TIEMPO DE ESPERA O LA FINITUD DE JUSTO TREJO
Justo Trejo se movió inquieto en la silla y, sin desearlo, pateó la vieja pava tiznada que había depositado en el piso.
Se levantó. Fue hacia la puerta, la abrió y miró hacia el exterior. Vacío.
El camino, silencioso, continuaba solitario al costado de la casa. Lo vio perderse entre los cerros. Una de sus manos trepó hasta la cabeza y la rascó. Se había independizado del resto del cuerpo. Él ya no la sentía.
Se volvió y penetró en la casa. Una antigua zozobra conmovía su cuerpo. Deseaba correr, gritar, quemarse, saltar, decir: ¡Hola! ¡Soy yo! Quedarse quieto, inmóvil, relajado. Que el tiempo caminara sobre su cuerpo inerte mientras sus nervios lo pudieron soportar, para comenzar al cabo nuevamente.
Estaba esperando.
Se sentó en otra silla. Era un cambio, después de todo. Observó la habitación, registrando cada cosa; la cocina económica ahumada y grasienta, el piso de tierra, el mate sobre la mesa limpia, el almanaque… Una mujer casi desnuda como debía haber en la ciudad, en alguna lejana ciudad, pero que había ido amarilleándose, borrándosele la sonrisa que no podía adivinar a quién estaba dirigida y que ya le resultaba indiferente.
Se apoyó en el respaldo del nuevo asiento, cruzó los brazos, montó una pierna sobre la otra, se apretó, se acurrucó… y volvió a levantarse.
La espera. El lento gotear de segundos que no se ven mas se perciben creciendo, opresivos, volumenizándose en la habitación.
Caminar en círculos. Salir.
El silencio de la meseta. El cielo nublado parejo y la húmeda proximidad de la lluvia que se aplasta sobre los matorrales, que dobla el espinillo y comba los machines.
Aguardar. Cuando no hay relojes, no hay minutos, no hay fracciones que pasen; sólo tiempo abultándose, amenazador, sin dejar rastro de la impenetrable mudez de los cantos rodados y las legiones de ostras del Terciario que abandonó el mar al retirarse.
Alguien debía llegar, aun cuando él no supiera ni pudiera decir quién. Había tenido el día anterior el primer indicio; cuando las nubes fueron llegando, cargándose y la tierra adquirió ese tono pastoso.
Lo mismo ocurrió dos meses atrás, antes de que apareciera aquel hombre en el camino y le solicitara comida. O con mayor anterioridad, la ocasión en que otro vagabundo compartiera su techo, su alimento y una noche muy larga y muy fría. También había notado esas señales en ambas oportunidades. Recordó que el primero de ellos le había dicho que Dios no existía. Si lo sabía él. Él, que estaba allí desde que podía hacer memoria. Que no conocía otro paisaje más que aquel frígido y sordo de la chata y alta planicie. Que oía a sus palabras debatirse en los magros límites de cuatro paredes de adobe y reabsorberse en el callado ámbito inlímito de la estepa. Su vida era una súplica perennemente inaudible. ¡Vaya si lo sabía!
Contempló el fondo del sendero aún vacío y luego retornó al interior. Lo recibió una bocanada de aire tibio que estuvo a punto de recordarle algo completamente olvidado. Era un clima grato de calor y lo hacía sentirse acogido en un refugio. Aquella casa podía ser su refugio contra la espera, contra la arena cronológica que el viento amontonaba sin cesar a su alrededor.
Pero las cosas actualizaban siempre el temor. Como una mano incorpórea, modelando, presionando, resquebrajando. Hasta que un día los objetos, cual las piedras, se acaban, se parten, finalizan. Alcanzan su límite. Nada indica su proximidad. Sólo que al fin, una hora, un momento… y nada.
Exclusivamente él ha permanecido hasta ahora más que las cosas. La arenilla se ha ido y vuelto formando agujetas en las espiraladas rachas de ciclones. Las zarzas calcinadas rodaron más lejos con cada ráfaga de soplo sibilante. Él y la soledad no han logrado arrancarse al paisaje. Perviven. Sin razón.
Las nubes, que se han oscurecido y se agolpan, le obligan a reflexionar una vez más sobre que todo concluye. En distinto tiempo, fenece o cambia.
La luz de un relámpago viborea en el cielo. Nada se rebela. El todo se somete impotente. Ha golpeado, sobre el vidrio de la ventana, la primera gota de lluvia.
Trejo prepara el final de pie sobre una silla.
Uno, dos, tres mil líquidos dardos se aplacan contra el suelo de arcilla sedienta.
Repentinamente, nace un rápido chapoteo y alguien se detiene ante la puerta y araña o golpea como un perro cimarrón. Ante ese llamado no hay respuesta alguna. Ha expirado el plazo y los sonidos no deben ser escuchados. Silencio.
Al cabo, la puerta se abre finalmente y un hombre la trasciende. El desconocido se detiene un momento en el umbral. Hurga con la vista en el lugar, inicia un gesto de saludo, solicitud, aceptación y alborozo, ante la inclinación de cabeza con que es recibido. Luego, entra. Se acomoda en una de las sillas, junto al fuego que Trejo se ha apresurado a encender en la cocina y recién entonces da a conocer el timbre de su voz al preguntar.
- ¿Y eso? – señalando el techo.
Trejo se vuelve, levanta la cabeza, mira y responde lentamente.
- ¡Ah! ¿Eso? Es una horca.
Ya ha quitado la otra silla que estaba debajo para acercarla también al calor de la hornalla.
Justo Trejo se movió inquieto en la silla y, sin desearlo, pateó la vieja pava tiznada que había depositado en el piso.
Se levantó. Fue hacia la puerta, la abrió y miró hacia el exterior. Vacío.
El camino, silencioso, continuaba solitario al costado de la casa. Lo vio perderse entre los cerros. Una de sus manos trepó hasta la cabeza y la rascó. Se había independizado del resto del cuerpo. Él ya no la sentía.
Se volvió y penetró en la casa. Una antigua zozobra conmovía su cuerpo. Deseaba correr, gritar, quemarse, saltar, decir: ¡Hola! ¡Soy yo! Quedarse quieto, inmóvil, relajado. Que el tiempo caminara sobre su cuerpo inerte mientras sus nervios lo pudieron soportar, para comenzar al cabo nuevamente.
Estaba esperando.
Se sentó en otra silla. Era un cambio, después de todo. Observó la habitación, registrando cada cosa; la cocina económica ahumada y grasienta, el piso de tierra, el mate sobre la mesa limpia, el almanaque… Una mujer casi desnuda como debía haber en la ciudad, en alguna lejana ciudad, pero que había ido amarilleándose, borrándosele la sonrisa que no podía adivinar a quién estaba dirigida y que ya le resultaba indiferente.
Se apoyó en el respaldo del nuevo asiento, cruzó los brazos, montó una pierna sobre la otra, se apretó, se acurrucó… y volvió a levantarse.
La espera. El lento gotear de segundos que no se ven mas se perciben creciendo, opresivos, volumenizándose en la habitación.
Caminar en círculos. Salir.
El silencio de la meseta. El cielo nublado parejo y la húmeda proximidad de la lluvia que se aplasta sobre los matorrales, que dobla el espinillo y comba los machines.
Aguardar. Cuando no hay relojes, no hay minutos, no hay fracciones que pasen; sólo tiempo abultándose, amenazador, sin dejar rastro de la impenetrable mudez de los cantos rodados y las legiones de ostras del Terciario que abandonó el mar al retirarse.
Alguien debía llegar, aun cuando él no supiera ni pudiera decir quién. Había tenido el día anterior el primer indicio; cuando las nubes fueron llegando, cargándose y la tierra adquirió ese tono pastoso.
Lo mismo ocurrió dos meses atrás, antes de que apareciera aquel hombre en el camino y le solicitara comida. O con mayor anterioridad, la ocasión en que otro vagabundo compartiera su techo, su alimento y una noche muy larga y muy fría. También había notado esas señales en ambas oportunidades. Recordó que el primero de ellos le había dicho que Dios no existía. Si lo sabía él. Él, que estaba allí desde que podía hacer memoria. Que no conocía otro paisaje más que aquel frígido y sordo de la chata y alta planicie. Que oía a sus palabras debatirse en los magros límites de cuatro paredes de adobe y reabsorberse en el callado ámbito inlímito de la estepa. Su vida era una súplica perennemente inaudible. ¡Vaya si lo sabía!
Contempló el fondo del sendero aún vacío y luego retornó al interior. Lo recibió una bocanada de aire tibio que estuvo a punto de recordarle algo completamente olvidado. Era un clima grato de calor y lo hacía sentirse acogido en un refugio. Aquella casa podía ser su refugio contra la espera, contra la arena cronológica que el viento amontonaba sin cesar a su alrededor.
Pero las cosas actualizaban siempre el temor. Como una mano incorpórea, modelando, presionando, resquebrajando. Hasta que un día los objetos, cual las piedras, se acaban, se parten, finalizan. Alcanzan su límite. Nada indica su proximidad. Sólo que al fin, una hora, un momento… y nada.
Exclusivamente él ha permanecido hasta ahora más que las cosas. La arenilla se ha ido y vuelto formando agujetas en las espiraladas rachas de ciclones. Las zarzas calcinadas rodaron más lejos con cada ráfaga de soplo sibilante. Él y la soledad no han logrado arrancarse al paisaje. Perviven. Sin razón.
Las nubes, que se han oscurecido y se agolpan, le obligan a reflexionar una vez más sobre que todo concluye. En distinto tiempo, fenece o cambia.
La luz de un relámpago viborea en el cielo. Nada se rebela. El todo se somete impotente. Ha golpeado, sobre el vidrio de la ventana, la primera gota de lluvia.
Trejo prepara el final de pie sobre una silla.
Uno, dos, tres mil líquidos dardos se aplacan contra el suelo de arcilla sedienta.
Repentinamente, nace un rápido chapoteo y alguien se detiene ante la puerta y araña o golpea como un perro cimarrón. Ante ese llamado no hay respuesta alguna. Ha expirado el plazo y los sonidos no deben ser escuchados. Silencio.
Al cabo, la puerta se abre finalmente y un hombre la trasciende. El desconocido se detiene un momento en el umbral. Hurga con la vista en el lugar, inicia un gesto de saludo, solicitud, aceptación y alborozo, ante la inclinación de cabeza con que es recibido. Luego, entra. Se acomoda en una de las sillas, junto al fuego que Trejo se ha apresurado a encender en la cocina y recién entonces da a conocer el timbre de su voz al preguntar.
- ¿Y eso? – señalando el techo.
Trejo se vuelve, levanta la cabeza, mira y responde lentamente.
- ¡Ah! ¿Eso? Es una horca.
Ya ha quitado la otra silla que estaba debajo para acercarla también al calor de la hornalla.