Es absurdo creer que un edificio, uno de estos potentes rascacielos por ejemplo, se empiece a construir desde el piso más alto. Es utópico y el solo plantear la posibilidad es ya una frivolidad. Del mismo modo, en la personalidad de cada humano, hay que empezar a construir en las cosas más elementales para poder edificar una personalidad recia y equilibrada.
En este sentido, “Los cuatro amores”, un libro de C.S. Lewis, es todo un portento que nos señala un camino muy interesante a seguir. Un camino que, tal vez por ser tan obvio, no se ha seguido bien y ha desatado buena parte de la devastadora crisis de valores de la que tanto se habla últimamente. Una crisis que ha pretendido construir rascacielos desde arriba, dejando los cimientos al último, o como una opción de emergencia.
El libro lleva como tesis una cita del famoso libro de Tomás de Kempis, “La imitación de Cristo”, donde dice que «lo más alto no se sostiene sin lo más bajo». Y luego va mencionando y describiendo los cuatro amores del ser humano, desde el más bajo hasta el más alto, señalando cómo el primero sostiene al segundo, éstos dos al tercero, y todos juntos al cuarto. Así es: lo más alto no se sostiene sin lo más bajo.
Comienza por el afecto. Lo señala como el «amor más humilde», el más abierto. Es un amor instintivo, de primera mano. Su objeto es familiar, inesperado. Nos hace sentir un “algo especial” por el jersey que nos regaló la abuela, por una persona con la que simpatizamos. Es el “amor” que sentimos hacia el anciano que vende periódicos frente al colegio y que llevamos años saludando a diario. Es lo más inmediato, es espontáneo, se trata de gustillos. El afecto es, según Lewis, «cuestión de ropa cómoda». Y es la base de donde nace el siguiente amor.
Se trata de la amistad. Ésta se basa naturalmente en el afecto, el cual nos proporciona, como dijimos, la simpatía por otras personas, surge la “química” entre dos, tres o cuatro almas afines. La afinidad comienza al estar en un grupo con gustos o ideales similares. Esa es la primera fuente de afecto.
En ese grupo de afines se conoce a quienes tienen una afinidad más aguda “conmigo mismo”, aguda afinidad que después llamaremos amistad. Es decir, que del compañerismo se salta a la amistad. Lo más alto no se sostiene sin lo más bajo.
Lewis dice: «los enamorados se miran cara a cara, mientras que los amigos van, uno al lado del otro, mirando hacia adelante». Efectivamente, a diferencia de los enamorados, los lazos que unen a los amigos son los ideales por los que luchan en su vida, sin importar condición o edad. Van más allá del afecto. Se deslindan de todo y de todos los demás, pues la amistad logra, de alguna manera, ignorar toda la realidad: familia, trabajo, nuestro pasado. Es una “sociedad” en la que no hay secretos, no existen celos ni discriminación, es un círculo –si es verdadero- en el que cada persona es simplemente lo que es: ella misma. Y además, cuando la amistad es entre sexos diversos, prepara el camino para el siguiente amor.
El eros, el amor que se refiere a la sexualidad, sigue en este proceso ascendente. Las reflexiones de Lewis sobre este amor, que nace de la amistad entre hombre y mujer, son, de verdad, un tesoro. Contiene ideas espléndidas que, años más tarde, Juan Pablo II desarrollará (ignoro si las tomó de Lewis o no) con una profundidad y belleza sublimes en la “teología del cuerpo”.
Es imposible resumir lo que dice de este tercer amor sin restarle valor y, tal vez, sin sacar de contexto algunas cosas. En artículos posteriores tomaremos más a fondo estas ideas. Pero lo fundamental del pensamiento de Lewis está en diferenciar a Venus de Eros. Venus, que es el deseo sexual sin eros, quiere el acto “en sí mismo”. Eros, en cambio, no quiere el acto en sí, sino a la persona amada. Eros desea la unión, no en sí misma, sino por ser un acto de donación al ser amado.
Eros se refiere a la persona amada, desea unirse a la persona completa, no solamente a su cuerpo. Ese deseo de unión es natural en el ser humano. Es un deseo que, en el fondo, manifiesta un germen de búsqueda de sentido para nuestras vidas. Una búsqueda de un amor mayor, de un bien mayor. En este sentido, es bellísimo cuando Lewis pincela sobre el eros: «el anhelo de una unión (para la cual la carne puede ser el medio, –en tanto que la carne la hace por siempre inalcanzable-) puede tener la grandeza de una búsqueda metafísica».
Lo más alto no se sostiene sin lo más bajo. Como seres humanos, estamos siempre insatisfechos, y siempre estaremos buscando más amor, más perfección. De aquí el cuarto amor.
La caridad. Un amor referido a la Divinidad, de nosotros a Dios, de Dios hacia nosotros, y de nosotros, desde Dios, hacia el prójimo. Es un amor profundísimo y, de hecho, se coloca en último lugar porque no es por donde ordinariamente se empieza. Es como la guinda del pastel porque después de todos los amores anteriores, éste es el culmen del amor, al que los anteriores lo sostienen. No en como un añadido superfluo, sino como el triunfo del amor, lo que corona y da sentido a los demás amores, aunque sin ellos no se podría sostener: lo más alto…
Dicho esto, no podemos dejar de pensar en nuestra cultura actual en todos los ámbitos. Es ridículo ver cuánta promoción se hace del uso de preservativos, a la protección contra enfermedades venéreas, a la apertura al aborto, al falso ejercicio de la libertad de los hijos menores de edad, a la libertad de expresión, a las amistades con derechos, e incluso podemos mencionar el impulso por amar y conocer a Dios, cuando lo elemental: la formación humana de la voluntad, la conciencia de distinguir el mal del bien, el elemental conocimiento de nuestras facultades de inteligencia, afectividad, emotividad, el sentido de responsabilidad, de respeto, de sano esfuerzo, etc., se dan por supuestos o se ignoran por completo.
Cuando dice Lewis: es peligroso imponerle al ser humano un amor más allá del mero amor humano, cuando su verdadero problema es llegar a éste, se entiende de dónde surgen los dolores de cabeza ante tanta nuevas (e ingentes) problemáticas, especialmente en el campo que tratamos en este artículo, el del amor y la sexualidad: violencia de género, suicidios pasionales, sadismo y masoquismo sexual, pedofilia, frotteurismo, travestismo, voyeurismo, etc., y las nefastas consecuencias secundarias de todo esto.
El problema está expuesto, así como el camino para erigir con orden personalidades recias y equilibradas: lo más alto no se sostiene sin lo más bajo.
En este sentido, “Los cuatro amores”, un libro de C.S. Lewis, es todo un portento que nos señala un camino muy interesante a seguir. Un camino que, tal vez por ser tan obvio, no se ha seguido bien y ha desatado buena parte de la devastadora crisis de valores de la que tanto se habla últimamente. Una crisis que ha pretendido construir rascacielos desde arriba, dejando los cimientos al último, o como una opción de emergencia.
El libro lleva como tesis una cita del famoso libro de Tomás de Kempis, “La imitación de Cristo”, donde dice que «lo más alto no se sostiene sin lo más bajo». Y luego va mencionando y describiendo los cuatro amores del ser humano, desde el más bajo hasta el más alto, señalando cómo el primero sostiene al segundo, éstos dos al tercero, y todos juntos al cuarto. Así es: lo más alto no se sostiene sin lo más bajo.
Comienza por el afecto. Lo señala como el «amor más humilde», el más abierto. Es un amor instintivo, de primera mano. Su objeto es familiar, inesperado. Nos hace sentir un “algo especial” por el jersey que nos regaló la abuela, por una persona con la que simpatizamos. Es el “amor” que sentimos hacia el anciano que vende periódicos frente al colegio y que llevamos años saludando a diario. Es lo más inmediato, es espontáneo, se trata de gustillos. El afecto es, según Lewis, «cuestión de ropa cómoda». Y es la base de donde nace el siguiente amor.
Se trata de la amistad. Ésta se basa naturalmente en el afecto, el cual nos proporciona, como dijimos, la simpatía por otras personas, surge la “química” entre dos, tres o cuatro almas afines. La afinidad comienza al estar en un grupo con gustos o ideales similares. Esa es la primera fuente de afecto.
En ese grupo de afines se conoce a quienes tienen una afinidad más aguda “conmigo mismo”, aguda afinidad que después llamaremos amistad. Es decir, que del compañerismo se salta a la amistad. Lo más alto no se sostiene sin lo más bajo.
Lewis dice: «los enamorados se miran cara a cara, mientras que los amigos van, uno al lado del otro, mirando hacia adelante». Efectivamente, a diferencia de los enamorados, los lazos que unen a los amigos son los ideales por los que luchan en su vida, sin importar condición o edad. Van más allá del afecto. Se deslindan de todo y de todos los demás, pues la amistad logra, de alguna manera, ignorar toda la realidad: familia, trabajo, nuestro pasado. Es una “sociedad” en la que no hay secretos, no existen celos ni discriminación, es un círculo –si es verdadero- en el que cada persona es simplemente lo que es: ella misma. Y además, cuando la amistad es entre sexos diversos, prepara el camino para el siguiente amor.
El eros, el amor que se refiere a la sexualidad, sigue en este proceso ascendente. Las reflexiones de Lewis sobre este amor, que nace de la amistad entre hombre y mujer, son, de verdad, un tesoro. Contiene ideas espléndidas que, años más tarde, Juan Pablo II desarrollará (ignoro si las tomó de Lewis o no) con una profundidad y belleza sublimes en la “teología del cuerpo”.
Es imposible resumir lo que dice de este tercer amor sin restarle valor y, tal vez, sin sacar de contexto algunas cosas. En artículos posteriores tomaremos más a fondo estas ideas. Pero lo fundamental del pensamiento de Lewis está en diferenciar a Venus de Eros. Venus, que es el deseo sexual sin eros, quiere el acto “en sí mismo”. Eros, en cambio, no quiere el acto en sí, sino a la persona amada. Eros desea la unión, no en sí misma, sino por ser un acto de donación al ser amado.
Eros se refiere a la persona amada, desea unirse a la persona completa, no solamente a su cuerpo. Ese deseo de unión es natural en el ser humano. Es un deseo que, en el fondo, manifiesta un germen de búsqueda de sentido para nuestras vidas. Una búsqueda de un amor mayor, de un bien mayor. En este sentido, es bellísimo cuando Lewis pincela sobre el eros: «el anhelo de una unión (para la cual la carne puede ser el medio, –en tanto que la carne la hace por siempre inalcanzable-) puede tener la grandeza de una búsqueda metafísica».
Lo más alto no se sostiene sin lo más bajo. Como seres humanos, estamos siempre insatisfechos, y siempre estaremos buscando más amor, más perfección. De aquí el cuarto amor.
La caridad. Un amor referido a la Divinidad, de nosotros a Dios, de Dios hacia nosotros, y de nosotros, desde Dios, hacia el prójimo. Es un amor profundísimo y, de hecho, se coloca en último lugar porque no es por donde ordinariamente se empieza. Es como la guinda del pastel porque después de todos los amores anteriores, éste es el culmen del amor, al que los anteriores lo sostienen. No en como un añadido superfluo, sino como el triunfo del amor, lo que corona y da sentido a los demás amores, aunque sin ellos no se podría sostener: lo más alto…
Dicho esto, no podemos dejar de pensar en nuestra cultura actual en todos los ámbitos. Es ridículo ver cuánta promoción se hace del uso de preservativos, a la protección contra enfermedades venéreas, a la apertura al aborto, al falso ejercicio de la libertad de los hijos menores de edad, a la libertad de expresión, a las amistades con derechos, e incluso podemos mencionar el impulso por amar y conocer a Dios, cuando lo elemental: la formación humana de la voluntad, la conciencia de distinguir el mal del bien, el elemental conocimiento de nuestras facultades de inteligencia, afectividad, emotividad, el sentido de responsabilidad, de respeto, de sano esfuerzo, etc., se dan por supuestos o se ignoran por completo.
Cuando dice Lewis: es peligroso imponerle al ser humano un amor más allá del mero amor humano, cuando su verdadero problema es llegar a éste, se entiende de dónde surgen los dolores de cabeza ante tanta nuevas (e ingentes) problemáticas, especialmente en el campo que tratamos en este artículo, el del amor y la sexualidad: violencia de género, suicidios pasionales, sadismo y masoquismo sexual, pedofilia, frotteurismo, travestismo, voyeurismo, etc., y las nefastas consecuencias secundarias de todo esto.
El problema está expuesto, así como el camino para erigir con orden personalidades recias y equilibradas: lo más alto no se sostiene sin lo más bajo.