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Una misión por allá arriba

Arte8/4/2009
Tercer post! Una historia que a alguno tenía que terminar beneficiando...




El cielo era su obsesión. Despertaba y antes de emprender cualquier actividad corría la cortina de su ventana y observaba hacia arriba. Color celeste, rosado, azul oscuro o negro. Con una, diez, cien o infinidad de nubes. Todas sus facetas eran fascinantes para ella.

En su corta edad jamás pisó un objeto volador que la aproximara a su lugar tan preciado, pero ella tenía la fórmula para sentirse allí cerquita. No había existido un día libre en su vida, desde que comenzó a tener uso de razón, en que no remontara un barrilete lo más alto posible.

Un avioncito de telgopor en algún balneario de la costa atlántica fue su primera experiencia en la materia, y a partir de entonces se había convertido en una experta en el manejo de estos cometas que desafían al viento hasta cuando éste no quiere aparecer para jugar. Y en su afán de perfeccionarse y estar siempre aún más próxima al cielo, añadía todo tipo de hilo que le permitiera volar hacia la mayor altura posible.

Hasta que un día, decidida a todo, dio rienda suelta a su aventura y observó cómo su barrilete superaba la capa de nubes que aquella tarde escondía al sol. De pronto, el mundo se detuvo y el hilo endureció, tomó forma de escalones y ella, sin dudarlo un instante, los recorrió uno por uno hasta el final cargando una bolsa muy pesada que tenía preparada para cuando esta ocasión se presentara.

Una vez arriba, luego de superar esa barrera de algodón que siempre había soñado con traspasar, abrió la bolsa y dejó desparramadas sobre las nubes una cantidad inmensa de piedras del estilo canto rodado. Luego procedió a regresar sobre sus pasos, descendió por aquellos mágicos escalones y volvió a su casa, con la satisfacción del deber cumplido.

Fue recién al ingresar en su hogar cuando el tiempo en la Tierra volvió a transcurrir con normalidad. Una normalidad que de pronto se transformó en un diluvio sobre la ciudad de Buenos Aires, con una fuerte caída de granizo que dejó marcados a innumerables automóviles que circulaban por las calles del centro porteño.

Ella, con una sonrisa cómplice, se acercó aquél 26 de julio del 2006 a su padre, un hombre de 54 años con oficio de sacabollero, lo abrazó fuerte y luego se retiró a dormir, no sin antes decirle que aprovechara a descansar, ya que seguramente a partir del día siguiente volvería a tener trabajo tras varias primaveras sin actividad.

Sebas L.
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