S

soledadocaso

Usuario (Perú)

Primer post: 19 dic 2014Último post: 11 feb 2016
4
Posts
217
Puntos totales
146
Comentarios
L
La competencia masculina en la búsqueda de pareja
Apuntes Y MonografiasporAnónimo1/22/2015

Las predilecciones del sexo que invierte –las mujeres- determinan en potencia la dirección en que evolucionan las especies. Porque la mujer es el árbitro supremo de cuándo se empareja, con qué frecuencia y con quién. Sarah Blaffer Hrdy El biólogo Ambrosio García Leal en su libro “La conjura de los machos: una visión evolucionista de la sexualidad humana“, retrata en este párrafo rebosante de épica el trágico destino de los elefantes marinos: “Un ejemplo extremo de poliginia es el elefante marino. En la época del celo los machos dedican la mayor parte del tiempo a pelear, hasta el punto de que se olvidan de alimentarse. El acceso a las hembras está reservado a unos pocos elegidos, que deben hacer frente a continuos desafíos. Es frecuente que un macho acabe sucumbiendo al tremendo esfuerzo que exige el mantenimiento de su rango. El ansiado premio para los vencedores es la perpetuación de sus genes. Pero la varianza del éxito reproductivo es enorme. Se ha estimado que un escaso 4 por ciento de los machos engendra el 85 por ciento de las crías nacidas. Los machos no tienen opción de acceder a las hembras hasta los cinco o seis años de edad, y la mayoría no consigue copular ni una sola vez en su vida; sólo uno de cada 100 consigue superar los nueve años de edad (en comparación, las hembras comienzan a reproducirse a los tres o cuatro años y alcanzan fácilmente los 14 años de edad). Ahora bien, un macho dominante puede engendrar más de una cincuentena de hijos en una sola temporada (cinco veces más de los que concibe una hembra típica en toda su vida) y por ello está dispuesto a soportar el estrés, las heridas y el hambre con tal de conquistar una posición de privilegio, y hasta morir en el intento…” Bien, elefantes marinos y humanos compartimos nuestro antepasado común más reciente hace unos 60 millones de años, quizá no tengan prácticamente nada que ver con nosotros… ¿o sí? Al fin y al cabo en toda especie en la que las hembras queden embarazadas, su descendencia será necesariamente limitada y no dependerá demasiado de la variedad o frecuencia de su actividad sexual. No ocurrirá así con los machos, cuya descendencia podría ser casi ilimitada… siempre que logren imponerse a sus rivales. Si nos vamos a una rama mucho más próxima de nuestro árbol genealógico veremos colgando de ella a los chimpancés, y comprobaremos que efectivamente tienen un comportamiento muy similar. Una fuerte jerarquía establecida a partir de una continua rivalidad entre machos, en la que quienes están en lo alto disfrutan de frecuentes relaciones sexuales y los de la parte baja del escalafón se quedan mirando al cielo abstraídos, quizá fantaseando con atractivas chimpancés, maldiciendo su mala suerte o preguntándose que si el universo tiene un Creador entonces éste seguramente será peludo y le gustarán los plátanos. ¿Pero qué ocurre con los humanos? Como decía aquí según varios psicólogos evolucionistas hasta en la tribu humana más simple la necesidad de cooperación es tan intensa y compleja que eso habría llevado a reducir la competencia sexual y habría favorecido la monogamia. Por otro, dado que el embarazo e infancia en nuestra especie es tan largo que la supervivencia de las crías en el pasado habría requerido la colaboración de la pareja masculina, favoreciendo la creación de vínculos afectivos de larga duración. Sin embargo… algo queda de ese comportamiento poligínico y de la rivalidad masculina en que inevitablemente desemboca. La psicóloga Susan Pinker ve una tendencia innata en los hombres hacia una mayor competitividad, tal como dice en esta interesantísima entrevista: “Muchos más chicos que chicas usan la competición directa, la agresión y las tácticas físicas para conseguir lo que quieren, y claramente consideran que la competición es inherentemente divertida y satisfactoria. Por el contrario, muchas más chicas que chicos utilizan el diálogo por turnos para conseguir lo que quieren, y evitan noquear a sus oponentes en competiciones del tipo “el ganador se lo lleva todo”. Por ejemplo, en un estudio realizado con niños de cuatro años, los chicos compitieron 50 veces más frecuentemente que las chicas para conseguir ver unos dibujos animados. En un estudio sobre los hábitos de juego de niños de diez años, los chicos eligieron competir durante el 50% de su tiempo de juego. Por el contrario, las chicas sólo eligieron competir durante el 1% de su tiempo de juego.” La importancia del estatus Pero si hay alguien que ha estudiado las estrategias sexuales de hombres y mujeres, su comportamiento y sus deseos es David M. Buss, profesor de psicología en la Universidad de Texas y autor de un libro interesantísimo: “La evolución del deseo”. El afán masculino de competir existe en todos los ámbitos -desde los juegos de rol hasta la cantidad de cervezas que uno puede ingerir- y su finalidad (no siempre consciente) siempre la misma: adquirir un mayor estatus y con él un mayor aprecio de las mujeres, pues de acuerdo a cita de la primatóloga que abría este artículo son ellas las que finalmente ejercerán de árbitros. ¿Y por qué iban a mostrar las mujeres dicha preferencia? Lograr un mayor estatus, una posición más elevada dentro de la sociedad, trae consigo una mayor disponibilidad de recursos. Y cuanto mayores sean esos recursos y más disposición muestre el hombre a compartirlos con su chati (de ahí la importancia de hacer regalos), mayores posibilidades de supervivencia para la descendencia. Frente a esto se ha argüido que las mujeres habrían mostrado siempre un interés por los hombres de estatus porque emparejarse con ellos simplemente era la única vía de ascenso social dado el papel secundario al que siempre han estado relegadas. Buss replica que la preferencia por un estatus elevado en un pretendiente también se da entre las mujeres que ya están instaladas en una posición alta, y que en los hombres no hay un interés equivalente por las mujeres de estatus (entre las que la tasa de divorcio o soltería suele ser mayor, precisamente). Por tanto la posición social en la pareja masculina sería atractiva por sí misma y no sólo como un medio de servir a una ambición personal de ascenso. Esto encaja con lo que le oí a una chica, peluquera en Carabanchel pero tan perspicaz como cualquier profesor universitario americano, hablando de algún piloto, futbolista o actor: “cuando se hacen famosos lo primero es dejar a la novia que tenían”. Es decir, cuando se adquiere un nuevo estatus, entonces se procede a buscar una pareja acorde a él, una con mejores signos de fertilidad, más joven y atractiva que la anterior. Eso en caso de que se opte por una pareja estable y no se viva plenamente un estado de poliginia con relaciones esporádicas, ese mundo de ensueño que los videoclips de raperos siempre muestran de forma tan hortera y explícita: muchas joyas, cochazos y pibitas semidesnudas alrededor del cantante. Y es que ese afán de exhibir recursos encaja como un guante en la actual sociedad de consumo, porque la función primordial de los objetos caros no es dar mayor comodidad y placer a su usuario sino mostrar ante los demás su capacidad adquisitiva. Los objetos caros son buenos porque son caros, no son caros porque sean buenos. No es sólo aquí, no es sólo ahora En conclusión, sospecho, nunca llegará a haber equidad entre hombres y mujeres en los altos cargos de la política y la empresa, en la elite del arte o la ciencia. No por supuestos “techos de cristal” machistas que impiden ascender a las mujeres. Sencillamente ellas no tienen los mismos alicientes para destacar e imponerse sobre sus rivales. No se trata de una pulsión que responda a un contexto histórico y cultural determinado, sino que forma parte de la naturaleza humana por encima de épocas y lugares. Un ejemplo bastante simpático de ello es el que cuenta el antropólogo A.R. Holmberg, acerca de un hombre de la tribu boliviana Sirionó (Que por cierto se llaman a si mismos Mbía, que significa “gente”, lo de considerar humanos únicamente a los del propio grupo no es sólo cosa de imperialistas europeos decimonónicos) que sufrió una pérdida de prestigio en el grupo porque no lograba obtener buena caza, lo cual llevó a que varias esposas lo abandonaran por mejores cazadores. Pero podemos seguir siendo amigos, imagino que le dirían. El caso es que este antropólogo, no sé si por solidaridad o a modo de experimento, comenzó a ayudarle en la caza, atribuyéndole a él las piezas obtenidas e iniciándole en los misterios del Hombre Blanco, es decir, enseñándole a disparar con escopeta. Tras ello, dicho indígena “gozaba de la máxima posición social, disfrutaba de varias compañeras sexuales nuevas e insultaba a los demás, en vez de que los demás le insultaran a él”. Qué bonita historia.

10
0
Amor de Concupiscencia y Amor de Benevolencia
Amor de Concupiscencia y Amor de Benevolencia
Apuntes Y MonografiasporAnónimo2/11/2016

link: https://www.youtube.com/watch?v=cj_H7uLlvpQ 1ª Carta a los Corintios, Capítulo 13 Himno a la caridad o La preeminencia del amor 13:1 Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe. 13:2 Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada. 13:3 Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada. 13:4 El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, 13:5 no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, 13:6 no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. 13:7 El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. 13:8 El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá; 13:9 porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas. 13:10 Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo que es imperfecto. 13:11 Mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño, 13:12 pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí. 13:13 En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande de todas es el amor. El cultivo de la originalidad incontestable y arbitraria, de la espontaneidad libre, la preconización de la emoción pasajera y la desconfianza sistemática a todo tipo de orden que lleva a acusar de fascista a quien se atreva a propugnarlo, son hoy opiniones difundidas y defendidas a ultranza. Y, sin embargo, son planteamientos equivocados. Paradójicamente, justo un tiempo que reconoce la necesidad de un comer ordenado para cuidar la salud y que defiende planteamientos ecológicos para una sana relación con el medio ambiente, es un tiempo que se resiste a reconocer que la libertad y el amor humanos son realidades que fuera de su cauce ordenado desquician al hombre y a la sociedad. La identidad se resuelve no en la sola comprensión adecuada de la libertad, sino del amor y su verdadera naturaleza. En muchos idiomas se presenta la dificultad real de que solamente se cuenta con un verbo relacionado con el amor: el verbo amar. En cambio en latín, había dos verbos relacionados con el amor: amare[/i,] que es el amor adhesivo, y dilígere, que es el amor reflexivo. El amor pasional es adhesivo, se adhiere al otro, se pega, quiere confundirse con él, anhela tomar posesión de él, quiere ser “uno solo” con el objeto deseado porque está impulsado por un deseo que se manifiesta como una fuerza irracional. Lastimosamente este tipo de amor es sumamente dependiente e interesado. Por eso el poeta latino Propercio decía: “Basta amar para dejar de ser libre”. En cambio, el que profesa dilección profesa un amor diligente, esto es, cuidadoso, atento, responsable, respetuoso, porque la dilección busca un amor eterno y de carácter puro, que traduce, como dice la Academia, una voluntad honesta. Isidoro de Sevilla ha resumido lapidariamente las diferencias entre ambos verbos: “Amare nobis naturaliter insitum, diligere uero electione”, que se puede traducir como: “El amare nos es instintivo, mientras que el diligere requiere de nuestra elección”. De este modo, podemos darnos cuenta que en dilígere hay componentes de estima, de aprecio, de elección racional y justificada. Mientras que en amare predominan los factores afectivos, sentimentales, de atracción física que responden a la concupiscencia. Precisamente por ese componente racional e intelectual que encierra el dilígere se ha pensado equivocadamente que es menos fuerte que el amare. En la dilección encontramos entonces un carácter espiritual, no físico. Y esta es su diferenciación primordial. En la Vulgata, que es la traducción latina de la Biblia y que fue obra de San Jerónimo, amare se usa solamente 51 veces, pero dilígere y derivados (dilectus, dilectio), 465 veces. “Dilige, et quod vis fac”, dijo San Agustín, y la traducción usual de esta sentencia es: “Ama, y haz lo que quieras”. Pero una versión más justa sería: “Dilige y haz lo que quieras”. Es así que existe una gran diferencia -más que notable- en la aclaración que tenían los latinos con respecto a estos dos términos para la palabra amor. La expresión latina amor concupiscentiae indica que el deseo –es decir, el anhelo de saciar un gusto-, constituye el elemento primordial en este tipo de amor. La grotesca caricatura de una especie de fuerza fatua e incontrolable a la que el ser humano no puede sino someterse ciegamente, tan presente en las telenovelas que nutren el imaginario colectivo, no corresponde a la verdad de la naturaleza humana. El amor adhesivo, el amor del enamorado al ser pasional es concupiscente, aunque muchos no quieran reconocerlo o aceptarlo. Mientras que el amor reflexivo es benevolente, y cuando uno lo practica, tiende hacia los demás un buen agrado, se le estima, se le aprecia, genera un ambiente de afecto hacia las personas. Lo cierto es que el amor no es un tema más en la vida humana. Como observa Rahner, el término amor pertenece “al pequeño grupo de las palabras claves bajo las cuales se intenta esclarecer el todo de la existencia que se realiza históricamente. Así se explica que amor -como palabra que apunta a la totalidad de la existencia humana y no significa únicamente un proceso particular de la misma- aparezca de alguna manera en todas las religiones”. La pasión amorosa es el amor de concupiscencia, el amor interesado. La dilección es el amor reflexivo, el amor de benevolencia, el amor desinteresado. La gente rústica que seguía a Jesús en Galilea sólo podía comprender el amor de concupiscencia; pero Jesús predicaba el amor de benevolencia. Y, ¿por qué sucedía esto? Porque las personas por lo general tendemos a ser concupiscentes, a buscar lo pasional, lo erótico o la exhibición del objeto de deseo que está en nuestra posesión para presumir, aumentar nuestra vanidad y satisfacer los deseos de nuestro ego. Ése era por entonces el problema y lo sigue siendo, porque nuestro mundo no es benevolente sino concupiscente, desea bienes terrenos y quiere calmar muchos apetitos. Nietzsche decía que sólo tenemos oídos para lo que nos viene de la vivencia, voz con que José Ortega y Gasset tradujo el vocablo alemán Erlebnis. El problema es que no podemos vivenciar una cosa solo porque queramos vivenciarla. La vivencia no es una querencia -no es algo que se nos conceda por el mero hecho de anhelarlo- sino una incidencia. Nos sucede o nos ocurre de pronto, pero aparentemente la incidencia no parece estar sujeta a nuestra voluntad o al menos a nuestra voluntad consciente. Cupiditas es una palabra en latín que significa deseo, sentimiento que motiva la voluntad de querer poseer el objeto que se desea. El deseo es alimentado por uno o varios sentimientos y/o necesidades, llevando al individuo a diferentes estados de conciencia emocional. En algunos casos los individuos guiados por las emociones obtienen lo que desean sin importar las consecuencias de las acciones realizadas, en otros el deseo impulsa al individuo a hacer grandes sacrificios desinteresados para satisfacer esa necesidad, cuando no se obtiene lo deseado el fracaso lo lleva a un estado de frustración e insatisfacción existencial, pero cuando lo obtiene una sensación de satisfacción y plenitud crea un estado de felicidad. Según Agustín de Hipona, la determinación originaria del ser consiste en el retorno al Creador. Dicho retorno se realiza a través del amor al mundo, lo cual según San Agustín no es una elección, pues el mundo está siempre ahí y es natural amarlo. Decía San Agustín: "No hay nadie que no ame; pero sí hay quien se pregunta qué amar". La comprensión de Dios como Creador y la del mundo como eternidad conduce a la caritas (caridad). Sin embargo es posible errar el giro y confundir la eternidad con el mundo temporal, en cuyo caso se incurre en la codicia, concupiscentia o cupiditas. La concupiscencia supone la sensación desagradable de la carencia, que puede eliminarse con un bien definido. El hombre puede, por ejemplo, desear la mujer de este modo. La persona aparece entonces como un medio que puede apagar el deseo, como el alimento apaga el hambre. No obstante, lo que se oculta tras la palabra concupiscencia sugiere una relación de carácter utilitario. En la conciencia del sujeto, este amor aparece como el deseo de un bien para él: "Te quiero, porque eres un bien para mí". Un bien que sirve para satisfacer una necesidad, es siempre un bien útil. El objeto del amor de concupiscencia es un bien para el sujeto -la mujer para el hombre, el hombre para la mujer-. El amor es la realización más completa de las posibilidades del ser humano. Este encuentra en el amor la plenitud de su ser, de su existencia objetiva. El amor es el acto que más explaya y da sentido completo a la existencia de la persona. Evidentemente, para que así sea, es indispensable que el amor sea verdadero. ¿Qué significa exactamente esta expresión? Karol Wojtyla (Juan Pablo II), en su obra Amor y Responsabilidad, reconoce los distintos tipos de amor en base a la experiencia del que ama: “El amor es verdadero cuando realiza su esencia, es decir, se dirige hacia un bien auténtico y de la manera conforme a la naturaleza de ese bien. El amor verdadero perfecciona al ser de la persona y da trascendencia a su existencia. El amor falso provoca resultados contrarios: es aquel que se dirige hacia un bien aparente o -caso más frecuente- hacia un bien verdadero pero de una manera no conforme a la naturaleza de ese bien. Así es muchas veces el amor, falso en sus principios, o bien -a pesar de principios aparentemente justos- falso en sus diferentes manifestaciones, en su realización”. Reflexionaba Aristóteles: “Los que se aman por la utilidad, no se aman por sí mismos, sino en cuanto derivan algún bien del otro. Lo mismo los que se aman por el placer, que no quieren a los que tienen ingenio y gracia por tener estas cualidades, sino porque su trato les resulta agradable. Por consiguiente, los que son amigos por interés, manifiestan sus afectos por alcanzar un bien para sí mismos; y cuando es por placer, para obtener algo para ellos placentero, y no por el ser mismo de la persona amada, sino en cuanto es útil o agradable”. El amor entre dos sujetos que no pasase del deseo sensual podría ser falso, o por lo menos, incompleto, porque el amor solventado únicamente en la concupiscencia, se queda solo en lo superficial sin profundizar en lo esencial del amor entre personas. La reflexión de Aristóteles es retomada por santo Tomás de Aquino para hablar de la caridad: “No todo amor tiene razón de amistad, sino el que entraña benevolencia; es decir, cuando amamos a alguien de tal manera que le queramos el bien. Pero si no queremos el bien para las personas amadas, sino que apetecemos su bien para nosotros, como se dice que amamos el vino, un caballo, etc., ya no hay amor de amistad, sino de concupiscencia”. No es suficiente desear a la persona como un bien para sí mismo, es necesario además -y sobre todo- querer su bien. Esta orientación, altruista por excelencia, de la voluntad y de los sentimientos se llama en Santo Tomás benevolentia sencillamente. El amor de una persona a otra debe ser benévolo para que sea verdadero, de otra suerte no será amor, sino únicamente egoísmo. Dietrich von Hildebrand, en su máxima obra sobre el tema, La esencia del amor afirma que el amor en sí mismo es para él la relación interpersonal fundada sobre una respuesta afectiva al valor de la persona en el complejo de sus valores. Ello genera en particular el anhelo de una unión espiritual con el amado, llamado intentio unionis, así como el deseo de hacer feliz al amado, que llama intentio benevolentiae, lo que lleva a que el que ama desee darse a sí mismo, y lo deba hacer poniendo en juego de modo único su propia libertad y su propia felicidad. El amor humano se puede entender en general como “el acto total en que una persona adquiere la recta y plena relación con otra persona, en cuanto conoce y afirma la totalidad del otro en su bondad y dignidad”. La benevolencia se aleja de todo interés, es el desinterés en el amor; no el "Te deseo como un bien", sino el "Deseo tu bien", "Deseo lo que es un bien para ti". Una persona benévola desea esto sin pensar en sí misma, sin tenerse en cuenta. Por eso el amor de benevolencia es amor en un sentido mucho más absoluto que el amor de concupiscencia. Por la benevolencia nos acercamos más que con nada a lo que constituye la esencia pura del amor. Para terminar unas últimas palabras de San Agustín: "El amor perdura en la adversidad. Nos da prudencia en la prosperidad. Es fuerte ante el sufrimiento. Se regocija de las buenas obras. Está libre de tentación. Es generoso en hospitalidad, alegre entre los amigos, paciente con los descreídos. Es el espíritu de los Libros Sagrados, la virtud de la profecía, la salvación de todos los misterios. Es la fuerza del conocimiento, la bondad de la fe. Es riqueza para los pobres, vida para los moribundos. El amor lo es todo". link: https://www.youtube.com/watch?v=eNkHQBXcRjM

10
0
L
La sexualidad cuestionada por una mujer asexual - Parte 1
Ciencia EducacionporAnónimo12/25/2015

La liberación asexual - Capítulo 1: Lujuria Un debate tan destinado al fracaso como el del sexo de los ángeles podría ser el de si el ser humano puede convertirse en ángel y prescindir del sexo, sin que eso le suponga ningún tipo de sacrificio o trauma. Muchos empiezan a opinar que sí, que al margen de los que eligen el celibato por cuestiones morales o religiosas, existe una categoría de personas que jamás ha desarrollado interés ni inclinación por el sexo. http://smoda.elpais.com/placeres/los-que-pasan-del-sexo/ link: https://www.youtube.com/watch?v=Al39jqMeb5M Asexual: persona que no experimenta atracción sexual hacia otras personas. El jardín de las delicias es un tríptico pintado al óleo por El Bosco. Se encuentra en exhibición permanente en el Museo del Prado en Madrid. Numerosos personajes entre seres humanos, animales y criaturas fantásticas desperdigados por el paisaje en las posiciones y situaciones más extrañas se entregan a la lujuria. El objetivo del artista es presentarnos la degradación moral a la que puede llegar el hombre hasta hacerlo descender al nivel de las bestias. En la primera escena vemos la creación: Adán y Eva en el paraíso; la segunda escena es el jardín de las delicias propiamente dicho en donde la gente da rienda suelta a los excesos de sus bajas pasiones y la tercera escena es el infierno musical, en donde todos los pecadores reciben su castigo. La atmósfera se asemeja a la de una escena surrealista pintada a principios del siglo XX, cuando en realidad fue pintada por un cristiano piadoso a principios del XVI. Es fascinante pasear la vista tratando de captar aisladamente cada detalle interesante, tratando de reconocer y descifrar cada simbolismo medieval. Observo desde una perspectiva completamente ajena, desligada e incapaz de identificarse. La lujuria es desconocida para mí. Quizás sea precisamente esa distancia la que me permite apreciar de un modo especial o diferente la obra. No sé lo que se siente desear sexualmente a alguien. Nunca he vivido esa emoción. Nunca he experimentado esa necesidad. Esa sensación no existe para mí. No forma parte de mi naturaleza. Nunca me he sentido impulsada a involucrarme a un nivel sexual con las demás personas. Ningún ser humano me ha gustado de la forma que se requiere como para desear de modo instintivo y violento su cuerpo desnudo apretado contra el mío. No ha habido sujeto por el que me haya sentido atraída de tal manera que su presencia me haya generado excitación, el ansía de desvestirle, tocarle de forma sexual, intercambiar fluidos e implicarme genitalmente con este con el objetivo de que me satisfaga una necesidad apremiante. Si los integrantes del género masculino no me gustan lo suficiente como para acostarme con ellos, sería de esperar que me inclinase a mantener acceso carnal con mis congéneres del sexo femenino y tampoco ocurre así. A pesar de que las mujeres me han gustado desde siempre mucho más, tampoco me apetece el contacto sexual con ellas. La idea de tener a alguien jadeante, babeante, sudoroso, oloroso y caliente encima o debajo de mí no me parece atrayente. Nunca se ha despertado en mí la curiosidad de experimentar sexualmente con un hombre ni con una mujer. El falo no me parece un instrumento apetecible y no lo anhelo ni cerca ni dentro de mí por ninguna vía. Las vulvas tampoco me parecen apetecibles. Nunca he sentido ganas de ver y tocar el pene o la vagina de mi prójimo. Pensar en ello me resulta una idea bastante rara y escatológica. David Jay, activista asexual y fundador de la comunidad AVEN: "Red para la educación y visibilidad de la asexualidad", por sus siglas en inglés. Prácticamente es el padre del movimiento asexual mundial. Durante una de sus primeras apariciones en la televisión de su país en el año 2006 fue presentado por un escéptico conductor de la siguiente manera: “David Jay es un casanova de 23 años que además es virgen y planea seguir siéndolo. No es sacerdote ni lo quiere ser. Alega que no le interesa el sexo y aparentemente no es el único”. Soy una mujer en edad fértil común y corriente. No hay ninguna anomalía en mis órganos reproductivos. A excepción de la irregularidad de mis ciclos menstruales y los odiosos cólicos que los acompañan -inconvenientes comunes que son padecidos por tantas otras- no hay nada fuera de lo normal. No hay nada malo conmigo en ese aspecto. Fisiológicamente funciono a la perfección. Evidentemente no es un problema anatómico, tampoco hormonal o genético. Desechado por completo el factor biológico, todavía se podría apelar a un trastorno de la psiquis para encontrar una explicación a mi “condición anormal”, denominada así por ser un presunto comportamiento o indisposición antinatural, según ciertas personas que me dieron su opinión. Después de un análisis a conciencia pongo en tela de juicio la posibilidad de un trauma adquirido en el pasado. No, no me violaron de niña. A pesar de que tuve una docena de incidentes desafortunados con individuos del género masculino -en la vía pública y en una reunión familiar- desde que mi cuerpo fue alcanzado por la pubertad, siempre salí bien librada e ilesa de ellos. Al sopesar la gravedad de los hechos no hallo fundamentos lo bastante sólidos que sustenten una ruptura en mi sano desarrollo psicosexual. La verdad es que no tengo ningún problema con eso. El supuesto problema radica en que simplemente no deseo invitar a nadie a compartir mi sano desarrollo psicosexual. No por egoísmo, sino simplemente porque no me nace. Las relaciones sexuales no son lo suficientemente interesantes ni seductoras como para dedicar mi tiempo y esfuerzo en probarlas. No son una preocupación que ocupe lugar en mi vida. Para ser sincera prefiero perder mi tiempo de otras miles de maneras e inclusive no haciendo nada. Esto no quiere decir que por razones ideológicas considere al acto sexual como invento malévolo y terrible de Satanás y por eso reprima deseos que en verdad me consumen por dentro. No contengo mis deseos de tener sexo por temor al castigo divino del fuego eterno porque no tengo tales deseos que contener. No siento que me esté privando de nada. No hay en mí una lucha interior entre el instinto y la razón. No tengo que recurrir al autocontrol. No tengo que refrenar impulsos de apareamiento porque no siento la necesidad de satisfacerme sexualmente con otras personas y no tengo que evitar caer en tentación porque no estoy tentada. Y todo eso se debe a soy asexual. Sí, lo soy y la asexualidad existe. Negarla sería de paso negar mi existencia y la de millones de personas alrededor del mundo que son como yo. Eso no significa que no piense en sexo. En realidad pienso en sexo todo el tiempo, solo que no en practicarlo. Y demuestro mi pasión por la sexualidad humana estudiándola e investigándola desde la perspectiva objetiva que me brinda mi calidad de virgen y asexual. Me deleito intelectual y emocionalmente hasta el cansancio abordando los misterios del sexo. No me intereso por la cuestión técnica de las maniobras sexuales que están explotadas hasta el límite. No, eso es muy superficial y simple. Lo interesante no es la acción sino los motivos que conducen a la acción. Veo y reconozco los estímulos pero estos no me inducen a la acción. ¿Por qué? Mi curiosidad podría asemejarse a la curiosidad que experimentó Isaac Newton cuando vio caer la manzana. Por supuesto que no me estoy comparando a Newton, disto años luz de ser tan inteligente como él, sino solo a su tipo de curiosidad. A él no le bastó saber que la manzana cae porque las cosas caen de arriba hacia abajo desde tiempos inmemoriales, siempre ha sido así, nunca va a cambiar y uno no debe preocuparse por eso sino solo darle un mordisco a la fruta y a comerla. No, él deseaba saber por qué, cuál era la fuerza que atraía a la manzana hacia el suelo. Eso demuestra que muchas veces contentarse con lo que suponemos como obvio es estancarse. He estado en situaciones haciendo mimos con otra persona, y era muy agradable. Entonces empiezan a besarme y pienso… Ok es medianamente interesante, pero no es nada que me vuelva loco. Y cualquier cosa más sexual que esa deja de tener sentido para mi cuerpo. Declaraciones de David Jay link: https://www.youtube.com/watch?v=AYMh9zkt6r4 Avance del documental (A)sexual de 2011 dirigido por Angela Tucker. Aborda testimonios de asexuales, opiniones de científicos que recién comienzan a profundizar estudios sobre esta orientación o falta de orientación, la incomprensión de gran parte de la sociedad alosexual, el supuesto desafío a la norma que significa la asexualidad, los avatares de un movimiento asexual todavía en ciernes y sobre lo descorazonador que es ser un asexual romántico. Descubrir mi verdadera orientación ha sido un interesante viaje de autodescubrimiento que me ha permitido no solo comprenderme mejor a mí, sino también comprender mejor a los demás. Es imprescindible enfatizar que la asexualidad no es ningún trastorno. Es una condición natural. No es algo que haya irrumpido de repente en escena para afectar mi calidad de vida. Ni tampoco es una discapacidad congénita que atente o que limite mi salud y bienestar. Es y siempre ha sido una característica que forma parte intrínseca de mí. Podría ser nada más que otra variación de la sexualidad humana. E inclusive se ha reportado comportamiento asexual en animales que como nosotros se reproducen sexualmente. Curioso ¿no? En realidad no hay mucho de lo que sorprenderse si tomamos en cuenta que también ya se había reportado e investigado con anterioridad comportamiento homosexual entre varios de otros miembros del reino animal. De todas maneras, al principio no puede evitar abordar la posibilidad de mi asexualidad con cierta aprensión debido a todas las preconcepciones respecto a la sexualidad con las que venía cargando. Preconcepciones que había ido asimilando durante mi formación como individuo: desde la infancia hasta la actualidad. Pero la naturaleza del ser siempre es más fuerte que el modelamiento social. Siempre lo es. Leía escéptica los nuevos conceptos y definiciones enciclopédicas. A medida que investigaba iba reconociendo en mí cada uno de los rasgos que me calificaban dentro del espectro asexual. No eran los requisitos para formar parte de una cofradía ni tampoco el conjunto de síntomas que señalan una patología. Era un modo real y delimitado de sentir. Mi resistencia cedió finalmente al peso de la evidencia después de la lectura y escucha de testimonios. Encontré experiencias en común, mejor dicho distinguí las mismas sensaciones y pensamientos en otros ante las mismas situaciones. Recopilé y contrasté. Até cabos uno tras otro y otro. Entonces procesé la información. No fue algo fácil, no es un asunto que se resuelva de un instante a otro. No fue que un día leí sobre asexualidad en una página juvenil de Internet y al siguiente me declaré asexual a los cuatros vientos, como muchos prejuiciosos ante la asexualidad deben continuar creyendo. A mí me tomó varias semanas de profunda y laboriosa reflexión. El tiempo que precisé fue de más de un mes. Casi dos. A otros asexuales el proceso les ha tomado años. link: https://www.youtube.com/watch?v=v4YAKq8YXTY Una breve y didáctica explicación de la asexualidad por un asexual. Active subtítulos en español y despójese de sus prejuicios e incredulidad. Atravesé por la incredulidad, la negación, la revelación, la aceptación y finalmente la liberación. Despojarme de la totalidad de mis prejuicios tantos positivos como negativos y enfrentarme a la sexualidad de manera objetiva fue la medida crucial para llegar a la verdad. Separé lo fisiológico de lo emocional y empleé preferentemente la lógica. La fría lógica. Yo que siempre me he mostrado renuente a dejarme llevar por los desalmados derroteros racionales tuve que ser metódica, calculadora y transformar a mi intuición de sentimental a intelectual. La labor fue comparable a la de armar un rompecabezas pieza tras pieza, con los respectivos titubeos y correcciones. Una vez colocada la última pieza, el diseño se torna comprensible, se observa de lejos y se esfuma el misterio. Para mí todo había adquirido sentido. La actividad sexual humana con especial énfasis en la actividad sexual humana compartida había sido hasta ese momento un enigma. No por la práctica que se resume fácilmente en la introducción del falo u otro elemento equivalente vía oral, anal o vaginal en todas las posiciones posibles con uno o más compañeros sexuales y con variantes parafilicas y fetichistas si se desea volver más interesante el asunto, sino por las razones que conducían a aquel acto. Otra vez... ¿Por qué? No conseguía comprender por qué la gente actúa como actúa. Los motivos por los que abundan los embarazos no deseados, los abortos, la promiscuidad, la gente que se acuesta sin amor con personas que apenas conoce una noche así porque sí en menos tiempo del que requiere el cortejo de algunas aves, los motivos de por qué no pueden controlarse las enfermedades de transmisión sexual, las infidelidades, las violaciones y de por qué los jóvenes parecen tan desesperados por perder su virginidad son incoherentes por completo. Era una tarea infructuosa buscarles una explicación lógica. Las personas solo se comportan de manera irracional por puro gusto. Asumía que los demás exageraban, que estaban obsesionados con el sexo o que eran muy estúpidos. Ignoraba que detrás de toda esta problemática los impelía una fuerza llamada atracción sexual que definitivamente yo no estaba percibiendo. Cometí el error por defecto de dar por hecho que ellos percibían su sexualidad de una forma parecida a la mía. Por eso no entendía nada. Simplemente le di la espalda a aquellos problemas y no me tomé la molestia ni el esfuerzo serio de definir mi orientación sexual. No lo creía necesario. A veces me decía a mí misma: “Creo que no soy heterosexual, pero tampoco homosexual ni bisexual y no me importa”. Cuando por primera vez en mi vida me enamoré irrevocablemente fue que se hizo urgente analizarme a mí misma. El conflicto se había generado en mí. Descubrir la asexualidad más que ayudarme a aliviar la incertidumbre y la culpa me sirvió para sentirme plena y segura de mi sexualidad. Fue toda una aventura de autoconocimiento psicológico y espiritual. Aceptar la verdad jamás será un duelo, sino lo más cercano a un renacimiento. Recuerdo que en la noche de mi revelación me costó mucho más de lo normal conciliar el sueño. Ya de por si no soy de sueño fácil debido a que precisamente es por las noches que en vez de dormir a mi mente inoportuna se le antoja atarearse en la resolución de las más diversas cuestiones. En eso estaba cuando la luz de la razón me iluminó intempestivamente. Es decir, se me prendió el foco, “algo me hizo clic” como está tan de moda decir en estos tiempos. Eureka. ¿Qué sucedió? Comprendí que yo carecía de lujuria, en todo caso carecía de lujuria proyectada que se materializa a través del contacto con otro ser. Lujuria física dirigida para ser más específica. Pues bien, se hace menester determinar entonces qué es exactamente la lujuria para la lengua de Cervantes ¿Y la lascivia? ¿No significan lo mismo? Las definiciones que encontré en los diccionarios y enciclopedias más reconocidos de la Internet fueron: Lujuria (del latín luxus: 'abundancia', 'exuberancia'), en el marco de la moral sexual, es el deseo sexual desordenado e incontrolable. Lascivia, asimilable a lujuria, es el apetito o deseo excesivo de placeres sexuales. Es la imposibilidad de controlar la libido. La propensión a los deleites carnales. Observé que hay inconsistencia en las definiciones. La lujuria prácticamente es descrita como sinónimo de lascivia. No queda muy claro cuál es el factor diferenciador entre ambos estados. Así que me tomé el atrevimiento de redefinir y corregir los conceptos de lujuria y de lascivia: Lujuria, es la búsqueda motivada por un interés material sin ningún otro interés superior del contacto sexual por el mero placer del contacto sexual. Es el deseo de usufructuar al compañero sexual como medio de descarga sexual. Divídase en lujuria unidireccional y lujuria bidireccional cuando a su vez se desea ser usufructuado por el compañero sexual como medio para su descarga sexual dando como resultado una retroalimentación mutua del ego. Denomínese a esta clase de intimidad como empatía sexual puramente lujuriosa. Lascivia, es la lujuria desmedida e incontrolable tanto unidireccional como bidireccional. Es el apetito insaciable y esclavizante por los placeres carnales que afecta al sujeto lascivo de manera fisiológica y anímica. En la Teología Cristiana se establecieron siete pecados capitales que han tenido una enorme repercusión en la historia, en la sociedad y en nuestras almas. Uno de ellos es la lujuria. Tal parece que mi subconsciente decidió que los objetivos de la lujuria eran absurdos y nunca la desarrolló. Ahora que lo pienso conscientemente estoy en definitiva de acuerdo con el juicio de mi subconsciente: las motivaciones de la lujuria son bastante insustanciales. Al menos para mi gusto. Es lo que dicen: Sobre gustos y colores no han escrito los autores. La verdad es que sí lo han hecho y a ese tipo de autores se les denomina críticos. Llámemos a los sentimientos por su nombre sin remilgos ni escándalos. Los sentimientos como el odio, la envidia y la lujuria existen y su ubicación dentro de algo conocido como marco moral depende exclusivamente de un sentido innato que varía en cada individuo según su canon ideológico o espiritual propio. Siento la necesidad de recalcarlo porque en ocasiones me llega a fastidiar que cualquier cuestionamiento al comportamiento sexual sea denigrado y descalificado por ser “mojigato”. Mi principal objeción contra el sistema del liberalismo sexual es su irracionalidad y opino desde la perspectiva neutral que me confiere mi asexualidad. He observado que la ética sexual liberal consta de cláusulas y códigos que pueden ser contradictorios, absurdos o inconsecuentes. El mandato de “Hago lo que quiero con mi cuerpo” rebasa con creces la ridiculez en incontables ocasiones. Percibo al liberalismo como el nuevo puritanismo del siglo XXI. Sí, a eso hemos llegado. Los postmodernistas pueden ser igual e inclusive más intolerantes que los mismos conservadores. El discurso que manejan varios ciudadanos de mentalidad progresista y liberal cae en tantas hipocresías como cualquier otro discurso intolerante y obtuso. Tener “mente abierta” irónicamente también conlleva tener la mente cerrada. Opino con sinceridad que encuentro en algunos de estos congéneres una fobia a la moral que raya en la histeria. Personalmente me refiero a ellos como “fóbico moralistas”. En general se entiende que las cuestiones morales lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto son cuestiones sobre las que la ciencia oficialmente no tiene opinión. Se piensa que la ciencia puede ayudarnos a conseguir lo que valoramos pero nunca puede decirnos qué debemos valorar. En consecuencia la mayoría de la gente piensa que probablemente la ciencia nunca responderá las preguntas más importantes de la vida humana preguntas como: "¿Para qué vale la pena vivir?" "¿Para qué vale la pena morir?" "¿Qué constituye una buena vida?" Voy a argumentar que esto es una ilusión, y que la separación entre ciencia y valores humanos es una ilusión. Y, en realidad, una muy peligrosa en este momento de la historia humana. A menudo se dice que la ciencia no puede brindarnos una base para la moralidad y los valores humanos porque la ciencia trata con hechos. Y los hechos y los valores parecen pertenecer a diferentes esferas. A menudo se piensa que no hay descripción del modo que el mundo es, que pueda decirnos como debería ser el mundo. Pero pienso que esto claramente no es verdad. Los valores son un cierto tipo de hechos. Son hechos acerca del bienestar de las criaturas conscientes. Sam Harris Cité al filósofo y neurocientífico Sam Harris, un ateo declarado. Su discurso me motivó a dedicarme seriamente a la tarea de la comprensión objetiva de la lujuria. Quizás por mucho la principal razón para fomentar el rechazo a las normas morales cristianas sea su severa objeción al ejercicio libre de la sexualidad sin restricciones, ya que en nuestra era se nos ha inculcado que el deseo instantáneo impulsado por el mero goce de mantener contacto sexual con un individuo físicamente atractivo es lo natural, no una desviación de la conducta humana, y la moral cristiana es represora de la libre expresión de este natural atributo. link: https://www.youtube.com/watch?v=gNd9kBiFsls Avance de la película “Shame: deseos culpables” (2011) que trata sobre un neoyorquino víctima de la lascivia. Cinta dirigida por Steve McQueen y protagonizada por los actores Michael Fassbender y Carey Mulligan. Debido a esa lógica en la actualidad se invalida a los estándares morales de antaño y se los califica de irrisorios e hipócritas. Pues bien, si la lujuria dirigida es natural por qué entonces los asexuales carecemos de ese sentimiento que la mayoría cree universal. Siendo objetivos, ¿acaso en verdad la falta de lujuria me incapacita de alguna manera? Puede ser complicado de entender para la mayoría, pero la libido, la lujuria, la atracción y el impulso o deseo sexual son conceptos que se diferencian claramente entre sí y contienen una significación por completo distinta para las personas que nos identificamos como asexuales. Quizás para los alosexuales todos esos sentidos coexistan y sean indesligables. En cambio para mí no: aunque poseo una libido, no veo a los otros como catalizadores de esa libido. Por lo general se define a la libido sexual como: La libido se refiere al instinto de la búsqueda del placer y con frecuencia se asocia a la esfera sexual. Una líbido correcta requiere del buen funcionamiento de los órganos genitales y de las hormonas sexuales. También depende de una buena salud mental. La ausencia o disminución de la líbido puede ser debida a trastornos hormonales, a un problema mecánico o a un período de estrés psicológico: depresión, tensión, problemas personales, familiares o de pareja. La líbido es propia de cada individuo. Tengo una libido -o impulso sexual-, pero no la experimento como se supone debería experimentarla según la definición que cité anteriormente. Con ese concepto no logro encajar en el perfil de "ser humano mental y físicamente saludable". Hay asexuales que no tienen libido y por eso nunca en su vida han experimentado la excitación y otros que sí la tienen pero esta no se proyecta hacia los demás. En vez de eso, se queda en sus propios cuerpos. Su pulsión sexual -debido a la falta de interés por la lujuria- no está dirigida hacia nadie así que siguen sin sentir atracción sexual. Ese es mi caso. No soy incapaz de sentir excitación al responder a determinados estímulos visuales o auditivos, pero no siento que me haga falta nadie. Inclusive puedo experimentar excitación sin necesidad de ningún estímulo durante ciertos días del mes. Es solo la simple excitación espontánea que se presenta, que se va y viene sola. Desde niña experimento excitación y desde ese entonces la percepción de mi propia libido no ha sufrido ningún cambio. Si a algún alosexual le intriga comprender como experimenta la libido un asexual solo le basta rememorar cómo experimentaba la suya propia antes de la pubertad. Mi impulso sexual en realidad no es un impulso sino solamente una sensación fisiológica. Me basta con solo referirme a ella como libido. Como mi libido no se dirige hacia mis semejantes jamás he sentido la urgencia de desahogarme a través de otro cuerpo. No me nace brindar ni recibir placer sexual de otro ser humano. No importa que tan estéticamente bella, que tan sensual me parezcan las formas de una persona o cuanto cariño le tenga no siento el deseo irracional y urgente de mantener relaciones sexuales con ella. Me sucede algo bastante curioso con las mujeres que me llevaron a decantarme desde antes de la pubertad por una orientación fundamentalmente homosexual. La visión de ciertos cuerpos femeninos me puede despertar la libido pero luego no siento la necesidad de actuar usando esta libido como instrumento de conexión con la otra mujer. Como contraparte, los varones no me parecen tan estéticamente interesantes. Y sin embargo, me enamoré de uno. La capacidad de excitación, que no me causa ningún placer relevante sino más bien un sofoco desagradable, una agitación incómoda y un ardor fastidioso, y la capacidad reproductiva las poseo. Una mujer asexual que fuera estable emocionalmente y se encontrara en condiciones favorables en su vida podría proponerse mantener relaciones sexuales por primera y única vez en su vida con un varón honesto, inteligente, sano y querido con el objetivo de su fecundación. Cómo ella no podría querer fusionar sus genes con una persona así. Por supuesto que también la impulsaría, no el deseo sexual, sino el deseo de intimidad y unión sobre todo afectiva antes que física, porque lo más probable es que amase (sin que fuera necesariamente de forma romántica) a la persona que reuniera todas esas condiciones. Y un varón asexual que quisiese ser padre podría hacer lo mismo. Como también ellos podrían acudir a la ciencia en busca de ayuda o a la adopción al no encontrar al individuo que cumpla sus expectativas. Si la lujuria es una fuerza irrefrenable que se puede regular más no dominar o suprimir con la razón. ¿Por qué no está presente en mí? ¿A dónde se va la tan admirada diosa razón a la que la sociedad moderna se acoge para justificar su antipatía hacia la espiritualidad cuando aparece la lujuria? ¿Por qué la razón no me abandona a mí ni a los otros asexuales? ¿Por qué? La respuesta ya la di: la capacidad de excitación que prepara el cuerpo para la reproducción es un atributo fisiológico, pero la lujuria es un sentimiento. Ya se sabe que no a todas las personas les interesa y/o les gusta el sexo. En realidad esto no tendría por qué extrañar a nadie si tomamos en cuenta que el placer es puramente subjetivo. Prueba de eso es que varía de individuo a individuo. El gusto personal no tiene por qué ser un gusto universal. Cuando una pasión nos enceguece no somos capaces de analizarla desde una perspectiva lógica. Presos de la intensidad del sentimiento nos inhabilitamos intelectualmente para emitir un juicio imparcial al respecto. A veces teorizo que la lujuria es un sentimiento que se aprende o se condiciona socialmente. Los asexuales funcionamos biológicamente a la perfección, pero simplemente el contacto sexual no nos enloquece porque no lo sentimos de modo innato como vehículo de gratificación. ¿Y si esa gratificación que causa el contacto sexual fuera un reflejo establecido por el entorno? ¿Y si el orgasmo no fuera intrínsecamente equivalente a placer sino nada más que una percepción condicionada? ¿Y si el mundo moderno viviera engañado presa de una histeria colectiva que se mantiene con el fin de dominar económica y psicológicamente a los seres humanos? ¿Y si la biología justo con la psicología del siglo XXI fueran capaces de demostrar que la lujuria no es innata sino adquirida, que la descarga sexual por placer vía otro cuerpo es y siempre fue una necesidad imaginaria? Dios mío, eso sería como la venganza de los inocentes.

0
0
"Tengo 34 años y nunca me han besado"
"Tengo 34 años y nunca me han besado"
OfftopicporAnónimo12/19/2014

Luego de haber leído posts en Taringa como tengo 23 años, no hago nada y soy virgen y tengo 24 años no estudio ni trabajo y soy virgen, comencé a deprimirme también con ustedes y se me vino a la memoria una carta que leí hace mucho tiempo en alguna parte en Internet y con la que me sentí identificada. La encontré en uno de aquellos foros de libre acceso en los que las personas solitarias comparten anónimamente con el resto del mundo sus penas y decidí compartirla: Llevo semanas con esta carta escondida en el PC esperando una validación que no llega asi que espero no molestar a nadie si la pongo aqui, es algo que me quema y que nunca he compartido con nadie, y cuando digo nadie es nadie, es algo que solo llevo yo y espero estar compartiendolo en el foro apropiado. Gracias por vuestro tiempo. Tengo 34 años y todavía no me han besado, y, evidentemente yo tampoco he besado a nadie... pensareis que soy el típico tío feo, introvertido, que no le gusta estar con gente, no, no, no, todo lo contrario... La verdad no se como empezó todo ni por que pero debió ser sobre los 17 cuando todo empezó a torcerse; los cuatro amigos, de esos con los que compartes todo se marchan y ahí te quedas tu, escribiendo cartas de 10 folios por aquello de que no se pierda la amistad, pero la amistad al final se pierde, porque, es algo que he aprendido a golpes, la amistad es una enfermedad de contacto y, sin contacto no hay contagio. La verdad que este hecho ha marcado mi vida de una manera que, viéndolo con perspectiva, ha sido decisiva en todo lo que me ha ocurrido desde entonces, y es que, siendo realista, me pasó en el peor momento que le puede pasar a un chaval de esa edad y más teniendo en cuenta que cuanto más solo y más años pasan menos aguantas las manías de los demás y los demás menos aguantan las tuyas. El que me lea pensará que me gusta estar encerrado, que tengo una aversión por el contacto exterior y que por eso me cuesta hacer nuevas amistades o formar una relación; hace años habría dicho que se equivoca, tajantemente, pero hoy ya no soy tan radical y creo que algo, no de miedo, sino de desgana, si que tengo a relacionarme; pero no una desgana motivado por la falta de emoción de poder compartir con los demás sino por todo lo contrario, por llegar a poder hacerlo y quedarme en el camino debido al desinterés de los demás en mi persona. Un sentimiento a este respecto que me gustaría compartir es el siguiente, no sé si alguien lo comparte conmigo pero yo lo dejo a modo de testamento. Entre las cosas que suelo hacer esta escuchar programas de radio, hay uno en concreto, hecho por gente joven, un grupo muy animado y divertido, de esos que cuando los oyes sabes que son amigos de verdad, de esos que se conocen de toda la vida y, si hay alguien en el grupo que no lo es no se nota porque son más las cosas que les unen y tienen en común que las que los separan... pues bien, cuando los escucho, a veces me invade un sentimiento de envidia, esa envidia sana que no desea el mal a quien posee algo de lo que tú careces sino solo que desea tener algo parecido sin causar perjuicio al otro, envidia por no poder tener esa complicidad con nadie, por no haberla tenido creo que nunca (y tal y como van las cosas no creo llegar a tenerla). Si no os gusta la radio, ni la televisión el sentimiento es similar a cuando, de higos a brevas, vas al cine, y ves todos esos grupos de amigos que, con sus más y sus menos, están juntos, ríen y se divierten mientras tú estas ahí, solo. Es un sentimiento que cuando niño nunca creí que viviría y ojalá no hubiese tenido que sentir ni seguir sintiéndolo. Esta es una de las razones por las que cada vez me gusta menos salir a la calle, el tener que ver como todos llevan una vida normal mientras yo lo único que veo es pasar el tiempo y como poco a poco se me pasa la juventud y me muero por dentro cada día un poco mas. Hace tiempo que ya ni tan siquiera lloro por todo esto, recuerdo épocas en mi vida que me pasaba las noches y cualquier momento que estaba solo en casa llorando, llorando por cualquier tontería como las que os acabo de contar, al oír algo en la radio, al ver una película, mientras leía un libro, cada vez que veía como mi vida no debería ser como era; pero me quedaba algo, me quedaba la esperanza de que algún día esto cambiaría... lo único que ha pasado en todos estos años es el tiempo y yo sigo igual pero más viejo. Es fácil decir que se cambie, que se salga, que se busquen nuevos amigos... no sé si son los demás o es que yo soy demasiado raro para ellos pero todos los contactos que he tenido con la gente han sido superficiales y allá donde haya estado, en cuanto no he tenido el contacto diario, la gente se ha olvidado de mí como el que olvida qué comió hace tres días; ¿Triste?, ya no sé ni como definirlo y, ciertamente, me da igual, solo sé que he vivido solo media vida y lo que me queda no pinta mejor que lo vivido. ¿Algo que hecho de menos de todo este tiempo sin una vida normal? ¡Sí!, nunca me han besado. GIF Sé que puede parecer una estupidez pero es algo que para mí tiene un valor incluso superior al del propio sexo. En ello nadie obliga a nadie a hacerlo, no conlleva mayores problemas, y la otra persona lo hace porque siente un cariño especial hacia ti, ¿te quiere? yo no diría tanto pero si que te aprecia por lo que eres... .Nunca sentí eso, y lo que es peor, creo que nunca lo sentiré. Hay momentos que pasan y no vuelven y ese primer beso adolescente, esa inocencia compartida entre dos personas que comienzan, no lo sentiré, soy viejo para eso, demasiado viejo. Es algo que lamentaré toda mi vida, lo sé, y creo que será en lo que piense cuando muera. Nunca hice que nadie se sintiese atraído por mi, nunca nadie me amo, nunca pude compartir mi yo más profundo y sensible con nadie, y es algo realmente penoso, sobre todo porque hace que me sienta como una mierda y, todavía si lo fuera, lo tomaría como un castigo, pero es que de verdad, si me conocierais sabríais que soy un tipo cojonudo, pero nunca nadie me dio la oportunidad de mostrarlo. PD.- no pretendo nada con esto, ni siquiera que alguien conteste, de poco sirve, lo sé; tan solo es una forma de poner en orden mis pensamientos para poder seguir aunque sea teniendo fe en el futuro (algo harto difícil a estas alturas). Aunque reconozco que escribo para que alguien me lea y poder sentir esa conexión humana que todos necesitamos y algunos ansiamos. Si has leído hasta aquí gracias por compartir algo de mi historia". Luego de leer esta carta me puse a reflexionar sobre la verdadera naturaleza de la soledad. Más allá de tener más de veinte años y ser virgen y ni siquiera haber besado (situación que comparto con muchos de ustedes taringueros) está la incapacidad para socializar, para hacer amigos y encontrar nuestro lugar en el mundo. Es más el miedo a asumir responsabilidades (ir a estudiar y a trabajar) tiene muchas veces que ver con el miedo a enfrentarnos con el mundo, a relacionarnos con las demás personas, porque tememos ser juzgados, no ser aceptados o ser incomprendidos o simplemente tenemos la autoestima tan baja que nos sentimos inferiores y que no servimos para nada, entonces... ¿para qué intentarlo? Esto nos lleva al aislamiento debido a la falta de habilidades sociales y creamos nuestro propio mundo en nuestra “virgocueva” donde nos sentimos a salvo. Es una cuestión más trascendental que solo ser “un perdedor”. En mi caso ya estoy superando esa etapa, ahora salgo a estudiar y tengo unos pocos amigos a los que aprecio mucho, pero la inseguridad continua ahí. Creo que también es cuestión de cobardía. Sí, uno es más cobarde que vago. Más profundo todavía está la tristeza que nos produce no encontrar sentido a nuestra existencia y ahí aparece la falta de motivación… pero la verdad es que las relaciones humanas son una gran manera de lidiar con la monotonía de las responsabilidades de la vida cotidiana. En el caso de este hombre, que se nota que es un buen tipo inteligente y sensible, no menciona nada acerca de que si tiene actividades, pero deduzco que sí. Debe ser un trabajador asalariado cualquiera. Siendo una persona productiva y que cumple con su rol en la sociedad aparentemente debería estar satisfecho consigo mismo y sin embargo que complicado es vivir sin la compañía física, pero sobre todo espiritual de otro ser humano. En esta vida moderna donde abundan los medios de comunicación y las redes sociales, creo que nunca en la historia el ser humano se ha sentido tan solo como ahora. Qué paradoja: todos somos unos completos extraños en la multitud.

197
54
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.