
(¯`•._.•[ Hector Hugh Munro "Saki" ]•._.•´¯)

(¯`•._.•[ 1870 - 1916 ]•._.•´¯)

De las dos partes en las que se encontraban divididos los baños turcos, Clovis se hallaba sentado en la que más calor hacía, alternando momentos de una inmovilidad absoluta durante los cuales parecía una estatua con otros de frenética actividad en los que se dedicaba a escribir con una estilográfica en las páginas de un pequeño cuaderno.
—No se te ocurra interrumpirme con tus típicas impertinencias —le advirtió a Bertie van Tahn cuando éste se dejó caer blandamente en una silla cercana y miró a Clovis dando muestras evidentes de querer entablar conversación—. Estoy muy ocupado escribiendo unos versos inmortales.
Bertie pareció interesado.
—¿Sabes una cosa? —dijo con un tono cargado de ironía—. Si algún día te conviertes de veras en un poeta famoso, tal y como estás ahora, casi desnudo, podrías llegar a ser una ayuda inestimable para cualquier retratista actual. Y si por cualquier motivo a dicho artista le prohibiesen exponer un comprometedor retrato tuyo titulado, por ejemplo, «Mr. Clovis Sangrail trabajando desnudo en la redacción de su último poema», espero, por el bien del Arte, que al menos pueda contar contigo para los bocetos de algún cuadro que podría llevar por título, por ejemplo, «Orfeo desnudo paseando por Jermyn Street». ¿Qué te parece? Los artistas actuales están siempre quejándose de que las ropas modernas les impiden estudiar con detalle el cuerpo humano. Pero tú, en cambio, con tan sólo una toalla y una estilográfica encima… Bueno, podrías resultarles de gran ayuda, ¿no crees?
—En realidad la responsable de que yo esté escribiendo esto no es otra que Mrs. Packletide —dijo Clovis sin hacer el menor caso de aquella especie de camino hacia la fama que Bertie van Tahn le mostraba—. Verás, a Loona Bimberton le publicaron un poema titulado «Oda al Amanecer» en New Infancy, una revista literaria que ha empezado a editarse hace muy poco. Cuando leyó el poema, Mrs. Packletide le dijo a Loona: «Te felicito por tu poema, querida. Aunque, desde luego, cualquiera hubiera sido capaz de escribir un poema como ése, sólo a ti se te hubiera ocurrido enviarlo a una revista como ésa». Loona le replicó que escribir un poema es algo extremadamente difícil, con lo que parecía dar a entender que en realidad la poesía es un terreno reservado tan sólo para unos pocos elegidos. Así que, en fin, como Mrs. Packletide se ha portado bien conmigo en tantas ocasiones que ha acabado convirtiéndose para mí en una especie de sanatorio financiero (ya me entiendes: me ha sacado de mil apuros económicos, los cuales, para ser sinceros, en mí son bastante frecuentes), y como, además, a Loona Bimberton no la necesito para nada, decidí meterme por medio y le dije a esta última que, si me ponía a ello, yo era capaz de escribir poemas mejores que el suyo como quien escribe su propio diario. Loona insistió en que yo no era capaz. Y yo, por mi parte, insistí en que sí. Así que hicimos una apuesta. Una apuesta que, entre tú y yo, creo que no voy a tener ninguna dificultad en ganar. Naturalmente, una de las condiciones de la apuesta es que el poema tiene que ser publicado en alguno de los periódicos locales. Lo malo es que como Mrs. Packletide se ha ganado el aprecio del editor del Smoky Chimney a base de pequeños detalles y favores (ya me entiendes), si no consigo escribir algo que raye al menos en el nivel medio de la poesía que se escribe actualmente, lo voy a tener un poco complicado. Pero, no obstante, como hasta ahora escribir me está resultando bastante más fácil de lo que yo esperaba, estoy empezando a pensar que yo mismo debo de ser uno de los elegidos.
—No se te ocurra interrumpirme con tus típicas impertinencias —le advirtió a Bertie van Tahn cuando éste se dejó caer blandamente en una silla cercana y miró a Clovis dando muestras evidentes de querer entablar conversación—. Estoy muy ocupado escribiendo unos versos inmortales.
Bertie pareció interesado.
—¿Sabes una cosa? —dijo con un tono cargado de ironía—. Si algún día te conviertes de veras en un poeta famoso, tal y como estás ahora, casi desnudo, podrías llegar a ser una ayuda inestimable para cualquier retratista actual. Y si por cualquier motivo a dicho artista le prohibiesen exponer un comprometedor retrato tuyo titulado, por ejemplo, «Mr. Clovis Sangrail trabajando desnudo en la redacción de su último poema», espero, por el bien del Arte, que al menos pueda contar contigo para los bocetos de algún cuadro que podría llevar por título, por ejemplo, «Orfeo desnudo paseando por Jermyn Street». ¿Qué te parece? Los artistas actuales están siempre quejándose de que las ropas modernas les impiden estudiar con detalle el cuerpo humano. Pero tú, en cambio, con tan sólo una toalla y una estilográfica encima… Bueno, podrías resultarles de gran ayuda, ¿no crees?
—En realidad la responsable de que yo esté escribiendo esto no es otra que Mrs. Packletide —dijo Clovis sin hacer el menor caso de aquella especie de camino hacia la fama que Bertie van Tahn le mostraba—. Verás, a Loona Bimberton le publicaron un poema titulado «Oda al Amanecer» en New Infancy, una revista literaria que ha empezado a editarse hace muy poco. Cuando leyó el poema, Mrs. Packletide le dijo a Loona: «Te felicito por tu poema, querida. Aunque, desde luego, cualquiera hubiera sido capaz de escribir un poema como ése, sólo a ti se te hubiera ocurrido enviarlo a una revista como ésa». Loona le replicó que escribir un poema es algo extremadamente difícil, con lo que parecía dar a entender que en realidad la poesía es un terreno reservado tan sólo para unos pocos elegidos. Así que, en fin, como Mrs. Packletide se ha portado bien conmigo en tantas ocasiones que ha acabado convirtiéndose para mí en una especie de sanatorio financiero (ya me entiendes: me ha sacado de mil apuros económicos, los cuales, para ser sinceros, en mí son bastante frecuentes), y como, además, a Loona Bimberton no la necesito para nada, decidí meterme por medio y le dije a esta última que, si me ponía a ello, yo era capaz de escribir poemas mejores que el suyo como quien escribe su propio diario. Loona insistió en que yo no era capaz. Y yo, por mi parte, insistí en que sí. Así que hicimos una apuesta. Una apuesta que, entre tú y yo, creo que no voy a tener ninguna dificultad en ganar. Naturalmente, una de las condiciones de la apuesta es que el poema tiene que ser publicado en alguno de los periódicos locales. Lo malo es que como Mrs. Packletide se ha ganado el aprecio del editor del Smoky Chimney a base de pequeños detalles y favores (ya me entiendes), si no consigo escribir algo que raye al menos en el nivel medio de la poesía que se escribe actualmente, lo voy a tener un poco complicado. Pero, no obstante, como hasta ahora escribir me está resultando bastante más fácil de lo que yo esperaba, estoy empezando a pensar que yo mismo debo de ser uno de los elegidos.



—¿Y no crees que hoy, con la hora que es, ya es un poquito tarde para ponerte a escribir precisamente una oda al amanecer? —dijo Bertie en un nuevo arranque de ironía.
—Puede ser —repuso Clovis con paciencia—. Pero da la casualidad de que lo que estoy escribiendo no es una oda al amanecer, sino una especie de himno que he decidido titular «Canto a Durbar», algo que uno podrá leer en cualquier momento del día, sin importar lo tarde o lo temprano que sea.
—Ahora comprendo por qué has elegido un lugar como éste para escribir —dijo Bertie van Tahn con el aire de quien acaba de desentrañar un verdadero misterio—. Quieres reproducir la temperatura de un lugar como Durbar, ¿no es cierto?
—Si he venido aquí ha sido para evitar que los deficientes mentales como tú no hagan más que interrumpirme a cada momento —dijo Clovis—. Pero empiezo a pensar que hasta eso era pedir demasiado.
Bertie van Tahn se dispuso a utilizar su toalla como arma de precisión, pero tras pensar fugazmente que él no se hallaba precisamente a cubierto estando desnudo en aquel sitio cerrado, y que Clovis, además de su correspondiente toalla, contaba también con la ayuda de una estilográfica de punta bastante afilada, optó por relajarse y recostarse ligeramente en su silla.
—¿Y sería posible escuchar algunos fragmentos de esa obra tuya tan inmortal? —preguntó poco después—. Te prometo que nada de lo que oiga ahora me influirá a la hora de comprar (o no comprar) un ejemplar del Smoky Chimney cuando el poema aparezca finalmente publicado.
—Leértelo sería como regar en el desierto —observó Clovis sonriendo—, pero a pesar de todo no tengo inconveniente en leerte alguna que otra estrofa. El poema comienza con la dispersión de los personajes principales:
De regreso a sus hogares en las cumbres del Himalaya,
los pálidos y extenuados elefantes de Cutch Behar
avanzan como enormes galeones por un mar en calma…
—No creo que exista ningún lugar llamado Cutch Behar cerca del Himalaya —le interrumpió Bertie—. Deberías tener un atlas a mano cuando escribas ese tipo de cosas. A propósito, ¿por qué los elefantes tienen que estar precisamente pálidos y extenuados?
—Pues porque están exhaustos. Subir a las cumbres del Himalaya debe de resultar una empresa agotadora, ¿no crees? —dijo Clovis—. Y lo que he dicho es que los elefantes tienen su hogar en el Himalaya, no que Cutch Behar se encuentre en el Himalaya. Supongo que es perfectamente posible tener elefantes del Himalaya en Cutch Behar, de la misma manera que pueden encontrarse caballos irlandeses en las carreras de Ascot.
—Pero tú has dicho que esos elefantes iban de regreso al Himalaya. ¿Por qué? —objetó Bertie.
—Bueno, es algo de lo más natural que la gente los envíe a casa de vacaciones para que se recuperen después de tanto trabajo. Allí es muy típico dejar a los elefantes sueltos por las colinas. Es algo similar a lo que ocurre en este país cuando dejamos a los caballos sueltos en el prado para que pasten a sus anchas.
Clovis se sintió orgulloso de haber inyectado algo de cultura sobre las maravillas del lejano Oriente en medio de la vasta ignorancia de su amigo.
—¿Y todo el poema va a ser en verso libre? —preguntó aquel remedo de crítico.
—Desde luego que no. «Durbar» viene al final del cuarto verso de la estrofa.
—¿Y eso es una rima? Así se explica que hayas tenido que recurrir a terminar el segundo verso con «Cutch Behar».
—La relación entre los nombres geográficos y la inspiración poética es mucho mayor de lo que generalmente se reconoce. Y si no me crees, déjame decirte que una de las principales razones por las que se han escrito tan pocos poemas verdaderamente buenos sobre Rusia en nuestra lengua es que es completamente imposible encontrar algo que rime con nombres como Smolensk, Tobolsk o Minsk.
Clovis parecía hablar con la autoridad propia de quien lo ha intentado alguna vez.
—Desde luego, Omsk rima con Tomsk —continuó diciendo—. De hecho, da la impresión de que las dos ciudades hayan sido fundadas con ese propósito, pero no por ello el público sería capaz de aplaudir ese tipo de rimas indefinidamente.
—El público de hoy en día sería capaz de aplaudir cualquier cosa —dijo Bertie con malicia—. Además, son tan pocos los que conocen Rusia que siempre podrías recurrir a poner una nota a pie de página en la que aclararas que las tres últimas letras de Smolensk no se pronuncian. Resulta casi tan convincente como eso que has dicho antes de que en la India dejan a los elefantes sueltos por la cordillera del Himalaya para que pasten a su gusto.
—También puedo leerte un fragmento bastante bonito —prosiguió Clovis sin inmutarse— en el que describo una puesta de sol en las afueras de un poblado perdido en la jungla:
—Puede ser —repuso Clovis con paciencia—. Pero da la casualidad de que lo que estoy escribiendo no es una oda al amanecer, sino una especie de himno que he decidido titular «Canto a Durbar», algo que uno podrá leer en cualquier momento del día, sin importar lo tarde o lo temprano que sea.
—Ahora comprendo por qué has elegido un lugar como éste para escribir —dijo Bertie van Tahn con el aire de quien acaba de desentrañar un verdadero misterio—. Quieres reproducir la temperatura de un lugar como Durbar, ¿no es cierto?
—Si he venido aquí ha sido para evitar que los deficientes mentales como tú no hagan más que interrumpirme a cada momento —dijo Clovis—. Pero empiezo a pensar que hasta eso era pedir demasiado.
Bertie van Tahn se dispuso a utilizar su toalla como arma de precisión, pero tras pensar fugazmente que él no se hallaba precisamente a cubierto estando desnudo en aquel sitio cerrado, y que Clovis, además de su correspondiente toalla, contaba también con la ayuda de una estilográfica de punta bastante afilada, optó por relajarse y recostarse ligeramente en su silla.
—¿Y sería posible escuchar algunos fragmentos de esa obra tuya tan inmortal? —preguntó poco después—. Te prometo que nada de lo que oiga ahora me influirá a la hora de comprar (o no comprar) un ejemplar del Smoky Chimney cuando el poema aparezca finalmente publicado.
—Leértelo sería como regar en el desierto —observó Clovis sonriendo—, pero a pesar de todo no tengo inconveniente en leerte alguna que otra estrofa. El poema comienza con la dispersión de los personajes principales:
De regreso a sus hogares en las cumbres del Himalaya,
los pálidos y extenuados elefantes de Cutch Behar
avanzan como enormes galeones por un mar en calma…
—No creo que exista ningún lugar llamado Cutch Behar cerca del Himalaya —le interrumpió Bertie—. Deberías tener un atlas a mano cuando escribas ese tipo de cosas. A propósito, ¿por qué los elefantes tienen que estar precisamente pálidos y extenuados?
—Pues porque están exhaustos. Subir a las cumbres del Himalaya debe de resultar una empresa agotadora, ¿no crees? —dijo Clovis—. Y lo que he dicho es que los elefantes tienen su hogar en el Himalaya, no que Cutch Behar se encuentre en el Himalaya. Supongo que es perfectamente posible tener elefantes del Himalaya en Cutch Behar, de la misma manera que pueden encontrarse caballos irlandeses en las carreras de Ascot.
—Pero tú has dicho que esos elefantes iban de regreso al Himalaya. ¿Por qué? —objetó Bertie.
—Bueno, es algo de lo más natural que la gente los envíe a casa de vacaciones para que se recuperen después de tanto trabajo. Allí es muy típico dejar a los elefantes sueltos por las colinas. Es algo similar a lo que ocurre en este país cuando dejamos a los caballos sueltos en el prado para que pasten a sus anchas.
Clovis se sintió orgulloso de haber inyectado algo de cultura sobre las maravillas del lejano Oriente en medio de la vasta ignorancia de su amigo.
—¿Y todo el poema va a ser en verso libre? —preguntó aquel remedo de crítico.
—Desde luego que no. «Durbar» viene al final del cuarto verso de la estrofa.
—¿Y eso es una rima? Así se explica que hayas tenido que recurrir a terminar el segundo verso con «Cutch Behar».
—La relación entre los nombres geográficos y la inspiración poética es mucho mayor de lo que generalmente se reconoce. Y si no me crees, déjame decirte que una de las principales razones por las que se han escrito tan pocos poemas verdaderamente buenos sobre Rusia en nuestra lengua es que es completamente imposible encontrar algo que rime con nombres como Smolensk, Tobolsk o Minsk.
Clovis parecía hablar con la autoridad propia de quien lo ha intentado alguna vez.
—Desde luego, Omsk rima con Tomsk —continuó diciendo—. De hecho, da la impresión de que las dos ciudades hayan sido fundadas con ese propósito, pero no por ello el público sería capaz de aplaudir ese tipo de rimas indefinidamente.
—El público de hoy en día sería capaz de aplaudir cualquier cosa —dijo Bertie con malicia—. Además, son tan pocos los que conocen Rusia que siempre podrías recurrir a poner una nota a pie de página en la que aclararas que las tres últimas letras de Smolensk no se pronuncian. Resulta casi tan convincente como eso que has dicho antes de que en la India dejan a los elefantes sueltos por la cordillera del Himalaya para que pasten a su gusto.
—También puedo leerte un fragmento bastante bonito —prosiguió Clovis sin inmutarse— en el que describo una puesta de sol en las afueras de un poblado perdido en la jungla:



Donde la cobra se relame con deleite contemplando el ocaso
y las panteras, sigilosas, acechan escondidas a las cabras, el…
—Querido Clovis: en los países tropicales apenas hay puesta de sol —interrumpió Bertie con indulgencia—. No obstante, me gusta la maestría con la que retratas el regocijo de la cobra mientras contempla el ocaso. Hay en ello algo extraño y misterioso. Casi puedo imaginarme a los aterrados lectores del Smoky Chimney con las luces de sus dormitorios encendidas y sin poder pegar ojo durante toda la noche debido a la escalofriante incertidumbre de no saber de qué se relame exactamente la cobra.
—Las cobras se relamen continuamente por naturaleza —dijo Clovis—. No necesitan ningún motivo especial para hacerlo. ¿O es que nunca te has dado cuenta de que se pasan la vida sacando continuamente la lengua? Es algo natural, igual que lo que le pasa a los lobos con el hambre. Los lobos siempre están hambrientos, como si no tuviesen más remedio que estarlo aunque sólo fuese por la fuerza de la costumbre. Por lo general, lo están incluso después de haberse dado un buen atracón. Por cierto —añadió—, aquí tengo un fragmento de mucho colorido que me gustaría leerte. En él describo un amanecer sobre las aguas del río Brahmaputra:
El amanecer empapa de ámbar a Oriente,
lo besa con los rayos del sol
y lo cubre de manchas de oro y amatista.
Se va cerniendo, envuelto en una niebla de color opalino,
sobre la límpida esmeralda de los bosques de mangos
mientras loros de múltiples colores tiñen la bruma
de tonos escarlata, magenta y rubí.
—Bueno, yo nunca he presenciado un amanecer sobre el río Brahmaputra —dijo Bertie—, así que no puedo juzgar si la tuya es o no es una buena descripción. Pero lo que sí puedo confesarte es que se parece más a la descripción del botín de un ladrón de joyas que a cualquier otra cosa. De todas formas, eso de los loros le da al conjunto un colorido muy apropiado. Supongo que más adelante introducirás también algún que otro tigre en la escena, ¿verdad? Un paisaje hindú parecería vacío si no apareciesen tigres por ningún lado.
—Pues sí, sí que he metido a un tigre en el poema —dijo Clovis rebuscando entre sus notas—. Concretamente a una tigresa. ¿Dónde se habrá metido? ¡Aja! Aquí está:
La temible tigresa, atravesando la floresta,
lleva hasta sus ronroneantes cachorros,
que escuchan cautivados,
el cruel sonido de la muerte
que aún flota en la garganta de su presa
y que resuena por toda la jungla
como una salvaje canción de cuna
hecha a base de sangre y lágrimas.
Súbitamente, Bertie van Tahn se levantó de un salto de la silla en la que hasta entonces había permanecido casi tumbado y se abalanzó sobre la puerta de cristal que comunicaba con la estancia contigua.
—Creo que tu idea de la vida hogareña en la jungla es verdaderamente espantosa —dijo desde allí—. Aquello de la cobra ya era de por sí bastante siniestro, pero lo del cruel sonido de la muerte visitando a esos pobres cachorritos de tigre ya es el colmo. Si vas a continuar poniéndome los pelos de punta, creo que lo mejor será que me vaya cuanto antes a la sala de vapor.
—Escucha unos pocos versos más —dijo Clovis—. Ellos solos bastarían para hacer famoso a cualquier poeta:
y allá arriba, en lo más alto, está Punkah,
esa cristalina mezcla de agua, hielo
y nubes que parecen de azúcar.
—Casi todos los que lo lean se creerán que eso de Punkah es alguna clase de bebida refrescante. No me extrañaría nada que incluso se atrevieran a pedirla en algún bar —dijo Bertie antes de desaparecer envuelto en una nube de vapor.
Poco después el «Canto a Durbar» fue publicado en el Smoky Chimney, si bien con unos desastrosos resultados, pues resultó ser su canto del cisne. La citada revista nunca llegó a sacar ningún otro número.
Loona Bimberton, tras negarse rotundamente a reconocer un mínimo de calidad literaria en el poema, decidió recluirse en una casa de reposo perdida entre las colinas de Sussex. Una aguda crisis nerviosa después de una temporada de mucho estrés fue la explicación aceptada por todos. No obstante, hay por ahí tres o cuatro personas que saben muy bien que nunca llegará a recuperarse de la impresión que un día le produjo cierto amanecer sobre el río Brahmaputra.
y las panteras, sigilosas, acechan escondidas a las cabras, el…
—Querido Clovis: en los países tropicales apenas hay puesta de sol —interrumpió Bertie con indulgencia—. No obstante, me gusta la maestría con la que retratas el regocijo de la cobra mientras contempla el ocaso. Hay en ello algo extraño y misterioso. Casi puedo imaginarme a los aterrados lectores del Smoky Chimney con las luces de sus dormitorios encendidas y sin poder pegar ojo durante toda la noche debido a la escalofriante incertidumbre de no saber de qué se relame exactamente la cobra.
—Las cobras se relamen continuamente por naturaleza —dijo Clovis—. No necesitan ningún motivo especial para hacerlo. ¿O es que nunca te has dado cuenta de que se pasan la vida sacando continuamente la lengua? Es algo natural, igual que lo que le pasa a los lobos con el hambre. Los lobos siempre están hambrientos, como si no tuviesen más remedio que estarlo aunque sólo fuese por la fuerza de la costumbre. Por lo general, lo están incluso después de haberse dado un buen atracón. Por cierto —añadió—, aquí tengo un fragmento de mucho colorido que me gustaría leerte. En él describo un amanecer sobre las aguas del río Brahmaputra:
El amanecer empapa de ámbar a Oriente,
lo besa con los rayos del sol
y lo cubre de manchas de oro y amatista.
Se va cerniendo, envuelto en una niebla de color opalino,
sobre la límpida esmeralda de los bosques de mangos
mientras loros de múltiples colores tiñen la bruma
de tonos escarlata, magenta y rubí.
—Bueno, yo nunca he presenciado un amanecer sobre el río Brahmaputra —dijo Bertie—, así que no puedo juzgar si la tuya es o no es una buena descripción. Pero lo que sí puedo confesarte es que se parece más a la descripción del botín de un ladrón de joyas que a cualquier otra cosa. De todas formas, eso de los loros le da al conjunto un colorido muy apropiado. Supongo que más adelante introducirás también algún que otro tigre en la escena, ¿verdad? Un paisaje hindú parecería vacío si no apareciesen tigres por ningún lado.
—Pues sí, sí que he metido a un tigre en el poema —dijo Clovis rebuscando entre sus notas—. Concretamente a una tigresa. ¿Dónde se habrá metido? ¡Aja! Aquí está:
La temible tigresa, atravesando la floresta,
lleva hasta sus ronroneantes cachorros,
que escuchan cautivados,
el cruel sonido de la muerte
que aún flota en la garganta de su presa
y que resuena por toda la jungla
como una salvaje canción de cuna
hecha a base de sangre y lágrimas.
Súbitamente, Bertie van Tahn se levantó de un salto de la silla en la que hasta entonces había permanecido casi tumbado y se abalanzó sobre la puerta de cristal que comunicaba con la estancia contigua.
—Creo que tu idea de la vida hogareña en la jungla es verdaderamente espantosa —dijo desde allí—. Aquello de la cobra ya era de por sí bastante siniestro, pero lo del cruel sonido de la muerte visitando a esos pobres cachorritos de tigre ya es el colmo. Si vas a continuar poniéndome los pelos de punta, creo que lo mejor será que me vaya cuanto antes a la sala de vapor.
—Escucha unos pocos versos más —dijo Clovis—. Ellos solos bastarían para hacer famoso a cualquier poeta:
y allá arriba, en lo más alto, está Punkah,
esa cristalina mezcla de agua, hielo
y nubes que parecen de azúcar.
—Casi todos los que lo lean se creerán que eso de Punkah es alguna clase de bebida refrescante. No me extrañaría nada que incluso se atrevieran a pedirla en algún bar —dijo Bertie antes de desaparecer envuelto en una nube de vapor.
Poco después el «Canto a Durbar» fue publicado en el Smoky Chimney, si bien con unos desastrosos resultados, pues resultó ser su canto del cisne. La citada revista nunca llegó a sacar ningún otro número.
Loona Bimberton, tras negarse rotundamente a reconocer un mínimo de calidad literaria en el poema, decidió recluirse en una casa de reposo perdida entre las colinas de Sussex. Una aguda crisis nerviosa después de una temporada de mucho estrés fue la explicación aceptada por todos. No obstante, hay por ahí tres o cuatro personas que saben muy bien que nunca llegará a recuperarse de la impresión que un día le produjo cierto amanecer sobre el río Brahmaputra.


Hasta áca llegó el post.
Gracias por visitarlo.
Saludos.
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