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sebasl78

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Primer post: 4 ago 2009Último post: 4 ago 2009
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Al que madruga... no lo ayudan
Al que madruga... no lo ayudan
ArteporAnónimo8/4/2009

Primer post! Andanzas de un argentino como vos, indignado por trámites burócratas y pérdida de tiempo... ¡Qué lindo es hacer trámites en Argentina! Resulta que andar con el Documento Nacional de Identidad (DNI) es bastante peligroso en nuestras tierras, porque si se rompe, moja, extravía, es hurtado o cualquier otra cosa que signifique tener que renovarlo, puede implicar una demora de 6 meses hasta varios años de andar indocumentado por ahí. Entonces uno, como ser racional que es, prefiere obtener la Cédula de Identidad, que es un plástico cual tarjeta de crédito difícil de arruinar. Llegó el fin de año, con las tan ansiadas vacaciones por cualquier trabajador, y me invitan a pasar unos días en Brasil. Ante semejante tentación, decido ir en búsqueda de mi Cédula (robada años atrás y nunca renovada) ya que mi DNI pasó alguna vez por un lavarropas y no está en perfectas condiciones, lo cual puede causar un rechazo no deseado en algún aeropuerto camino a Pipa. Acudí a la Policía Federal Argentina, organismo oficial a cargo de la emisión de la misma, en su Casa Central ubicada en la calle Azopardo. Sorpresa número uno: 6 de la mañana, cuando el sol aún no se deja ver, encuentro más de tres cuadras de cola para tramitar documentación varia. Y sí, regreso a mi casa, con la certeza que en la delegación policial de la Federal en San Isidro habría menos cantidad de gente. Una vez depositado en el Partido de la Zona Norte, me acerco hasta la calle Moreno para comenzar a tramitar mi tan preciado plástico. Sin embargo, la sorpresa número dos se hizo presente: a las 7 de la mañana, los únicos 70 formularios que entrega esta sucursal ya tenían dueño, y era imposible que me atendieran durante esta misma jornada. Indignado y resignado, desistí de mi propósito hasta la salida del sol siguiente. El despertador hizo su gracia a las 4.30 del martes. Una ducha y a la calle. Una hora había pasado desde el momento en que abrí los ojos hasta que llegué a la puerta de la delegación en San Isidro. No había nadie. Un oficial de civil salió del establecimiento (que durante las noches permanece cerrado por completo) y me dijo en forma irónica: "¿Para documentación? Llegaste temprano, hasta las ocho menos cuarto no atienden". ¡Qué raro, si el día anterior a esa hora ya no quedaban números en la fila! Para las seis de la mañana había detrás mío alrededor de treinta personas, y media hora más tarde ya estaban los 70 beneficiados de la fecha. A las siete comenzaron a arribar oficiales que lentamente se acomodaron en su oficina. Amablemente abrieron la puerta y nos ofrecieron asientos para apaciguar la espera. Repartieron los formularios del día y a partir de las ocho tomaron los datos de cada uno de los que allí nos encontrábamos, para que luego esperáramos a ser llamados para registrar nuestras huellas digitales y una fotografía. Entre conversaciones con gente que conocí en la misma fila, las peleas de los que llegaban tarde y no podían obtener su formulario con los oficiales que atienden como en cualquier organismo público, y el bendito calor que suele proporcionar nuestro clima, el ambiente se puso agobiante y el tiempo pasó de manera inesperada. Eran las nueve y yo, el primero de la fila, aún no había pasado al "cuarto de atrás". Ahora sí. 9.15 escucho mi apellido en el vozarrón de un oficial que cumplía el rol de Jefe. Y ahí llegó mi sorpresa mayor, al observar dentro de las oficinas que tenía delante a seis personas que estaban finalizando de realizar su Cédula de Identidad, registrando sus huellas digitales e imprimiendo su cara en una fotografía. ¿De dónde salieron? Si a las cinco y media ni siquiera los pajaritos estaban en las inmediaciones de la Delegación San Isidro... Argentina Siglo XXI, ya no sé de qué me asombro. Por la puerta lateral a la Comisaría entraban privilegiados que no necesitaban madrugar para obtener su credencial. Al presentar mi inquietud ante un oficial que tomó mis huellas digitales, sólo atinó a comentar entre sonrisas que no sabe de dónde salieron ni cómo llegaron antes que yo, pero sus palabras murieron ahí. ¡Qué indignación! De sólo pensar que mi plástico seguramente tarde más meses en estar listo que el de aquellos que ingresaron por la puerta del costado. Ya está. Terminé el trámite pero no creo que esa cédula, mi cédula, esté lista antes del viaje a Brasil. Ma' sí, presentaré mi DNI, después de todo alguna vez pasó por una lavadora de ropa para estar más limpio de lo que estaba. Y lo predijo José Hernández, a través de Martín Fierro cien años atrás... "Hacéte amigo del Juez, no le dés de qué quejarse; y cuando quiera enojarse, vos te debés encojer, pues siempre es güeno tener palenque ande ir a rascarse". Sebas L. (Enero 2009)

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Una misión por allá arriba
ArteporAnónimo8/4/2009

Tercer post! Una historia que a alguno tenía que terminar beneficiando... El cielo era su obsesión. Despertaba y antes de emprender cualquier actividad corría la cortina de su ventana y observaba hacia arriba. Color celeste, rosado, azul oscuro o negro. Con una, diez, cien o infinidad de nubes. Todas sus facetas eran fascinantes para ella. En su corta edad jamás pisó un objeto volador que la aproximara a su lugar tan preciado, pero ella tenía la fórmula para sentirse allí cerquita. No había existido un día libre en su vida, desde que comenzó a tener uso de razón, en que no remontara un barrilete lo más alto posible. Un avioncito de telgopor en algún balneario de la costa atlántica fue su primera experiencia en la materia, y a partir de entonces se había convertido en una experta en el manejo de estos cometas que desafían al viento hasta cuando éste no quiere aparecer para jugar. Y en su afán de perfeccionarse y estar siempre aún más próxima al cielo, añadía todo tipo de hilo que le permitiera volar hacia la mayor altura posible. Hasta que un día, decidida a todo, dio rienda suelta a su aventura y observó cómo su barrilete superaba la capa de nubes que aquella tarde escondía al sol. De pronto, el mundo se detuvo y el hilo endureció, tomó forma de escalones y ella, sin dudarlo un instante, los recorrió uno por uno hasta el final cargando una bolsa muy pesada que tenía preparada para cuando esta ocasión se presentara. Una vez arriba, luego de superar esa barrera de algodón que siempre había soñado con traspasar, abrió la bolsa y dejó desparramadas sobre las nubes una cantidad inmensa de piedras del estilo canto rodado. Luego procedió a regresar sobre sus pasos, descendió por aquellos mágicos escalones y volvió a su casa, con la satisfacción del deber cumplido. Fue recién al ingresar en su hogar cuando el tiempo en la Tierra volvió a transcurrir con normalidad. Una normalidad que de pronto se transformó en un diluvio sobre la ciudad de Buenos Aires, con una fuerte caída de granizo que dejó marcados a innumerables automóviles que circulaban por las calles del centro porteño. Ella, con una sonrisa cómplice, se acercó aquél 26 de julio del 2006 a su padre, un hombre de 54 años con oficio de sacabollero, lo abrazó fuerte y luego se retiró a dormir, no sin antes decirle que aprovechara a descansar, ya que seguramente a partir del día siguiente volvería a tener trabajo tras varias primaveras sin actividad. Sebas L.

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