CamiloBarra1
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TIEMPO DE ESPERA O LA FINITUD DE JUSTO TREJO Justo Trejo se movió inquieto en la silla y, sin desearlo, pateó la vieja pava tiznada que había depositado en el piso. Se levantó. Fue hacia la puerta, la abrió y miró hacia el exterior. Vacío. El camino, silencioso, continuaba solitario al costado de la casa. Lo vio perderse entre los cerros. Una de sus manos trepó hasta la cabeza y la rascó. Se había independizado del resto del cuerpo. Él ya no la sentía. Se volvió y penetró en la casa. Una antigua zozobra conmovía su cuerpo. Deseaba correr, gritar, quemarse, saltar, decir: ¡Hola! ¡Soy yo! Quedarse quieto, inmóvil, relajado. Que el tiempo caminara sobre su cuerpo inerte mientras sus nervios lo pudieron soportar, para comenzar al cabo nuevamente. Estaba esperando. Se sentó en otra silla. Era un cambio, después de todo. Observó la habitación, registrando cada cosa; la cocina económica ahumada y grasienta, el piso de tierra, el mate sobre la mesa limpia, el almanaque… Una mujer casi desnuda como debía haber en la ciudad, en alguna lejana ciudad, pero que había ido amarilleándose, borrándosele la sonrisa que no podía adivinar a quién estaba dirigida y que ya le resultaba indiferente. Se apoyó en el respaldo del nuevo asiento, cruzó los brazos, montó una pierna sobre la otra, se apretó, se acurrucó… y volvió a levantarse. La espera. El lento gotear de segundos que no se ven mas se perciben creciendo, opresivos, volumenizándose en la habitación. Caminar en círculos. Salir. El silencio de la meseta. El cielo nublado parejo y la húmeda proximidad de la lluvia que se aplasta sobre los matorrales, que dobla el espinillo y comba los machines. Aguardar. Cuando no hay relojes, no hay minutos, no hay fracciones que pasen; sólo tiempo abultándose, amenazador, sin dejar rastro de la impenetrable mudez de los cantos rodados y las legiones de ostras del Terciario que abandonó el mar al retirarse. Alguien debía llegar, aun cuando él no supiera ni pudiera decir quién. Había tenido el día anterior el primer indicio; cuando las nubes fueron llegando, cargándose y la tierra adquirió ese tono pastoso. Lo mismo ocurrió dos meses atrás, antes de que apareciera aquel hombre en el camino y le solicitara comida. O con mayor anterioridad, la ocasión en que otro vagabundo compartiera su techo, su alimento y una noche muy larga y muy fría. También había notado esas señales en ambas oportunidades. Recordó que el primero de ellos le había dicho que Dios no existía. Si lo sabía él. Él, que estaba allí desde que podía hacer memoria. Que no conocía otro paisaje más que aquel frígido y sordo de la chata y alta planicie. Que oía a sus palabras debatirse en los magros límites de cuatro paredes de adobe y reabsorberse en el callado ámbito inlímito de la estepa. Su vida era una súplica perennemente inaudible. ¡Vaya si lo sabía! Contempló el fondo del sendero aún vacío y luego retornó al interior. Lo recibió una bocanada de aire tibio que estuvo a punto de recordarle algo completamente olvidado. Era un clima grato de calor y lo hacía sentirse acogido en un refugio. Aquella casa podía ser su refugio contra la espera, contra la arena cronológica que el viento amontonaba sin cesar a su alrededor. Pero las cosas actualizaban siempre el temor. Como una mano incorpórea, modelando, presionando, resquebrajando. Hasta que un día los objetos, cual las piedras, se acaban, se parten, finalizan. Alcanzan su límite. Nada indica su proximidad. Sólo que al fin, una hora, un momento… y nada. Exclusivamente él ha permanecido hasta ahora más que las cosas. La arenilla se ha ido y vuelto formando agujetas en las espiraladas rachas de ciclones. Las zarzas calcinadas rodaron más lejos con cada ráfaga de soplo sibilante. Él y la soledad no han logrado arrancarse al paisaje. Perviven. Sin razón. Las nubes, que se han oscurecido y se agolpan, le obligan a reflexionar una vez más sobre que todo concluye. En distinto tiempo, fenece o cambia. La luz de un relámpago viborea en el cielo. Nada se rebela. El todo se somete impotente. Ha golpeado, sobre el vidrio de la ventana, la primera gota de lluvia. Trejo prepara el final de pie sobre una silla. Uno, dos, tres mil líquidos dardos se aplacan contra el suelo de arcilla sedienta. Repentinamente, nace un rápido chapoteo y alguien se detiene ante la puerta y araña o golpea como un perro cimarrón. Ante ese llamado no hay respuesta alguna. Ha expirado el plazo y los sonidos no deben ser escuchados. Silencio. Al cabo, la puerta se abre finalmente y un hombre la trasciende. El desconocido se detiene un momento en el umbral. Hurga con la vista en el lugar, inicia un gesto de saludo, solicitud, aceptación y alborozo, ante la inclinación de cabeza con que es recibido. Luego, entra. Se acomoda en una de las sillas, junto al fuego que Trejo se ha apresurado a encender en la cocina y recién entonces da a conocer el timbre de su voz al preguntar. - ¿Y eso? – señalando el techo. Trejo se vuelve, levanta la cabeza, mira y responde lentamente. - ¡Ah! ¿Eso? Es una horca. Ya ha quitado la otra silla que estaba debajo para acercarla también al calor de la hornalla.

Muy buenas a todos! Este es la primera vez que me animo a hacer un post desde que tengo la cuenta y qué mejor intentarlo con el primer aniversario del fallecimiento de uno de los grandes de la literatura argentina. Él es Alberto Laiseca y su biografía la pueden leer del post: https://www.taringa.net/posts/arte/20095531/Un-ano-sin-Alberto-Laiseca.html?notification#comment-1669605 Por los comentarios de ese post fue que me decidí a publicar este post con un mensaje que me escribió Alberto Laiseca a mi Gmail el 31 de enero de 2010 en respuesta a un mail que yo primeramente le envié. Fue cuando yo tenía 10 u 11 años cuando lo conocí por la televisión, yo era un pendejito boludo que veía Cuentos de Terror por Isat y se re cagaba hasta las patas. Fue por él que empecé a amar el terror, a deleitarme con el miedo y a conocer decenas de autores del género. Y cuando llegué a los 17 años (año 2010), muy abrumado por cosas personales que me pasaban en mi familia, decidí enviarle, vaya a saber porqué, un mensaje a Alberto Laiseca (ni puta idea de dónde saqué su correo electrónico). No sé porqué hice eso, la verdad, la cosa es que yo no esperaba una respuesta ni mucho menos, ni siquiera estaba seguro de que era el correo correcto. Para mi sorpresa, unos días después, me respondió quien dijo ser su asistente comentándome que Alberto había tenido un accidente y se había lastimado la cadera, pero que ni bien se recuperara, le haría llegar mi mensaje. Yo loco de felicidad apretaba F5 cada 5 minutos durante unos días, hasta que llegó el tan esperado mensaje del Maestro: Buenos Aires, 31 de enero de 2010 Querido Camilo: En primer lugar quiero que sepas que te tomo muy en serio en TODO lo que me has escrito. Segundo: una forma tan intensa de sentir a la fuerza, oculta un enorme talento (esté o no desarrollado todavía). Quisiera decirte unas palabras de nuestro muy amado Edgar Allan Poe. Como sabrás él estaba casado con Virginia Clem, quien era una chica muy buena y bonita pero con cierta debilidad mental. Poe les tenía bastante miedo a las mujeres que pensaban (que son la mayoría, por supuesto). De modo que sólo podía ser feliz con esta chiquita, llena de amor y que no lo juzgaba. Cuando ella murió de tuberculosis al poeta se le terminó la vida. Ahora bien, amándola como la amaba (respecto a que la adoraba no cabe la menor duda), sin embargo necesitaba sacar afuera su "espíritu de la perversidad" (la frase es de Poe). Mató a Virginia en la ficción de las más espantosas maneras: la enterró viva varias veces, le arrancó todos los dientitos con una pinza larga ("treinta y dos piezas marfilinas", etc. En la vida real, en cambio, era el más amante esposo. A Virginia, ciertamente, la hizo muy feliz. Yo, por mi parte, soy un dictador frustrado y he debido recurrir a mis novelas para ser un poderoso monstruo. De tal manera, querido Camilo, te recomiendo hagas lo mismo. Sé que en parte ya lo estás haciendo. Te exhorto para que sigas por el camino del arte. Algún día, más adelante (cuando tu capacidad adquisitiva aumente), te irás a vivir solo (o con una Virginia que te guste mucho) y eso será un gran descanso para vos. En literatura no hay recetas. Sólo dos cosas: escribir más y vivir más. Si vivieses en Buenos Aires todo sería más fácil pues te invitaría a ser mi alumno. De todas maneras podés, cada tanto, mandarme algún escrito tuyo por e-mail. Un abrazo y no pierdas la brújula. Tu amigo el Conde Drácula Lai. No puedo expresar la felicidad que sentí al leer sus palabras. Desde ese momento, atesoro este mail como uno de los regalos más preciados. Para finalizar, les comparto un mensaje que aparece en la contraportada de su libro "Cuentos de Terror": "(...) ¿por qué seguimos leyendo (o pidiendo que nos lean) historias terroríficas? En primer lugar, porque nos divierten mucho. Todo lo que abre puertas gratifica. Pero hay todavía una razón más profunda; los monstruos existen en serio y todos los sabemos..."
Al morir, no dejaré más que una masa indómita de carne inútil, clara y vencida que pronto será unida en relación íntima con la naturaleza. No será una descomposición sino un enriquecimiento de lo natural. Pero mi alma, más vivaz y consciente que nunca ascenderá instantáneamente de su breve letargo, se separará para siempre de mi mortal coraza cárnea enterrada bajo seis pies cruzará la madera y la despedirá para siempre atravesará la porosidad entre los granos de limo y arena surcará las raíces de la hierba y las acariciará a cada paso Como quien se despierta en una mañana cálida desde la costa y divisa el mar presa de la satisfacción, mi alma recorrerá todo el espectro con sus ojos, con vivo entusiasmo e ilusión antes que nada, secará las lágrimas de mi madre, de mi padre, de mis hermanos y de mi hermana con una tonta soberbia y llena de esperanzas, rodeará con sus brazos los brazos de mis amigos y amigas y les dará un calor tan real que llegarán a sentirlo a viva piel y se preguntarán, desconcertados, sobre su origen. Se unirá a la vana pena del resto de mis familiares y conocidos y con los ojos abiertos y una mirada general prometerá con inocencia y sinceridad concretar algún día aquellos gestos de cariño Llenará de color, aunque nadie lo sepa, el pequeño recoveco en el que se encontrarán todos y los colores de mi alma contrastarán con dureza con la oscuridad de sus tristes ropajes Se alejará del grupo con solemnidad, sin quitarles los ojos de encima sonriendo con inocencia y dejando caer una lágrima que evidenciará su sensibilidad Con determinación caminará y caminará sin parar contemplará el paisaje no sentirá hambre ni cansancio saludará con jovialidad a otras almas tan bienaventuradas como ésta De día recibirá con regocijo los suaves rayos de sol y éstos acariciarán su piel De noche la luna y las estrellas le otorgarán su frescura y su luz, alumbrando un camino plateado No tendrá necesidad de apañarse del frío ni de socavarse por el calor De repente, sentirá que lo consumirá la ansiedad y, sin poder aguantar un minuto más, comenzará a correr Correrá progresivamente con más ligereza y más vitalidad que un niño dando sus primeros pasos rodeado de la admiración de sus padres No agachará la cabeza bajo ningún concepto ni claudicará Correrá muy deprisa, atravesará las paredes de las casas Repartirá serenidad en cada visita pues no quiere ser sólo un huésped entrometido Colmará de comida los platos Aprovisionará de pacifismo a los furiosos Otorgará amor a todo aquel corazón carenciado Al necesitado le dará esperanzas de igual manera que apaciguará al iracundo Silenciará los sufrimientos de todo macho y hembra Sólo será culpable de tornar en bellos resultados las empresas ajenas A los bebés y a los niños pequeños acunará cantando una canción o leyendo una prosa de Stevenson Se regocijará del encuentro con cada ser vivo Sentirá irrefrenables deseos de correr más deprisa Tendrá la necesidad de volar Y lo hará, correrá con tanto vigor que sus pies levantarán vuelo y se alejarán del asfalto Y sus brazos, antes flexionados, estarán extendidos y planearán con mucha eficacia Atravesará las nubes que no se darán por enteradas Fondeará las montañas, los bosques, los ríos, los lagos, los pantanos, los mares y los valles Cruzará las cúpulas de las iglesias, las antenas de teléfono y los edificios inteligentes Invadido por la ilusión, volará con más ligereza en contra y a favor de la migración de numerosas especies de aves Pasará a través de los glaciares y observará con curiosidad el exterior teñido de celeste Y, por fin, por Dios, al fin, llegará hasta tu cuarto donde te hallarás sollozando o dormida con los ojos hinchados y empapados Se acostará a tu lado, Te besará en la mejilla, Te dará un abrazo que durará por los siglos de los siglos, Llorará de felicidad al contemplar tu expresión tranquila y nefelibata Con la punta de sus dedos, rozará con dulzura tu tersa piel desde tu frente, pasando por tus mejillas, bordeando tu cuello, surcando tu cuerpo lozano No dejará de apreciarte con ojos maravillados Y en el momento de mayor sosiego, Con la mano aun posada sobre tu cintura, acercará lentamente sus labios a tu oído Y en un encanto sublime, te susurrará con infinito amor y dulzura: “Duerme, que nuestra vida apenas ha comenzado”.
Buenas a todos! El propósito de este post es difundir la obra más conocida de Jan Potocki llamada "Manuscrito Hallada en Zaragoza"; escrita en francés, se sitúa en tiempos de Felipe V, es decir, en la primera mitad del siglo XVIII. Una imaginación sin límites caracteriza el mundo de recursos de Potocki, volcado en una literatura plena de terror y fantasía. El conde polaco profetizó, con su vida y con su obra, la revolución romántica y las ideas liberales que sobrevendrían en Europa desde 1830. EL AUTOR Conde Jan Nepomucen Potocki de Piława (Pików, 8 de marzo de 1761 - Uladowka, 2 de diciembre de 1815) fue un noble, científico, historiador y novelista polaco, capitán de zapadores del Ejército Polaco. Perteneciente a una acaudalada familia de la más alta nobleza, el joven conde decidió conocer el mundo, para así satisfacer su afición. a los viajes, que iba unida a su vocación de historiador y de etnólogo. Potocki pasó por España, país que iba a atraerle más que ningún otro, y en el que reinaba el ilustrado Carlos III. La España que visitó Potocki era una España vivaz y pintoresca, rica en bandidos y contrabandistas, gitanos y mendigos, que vagabundeaban por los caminos y las ventas, pero rica también en artistas y en escritores, en nobles humanistas y científicos de renombre. Le atrajo sobre todo Andalucía, ese paraíso que no iba a tardar en convertirse en una de las metas obligadas de los viajeros románticos. Visitó Sevilla, Granada, Córdoba, recorrió los caminos y montañas de Sierra Morena, y estudió de cerca las costumbres de los gitanos y algo de su lengua. De esta frecuentación de los gitanos andaluces hay huellas en El manuscrito encontrado en Zaragoza LA OBRA Está construida según la técnica del relato enmarcado o mise en abyme, con historias dentro de historias que se ramifican y entremezclan. Para los que no conocen la mise en abyme, les cuento que es una técnica difundida en varias artes, por ejemplo en la pintura el Retrato de Giovanni Arnolfini y su esposa (1434) de Jan van Eyck encontramos un ejemplo de mise en abyme. El motivo de la obra aparece nuevamente en el espejo de la parte central, ampliada en la figura de abajo. La historia es un relato fantástico, pródigo en prodigios (aunque casi todos ellos acaban recibiendo una explicación racional). Estructurada en jornadas y ambientada en torno a 1715, su protagonista, Alfonso van Worden, es un oficial que atraviesa Sierra Morena en dirección a Madrid. En el camino, topa con todo tipo de personajes extraordinarios, todos ellos cuentan sus envolventes historias en torno a míticos lugares. A veces no les basta una sola jornada: el autor mezcla dos historias, las alterna y ambas avanzan con gran fuerza durante varios episodios. Se trata de una estructura laberíntica constante, de clima sorprendente. El autor trabajó en ella hasta completarla poco antes de su suicidio. SUICIDIO DE JAN POTOCKI Envejecido y desengañado, Jan Potocki se consagró al estudio, y sólo salía de su gabinete para ir a trabajar en la biblioteca de Krzemieniec. El 18 de junio de 1815, la jornada de Waterloo acabó definitivamente con el imperio napoleónico y con las ilusiones de los patriotas polacos de lograr una Polonia independiente y libre del dominio ruso. Aunque personalmente fiel a su protector el zar Alejandro, Potocki no dejaría de compartir los sentimientos de amargura de sus compatriotas, perdida toda esperanza de la restauración de Polonia. Aquejado de una fiebre maligna y de terribles dolores neurálgicos, su melancolía se exacerbó y acabó en neurastenia. Finalmente, el 2 de diciembre de aquel año, encerrado en su biblioteca, el conde Jan Potocki se suicidó de un pistoletazo en la cabeza con una bala de plata que él mismo había limado a partir del asa de un azucarero de plata, hasta tener el tamaño necesario para su pistola. Su final romántico en cierto modo contrasta con el progresista ilustrado dieciochesco que fue en su juventud. Para cerrar les comparto un fragmento de la obra (para mí la mejor parte del libro) relatada por Alberto Laiseca en su emblemático programa de cuentos de terror emitido por I-Sat. link: https://www.youtube.com/watch?v=KTZTmdoegYE Les prometo que el relato de Laiseca no los va a dejar indiferentes, es extraordinario. terriblemente extraordinario.