BelquisMaso
Usuario (Uruguay)
Porque muero y muero no ya de ausencias, soledades y tristeza. no porque magulle mi carne con mis dientes no porque mis neuróticas voces me hayan enloquecido no porque sea la incomprensión de la comprensión no porque me sigo escondiendo bajo cualquier techo no porque los sentimientos los dejé en un pasado no porque no soy la de un ayer que nunca fue fresca Porque muero y muero es porque asistí a tu nacimiento y no lo olvido es porque tu risa aun me lleva al viento es porque tu voz susurra en mis adentros es porque tu cuerpo es mi caricia de luna es porque tus ojos verdes me miran con luz es porque temprano jugamos los dos a estar vivo es porque nunca mis ojos verán el olvido es porque te amo y no estás HOY.
Déjame sentir que estoy viva, que una ola de mar y una tierra verde sea un espacio que suspende mi cuerpo. Que el herrumbre de un hachazo no se quedó con mi inocencia. Que el ayer fue la voz que me llevó al olvido del dolor. Déjame sentir: que aún mis manos pueden alcanzar mi horizonte; que mis pies caminen sin mordeduras de serpientes; que mis nervios, músculos, y sangre latan en mi frente; que mis ojos se abran a la magia de la alquimia; que mis lágrimas le lloren al dolor y al amor; que un suspiro me levante al Cielo; que la luna sea el reflejo de mi espejo; que la homicida no me lleve despacio. Déjame ser la creación de una Creación.
Me araña el mundo en mi pecho, y las lágrimas que brotan de mi piel son sales que lamen mis heridas. Juego con dardos como aguijón en mis dedos. Sale mi sangre que recorre mi memoria; suspiros de lamentos que se convierten en voz: Dolor Por mis manos discurre la arena convertida en tiempos de ausencias y abandonos. Espejo me devuelve sombras chinescas que se burlan de lo que fui y soy. No soy nada. Tristeza que hace muecas a la alegría. Escarnio de un pasado que se hizo vida. Agujeros en una tela de lino gastada. Balbuceos que nombran al amor. Dios, hizo a un lado su cabeza y sus ojos no me alcanzan. Una nube imprecisa en su color cegó mis ojos y los Suyos. La oscuridad. No soy nada.
Me acompaña truenos de soledades y sangre. Voces a mí alrededor gritan mi dolor: NADA Una ira que no es de Dios me devuelve el llanto. Mi grito es un rayo que devora mi risa. Mi casa es fuego de avalanchas de odios. Mi cama es la indiferencia del amor: NADA Hoy quiero hacer mi testamento y mi lápida, y en ella: ahora que estamos solos, el amor, el dolor, y yo. Mis ojos miran y me miran: NADA Camino a la muerte como ella me camina a mí; no sé quién se adelantará primero. Se esfuman las sombras de un pasado y un dedo imborrable señala: NADA El mañana es una esperanza que se quedó sin tiempos; una mueca que se atormente en su propia imagen. El camino se hizo llaga en mis pies, y se bifurca en la obscuridad y la NADA. El adiós es semilla plantada. No lo digo. Un recuerdo de amor gotea lágrimas para esta NADA que soy y que es una despedida.
Te tragó la obscuridad de la noche. No estás Tu voz se hizo ecos de olvidos. No estás. Tu cuerpo es fluido que corre. No estás. Tu fantasma alcanzó el día. No estás. Tu casa un espejismo de sombras. No estás. Tu palabra un vacío que llama al recuerdo. No estás. Tu alma un vomito de sangre. No estás. Tu verso hirió a la poesía. No estás. No estás porque te maté anoche.
Cuando he dejado de verte he dejado de escribir. ¿Y si te bajara la LUNA en una NUBE AZUL ?... ¿Y si tu ALMA fuera más profunda que mi VERSO? ¿Y si el MAR dejara de ser MAR porque son tus OJOS?... ¿Y si tú fueras la LUZ del SOL?... ¿Y si la ROSA perdiera sus pétalos por TI?... ¿Y si tú fueras el AIRE que acaricias?... ¿Y si hiciste tuyo los colores del ARCO IRIS? ¿Y si eres la frescura de la LLUVIA? ¿Y si tienes la BONDAD de la TIERRA?... ¿Y si tu ESPÍRITU es un SABIO DE INTELIGENCIAS? ¿ Y si tú eres más? …porque eres: ¡AMOR!
Lloraron los libros. Lloré yo. La luz blanca de una biblioteca se hizo penumbra al sentir tu ausencia. La tipografía negra sobre el papel blanco jugó con lágrimas con humildad de huérfanos. Tu presencia alada aparece en instantes de gemidos que me dicen que no te has ido. Susurro de abejas fueron tus pasos; susurro tus bondades que guardaron silencio. Vida la tuya que no refleja tiempos. Te eternizamos todos cuando tu mano agigantó corazones que dijeron al viento tu nombre. Yo, espero que vuelvas y la puerta que llega a mí sean sonidos de colores y cristal. Hoy dormirás en el manto de los dioses y sólo estrellas y soles a tu lado estarán. Yo, sigo esperando que tú vuelvas.
Sombras Me araña el mundo en mi pecho, y las lágrimas que brotan de mi piel son sales que lamen mis heridas. Juego con dardos como aguijón en mis dedos. Sale mi sangre que recorre mi memoria; suspiros de lamentos que se convierten en voz: Dolor Por mis manos discurre la arena convertida en tiempos de ausencias y abandonos. Espejo me devuelve sombras chinescas que se burlan de lo que fui y soy. No soy nada. Tristeza que hace muecas a la alegría. Escarnio de un pasado que se hizo vida. Agujeros en una tela de lino gastada. Balbuceos que nombran al amor. Dios, hizo a un lado su cabeza y sus ojos no me alcanzan. Una nube imprecisa en su color cegó mis ojos y los Suyos. La oscuridad. No soy nada.
Todos los días lo mismo. Mi tía me dice que tengo que acompañar a Pepa, todos los días acompañarla a darse una inyección que oigo decir que es de vida o muerte. A las cinco de la mañana vamos, yo delante y ella atrás con su mano sobre mi hombro, como si eso aligerara su cuerpo que parece haberse inflado más y más… cada año desde que nació. Porque el que le pincha el brazo tiene que ser Avelino, es el que me pincha a mí cuando me enfermo, y a mi tía y a mi abuela y a toda mi familia, y también a toda la gente que conozco. Todos dicen –sobre todo mi abuela, que no se cansa de repetirlo-: “¡Qué mano la de ese hombre!” Pero el problema de la levantada tan temprano es que Avelino ya no vive más en el barrio; se mudó a unas quince cuadras, y tenemos que caminar más lento que las tortugas por eso de Pepa de haberse inflado tanto. Tenemos que llegar antes que él se vaya para el trabajo. Dice mi tía que yo le debo mucho a Pepa porque Juan, el esposo de Pepa, cuando la rabieta se me subía hasta la cabeza y hasta quedar con los ojos de sapo, él me subía en su jeep y me decía que íbamos a buscar a mi mamá. Sí, yo gritaba mucho desde el día que no vi más a mi mamá escondida debajo de la mesa de la cocina, y Juan era él único que me sacaba, porque se enteraba cuando mis gritos se colaban en su casa. Su casa estaba al lado de la de mi tía. Mi abuela le decía: “déjela, Juan, que son puras rabietas que con el tiempo se cansa”, y yo solo quería volver con mi mamá. Lo que no entiendo mucho es porqué el agradecimiento tiene que llegar hasta Pepa –digo yo-, porque el agradecimiento es para Juan. Y Juan está en la capital, haciéndose ver por los médicos con su hija Rosa. Rosa es su única hija. La casa de Pepa es grande, me da miedo. Aunque apenas he llegado a la cocina, la luz no me ayuda a ver todo lo grande que es. Si Pepa prende una –dicen mi tía y mi abuela que Pepa es más que ahorrativa-, queda mucho espacio oscuro, tan oscuro como el cielo de tormenta que esconde las estrellas y la luna. Mi abuela dice, cuando ve el cielo así: “va a llover”, y yo digo que las estrellas y la luna se esconden porque querrán dormir. Los vecinos y mi abuela y mi tía hablan de Pepa, de Juan y de Rosa que ellos no permiten que nadie entre a su casa; cuando les tocan a la puerta, la entrejuntan, asoman la cabeza y así hablan: ellos con la cabeza salida para afuera, y los otros con las cabezas y el cuerpo parado en la acera. Las vecinas que visitan la casa de mi tía me preguntan sobre la casa, y yo les digo que es como otra cualquiera, y se miran y hablan de que deben tener mucho dinero escondido y tienen miedo a que se lo roben. Entonces yo les digo que lo que pasa es que por la noche los cuadros de la familia de Pepa y Juan, que tienen colgados en la pared, se convierten en fantasmas, y que además sale un hombre que Pepa lo llama “el hombre del sombrerón”, y que Pepa y él hablan durante mucho rato con palabras que no se les pueden entender. Además les digo que a mí me está gustando estar allí, que a lo mejor algún día “el hombre del sombrerón” habla conmigo y me hace entender las palabras extrañas. Entonces la voz de mi abuela y mi tía se unen para decir un: “cállate, muchacha, déjate de tantas sandeces”. A las vecinas se les saltan los ojos como para alcanzarme y matarme. Pero dejan de preguntar. Pero de lo que más hablan es de la soltería de Rosa, y de una amiga que todas las tardes la visita, y dicen: “juy, esa amistad a mi no me gusta”. Como si la soltería de Rosa no fuera igual a la de Narcisa, la hermana de mi abuela, que tiene ochenta años y la llaman “señorita Narcisa”. Será porque Narcisa se pasa todo el día en la iglesia, y a Rosa la visita sólo esa amiga también soltera como ella. A Narcisa la llaman en el pueblo “la mano derecha del cura”. Lo que menos me mortifica es tener que levantarme temprano o que Pepa me haga quitar los zapatos para entrar a la casa; total, a mí me gusta andar descalza y que me haga entrar por un costado de la sala. Ella me dice que es para que no marque los pies; la cosa es que a mí siempre se me olvida y Pepa siempre me lo recuerda. Lo que sí me parece raro, pero no lo digo, es que todas las noches me lleve por el pasillo a la otra entrada de la casa, y me haga orinar en una lata. Dice que es para que no ensucie el baño. Por eso de Pepa y Juan de bañarse en el pasillo, me dieron una paliza, porque yo me encaramaba a la ventana de mi casa que da al pasillo, todos los días a las cinco –a la misma hora que Pepa me hacía levantar pero por la tarde- El chorro de agua resbalaba por los cuerpos de Pepa y Juan, que la cogían de un latón enorme con un jarro grande, porque para mojar esos dos cuerpos todo tenía que ser grande. Yo había visto a mi tía desnuda, pero no me llamaba la atención, y el cuerpo de Pepa sí. Los bultos del pecho tenían el tamaño de las alforjas de mi abuelo cuando venían bien cargadas de la finca de mi tío Pedro, pero creo que eran más grandes porque tapaban el ombligo. Lo bueno venía cuando las iba a enjuagar: Juan tenía que sostener los bultos, y los levantaba tanto que daba la idea de que en cualquier momento iban a caer sobre la espalda. Como Pepa tenía un brazo enfermo, Juan tenía que hacerse cargo de las alforjas hasta que desapareciera el jabón. Esto duró hasta que Pepa le dio por mirar por la ventana. Ahora el pobre Juan ya no tendrá ese problema, porque los bultos dicen que no están más. Tampoco yo ya no puedo mirar por la ventana. No sé cuando los médicos van a terminar de curar a Juan para que Rosa y él se vengan con Pepa. Las fotos de Rosa, Juan y toda su familia son como mi tía y mi abuela, como si fueran de la familia. De ahí creo yo que me viene eso de hacer rostros con los ojos cerrados. A la verdad que el agradecimiento se me está haciendo muy largo y ancho, como Pepa y Juan juntos. Hace siete días que a partir de las ocho de la noche miro el techo por la luz de la luna que entra por las rendijas de la ventana pensando que el sueño venga, por eso de levantarme a las cinco de la mañana.
Tres días, tres días en casa nueva. Tres días también en el pasillo de un hospital haciéndole surcos a sus pisos verdes. Ojos asustados miraban seguido a través de un vidrio, y sus cuerpos saltaban como latían sus corazones. Tres días estaba Trina conectada a la vida por un tubo. Trinidad Cantaclaro, y Jesús Atenido habían aprovechado la oportunidad de una ventajosa permuta a una casa hacía tres días atrás; dejando las incomodidades de su reducido apartamento de una sola habitación. Donde Trina tenía que dormir con ellos, al fin la niña podía tener la de ella propia. Pero con el cambio se trajeron también el dolor. Las palabras frías de los médicos acompañadas de un “milagro de Dios” desolaron sus almas. Los dos eran profesores de la Facultad de Ciencias. Todo acto en sus vidas había pasado por la lógica y el razonamiento. Pero esta enfermedad repentina de su hijita la cual la ciencia desconocía, y todo parecía ser una espera hacia la muerte. La desesperación de los dos hacía que sus mentes pensarán en otros caminos. Trinidad se acordó de su prima que impartía Arte afrocubano en la Facultad de Humanidades, y era una estudiosa y fiel creyente en esas religiones. Además conocía a las personas que mejor la practicaban en todo el país. A, Jesús Atenido, no le hizo mucha gracia la idea pero se dejó arrastrar por su mujer llevado por el dolor y la desesperación. -Ustedes, hace tres días, no´más que se mudaron para esa casa. Pero, antes había que hacerle una limpieza. Y, un temblor fuerte sacudió todo su cuerpo, su lengua se le trababa en cada palabra que decía, haciendo casi ininteligible lo que decía. Llamó, a uno que andaba por ahí cerca, y le pidió que le encendiera un tabaco, y empezó a echar bocanadas de humo sin parar hasta convertir la habitación en un nube sola que apenas se podían distinguir los rostros. Acto seguido bebió de un vaso un sorbo de aguardiente que tenía a mano. Y, siguió sacudiéndose y hablando como si no fuera él. Después se estremeció como si lo hubiera agarrado un ciclón, pasó las manos por todo su cuerpo que luego extendió en una sacudida hacia la puerta del cuarto. Se sentó serenamente, recobró su voz nuevamente. Qué es eso –preguntó Trinidad Pue, una limpieza se va al lugar que está maldecio, y con mucha hierba y un gallo lo pasamos por todos los rincones, y por las personas que viven allí. Y, después se mata al gallo pa Eleguá – dijo el Babalao. Pero la niña está en Terapia Intensiva, cómo le vamos hacer todo eso – pregunta Jesús Atenido. A las doce de la noche de hoy, uste va que no va ver nadie, y se lo va a hacer todito -le respondió éste como dando por terminado la consulta. Doce de la noche por el pasillo del Hospital, Trinidad y Jesús, no ven un alma. Entran a donde está la niña, y tampoco, parecía que todo el mundo de pronto había desaparecido. Hacen el ritual, tal cual, como lo dijo el santero, y se van sin ser molestados por nadie. Ahora, viene lo más difícil para la mente de Trinidad y Jesús Atenido por qué hay que limpiar la casa. Esto habría que averiguarlo en el barrio con los vecinos de toda una vida. Qué historia es esta? Jesús – le llama la atención Trinidad, has visto a la vecina del frente, la que cuando nos mudamos vino a saludarnos, y a decirnos que ella estaba para lo que la necesitáramos; creo que me dijo que se llama Fefa, o le dicen Fefa. Con ella podemos saber bien la historia de la casa porque si mal no recuerdo me dijo que ella había nacido y criado en ese barrio hasta ahora. Mejor que ella nadie. Tú crees? – tú, siempre tan descreído. -Fefa, disculpe. -Dígame, Trinidad. A propósito le iba a preguntar por su niñita. Pero no quería ser indiscreta en estos momentos tan duros para ustedes. -Fefa, está mal. Pero, yo, quería preguntarle algo sobre la casa. Quién vivió en ella, antes que nosotros. -Lo siento, mi hijita. Es una historia, yo la viví. Pero no le dije nada porque no sabía si ustedes creían en esas cosas o no. Esa casa era del señor Melgarejo Regueiro, y él se la dejó a su hijo pero este nunca la vivió. Hasta que la permutó con ustedes. Yo, atendí a Melgarejo hasta la mismísima hora de su muerte. Le llevaba, la comida, todos los días, ¡ay! mi hijita, que paciencia había que tener; era como si se le hubiera metido el demonio. Se la había cogido con el mundo como si la gente le hubiera echado su enfermedad. Se fue apagando como una vela. -Y, de qué murió, Fefa? -Dicen, que estaba tuberculoso. Cuentan que en su juventud siempre andaba de juerga con mujeres y que le daba a la bebida como una esponja. Yo, digo que son cosas de Dios, Él nos trae, y Él nos lleva. -Fefa, y cuál era su cuarto? -El primero, ese que está frente a la sala. - Sabe, Fefa, que ese es el de mi niña. - Santificado sea el Señor. Busqué, a alguien, señora, aunque usted no crea para que aleje el espíritu de Melgarejo que el pobre no tiene paz, y anda en la tierra todavía echando culpas. Al otro día después del ritual, parecía cosa del Diablo, la niña, estaba sentada en la cama sonriendo como si nada le hubiera pasado. Los médicos asombrados. Los padres se miraron como si supieran porque se había curado la niña. Ahora, la casa está limpia.