénico del baño?, y la fuente al costado del water, esa que tira agua pa´rriba… ¿qué hace una fuente en el baño…? Por Dios. Antes, un solo rollo de papel me duraba todo el mes, ahora estoy comprando el pack de doce… y nunca hay papel… no entiendo; y a la cosa esa la fui a abrir un día… para ver cómo funcionaba… y saltó un chorro de agua que pegó en el techo, la tuve que cerrar porque se me estaba inundando el baño. Sólo a los franceses se les puede ocurrir… llenarla pa´ lavarse las patas o algo así. Y cuando salimos, eso es lo peor: hay que llevar esto, aquello y lo otro; no importa adonde vayamos ni cuanto vamos a demorar, así sea de pasada y acá no más: llevamos la cartera llena, dios sabrá de qué; y el protector solar… un saquito por si refresca, y por supuesto, el rollo de papel higiénico que parece sirve pa´ todo; y no falta una bolsita de náilon para envolver el protector y así no ensuciar, pero como la cartera ya está llena, llevamos otro bolso con el papel, y la crema y la bolsita para no ensuciar la cartera, pero el saquito no, el saquito no porque se arruga el saquito va a parte. Yo siempre sospeché que a las mujeres, les gustaba cargar con bultos; ahora sé, que lo que a ellas les gusta, es vernos a nosotros cargando con sus bultos. Que si fuera por mi… yo no uso protector solar ni nada de eso, el preservativo… ¿para qué? y definitivamente la fuente va en el jardín. Ahora yo reconozco, reconozco, que para una mujer vivir con un hombre, también puede ser muy complicado. En mi caso por ejemplo, la típica de “Levantá la tapa del water para orinar”, con migo es más bien “¡No… en la pileta de la cocina no!”, y cosas así. Pero vamos, quién no se orino en la ducha, calentita, apuntándole a la rejilla del desagüe ¿quién?, ¿vieron que los hombres tenemos la manía de limpiar el water?, no existe un hombre que no lo haga… no existe, le apuntamos directo a cualquier manchita… o pin de barro y hacemos fuerza todavía. Y en un baño público mucho más, ahí hay que darle varias vueltas higiénicas de esas… y me pregunto: ¿cómo será el baño público de damas?, ¿habrá papel?, en el nuestro no hay ninguna fuente, eso es seguro; pero con suerte hay un agujero en el piso y a falta de papel, abundan las obras de arte en las paredes; ¿será por eso que el baño público siempre inspiró al graffiti?, recuerdo uno: En este lugar sagrado Al que acude tanta gente Hace fuerza el más cobarde Y se caga el más valiente Y uno está ahí en cuclillas, leyendo esto en equilibrio para no tocar nada y piensa… ¿cómo mierda le respondo? Cuentista: DCF http://telocuentoconmusica.blogspot.com
Otro cuento pal oído link: Buceo literario Estábamos todos en silencio, yo, miraba la copa de grapamiel… y me recordaba el frío que hacía afuera; vos, tenías la vista perdida en mis ojos, dulces de licor; y sentados en una mesa, tres niños pequeños devoraban muzarellas… haciendo uso de sus manos, enchastrándose el pantalón, limpiándose la boca con sus mangas y chupándose los dedos mientras sus padres, discutían afuera. En ese momento: entró ella al bar. Traía consigo una cartuchera de lata, con muchos lápices de colores y varios papelitos sueltos; pasó con toda su adolescencia junto a nosotros; yo levanté la vista, vos te prendiste un cigarro; me llamó la atención esa flor roja, que le prendía en el pelo a la altura de la sien, y la seguí con la mirada, vi cuando se sentó en una mesa, aislada, abrió su latita, y comenzaron a surgir palabras. Yo apuré el trago, vos fumabas, y los niños seguían a sus anchas cuando le hice la seña al mozo, pa´ que me traiga otra grapa: -¿Por qué camina usted así? –Le preguntaste. -Para no pisarlas –respondió el mozo encogiéndose de hombros, y recién ahí notamos, que había palabras regadas por todo el suelo, hasta la altura del tobillo. Observé a los padres, que seguían discutiendo afuera, mientras los niños chapoteaban en un mar de letras; tú apagaste el cigarro, yo me agaché para tocar el agua… y allí viste por encima de mi hombro, como emanaban las palabras, se escurrían por la mesa de la muchacha… y las teníamos por la cintura cuando me terminé la grapa. Los padres, entraron con las palabras por el pecho, las iban apartando con sus manos y braceando al avanzar llegaron donde los niños; pasó una muzarella flotando; jugaban una guerrilla de agua locos de la vida, pero a vos te molestó, porque ya no podías fumar; claro, si a esa altura los dos flotábamos, si yo, para terminarme la grapa, tuve que bucear; el trago se me había quedado abajo y lo saqué a flote, mientras que el mozo, arrodillado sobre la más alta estantería, de cara contra el techo se niega a traerme la cuenta, insiste en que no las quiere pisar… y ella cierra su latita, todos caemos, dejamos de flotar, la poetisa se retira, se despalabró el bar. By: Cuentista
Recien sacado del horno, escucho comentarios Aquel hombre, que venía caminando junto al cordón, pisando los adoquines de un barrio extraño… reconoció de inmediato a esa casona que se imponía en el medio de la cuadra; quedó petrificado observándola; era la casa abandonada donde jugaba de niño, su viejo barrio, y ni siquiera se había dado cuenta. Allí parado, giró lento trescientos sesenta grados mirando… el progreso había tomado cuenta del lugar, de su infancia ya sólo quedaba allí esa casona, inmortal. El muro de dos metros y medio de alto, con su portón de doble hoja oxidado y entre abierto, daba paso a un jardín enmarañado y selvático; más atrás, profundo en el terreno se levantaba la construcción, enorme y gris. Tras sus ventanas esmeriladas le sorprendió ver una silueta, una silueta encorvada, una silueta que lo espía, una silueta… y chirria la reja por un gato que pasa corriendo y mueve el portón, salta trepa y queda parado, lamiendo su pata sobre un cartel de madera escrito a mano: Se adivina la suerte Sintió el frío del hierro cuando empujó el portón… que abrió fácilmente, el gato lo acompañó por el sendero hasta la casa, peldaños, polvo y telarañas en una puerta que ya estaba abierta… aplaudió: -¡Buenas…! El gato entró corriendo, atravesando el gran salón subió unas escaleras de madera apolillada y en el descanso, se quedó parado, mirándolo a los ojos -Sube… –le dijo una voz firme- …te estaba esperando -y no parecía de anciana. Su nariz le advierte de un aire húmedo, viejo y encerrado, pero la penumbra se aclara mientras sube por las escaleras. El segundo piso era bien distinto, olía a fragancia fresca, la brisa cálida entraba por un ventanal abierto al completo haciendo flotar las cortinas blancas, ligeras, casi tocando las espaldas de la joven que destacaba sentada tras una mesa caoba, toda labrada, y con una extraña forma de luna menguante; en su mano izquierda, un mazo de cartas de gran tamaño y con su derecha, una a una las colocaba en procesión sobre la mesa… como si el hombre no estuviera frente a ella. El felino ágil, trepó a la media luna sobre una de sus puntas y esto quebró su trance: -Tome asiento -le dijo señalando con su mano al frente de la mesa… y no había silla; el hombre avanzó y quedó parado: -Estos naipes me han hablado de usted, me han dicho que hoy vendría –¿Así… qué curioso… y qué más te dijeron? La sibila dio vuelta seis cartas, acomodándolas sobre la mesa para formar con ellas, dos triángulos: -Tuviste una buena infancia; puedo ver la casa donde vivías junto a tus padres… y a tu abuelo, y te veo a ti, jugando en el jardín a la pelota con el anciano, fue él quien te enseño el juego; tu padre trabajaba el día entero, pero siempre a su regreso te traía un obsequio: un chocolate… una golosina…, un día trajo consigo una camiseta de tu equipo favorito: ¿recuerdas ese día, recuerdas la camiseta autografiada? El hombre, algo aturdido por la exactitud de los detalles, intentó responder con normalidad: -Claro que me acuerdo, si todavía la tengo guardada en un cajón… -Mintió. -Sí… has tenido una buena infancia, hasta el final de tu adolescencia, cuando tu madre falleció. Los siguientes años fueron oscuros, la depresión tomó cuenta de ti haciéndote caer en un espiral descendente… hasta que conoces a Estela, ella te sacó de allí; poco después la habéis desposado, y así nació tu primer hijo, una niña, le has puesto Adela por nombre según la gracia de tu madre, tiempo después, habéis comprado un perro para completar la familia. El hombre aún de pie, observó con ternura al gato mientras recordaba su vida pasada, y trayendo imágenes que creía olvidadas, lo acarició de la cabeza a la cola, varias veces. El felino comenzó a ronronear. La cartomántica, dio vuelta una séptima carta y la colocó en medio de los dos triángulos. -Este naipe, ya no nos habla del pasado, nos ha de contar tu presente -Leélo no más, que ya me esta gustando -Primero tome asiento, ya se lo he pedido antes –y con su mano extendida señaló nuevamente. El hombre se dio vuelta para ver y casi se cae… tropezando con una silla que tenía a sus espaldas pegada a las pantorrillas. Luego de tomar asiento la adivina continuó: -Tu hija y tu perro han crecido, tu relación con ellos ha cambiado, ya no los tratas igual, tampoco a tu mujer pero la peor parte, se la está llevando el perro -Que interesante che, ¿y podes contarme del futuro? -El futuro no es de gracia, has de pagar por el -Tomá doscientos pesos –y los dejó sobre la mesa junto al gato- pero contame algo bueno he -Siete naipes para el pasado, siete naipes para el futuro; es todo lo que puedo hacer por ti La sibila recogió las cartas de la mesa, barajo, y dispuso nuevamente seis de ellas, pero esta vez, cerrando un circulo preciso. -Veo disputas, discusión y malos tratos. Tu mujer se apartará de ti, y se habrá de llevar a la niña con ella, pero no al perro. Desahuciado y enfurecido, te desquitarás del animal, finalmente, lo dejarás abandonado a su suerte, habrás de caer así en una depresión muy grande, similar a la de tu adolescencia, pero esta vez, habrás de enfermar gravemente… y morirás -¿Cómo que me voy a morir, cuando será eso? -Pronto… muy pronto -Me estas mintiendo, eso no puede ser verdad -Tranquilo, no corráis prisa, aún queda la séptima, y última carta por tirar… Así la joven dio vuelta la séptima carta, colocándola en el centro del círculo y aclaró: -Es este el naipe de los cambios espirituales, las grandes transformaciones -¿Entonces no moriré? -Sí morirás, las cartas no se equivocan y tu muerte, ya ha sido echada, pero luego todo cambiará para ti -Me iré al cielo… seguro -No, eso no sería un cambio… sería el camino habitual, tú sufrirás una gran transformación -¿transformación… cuál transformación? -No quedan ya más naipes por tirar… pero tengo algo aquí, en este cajón, que nos lo puede decir… pero claro, todo tiene su precio -Dice la brujita mostrándole la palma de su mano extendida. El hombre rasco sus bolsillos y le dio todo lo que tenía, hasta el reloj. En la mesa de luna, chirrió el cajón al ser abierto y surgieron de allí, una serie de pequeños pergaminos o más bien: trozos de pergaminos, con sus bordes desparejos, algo deshilachados y llenos de jeroglíficos incomprensibles; la pitonisa los colocó uno a uno en forma de abanico abierto sobre la mesa, y explicó: -Estos papiros fueron hallados junto al Libro de los Muertos; tú escoge uno y sólo uno, pero escoge bien, porque las posibilidades son muchas… pero la transformación: es una sola El hombre dudó pasando su mano sobre los papiros, para él todos iguales… y finalmente escogió. Lo tocó con su índice primero y esto hizo erizar al gato, que encorvó su lomo mostrando los dientes y lanzando zarpazos al aire; saltó de la mesa y huyó; el tipo lentamente le dio la vuelta, y se mostró la figura inconfundible, de un hombre con cabeza de perro.
Era temprano, y el sol todavía no se dejaba ver, aunque alcanzó con uno de sus rayos estirados, a darle en el ojo a Esteban y despertarlo. (¿Por qué no escuche al gallo?), pensó levantándose preocupado, y así, sin desayunar ni nada, descalzo pisando la helada fue donde el gallinero y le vio, y de que manera le vio, trepado encima de la gallina; ahí no más lo patea y saltan algunas plumas, el gallo rebota contra la malla cuadriculada y cae seco al piso; la gallina conmocionada lo mira perpleja; él se le acerca, lo toca con la punta del pie… y nada, el gallo ni se mueve, recién ahí se da cuenta, de que lo había matado. -¿Qué decís? -¿Qué hace´ pelotudo? -Que no fue así como pasó, lo estas contando mal -¡Acá el narrador soy yo y lo cuento como quiero! -Pero no me jodas macho, hacelo bien -Así que el tipo tiene complejo de narrador… ¿querés que me calle y lo contás vos ¡eh!, lo contás vos? -Bueno… pero no te pongás así… -Entonces callate y volvé a tu lugar (Estos dos son unos principiantes) –Juzga- Al principio, quedó apenado por la muerte del gallo, miró a la gallina, la había dejado viuda, volvió la vista al gallo y… (¡Que diablos!, al menos tengo la cena y mañana me compro un despertador), pensó. -¡Ah no! yo no soy así -¿Otra vez…? -Que me estás dejando como el culo -Hay dio’… -¡Nooo… acá Dios sos vos que hacés lo que querés! -Momentito que yo también sigo las reglas, y soy más profesional que vos -Pero qué vas a ser…? -¡Basta!, se callan los dos y me terminan el cuento, que para eso los creé -Se impone- -Tá’ bien… tá’ bien, no te calentés –Respondieron al unísono. La gallina cacareó como si viera el futuro que se le avecina, mientras Esteban, vuelve al rancho aferrando al desdichado por el cuello, con su mano derecha. -¿Qué decís…? si yo soy zurdo -¡Pero si ese dato me lo dio el escritor! -¡Suficiente!, ¡se terminó acá!, se van los dos para la papelera –Sentencia-. -¡Nooooo¡ -Nada nada, ¡a la papelera! –Castiga-. (Nunca más vuelvo a escribir un cuento con estos dos insufribles) –Se equivoca-. Son duros pa´largar los puntitos... pero con este los voy a quebrar; por favooooor.
Sonido de coches pasando. Esta oscuro, húmedo y frío, ciudad en gris invierno; bajo el árbol desojado hay un cajón de limones amarillos, junto a cuatro jóvenes de esquina, en negro y marrón. -¿Alguien quiere diez pesos?, ¡ahí no más en la calle! Giró su cabeza y me clavó los ojos. Yo señalé el pavimento marcando un brillo en el asfalto. -¡Ahí mismo! la vi caer a esa moneda, la vi saltar en el aire cuando aceleró el de la moto, del bolsillo a la calle, y la estoy viendo brillar ahora; y apunté más firme con el índice, un coche pasa por delante, el flaco da tres pasos largos, mira la punta de mi dedo y la calle después, un taxi para, entre él y el brillo, ágil le da la vuelta, sonrisa zancada y manotea del suelo. -¿Era de diez? –Le pregunto. El asiente con la cabeza y agrega sin dejar de sonreír: -¡Que vista tiene la fiera!, ¿he…? -Preguntándole de un grito al Limonero. Este tomó sus bolsitas con la fruta, de encima del cajón, semáforo en rojo y pregona: -¡Seis limones diez pesos! -Ya de entre los autos, a pregón los exhibe amarillos, en sus bolsitas transparentes: -¡A diez pesitos la vitamina C! Ahí me hizo reír el Limonero; entonces me levante perezoso, del murito blanco de la escuela, pa’ prender un cigarro y saque dos pa’ repartir. Silencio total. -¿Viste que quieren sacar a los limpia vidrios de la calle? -Comentó al aire el flaco moneda en bolsillo. El morocho aindiado, comiendo fideos a cuchara, en envase plástico a lado mío, lo mira de boca llena mientras el limonero, hace una venta de bolsita amarilla, lejos, a la señora del coche verde. Nadie responde. Se oyen los niños jugando en el patio de la escuela. By: Cuentista
Y como Icaro… Ángela, venía con alas incluidas, por eso volaba siempre hacia el sol naciente, aquel que se ve por la mitad; quería llegar, verlo al completo, y viajaba tan rápido, que el tiempo, no le podía alcanzar. Pero ella seguía avanzando, más y más, con fuerza batía sus alas, viendo allá abajo, pasar el mar. Pero ese sol jamás despuntaba, no crecía, ¿curioso?, siempre está igual. Ángela comenzó a cansarse… y se quejó; allí un diablillo le dijo al oído: “nunca vas a llegar”, entonces se quejó más, y para exorcizar a estos demonios, ella, convocó a Satán. Este llegó ciego, y a cicatrices cerró su boca, ya no se puede quejar; a cambio: enlenteció sus alas. Ahora el sol trepa, el tiempo le pasa, pronto, callada, morirá. By: Cuentista Su comentario me enriquese