Abrí los ojos, en un sobresalto. El precipicio del que estaba cayendo se esfumó, y volví a estar sentada en un pasillo blanco, con sillas negras en hilera. La televisión encendida apenas aportaba un poco de color y movimiento, un rumor de fondo. Me había quedado dormida en la espera. Miré a mi derecha. La puerta de terapia intensiva continuaba cerrada, inmóvil, intacta, silenciosa. Más bien, el ambiente era todo lo contrario a lo que había sido mi sueño. Un sueño dinámico, hiperquinético, en el que había estado a punto de morir. Sin embargo, la muerte sólo implicaba despertar y volver a la realidad. Una realidad que no me resultaba interesante en lo más mínimo.
De pronto, se abrió la puerta y un doctor me anunció con la típica tranquilidad que buscaba transmitirme que podía pasar a visitar al paciente. Esto me movilizó, y me invadió la felicidad e ilusión con la que un nene espera a Papá Noel. No era un hospital común y corriente, ni el paciente era una persona, ni tenía una enfermedad normal. El enfermo había sufrido varios cortes en varias partes de su diminuta figura, cortes provocados por un arma desconocida. Cortes pequeños en apariencia, pero profundos, que habían terminado por atravesarlo de frente a espalda, y dejarlo totalmente inconsciente.
El paciente era mi amigo, mi compañero de años, que poco a poco me enseñó su idioma y aprendí a escucharlo y entenderlo. Me habló de los dolores que iba sintiendo, pero ni él ni yo jamás sospechamos un final tan trágico. Ni siquiera es que el último corte haya sido más profundo o más intenso o más intencional. En realidad, ninguno fue intencional. Pero sí había sido el que faltaba para desmayarlo. En ese momento en que se desmoronó, no supe bien que hacer, más que llorar desesperada, creyendo que no podría recuperarlo, y entonces encontré valor y sensatez suficientes para cargarlo y llevarlo rápidamente al hospital.
En el transcurso de la semana que llevaba internado, había presentado varias mejorías y recaídas, sin siquiera abrir los ojos. Por momentos, hasta parecía fuerte para recibir el alta, pero no reaccionaba, lo que generaba desconfianza en los médicos, que decidieron dejarlo en observación. Fue la mejor decisión que pudieron haber tomado, ya que volvían a desaparecer los signos vitales al cabo de un par de días. Permanecí a su lado toda la semana, con sueño agitado y hambre imperceptible. Más bien, comía casi por costumbre y dormía por obligación. Esperaba con ansiedad el momento en que despertara.
Entré a la habitación, y me miró con los ojos más tristes que vi en mi vida, pero felices.
- No me abandonaste, creí que no me esperarías.
- Cómo podría? Estos días no fui más que un ser vivo, no tuve rasgos de humanidad, no tuve sensibilidad.. me hacés mucha falta, no puedo ser la de siempre sin vos. - Sonrió con suavidad y apretó mi mano con fuerza.
- Soy muy frágil, no? Más de lo que pensaba. - dijo, mientras algunas lágrimas caían por sus mejillas.
- No, no lo sos. Lo serías si te hubieras dado por vencido, pero todavía tenés fuerza para vivir, vos sos el único que traduce mis sentimientos, me das sensibilidad, sin vos no puedo ser más que un robot. No supe entender por qué te dolían tanto algunas cosas, y en realidad lo que hacías era defenderme a mi, a mis emociones! Fui tan estúpida que creí que me debilitabas, cuando vos eras lo que me defendía del dolor, vos me explicaste mis propias necesidades y yo no te supe cuidar. Por favor, perdoname.
Su sonrisa volvió, humildemente, y me la supo contagiar. Era ese vínculo que nos unía lo que nos transmitía todo el tiempo las emociones del otro, los sentimientos, las alegrías y los dolores. Entonces, sentí nostalgia por nuestras antiguas conversaciones y sentí la necesidad de pedirle que volviera a mi pecho para discutir algunas cuestiones y seguir nuestro camino. Pero en su mirada vi que todavía estaba débil, que sobreviviría, pero permanecería en ese silencio hospitalario un tiempo más, entre el aroma a remedio y sábanas limpias, comiendo liviano, mientras se fortalecía de nuevo. Se me escaparon esta vez a mi las lágrimas, pero unas lágrimas pacíficas, de ansiedad y espera, de dejar que transcurra el tiempo. Lo abracé con la suavidad que exigen los aparatos que controlaban sus signos vitales, y le prometí con todas mis fuerzas de ser humano con sentimientos suspendidos que no me movería del hospital si no era con su compañía y sus tiernos consejos al oído.
- Yo tampoco te voy a abandonar, Caro. Todavía tenés mucho por delante, como para vivir sin amor, sin pasión, sin sentimientos. Sin corazón.
Sonreí, abandoné la habitación para dejarlo descansar. Me saludó con debilidad y fuerza a la vez. Lo observé por un momento, reflexiva, hasta que un enfermero me pidió con cortesía que saliera de la habitación.
Volví a sentarme en el mismo lugar, y apoyé la mano derecha en mi pecho. Se sentía vacío, sin la presencia de mi amigo de toda la vida. Sin embargo, sabía que pronto volvería, cuando recuperara su fuerza y pasión por la vida, su amor por el amor mismo, su sonrisa constante, su fe en la magia. Apoyé la cabeza contra la pared, y cerré los ojos. Mi corazón tenía razón.
Todavía era joven para vivir sin corazón.
LadyCaroline.
De pronto, se abrió la puerta y un doctor me anunció con la típica tranquilidad que buscaba transmitirme que podía pasar a visitar al paciente. Esto me movilizó, y me invadió la felicidad e ilusión con la que un nene espera a Papá Noel. No era un hospital común y corriente, ni el paciente era una persona, ni tenía una enfermedad normal. El enfermo había sufrido varios cortes en varias partes de su diminuta figura, cortes provocados por un arma desconocida. Cortes pequeños en apariencia, pero profundos, que habían terminado por atravesarlo de frente a espalda, y dejarlo totalmente inconsciente.
El paciente era mi amigo, mi compañero de años, que poco a poco me enseñó su idioma y aprendí a escucharlo y entenderlo. Me habló de los dolores que iba sintiendo, pero ni él ni yo jamás sospechamos un final tan trágico. Ni siquiera es que el último corte haya sido más profundo o más intenso o más intencional. En realidad, ninguno fue intencional. Pero sí había sido el que faltaba para desmayarlo. En ese momento en que se desmoronó, no supe bien que hacer, más que llorar desesperada, creyendo que no podría recuperarlo, y entonces encontré valor y sensatez suficientes para cargarlo y llevarlo rápidamente al hospital.
En el transcurso de la semana que llevaba internado, había presentado varias mejorías y recaídas, sin siquiera abrir los ojos. Por momentos, hasta parecía fuerte para recibir el alta, pero no reaccionaba, lo que generaba desconfianza en los médicos, que decidieron dejarlo en observación. Fue la mejor decisión que pudieron haber tomado, ya que volvían a desaparecer los signos vitales al cabo de un par de días. Permanecí a su lado toda la semana, con sueño agitado y hambre imperceptible. Más bien, comía casi por costumbre y dormía por obligación. Esperaba con ansiedad el momento en que despertara.
Entré a la habitación, y me miró con los ojos más tristes que vi en mi vida, pero felices.
- No me abandonaste, creí que no me esperarías.
- Cómo podría? Estos días no fui más que un ser vivo, no tuve rasgos de humanidad, no tuve sensibilidad.. me hacés mucha falta, no puedo ser la de siempre sin vos. - Sonrió con suavidad y apretó mi mano con fuerza.
- Soy muy frágil, no? Más de lo que pensaba. - dijo, mientras algunas lágrimas caían por sus mejillas.
- No, no lo sos. Lo serías si te hubieras dado por vencido, pero todavía tenés fuerza para vivir, vos sos el único que traduce mis sentimientos, me das sensibilidad, sin vos no puedo ser más que un robot. No supe entender por qué te dolían tanto algunas cosas, y en realidad lo que hacías era defenderme a mi, a mis emociones! Fui tan estúpida que creí que me debilitabas, cuando vos eras lo que me defendía del dolor, vos me explicaste mis propias necesidades y yo no te supe cuidar. Por favor, perdoname.
Su sonrisa volvió, humildemente, y me la supo contagiar. Era ese vínculo que nos unía lo que nos transmitía todo el tiempo las emociones del otro, los sentimientos, las alegrías y los dolores. Entonces, sentí nostalgia por nuestras antiguas conversaciones y sentí la necesidad de pedirle que volviera a mi pecho para discutir algunas cuestiones y seguir nuestro camino. Pero en su mirada vi que todavía estaba débil, que sobreviviría, pero permanecería en ese silencio hospitalario un tiempo más, entre el aroma a remedio y sábanas limpias, comiendo liviano, mientras se fortalecía de nuevo. Se me escaparon esta vez a mi las lágrimas, pero unas lágrimas pacíficas, de ansiedad y espera, de dejar que transcurra el tiempo. Lo abracé con la suavidad que exigen los aparatos que controlaban sus signos vitales, y le prometí con todas mis fuerzas de ser humano con sentimientos suspendidos que no me movería del hospital si no era con su compañía y sus tiernos consejos al oído.
- Yo tampoco te voy a abandonar, Caro. Todavía tenés mucho por delante, como para vivir sin amor, sin pasión, sin sentimientos. Sin corazón.
Sonreí, abandoné la habitación para dejarlo descansar. Me saludó con debilidad y fuerza a la vez. Lo observé por un momento, reflexiva, hasta que un enfermero me pidió con cortesía que saliera de la habitación.
Volví a sentarme en el mismo lugar, y apoyé la mano derecha en mi pecho. Se sentía vacío, sin la presencia de mi amigo de toda la vida. Sin embargo, sabía que pronto volvería, cuando recuperara su fuerza y pasión por la vida, su amor por el amor mismo, su sonrisa constante, su fe en la magia. Apoyé la cabeza contra la pared, y cerré los ojos. Mi corazón tenía razón.
Todavía era joven para vivir sin corazón.
LadyCaroline.