Sonido de coches pasando.
Esta oscuro, húmedo y frío, ciudad en gris invierno; bajo el árbol desojado hay un cajón de limones amarillos, junto a cuatro jóvenes de esquina, en negro y marrón.
-¿Alguien quiere diez pesos?, ¡ahí no más en la calle!
Giró su cabeza y me clavó los ojos. Yo señalé el pavimento marcando un brillo en el asfalto. -¡Ahí mismo! la vi caer a esa moneda, la vi saltar en el aire cuando aceleró el de la moto, del bolsillo a la calle, y la estoy viendo brillar ahora; y apunté más firme con el índice, un coche pasa por delante, el flaco da tres pasos largos, mira la punta de mi dedo y la calle después, un taxi para, entre él y el brillo, ágil le da la vuelta, sonrisa zancada y manotea del suelo.
-¿Era de diez? –Le pregunto. El asiente con la cabeza y agrega sin dejar de sonreír:
-¡Que vista tiene la fiera!, ¿he…? -Preguntándole de un grito al Limonero. Este tomó sus bolsitas con la fruta, de encima del cajón, semáforo en rojo y pregona: -¡Seis limones diez pesos! -Ya de entre los autos, a pregón los exhibe amarillos, en sus bolsitas transparentes:
-¡A diez pesitos la vitamina C!
Ahí me hizo reír el Limonero; entonces me levante perezoso, del murito blanco de la escuela, pa’ prender un cigarro y saque dos pa’ repartir.
Silencio total.
-¿Viste que quieren sacar a los limpia vidrios de la calle? -Comentó al aire el flaco moneda en bolsillo. El morocho aindiado, comiendo fideos a cuchara, en envase plástico a lado mío, lo mira de boca llena mientras el limonero, hace una venta de bolsita amarilla, lejos, a la señora del coche verde. Nadie responde. Se oyen los niños jugando en el patio de la escuela.
By: Cuentista