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La sexualidad cuestionada por una mujer asexual - Parte 1

Ciencia Educacion12/25/2015
La liberación asexual - Capítulo 1: Lujuria Un debate tan destinado al fracaso como el del sexo de los ángeles podría ser el de si el ser humano puede convertirse en ángel y prescindir del sexo, sin que eso le suponga ningún tipo de sacrificio o trauma. Muchos empiezan a opinar que sí, que al margen de los que eligen el celibato por cuestiones morales o religiosas, existe una categoría de personas que jamás ha desarrollado interés ni inclinación por el sexo. http://smoda.elpais.com/placeres/los-que-pasan-del-sexo/ link: https://www.youtube.com/watch?v=Al39jqMeb5M Asexual: persona que no experimenta atracción sexual hacia otras personas. El jardín de las delicias es un tríptico pintado al óleo por El Bosco. Se encuentra en exhibición permanente en el Museo del Prado en Madrid. Numerosos personajes entre seres humanos, animales y criaturas fantásticas desperdigados por el paisaje en las posiciones y situaciones más extrañas se entregan a la lujuria. El objetivo del artista es presentarnos la degradación moral a la que puede llegar el hombre hasta hacerlo descender al nivel de las bestias. En la primera escena vemos la creación: Adán y Eva en el paraíso; la segunda escena es el jardín de las delicias propiamente dicho en donde la gente da rienda suelta a los excesos de sus bajas pasiones y la tercera escena es el infierno musical, en donde todos los pecadores reciben su castigo. La atmósfera se asemeja a la de una escena surrealista pintada a principios del siglo XX, cuando en realidad fue pintada por un cristiano piadoso a principios del XVI. Es fascinante pasear la vista tratando de captar aisladamente cada detalle interesante, tratando de reconocer y descifrar cada simbolismo medieval. Observo desde una perspectiva completamente ajena, desligada e incapaz de identificarse. La lujuria es desconocida para mí. Quizás sea precisamente esa distancia la que me permite apreciar de un modo especial o diferente la obra. No sé lo que se siente desear sexualmente a alguien. Nunca he vivido esa emoción. Nunca he experimentado esa necesidad. Esa sensación no existe para mí. No forma parte de mi naturaleza. Nunca me he sentido impulsada a involucrarme a un nivel sexual con las demás personas. Ningún ser humano me ha gustado de la forma que se requiere como para desear de modo instintivo y violento su cuerpo desnudo apretado contra el mío. No ha habido sujeto por el que me haya sentido atraída de tal manera que su presencia me haya generado excitación, el ansía de desvestirle, tocarle de forma sexual, intercambiar fluidos e implicarme genitalmente con este con el objetivo de que me satisfaga una necesidad apremiante. Si los integrantes del género masculino no me gustan lo suficiente como para acostarme con ellos, sería de esperar que me inclinase a mantener acceso carnal con mis congéneres del sexo femenino y tampoco ocurre así. A pesar de que las mujeres me han gustado desde siempre mucho más, tampoco me apetece el contacto sexual con ellas. La idea de tener a alguien jadeante, babeante, sudoroso, oloroso y caliente encima o debajo de mí no me parece atrayente. Nunca se ha despertado en mí la curiosidad de experimentar sexualmente con un hombre ni con una mujer. El falo no me parece un instrumento apetecible y no lo anhelo ni cerca ni dentro de mí por ninguna vía. Las vulvas tampoco me parecen apetecibles. Nunca he sentido ganas de ver y tocar el pene o la vagina de mi prójimo. Pensar en ello me resulta una idea bastante rara y escatológica. David Jay, activista asexual y fundador de la comunidad AVEN: "Red para la educación y visibilidad de la asexualidad", por sus siglas en inglés. Prácticamente es el padre del movimiento asexual mundial. Durante una de sus primeras apariciones en la televisión de su país en el año 2006 fue presentado por un escéptico conductor de la siguiente manera: “David Jay es un casanova de 23 años que además es virgen y planea seguir siéndolo. No es sacerdote ni lo quiere ser. Alega que no le interesa el sexo y aparentemente no es el único”. Soy una mujer en edad fértil común y corriente. No hay ninguna anomalía en mis órganos reproductivos. A excepción de la irregularidad de mis ciclos menstruales y los odiosos cólicos que los acompañan -inconvenientes comunes que son padecidos por tantas otras- no hay nada fuera de lo normal. No hay nada malo conmigo en ese aspecto. Fisiológicamente funciono a la perfección. Evidentemente no es un problema anatómico, tampoco hormonal o genético. Desechado por completo el factor biológico, todavía se podría apelar a un trastorno de la psiquis para encontrar una explicación a mi “condición anormal”, denominada así por ser un presunto comportamiento o indisposición antinatural, según ciertas personas que me dieron su opinión. Después de un análisis a conciencia pongo en tela de juicio la posibilidad de un trauma adquirido en el pasado. No, no me violaron de niña. A pesar de que tuve una docena de incidentes desafortunados con individuos del género masculino -en la vía pública y en una reunión familiar- desde que mi cuerpo fue alcanzado por la pubertad, siempre salí bien librada e ilesa de ellos. Al sopesar la gravedad de los hechos no hallo fundamentos lo bastante sólidos que sustenten una ruptura en mi sano desarrollo psicosexual. La verdad es que no tengo ningún problema con eso. El supuesto problema radica en que simplemente no deseo invitar a nadie a compartir mi sano desarrollo psicosexual. No por egoísmo, sino simplemente porque no me nace. Las relaciones sexuales no son lo suficientemente interesantes ni seductoras como para dedicar mi tiempo y esfuerzo en probarlas. No son una preocupación que ocupe lugar en mi vida. Para ser sincera prefiero perder mi tiempo de otras miles de maneras e inclusive no haciendo nada. Esto no quiere decir que por razones ideológicas considere al acto sexual como invento malévolo y terrible de Satanás y por eso reprima deseos que en verdad me consumen por dentro. No contengo mis deseos de tener sexo por temor al castigo divino del fuego eterno porque no tengo tales deseos que contener. No siento que me esté privando de nada. No hay en mí una lucha interior entre el instinto y la razón. No tengo que recurrir al autocontrol. No tengo que refrenar impulsos de apareamiento porque no siento la necesidad de satisfacerme sexualmente con otras personas y no tengo que evitar caer en tentación porque no estoy tentada. Y todo eso se debe a soy asexual. Sí, lo soy y la asexualidad existe. Negarla sería de paso negar mi existencia y la de millones de personas alrededor del mundo que son como yo. Eso no significa que no piense en sexo. En realidad pienso en sexo todo el tiempo, solo que no en practicarlo. Y demuestro mi pasión por la sexualidad humana estudiándola e investigándola desde la perspectiva objetiva que me brinda mi calidad de virgen y asexual. Me deleito intelectual y emocionalmente hasta el cansancio abordando los misterios del sexo. No me intereso por la cuestión técnica de las maniobras sexuales que están explotadas hasta el límite. No, eso es muy superficial y simple. Lo interesante no es la acción sino los motivos que conducen a la acción. Veo y reconozco los estímulos pero estos no me inducen a la acción. ¿Por qué? Mi curiosidad podría asemejarse a la curiosidad que experimentó Isaac Newton cuando vio caer la manzana. Por supuesto que no me estoy comparando a Newton, disto años luz de ser tan inteligente como él, sino solo a su tipo de curiosidad. A él no le bastó saber que la manzana cae porque las cosas caen de arriba hacia abajo desde tiempos inmemoriales, siempre ha sido así, nunca va a cambiar y uno no debe preocuparse por eso sino solo darle un mordisco a la fruta y a comerla. No, él deseaba saber por qué, cuál era la fuerza que atraía a la manzana hacia el suelo. Eso demuestra que muchas veces contentarse con lo que suponemos como obvio es estancarse. He estado en situaciones haciendo mimos con otra persona, y era muy agradable. Entonces empiezan a besarme y pienso… Ok es medianamente interesante, pero no es nada que me vuelva loco. Y cualquier cosa más sexual que esa deja de tener sentido para mi cuerpo. Declaraciones de David Jay link: https://www.youtube.com/watch?v=AYMh9zkt6r4 Avance del documental (A)sexual de 2011 dirigido por Angela Tucker. Aborda testimonios de asexuales, opiniones de científicos que recién comienzan a profundizar estudios sobre esta orientación o falta de orientación, la incomprensión de gran parte de la sociedad alosexual, el supuesto desafío a la norma que significa la asexualidad, los avatares de un movimiento asexual todavía en ciernes y sobre lo descorazonador que es ser un asexual romántico. Descubrir mi verdadera orientación ha sido un interesante viaje de autodescubrimiento que me ha permitido no solo comprenderme mejor a mí, sino también comprender mejor a los demás. Es imprescindible enfatizar que la asexualidad no es ningún trastorno. Es una condición natural. No es algo que haya irrumpido de repente en escena para afectar mi calidad de vida. Ni tampoco es una discapacidad congénita que atente o que limite mi salud y bienestar. Es y siempre ha sido una característica que forma parte intrínseca de mí. Podría ser nada más que otra variación de la sexualidad humana. E inclusive se ha reportado comportamiento asexual en animales que como nosotros se reproducen sexualmente. Curioso ¿no? En realidad no hay mucho de lo que sorprenderse si tomamos en cuenta que también ya se había reportado e investigado con anterioridad comportamiento homosexual entre varios de otros miembros del reino animal. De todas maneras, al principio no puede evitar abordar la posibilidad de mi asexualidad con cierta aprensión debido a todas las preconcepciones respecto a la sexualidad con las que venía cargando. Preconcepciones que había ido asimilando durante mi formación como individuo: desde la infancia hasta la actualidad. Pero la naturaleza del ser siempre es más fuerte que el modelamiento social. Siempre lo es. Leía escéptica los nuevos conceptos y definiciones enciclopédicas. A medida que investigaba iba reconociendo en mí cada uno de los rasgos que me calificaban dentro del espectro asexual. No eran los requisitos para formar parte de una cofradía ni tampoco el conjunto de síntomas que señalan una patología. Era un modo real y delimitado de sentir. Mi resistencia cedió finalmente al peso de la evidencia después de la lectura y escucha de testimonios. Encontré experiencias en común, mejor dicho distinguí las mismas sensaciones y pensamientos en otros ante las mismas situaciones. Recopilé y contrasté. Até cabos uno tras otro y otro. Entonces procesé la información. No fue algo fácil, no es un asunto que se resuelva de un instante a otro. No fue que un día leí sobre asexualidad en una página juvenil de Internet y al siguiente me declaré asexual a los cuatros vientos, como muchos prejuiciosos ante la asexualidad deben continuar creyendo. A mí me tomó varias semanas de profunda y laboriosa reflexión. El tiempo que precisé fue de más de un mes. Casi dos. A otros asexuales el proceso les ha tomado años. link: https://www.youtube.com/watch?v=v4YAKq8YXTY Una breve y didáctica explicación de la asexualidad por un asexual. Active subtítulos en español y despójese de sus prejuicios e incredulidad. Atravesé por la incredulidad, la negación, la revelación, la aceptación y finalmente la liberación. Despojarme de la totalidad de mis prejuicios tantos positivos como negativos y enfrentarme a la sexualidad de manera objetiva fue la medida crucial para llegar a la verdad. Separé lo fisiológico de lo emocional y empleé preferentemente la lógica. La fría lógica. Yo que siempre me he mostrado renuente a dejarme llevar por los desalmados derroteros racionales tuve que ser metódica, calculadora y transformar a mi intuición de sentimental a intelectual. La labor fue comparable a la de armar un rompecabezas pieza tras pieza, con los respectivos titubeos y correcciones. Una vez colocada la última pieza, el diseño se torna comprensible, se observa de lejos y se esfuma el misterio. Para mí todo había adquirido sentido. La actividad sexual humana con especial énfasis en la actividad sexual humana compartida había sido hasta ese momento un enigma. No por la práctica que se resume fácilmente en la introducción del falo u otro elemento equivalente vía oral, anal o vaginal en todas las posiciones posibles con uno o más compañeros sexuales y con variantes parafilicas y fetichistas si se desea volver más interesante el asunto, sino por las razones que conducían a aquel acto. Otra vez... ¿Por qué? No conseguía comprender por qué la gente actúa como actúa. Los motivos por los que abundan los embarazos no deseados, los abortos, la promiscuidad, la gente que se acuesta sin amor con personas que apenas conoce una noche así porque sí en menos tiempo del que requiere el cortejo de algunas aves, los motivos de por qué no pueden controlarse las enfermedades de transmisión sexual, las infidelidades, las violaciones y de por qué los jóvenes parecen tan desesperados por perder su virginidad son incoherentes por completo. Era una tarea infructuosa buscarles una explicación lógica. Las personas solo se comportan de manera irracional por puro gusto. Asumía que los demás exageraban, que estaban obsesionados con el sexo o que eran muy estúpidos. Ignoraba que detrás de toda esta problemática los impelía una fuerza llamada atracción sexual que definitivamente yo no estaba percibiendo. Cometí el error por defecto de dar por hecho que ellos percibían su sexualidad de una forma parecida a la mía. Por eso no entendía nada. Simplemente le di la espalda a aquellos problemas y no me tomé la molestia ni el esfuerzo serio de definir mi orientación sexual. No lo creía necesario. A veces me decía a mí misma: “Creo que no soy heterosexual, pero tampoco homosexual ni bisexual y no me importa”. Cuando por primera vez en mi vida me enamoré irrevocablemente fue que se hizo urgente analizarme a mí misma. El conflicto se había generado en mí. Descubrir la asexualidad más que ayudarme a aliviar la incertidumbre y la culpa me sirvió para sentirme plena y segura de mi sexualidad. Fue toda una aventura de autoconocimiento psicológico y espiritual. Aceptar la verdad jamás será un duelo, sino lo más cercano a un renacimiento. Recuerdo que en la noche de mi revelación me costó mucho más de lo normal conciliar el sueño. Ya de por si no soy de sueño fácil debido a que precisamente es por las noches que en vez de dormir a mi mente inoportuna se le antoja atarearse en la resolución de las más diversas cuestiones. En eso estaba cuando la luz de la razón me iluminó intempestivamente. Es decir, se me prendió el foco, “algo me hizo clic” como está tan de moda decir en estos tiempos. Eureka. ¿Qué sucedió? Comprendí que yo carecía de lujuria, en todo caso carecía de lujuria proyectada que se materializa a través del contacto con otro ser. Lujuria física dirigida para ser más específica. Pues bien, se hace menester determinar entonces qué es exactamente la lujuria para la lengua de Cervantes ¿Y la lascivia? ¿No significan lo mismo? Las definiciones que encontré en los diccionarios y enciclopedias más reconocidos de la Internet fueron: Lujuria (del latín luxus: 'abundancia', 'exuberancia'), en el marco de la moral sexual, es el deseo sexual desordenado e incontrolable. Lascivia, asimilable a lujuria, es el apetito o deseo excesivo de placeres sexuales. Es la imposibilidad de controlar la libido. La propensión a los deleites carnales. Observé que hay inconsistencia en las definiciones. La lujuria prácticamente es descrita como sinónimo de lascivia. No queda muy claro cuál es el factor diferenciador entre ambos estados. Así que me tomé el atrevimiento de redefinir y corregir los conceptos de lujuria y de lascivia: Lujuria, es la búsqueda motivada por un interés material sin ningún otro interés superior del contacto sexual por el mero placer del contacto sexual. Es el deseo de usufructuar al compañero sexual como medio de descarga sexual. Divídase en lujuria unidireccional y lujuria bidireccional cuando a su vez se desea ser usufructuado por el compañero sexual como medio para su descarga sexual dando como resultado una retroalimentación mutua del ego. Denomínese a esta clase de intimidad como empatía sexual puramente lujuriosa. Lascivia, es la lujuria desmedida e incontrolable tanto unidireccional como bidireccional. Es el apetito insaciable y esclavizante por los placeres carnales que afecta al sujeto lascivo de manera fisiológica y anímica. En la Teología Cristiana se establecieron siete pecados capitales que han tenido una enorme repercusión en la historia, en la sociedad y en nuestras almas. Uno de ellos es la lujuria. Tal parece que mi subconsciente decidió que los objetivos de la lujuria eran absurdos y nunca la desarrolló. Ahora que lo pienso conscientemente estoy en definitiva de acuerdo con el juicio de mi subconsciente: las motivaciones de la lujuria son bastante insustanciales. Al menos para mi gusto. Es lo que dicen: Sobre gustos y colores no han escrito los autores. La verdad es que sí lo han hecho y a ese tipo de autores se les denomina críticos. Llámemos a los sentimientos por su nombre sin remilgos ni escándalos. Los sentimientos como el odio, la envidia y la lujuria existen y su ubicación dentro de algo conocido como marco moral depende exclusivamente de un sentido innato que varía en cada individuo según su canon ideológico o espiritual propio. Siento la necesidad de recalcarlo porque en ocasiones me llega a fastidiar que cualquier cuestionamiento al comportamiento sexual sea denigrado y descalificado por ser “mojigato”. Mi principal objeción contra el sistema del liberalismo sexual es su irracionalidad y opino desde la perspectiva neutral que me confiere mi asexualidad. He observado que la ética sexual liberal consta de cláusulas y códigos que pueden ser contradictorios, absurdos o inconsecuentes. El mandato de “Hago lo que quiero con mi cuerpo” rebasa con creces la ridiculez en incontables ocasiones. Percibo al liberalismo como el nuevo puritanismo del siglo XXI. Sí, a eso hemos llegado. Los postmodernistas pueden ser igual e inclusive más intolerantes que los mismos conservadores. El discurso que manejan varios ciudadanos de mentalidad progresista y liberal cae en tantas hipocresías como cualquier otro discurso intolerante y obtuso. Tener “mente abierta” irónicamente también conlleva tener la mente cerrada. Opino con sinceridad que encuentro en algunos de estos congéneres una fobia a la moral que raya en la histeria. Personalmente me refiero a ellos como “fóbico moralistas”. En general se entiende que las cuestiones morales lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto son cuestiones sobre las que la ciencia oficialmente no tiene opinión. Se piensa que la ciencia puede ayudarnos a conseguir lo que valoramos pero nunca puede decirnos qué debemos valorar. En consecuencia la mayoría de la gente piensa que probablemente la ciencia nunca responderá las preguntas más importantes de la vida humana preguntas como: "¿Para qué vale la pena vivir?" "¿Para qué vale la pena morir?" "¿Qué constituye una buena vida?" Voy a argumentar que esto es una ilusión, y que la separación entre ciencia y valores humanos es una ilusión. Y, en realidad, una muy peligrosa en este momento de la historia humana. A menudo se dice que la ciencia no puede brindarnos una base para la moralidad y los valores humanos porque la ciencia trata con hechos. Y los hechos y los valores parecen pertenecer a diferentes esferas. A menudo se piensa que no hay descripción del modo que el mundo es, que pueda decirnos como debería ser el mundo. Pero pienso que esto claramente no es verdad. Los valores son un cierto tipo de hechos. Son hechos acerca del bienestar de las criaturas conscientes. Sam Harris Cité al filósofo y neurocientífico Sam Harris, un ateo declarado. Su discurso me motivó a dedicarme seriamente a la tarea de la comprensión objetiva de la lujuria. Quizás por mucho la principal razón para fomentar el rechazo a las normas morales cristianas sea su severa objeción al ejercicio libre de la sexualidad sin restricciones, ya que en nuestra era se nos ha inculcado que el deseo instantáneo impulsado por el mero goce de mantener contacto sexual con un individuo físicamente atractivo es lo natural, no una desviación de la conducta humana, y la moral cristiana es represora de la libre expresión de este natural atributo. link: https://www.youtube.com/watch?v=gNd9kBiFsls Avance de la película “Shame: deseos culpables” (2011) que trata sobre un neoyorquino víctima de la lascivia. Cinta dirigida por Steve McQueen y protagonizada por los actores Michael Fassbender y Carey Mulligan. Debido a esa lógica en la actualidad se invalida a los estándares morales de antaño y se los califica de irrisorios e hipócritas. Pues bien, si la lujuria dirigida es natural por qué entonces los asexuales carecemos de ese sentimiento que la mayoría cree universal. Siendo objetivos, ¿acaso en verdad la falta de lujuria me incapacita de alguna manera? Puede ser complicado de entender para la mayoría, pero la libido, la lujuria, la atracción y el impulso o deseo sexual son conceptos que se diferencian claramente entre sí y contienen una significación por completo distinta para las personas que nos identificamos como asexuales. Quizás para los alosexuales todos esos sentidos coexistan y sean indesligables. En cambio para mí no: aunque poseo una libido, no veo a los otros como catalizadores de esa libido. Por lo general se define a la libido sexual como: La libido se refiere al instinto de la búsqueda del placer y con frecuencia se asocia a la esfera sexual. Una líbido correcta requiere del buen funcionamiento de los órganos genitales y de las hormonas sexuales. También depende de una buena salud mental. La ausencia o disminución de la líbido puede ser debida a trastornos hormonales, a un problema mecánico o a un período de estrés psicológico: depresión, tensión, problemas personales, familiares o de pareja. La líbido es propia de cada individuo. Tengo una libido -o impulso sexual-, pero no la experimento como se supone debería experimentarla según la definición que cité anteriormente. Con ese concepto no logro encajar en el perfil de "ser humano mental y físicamente saludable". Hay asexuales que no tienen libido y por eso nunca en su vida han experimentado la excitación y otros que sí la tienen pero esta no se proyecta hacia los demás. En vez de eso, se queda en sus propios cuerpos. Su pulsión sexual -debido a la falta de interés por la lujuria- no está dirigida hacia nadie así que siguen sin sentir atracción sexual. Ese es mi caso. No soy incapaz de sentir excitación al responder a determinados estímulos visuales o auditivos, pero no siento que me haga falta nadie. Inclusive puedo experimentar excitación sin necesidad de ningún estímulo durante ciertos días del mes. Es solo la simple excitación espontánea que se presenta, que se va y viene sola. Desde niña experimento excitación y desde ese entonces la percepción de mi propia libido no ha sufrido ningún cambio. Si a algún alosexual le intriga comprender como experimenta la libido un asexual solo le basta rememorar cómo experimentaba la suya propia antes de la pubertad. Mi impulso sexual en realidad no es un impulso sino solamente una sensación fisiológica. Me basta con solo referirme a ella como libido. Como mi libido no se dirige hacia mis semejantes jamás he sentido la urgencia de desahogarme a través de otro cuerpo. No me nace brindar ni recibir placer sexual de otro ser humano. No importa que tan estéticamente bella, que tan sensual me parezcan las formas de una persona o cuanto cariño le tenga no siento el deseo irracional y urgente de mantener relaciones sexuales con ella. Me sucede algo bastante curioso con las mujeres que me llevaron a decantarme desde antes de la pubertad por una orientación fundamentalmente homosexual. La visión de ciertos cuerpos femeninos me puede despertar la libido pero luego no siento la necesidad de actuar usando esta libido como instrumento de conexión con la otra mujer. Como contraparte, los varones no me parecen tan estéticamente interesantes. Y sin embargo, me enamoré de uno. La capacidad de excitación, que no me causa ningún placer relevante sino más bien un sofoco desagradable, una agitación incómoda y un ardor fastidioso, y la capacidad reproductiva las poseo. Una mujer asexual que fuera estable emocionalmente y se encontrara en condiciones favorables en su vida podría proponerse mantener relaciones sexuales por primera y única vez en su vida con un varón honesto, inteligente, sano y querido con el objetivo de su fecundación. Cómo ella no podría querer fusionar sus genes con una persona así. Por supuesto que también la impulsaría, no el deseo sexual, sino el deseo de intimidad y unión sobre todo afectiva antes que física, porque lo más probable es que amase (sin que fuera necesariamente de forma romántica) a la persona que reuniera todas esas condiciones. Y un varón asexual que quisiese ser padre podría hacer lo mismo. Como también ellos podrían acudir a la ciencia en busca de ayuda o a la adopción al no encontrar al individuo que cumpla sus expectativas. Si la lujuria es una fuerza irrefrenable que se puede regular más no dominar o suprimir con la razón. ¿Por qué no está presente en mí? ¿A dónde se va la tan admirada diosa razón a la que la sociedad moderna se acoge para justificar su antipatía hacia la espiritualidad cuando aparece la lujuria? ¿Por qué la razón no me abandona a mí ni a los otros asexuales? ¿Por qué? La respuesta ya la di: la capacidad de excitación que prepara el cuerpo para la reproducción es un atributo fisiológico, pero la lujuria es un sentimiento. Ya se sabe que no a todas las personas les interesa y/o les gusta el sexo. En realidad esto no tendría por qué extrañar a nadie si tomamos en cuenta que el placer es puramente subjetivo. Prueba de eso es que varía de individuo a individuo. El gusto personal no tiene por qué ser un gusto universal. Cuando una pasión nos enceguece no somos capaces de analizarla desde una perspectiva lógica. Presos de la intensidad del sentimiento nos inhabilitamos intelectualmente para emitir un juicio imparcial al respecto. A veces teorizo que la lujuria es un sentimiento que se aprende o se condiciona socialmente. Los asexuales funcionamos biológicamente a la perfección, pero simplemente el contacto sexual no nos enloquece porque no lo sentimos de modo innato como vehículo de gratificación. ¿Y si esa gratificación que causa el contacto sexual fuera un reflejo establecido por el entorno? ¿Y si el orgasmo no fuera intrínsecamente equivalente a placer sino nada más que una percepción condicionada? ¿Y si el mundo moderno viviera engañado presa de una histeria colectiva que se mantiene con el fin de dominar económica y psicológicamente a los seres humanos? ¿Y si la biología justo con la psicología del siglo XXI fueran capaces de demostrar que la lujuria no es innata sino adquirida, que la descarga sexual por placer vía otro cuerpo es y siempre fue una necesidad imaginaria? Dios mío, eso sería como la venganza de los inocentes.
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