Todos hemos pasado hambre en la calle, en un lugar oscuro y extraño, de donde no sabíamos salir... Probablemente en el conurbano, esperando alguna señal... Pero siempre hay una luz que te atrae como si fueras una mosca... Un cartel de colores que te llama... El bendito Kiosco. Palpas el bolsillo... Metes la mano... Te quedan $5 o $10, estas resignado... No sabés si comprarte un Baggio chiquito que se termina en menos de 30 segundos, o unos Halls que te hacen sentir para atrás... Pero el estómago te saluda... Y entonces ahí es cuando entendés qué es lo que tenés que hacer. Y ahí es el momento en el que ves la góndola, y llega la decisión mas difícil de tu vida. Está ante tus ojos, digno de un museo, tan buscado por todos, el inigualable, el único, el más preciado: A su lado el tan fiel, simpático y querido: Y junto a ambos está el imposible, el que solo vas a ver una vez en tu vida, el que tanto deseaste después de probar el chiquito: Tu frente transpirada al verlos a ellos juntos, como si de esta decisión dependiera tu vida, el kiosquero te mira y te dice - Dale flaco! Y estas en un momento de vida o muerte; de repente levantas la vista, miras al fondo del kiosco... Es David Becan... El está ahí a lo lejos, ofreciendote algo desde la oscuridad... Te acercas hacia el para que te entregue el néctar de la vida... El elíxir divino de lo mas lejano del conurbano... Aquello que tanto soñaste en tus noches porteñas y que creías imposible... Sacás $5 de tu bolsillo, se los das al kiosquero... Abrís ese envoltorio y ves la magia de las magias... Y llegas a tu casa con ese sabor tan agradable en la boca, a pasta rancia de maní y conservantes... Y decís "ya me puedo morir tranquilo". ¡FIN DEL POST!
La odisea de los alfajores
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