Educamos a los niños para enfocar su mente, para concentrarla, ya que sin concentración serían incapaces de enfrentarse a la vida. La vida lo exige; la mente debe ser capaz de concentrarse. Pero en el momento en que la mente es capaz de concentrarse se vuelve también menos consciente. Ser consciente significa tener una mente despierta pero no enfocada. La percepción es el conocimiento de todo lo que está sucediendo.
La concentración es una elección. Excluye todo, excepto su propio objetivo de concentración. Es, por tanto, una limitación. Si vas andando por la calle tendrás que enfocar tu consciencia para poder caminar.
Ordinariamente no podemos ser conscientes de todo lo que está pasando, ya que si somos conscientes de ello, acabaremos desconcentrados. En consecuencia, la concentración es una necesidad, una necesidad de supervivencia en la existencia diaria. Por ello cada cultura, en sus formas propias, trata de adiestrar la mente del niño.
Los niños, por naturaleza, nunca están enfocados. Su consciencia está abierta hacia todos lados. Todo entra; nada es excluido. El niño está abierto a toda sensación; cada sensación es integrada en su consciencia. ¡Y la está penetrando tanto! Esta es la razón por la cual el niño es tan titubeante, tan inestable. La mente incondicionada del niño es un flujo, un fluir constante de sensaciones; pero sería incapaz de sobrevivir con esta clase de mente. Deberá aprender a focalizar su mente, a concentrarse.