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sanbatt

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Primer post: 17 ago 2011Último post: 17 oct 2011
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La razón de la sinrazón
Apuntes Y MonografiasporAnónimo10/17/2011

Es importante señalar que hoy por hoy la noción (y desde luego la práctica) de la sexualidad humana es muy variada. Es decir, el tema “se conoce y no se conoce”, unos lo ven de una forma y otros de otra. Algunas de esas posturas son diversas con respecto a otras, pero es obvio que una misma cosa, en este caso la sexualidad, no puede significar dos o más cosas diversas al mismo tiempo. Eso desafía a la lógica. Algunos defienden como naturales actos como la masturbación, otros la reprueban como un acto antinatural; hay quien cree que cada uno puede elegir su género: homosexual, bisexual, transexual, hombre o mujer, mientras que otros aseguran que nacemos con un sexo bien definido: hombre o mujer. En fin, eso por poner algunos de los más relevantes problemas. La sexualidad es algo tan cotidiano que todos somos capaces de hablar de ella, pero sin poder dar una explicación clara. Nos pasa casi casi como lo que decía Agustín de Hipona sobre el tiempo: “si no me lo preguntan, sé qué es el tiempo; pero si me lo preguntan: no lo sé”. Algo así sucede con el tema de la sexualidad. Ya dijimos que son variadas y disímiles las visiones: no hay una concepción “estándar”, por así decir. No obstante, es muy prudente decir lo siguiente: la sexualidad es una dimensión común a todo el género humano, la tuvieron Adán y Eva, pasando por todas las sucesivas generaciones hasta la que inició hace un segundo con el recién nacido que acaba de ver la luz. Por eso mismo debería haber una concepción de la sexualidad que sea común a todos. Una visión clara. Una noción objetiva. Correcta: que nos libre tanto de tabúes como de plétoras. El reto es el equilibrio, puesto que en una cultura predominantemente extremista en estos temas, un punto de equilibrio puede solucionar más problemas de los que creemos. Son hechos dolorosos y terribles: la violencia de género, los suicidios pasionales, el sadismo y masoquismo sexual, la pedofilia, el frotteurismo, el travestismo, el voyeurismo, la prostitución, la pornografía, y muchos otros. Si los vemos desde la atalaya de un artículo de estadísticas, veremos que no sólo son maneras diferentes de adicción sexual, sino que conforme pasa el tiempo esto se está convirtiendo en una lacra social que urge atender con diligencia. Desde luego, las consecuencias de cada uno de esos problemas son más problemas todavía. Y, según los estudiosos del tema, las causas siempre empiezan por realizar actividades sexuales con una visión errada de la sexualidad: más instintiva que racional. ¿Hay que dar rienda suelta cuando se siente el impulso sexual? ¿Hay que dejar que fluyan pensamientos, miradas, deseos, que sólo hacen acrecentar y descontrolar ese impulso? ¿Hay que alimentarlo siempre que tenga “antojos”? Eso es completamente irracional. Eso es comportarse como los animales ante su instinto: lo siguen sin más ni más porque están sujetos a lo que él dicte. Nosotros no. Y porque somos capaces, no solo de dominarlos, sino incluso de ir contra ellos (piénsese en casos como el ayuno, la gente que se compromete a vivir en castidad) parece oportuno pensar por qué. ¿Por qué unos piensan que hay que guiarse por impulsos y otros todo lo contrario? Parece descabellado hablar de dos grupos con ideas contrarias sobre la sexualidad, cuando se supone que ambos bandos somos igualmente humanos, igualmente seres “sexuados”. Sí, hay que decirlo, es ilógico, atenta contra la razón. Es, dicho en boca de Don Quijote: una sinrazón. Una sinrazón a la que apremia dar razón. Así es, hay contradicciones en cuanto al tema “sexualidad”, porque una cosa no puede ser buena y mala al mismo tiempo, blanca y negra al mismo tiempo, estar y no estar al mismo tiempo. La sexualidad no puede significar dos o más cosas diversas a la vez ni mucho menos ser dos concepciones totalmente contrarias una de la otra. Alguna de entre tantas opiniones debe tener la razón. Y es precisamente la razón el criterio para saber qué postura es la correcta: o sea la que más acorde esté con nuestra razón. La más razonable. La razón de toda esta sinrazón -y perdón que rice tanto el rizo- está, efectivamente, en nuestra razón. Y con esto abrimos paso a una serie de reflexiones sobre la razón de nuestra sexualidad, de manera que encontremos el verdadero sentido al hecho de que somos seres sexuados. Hay que usar de nuevo la razón y enseñar a las nuevas generaciones a guiarse por ella puesto que, por alguna razón, Alguien allá arriba nos la dio. Por ahora, quedémonos con esto.

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Los cuatro amores de Lewis.
Apuntes Y MonografiasporAnónimo8/17/2011

Es absurdo creer que un edificio, uno de estos potentes rascacielos por ejemplo, se empiece a construir desde el piso más alto. Es utópico y el solo plantear la posibilidad es ya una frivolidad. Del mismo modo, en la personalidad de cada humano, hay que empezar a construir en las cosas más elementales para poder edificar una personalidad recia y equilibrada. En este sentido, “Los cuatro amores”, un libro de C.S. Lewis, es todo un portento que nos señala un camino muy interesante a seguir. Un camino que, tal vez por ser tan obvio, no se ha seguido bien y ha desatado buena parte de la devastadora crisis de valores de la que tanto se habla últimamente. Una crisis que ha pretendido construir rascacielos desde arriba, dejando los cimientos al último, o como una opción de emergencia. El libro lleva como tesis una cita del famoso libro de Tomás de Kempis, “La imitación de Cristo”, donde dice que «lo más alto no se sostiene sin lo más bajo». Y luego va mencionando y describiendo los cuatro amores del ser humano, desde el más bajo hasta el más alto, señalando cómo el primero sostiene al segundo, éstos dos al tercero, y todos juntos al cuarto. Así es: lo más alto no se sostiene sin lo más bajo. Comienza por el afecto. Lo señala como el «amor más humilde», el más abierto. Es un amor instintivo, de primera mano. Su objeto es familiar, inesperado. Nos hace sentir un “algo especial” por el jersey que nos regaló la abuela, por una persona con la que simpatizamos. Es el “amor” que sentimos hacia el anciano que vende periódicos frente al colegio y que llevamos años saludando a diario. Es lo más inmediato, es espontáneo, se trata de gustillos. El afecto es, según Lewis, «cuestión de ropa cómoda». Y es la base de donde nace el siguiente amor. Se trata de la amistad. Ésta se basa naturalmente en el afecto, el cual nos proporciona, como dijimos, la simpatía por otras personas, surge la “química” entre dos, tres o cuatro almas afines. La afinidad comienza al estar en un grupo con gustos o ideales similares. Esa es la primera fuente de afecto. En ese grupo de afines se conoce a quienes tienen una afinidad más aguda “conmigo mismo”, aguda afinidad que después llamaremos amistad. Es decir, que del compañerismo se salta a la amistad. Lo más alto no se sostiene sin lo más bajo. Lewis dice: «los enamorados se miran cara a cara, mientras que los amigos van, uno al lado del otro, mirando hacia adelante». Efectivamente, a diferencia de los enamorados, los lazos que unen a los amigos son los ideales por los que luchan en su vida, sin importar condición o edad. Van más allá del afecto. Se deslindan de todo y de todos los demás, pues la amistad logra, de alguna manera, ignorar toda la realidad: familia, trabajo, nuestro pasado. Es una “sociedad” en la que no hay secretos, no existen celos ni discriminación, es un círculo –si es verdadero- en el que cada persona es simplemente lo que es: ella misma. Y además, cuando la amistad es entre sexos diversos, prepara el camino para el siguiente amor. El eros, el amor que se refiere a la sexualidad, sigue en este proceso ascendente. Las reflexiones de Lewis sobre este amor, que nace de la amistad entre hombre y mujer, son, de verdad, un tesoro. Contiene ideas espléndidas que, años más tarde, Juan Pablo II desarrollará (ignoro si las tomó de Lewis o no) con una profundidad y belleza sublimes en la “teología del cuerpo”. Es imposible resumir lo que dice de este tercer amor sin restarle valor y, tal vez, sin sacar de contexto algunas cosas. En artículos posteriores tomaremos más a fondo estas ideas. Pero lo fundamental del pensamiento de Lewis está en diferenciar a Venus de Eros. Venus, que es el deseo sexual sin eros, quiere el acto “en sí mismo”. Eros, en cambio, no quiere el acto en sí, sino a la persona amada. Eros desea la unión, no en sí misma, sino por ser un acto de donación al ser amado. Eros se refiere a la persona amada, desea unirse a la persona completa, no solamente a su cuerpo. Ese deseo de unión es natural en el ser humano. Es un deseo que, en el fondo, manifiesta un germen de búsqueda de sentido para nuestras vidas. Una búsqueda de un amor mayor, de un bien mayor. En este sentido, es bellísimo cuando Lewis pincela sobre el eros: «el anhelo de una unión (para la cual la carne puede ser el medio, –en tanto que la carne la hace por siempre inalcanzable-) puede tener la grandeza de una búsqueda metafísica». Lo más alto no se sostiene sin lo más bajo. Como seres humanos, estamos siempre insatisfechos, y siempre estaremos buscando más amor, más perfección. De aquí el cuarto amor. La caridad. Un amor referido a la Divinidad, de nosotros a Dios, de Dios hacia nosotros, y de nosotros, desde Dios, hacia el prójimo. Es un amor profundísimo y, de hecho, se coloca en último lugar porque no es por donde ordinariamente se empieza. Es como la guinda del pastel porque después de todos los amores anteriores, éste es el culmen del amor, al que los anteriores lo sostienen. No en como un añadido superfluo, sino como el triunfo del amor, lo que corona y da sentido a los demás amores, aunque sin ellos no se podría sostener: lo más alto… Dicho esto, no podemos dejar de pensar en nuestra cultura actual en todos los ámbitos. Es ridículo ver cuánta promoción se hace del uso de preservativos, a la protección contra enfermedades venéreas, a la apertura al aborto, al falso ejercicio de la libertad de los hijos menores de edad, a la libertad de expresión, a las amistades con derechos, e incluso podemos mencionar el impulso por amar y conocer a Dios, cuando lo elemental: la formación humana de la voluntad, la conciencia de distinguir el mal del bien, el elemental conocimiento de nuestras facultades de inteligencia, afectividad, emotividad, el sentido de responsabilidad, de respeto, de sano esfuerzo, etc., se dan por supuestos o se ignoran por completo. Cuando dice Lewis: es peligroso imponerle al ser humano un amor más allá del mero amor humano, cuando su verdadero problema es llegar a éste, se entiende de dónde surgen los dolores de cabeza ante tanta nuevas (e ingentes) problemáticas, especialmente en el campo que tratamos en este artículo, el del amor y la sexualidad: violencia de género, suicidios pasionales, sadismo y masoquismo sexual, pedofilia, frotteurismo, travestismo, voyeurismo, etc., y las nefastas consecuencias secundarias de todo esto. El problema está expuesto, así como el camino para erigir con orden personalidades recias y equilibradas: lo más alto no se sostiene sin lo más bajo.

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